Capítulo 43
Eleanor
Nadie vuelve a mencionar la sombra, al menos no en voz alta.
Sin embargo, todos pensamos en ella.
Se nota en la forma en que Kane vigila constantemente los alrededores, en cómo Reed revisa el campamento dos veces antes de acostarse y en la tensión que atraviesa cada conversación. Las miradas terminan regresando una y otra vez hacia la oscuridad que rodea las ruinas.
Los guardianes ya no son una historia ni una leyenda lejana.
Son una presencia real.
Y eso lo cambia todo.
La mañana siguiente comienza antes del amanecer.
João insiste en ponerse en marcha cuanto antes, demasiado pronto para el gusto de la mayoría, y nadie tarda en señalarlo.
—¿Adónde vamos exactamente? —pregunta Blackwood mientras recoge sus notas.
—Hacia el corazón de la ciudad.
—¿Y casualmente has decidido contárnoslo ahora?
João sigue ajustando una de las correas de su mochila.
—No.
—Qué alivio.
Miguel se pasa una mano por la cara.
—Henry...
—No me pidas paciencia.
—Te la estoy pidiendo.
—Pues ahórrate el esfuerzo.
La tensión vuelve a instalarse de inmediato entre ellos.
El camino abandona las plazas principales de Arukana y se interna en una zona mucho más antigua.
Las construcciones se vuelven más extrañas y monumentales.
Aparecen enormes bloques de piedra cubiertos por raíces tan gruesas como troncos.
Algunas estructuras parecen haber sido levantadas alrededor de la selva, mientras que otras dan la impresión de que fue la propia vegetación la que creció para envolverlas.
Cuanto más avanzamos, más difícil resulta creer que una ciudad así pudiera desaparecer por completo.
Alistair camina cerca de mí.
No demasiado cerca, pero lo suficiente para que note su presencia.
Desde la discusión de hace dos días algo ha cambiado entre nosotros. No sabría explicarlo con exactitud. Seguimos discutiendo y llevándonos la contraria siempre que tenemos ocasión, pero existe una diferencia difícil de ignorar.
Una cercanía extraña, incómoda y, al mismo tiempo, peligrosamente fácil de echar de menos cuando desaparece.
A media mañana encontramos una nueva estructura.
No se trata de una plaza ni de un templo. Es una construcción circular levantada alrededor de un árbol gigantesco.
El tronco atraviesa el centro del edificio y desaparece varios metros por encima del techo derrumbado. Las raíces se extienden por todo el complejo como venas petrificadas.
Por primera vez desde que entramos en Arukana, incluso Blackwood guarda silencio.
—Dios mío —murmura Hale.
—Ahora sí parece una ciudad legendaria —dice Finch.
João observa el árbol durante varios segundos.
Su expresión cambia poco a poco, y no para bien.
—Arthur estuvo aquí —dice finalmente.
Mi corazón se acelera.
—¿Cómo lo sabes?
João señala una raíz enorme que emerge junto a la entrada.
Grabadas sobre la superficie aparecen varias marcas, algunas antiguas y otras mucho más recientes. Entre ellas reconozco algo de inmediato.
La letra de mi padre.
El mundo parece detenerse por un instante.
Me acerco antes de que nadie pueda impedírmelo y paso los dedos por la inscripción. Las líneas están desgastadas por el tiempo, pero siguen siendo legibles.
"Lo encontré."
Nada más.
Solo dos palabras.
Y aun así siento el impacto con toda su fuerza.
Porque puedo imaginarlo perfectamente: Arthur Whitmore, solo, cansado y obsesionado, llegando hasta aquel lugar después de años de búsqueda y dejando aquellas palabras como prueba de que había logrado su objetivo.
—¿Hay algo más? —pregunta Alistair.
Su voz llega desde detrás de mí, tranquila y cuidadosa.
João sigue examinando la raíz.
Después señala una zona inferior parcialmente cubierta de musgo.
—Hay otra frase.
Es mucho más difícil de leer.
Blackwood limpia la superficie con extremo cuidado mientras todos esperamos en silencio.
Finalmente consigue descifrarla.
Y cuando lo hace, el aire parece congelarse.
—"Ojalá no lo hubiera hecho."
Nadie se mueve.
Nadie dice una palabra.
Porque esas son exactamente las palabras que llevamos semanas persiguiendo. La confirmación definitiva de que Arthur encontró Arukana... y de que se arrepintió de haberlo hecho.
—¿Por qué? —pregunta Hale—. ¿Qué pudo ver para escribir algo así?
Nadie tiene una respuesta.
Ni siquiera João.
Y eso resulta más inquietante que cualquier teoría.
La exploración continúa durante varias horas, pero la frase permanece en mi cabeza como una herida que no deja de abrirse.
Lo encontré.
Ojalá no lo hubiera hecho.
Las dos ideas chocan entre sí de una forma imposible de reconciliar.
No encajan.
No juntas.
No en mi padre.
Porque Arthur dedicó media vida a encontrar Arukana. Era su sueño, su obsesión y el propósito que guiaba cada una de sus decisiones.
Y, sin embargo, cuando finalmente la encontró, se arrepintió.
Me alejo del grupo poco antes del atardecer.
No demasiado; apenas unos metros.
Necesito aire. Necesito pensar y ordenar algo que se está rompiendo dentro de mí.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz de Alistair llega desde detrás una vez más.
Empiezo a sospechar que se está convirtiendo en una costumbre.
—¿También llevas semanas observándome? —pregunto sin girarme.
Escucho una risa baja.
—No pienso responder a eso.
—Muy prudente.
—Intento aprender de mis errores.
Se coloca a mi lado.
Durante unos segundos ninguno habla. Observamos la ciudad extendiéndose ante nosotros: las terrazas, los edificios y el enorme árbol que domina el complejo.
—No sé quién era.
La frase sale antes de que pueda detenerla.
Alistair no pregunta a qué me refiero.
Lo entiende de inmediato.
—Mi padre.
Trago saliva.
—Creía que sí. Creía que después de tantos años lo entendía. Pero cada cosa que descubrimos me demuestra que no tenía ni idea.
Alistair permanece en silencio, escuchando.
Y eso, de forma absurda, ayuda.
—Tal vez nadie conoce completamente a sus padres —dice finalmente.
—Eso suena a consuelo barato.
—Probablemente.
La respuesta consigue arrancarme una sonrisa cansada.
—Eres horrible animando a la gente.
—Nunca he afirmado lo contrario.
El silencio regresa, pero esta vez no pesa sobre nosotros.
Durante unos segundos nuestras miradas se encuentran y ninguno aparta los ojos.
La distancia parece reducirse poco a poco.
No ocurre nada todavía.
Pero algo cambia.
Algo importante.
Porque por primera vez no siento que esté buscando respuestas sobre Arthur. Estoy buscando apoyo.
Y la persona a la que he acudido sin pensarlo es Alistair MacKenzie.
Cuando regresamos hacia el campamento, la noche empieza a caer sobre Arukana.
Ninguno de los dos ve la figura inmóvil que nos observa desde lo alto de las ruinas.
Una silueta silenciosa, oculta entre raíces y sombras, que desaparece antes de que alguien pueda descubrirla.