Capítulo 44
Alistair
La sensación de estar siendo observados no desaparece; al contrario, se intensifica con cada paso que damos. Durante los días anteriores había sido poco más que una sospecha, una intuición difícil de demostrar. Ahora, sin embargo, se ha convertido en una certeza incómoda.
No sabemos quiénes son ni cuántos son, pero tenemos claro que están ahí. Y, lo que resulta aún más inquietante, ellos saben exactamente dónde encontrarnos.
La expedición abandona el campamento poco después del amanecer. Nadie protesta cuando ordeno que permanezcamos juntos. Ni siquiera Blackwood, lo cual resulta tan extraño que casi me preocupa más que los propios guardianes.
La ciudad cambia otra vez conforme avanzamos.
Las calles se vuelven más estrechas y las estructuras muestran una antigüedad aún mayor.
Aparecen enormes muros cubiertos por raíces gigantescas; algunos edificios conservan parte de sus fachadas originales, mientras que otros apenas son esqueletos de piedra devorados por la vegetación.
Aun así, todo parece diseñado para conducir hacia un mismo lugar. Cada calle, cada corredor y cada plaza apuntan hacia el interior de la ciudad, como si existiera un centro oculto que atrajera todo a su alrededor.
—¿Siempre fue así? —pregunta Hale.
João levanta la vista.
—¿Así cómo?
—Como si todo estuviera construido para llevar a un único punto.
El guía tarda varios segundos en responder.
—Sí.
—Eso no resulta inquietante en absoluto —murmura Finch.
La tensión acumulada termina explotando antes del mediodía, y no ocurre por culpa de los guardianes. Ocurre por culpa de João.
Blackwood es quien inicia la discusión, como ya se ha vuelto costumbre.
—¿Qué más nos ocultas?
La pregunta detiene al grupo.
João sigue caminando.
—Nada.
—Eso ya no funciona.
—No intento que funcione.
—Perfecto. Entonces dime por qué Arthur escribió aquello.
—No lo sé.
—Mentira.
El silencio se instala de inmediato entre nosotros. Miguel cierra los ojos, como si llevara horas esperando exactamente ese momento.
—Henry.
—No.
Blackwood da un paso adelante.
—Estoy cansado de esto.
—No eres el único —responde João.
—Entonces deja de comportarte como si siguiéramos siendo niños incapaces de entender la verdad.
João se detiene por completo. Cuando se gira hacia nosotros parece mucho más cansado que enfadado.
—La verdad tiene consecuencias.
—Briggs está muerto —responde Blackwood—. Las consecuencias ya han llegado.
Nadie interviene, porque nadie puede discutir eso.
El nombre de Briggs sigue teniendo peso. Sigue abriendo heridas que apenas han empezado a cicatrizar, y quizá era precisamente eso lo que necesitábamos recordar.
—¿Crees que no lo sé? —pregunta João con la voz más baja—. Lo vi crecer. Lo vi convertirse en explorador y embarcarse en esta expedición. Y ahora está muerto.
Hace una pausa antes de continuar.
—No necesito que me recuerdes lo que hemos perdido.
Por primera vez, Blackwood parece quedarse sin respuesta.
Entonces Miguel habla.
—Yo tampoco sabía nada.
Todos lo miramos.
Miguel mantiene la vista fija en su padre.
—Al menos no todo. Sabía que conocías historias y que tu abuelo hablaba de Arukana, pero jamás mencionaste a los guardianes. Tampoco hablaste de Arthur ni de nada relacionado con esto.
João baja la mirada, y ese gesto resulta más revelador que cualquier explicación.
—Porque prometí que no lo haría —dice finalmente.
El grupo entero guarda silencio.
—¿A quién? —pregunta Eleanor.
La respuesta tarda varios segundos en llegar.
—A Arthur.
El nombre cae sobre nosotros como una piedra.
—¿Mi padre? —pregunta Eleanor.
—Sí.
João observa las ruinas que nos rodean, las raíces que cubren los muros y las calles de la ciudad, como si estuviera contemplando un recuerdo ocurrido décadas atrás.
—Cuando encontró Arukana comprendió algo. Algo que lo aterró y me hizo prometer que nunca conduciría a nadie hasta aquí.
—Y sin embargo nos trajiste —digo.
João asiente lentamente.
—Porque alguien ya conocía el camino.
El silencio se vuelve absoluto.
—Briggs —susurra Hale.
João no responde, pero tampoco hace falta. Todos llegamos a la misma conclusión. Briggs descubrió algo que le permitió encontrar la ruta, y ese hallazgo fue el origen de todo lo que vino después.
La conversación termina ahí, no porque queramos, sino porque algo nos interrumpe.
Kane acaba de levantar una mano. Es una señal de peligro y todos nos detenemos de inmediato.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
Kane señala una pared cercana. Al principio no veo nada, pero después lo entiendo.
Hay una flecha tallada sobre la piedra.
La marca es reciente. No pertenece a Arukana, no muestra señales de erosión y tampoco parece antigua. Alguien la hizo hace poco.
La flecha apunta hacia una calle estrecha cubierta de vegetación.
—Nos están guiando —murmura Finch.
—O atrayendo —corrige Reed.
La diferencia entre ambas posibilidades resulta poco tranquilizadora.
João observa la flecha y su expresión se ensombrece.
—No me gusta.
—Eso nos convierte en dos —respondo.
Aun así, seguimos observándola. Todos sabemos que alguien la colocó allí y comprendemos perfectamente para quién iba dirigida. Era un mensaje para João.
Seguimos la dirección marcada durante casi una hora. A medida que avanzamos, la ciudad se vuelve más silenciosa, más cerrada y más antigua.
Entonces encontramos algo inesperado. No es una ruina, una inscripción ni una pista arqueológica. Es un objeto reciente.
Una pequeña bolsa de cuero cuelga de una raíz.
Miguel llega primero. La abre. Y palidece al instante.
—¿Qué ocurre? —pregunta Eleanor.
Miguel no responde. Simplemente le entrega el contenido a João.
El viejo guía lo observa y, durante unos segundos, parece incapaz de respirar.
—¿Qué es eso? —pregunto.
João abre lentamente la mano. Dentro hay un colgante de madera oscura, antiguo y gastado por el tiempo. En su superficie aparece tallado el mismo símbolo que llevamos semanas encontrando.
—Era de mi abuelo —susurra.
Nadie dice una palabra.
Acabamos de comprender algo importante. Los guardianes no solo saben quién es João ni que está aquí. Lo conocen personalmente. Y quieren que él también lo entienda.
Cuando el grupo vuelve a ponerse en marcha, noto movimiento a mi derecha. Una sombra vuelve a aparecer entre la vegetación, más clara y cercana que las anteriores.
Me giro de inmediato, pero la figura desaparece antes de que pueda distinguirla. Ha sido demasiado rápida. Y demasiado humana.
Cuando vuelvo la vista hacia Eleanor descubro que ella también la ha visto. Nuestros ojos se encuentran y ninguno necesita decir nada.
Ambos hemos llegado a la misma conclusión: los guardianes han dejado de observarnos desde la distancia.
Ahora se están acercando.