ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 42
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Capítulo 42

Alistair

Nadie duerme bien después de la confesión de João. Algunos ni siquiera lo intentan.

La revelación sobre los guardianes se extiende por el campamento como una enfermedad silenciosa, y cada conversación termina regresando al mismo punto: la hoguera, Briggs, Arthur y João. Todo parece conectado, y cuanto más lo pienso, menos me gusta.

El amanecer encuentra a la expedición cansada y desconfiada. Por primera vez desde que salimos de Brasil, percibo una fractura real dentro del grupo.

No es miedo. Es algo peor: duda.

Blackwood es el primero en verbalizarla.

—¿Desde cuándo pensabas contárnoslo?

La pregunta llega mientras desayunamos. João sigue limpiando una vieja hoja de machete y ni siquiera levanta la vista.

—No lo sé.

—Respuesta tranquilizadora.

—No pretendía tranquilizarte.

—Eso ya lo había notado.

Miguel suspira.

—Henry...

—No.

Blackwood deja la taza sobre una piedra.

—No voy a fingir que esto es normal. Nos ha mentido durante semanas.

—Nos ha ocultado cosas —corrige Miguel.

—¿Y cuál es exactamente la diferencia?

Nadie responde, porque la pregunta es incómodamente buena.

João termina guardando el machete.

—Si os hubiera contado la verdad el primer día, ninguno me habría creído.

—Prueba otra excusa —dice Blackwood.

—No es una excusa.

—Entonces es una mala decisión.

—Posiblemente.

La sinceridad parece desconcertarlo. Durante unos segundos incluso Blackwood se queda sin argumentos.

La discusión continúa sin volverse agresiva, aunque sí más personal. Por primera vez el grupo ya no está unido frente a un problema externo; ahora también tiene conflictos internos, y eso me preocupa más de lo que debería.

La mañana transcurre explorando una nueva zona de la ciudad. Arukana continúa revelándose poco a poco. Cada calle conduce a otra y cada edificio parece esconder algo. Cuanto más descubrimos, más evidente resulta que esto nunca fue una simple ciudad perdida.

A media mañana encontramos algo inesperado.

Hale es quien lo ve primero.

—Esperad.

Todos nos detenemos. Está observando una pequeña estructura circular situada junto a una escalinata.

—¿Qué ocurre? —pregunta Reed.

Hale señala algo entre las raíces, parcialmente enterrado.

Mi estómago se tensa de inmediato porque reconozco el objeto antes incluso de tocarlo.

Es una brújula.

Y no una cualquiera.

Es la de Briggs.

Finch la observa y después me mira.

—¿Estás seguro?

—Sí.

La respuesta sale demasiado rápido porque no tengo ninguna duda. La he visto decenas de veces.

El silencio se extiende por el grupo. Nadie necesita explicar por qué aquello es importante.

—Briggs estuvo aquí —susurra Eleanor.

Y ése no es ni siquiera el verdadero problema.

La brújula no está sola.

A pocos metros aparece una mochila oculta bajo ramas secas. Dentro encontramos una libreta.

La libreta de Briggs.

Blackwood casi la arranca de mis manos.

—Ten cuidado.

—Créeme. Lo tengo.

Por una vez parece más arqueólogo que científico obsesivo. Abre las páginas con extrema delicadeza.

Gran parte del contenido está dañado por la humedad, pero algunas anotaciones siguen siendo legibles.

Las primeras no dicen gran cosa: observaciones, croquis e hipótesis. Después aparece una frase.

Y todo cambia.

Blackwood la lee en voz alta.

—"João conoce las señales."

El silencio cae sobre nosotros.

Nadie mira la libreta. Todos miran a João.

El guía permanece inmóvil. No intenta defenderse ni huir; simplemente espera.

Blackwood continúa leyendo.

—"No actúa como alguien que las descubre."

Pasa la página.

—"Actúa como alguien que las recuerda."

Miguel baja la cabeza. João sigue callado.

—¿Es verdad? —pregunta Hale.

João tarda varios segundos en responder. Después asiente.

—Sí.

La tensión se vuelve insoportable.

—¿Y pensabas contárnoslo cuándo? —pregunta Blackwood.

—Cuando encontráramos Arukana.

—¡Estamos en Arukana!

Por primera vez João parece perder la paciencia, aunque solo lo justo para dejarlo ver.

—No.

Mira a todos uno por uno y después señala las ruinas que nos rodean.

—Esto es la puerta.

Nadie responde de inmediato.

—Entonces ¿dónde demonios está la ciudad? —pregunta Finch.

João observa el horizonte, las montañas, la vegetación y las estructuras dispersas entre la selva.

—Más adelante.

La respuesta provoca todavía más preguntas, pero no llegamos a formularlas.

Kane acaba de encontrar algo.

Se trata de una marca reciente tallada en piedra. No es antigua ni pertenece a Arukana.

Es nueva. Demasiado nueva.

João se acerca, la observa y palidece.

—¿Qué significa? —pregunto.

Por primera vez desde que lo conozco parece realmente asustado.

—Es un aviso.

—¿Qué clase de aviso? —pregunta Reed.

João mantiene la vista fija sobre la piedra.

—Uno dirigido a mí.

El silencio posterior resulta absoluto.

—¿Qué dice? —pregunta Eleanor.

João traga saliva antes de responder.

—Dice que me vaya.

Nadie habla durante varios segundos.

Porque acabamos de comprender algo: los guardianes no son una leyenda, ni un recuerdo, ni una historia antigua.

Están aquí.

Y saben exactamente dónde estamos.

Mientras el grupo observa la marca, noto movimiento por el rabillo del ojo. Un destello fugaz, una sombra que desaparece demasiado rápido para identificarla.

Me giro de inmediato, pero no veo nada más que vegetación, ruinas y un silencio inquietante.

Cuando vuelvo la vista hacia el grupo descubro que Eleanor también está mirando en la misma dirección. Por su expresión comprendo que ella también lo ha visto.

No estamos solos, y sospecho que quienes nos observan llevan mucho más tiempo cerca de nosotros de lo que nadie quiere admitir.