ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 41
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Capítulo 41

Eleanor

La ciudad cambia cuando cae la noche.

Durante el día, Arukana parece una maravilla arqueológica abandonada por el tiempo.

Sin embargo, cuando el sol desaparece, todo adquiere un aspecto distinto.

Las sombras invaden las calles vacías, los edificios se convierten en masas oscuras y el silencio se vuelve tan profundo que incluso nuestros propios pasos parecen una intrusión.

No me gusta, y por la expresión de Kane, tampoco le gusta a él, lo cual resulta mucho menos tranquilizador de lo que debería.

La expedición ha instalado el campamento en una plaza elevada situada cerca del centro de la ciudad.

Varias estructuras parcialmente conservadas ofrecen cierta protección, aunque no demasiada.

Aun así, esperamos que sea suficiente. Después de lo ocurrido con Briggs, nadie parece especialmente dispuesto a confiar en la suerte.

La cena transcurre entre conversaciones dispersas. Blackwood continúa obsesionado con los grabados, Finch intenta ordenar sus notas y Hale revisa fotografías. Mientras tanto, Miguel trata de convencer a Reed de que dormir ocho horas seguidas es una forma de autoritarismo médico.

Reed amenaza con abandonarlo en la selva, y Miguel se toma unos segundos para considerar la propuesta antes de responder:

—¿Con desayuno incluido?

Por primera vez en varios días, el grupo parece relajarse un poco. No demasiado, pero sí lo suficiente para recordar cómo era la expedición antes de que alguien asesinara a Briggs.

Solo João permanece apartado. Observa la oscuridad más allá de las ruinas sin participar en las conversaciones. No sonríe ni parece estar viendo lo mismo que nosotros, y eso empieza a inquietarme.

—¿Siempre hace eso? —pregunto.

Alistair sigue mi mirada.

—Últimamente sí.

—Parece estar esperando algo.

—Yo diría que está temiendo algo.

La diferencia entre ambas cosas resulta demasiado pequeña para tranquilizarme.

Más tarde, cuando la mayoría ya se ha retirado a descansar, Hale aparece corriendo desde una de las calles cercanas. No suele correr, así que todos levantamos la cabeza de inmediato.

—Tenéis que venir.

La respiración le sale entrecortada.

—¿Qué ocurre? —pregunta Alistair.

—Creo que deberíais verlo.

Cinco minutos después seguimos a Hale por una avenida de piedra cubierta de vegetación. Las linternas apenas iluminan el camino y la oscuridad parece tragarse todo lo que queda fuera de su alcance. Kane avanza delante, João detrás, y durante todo el trayecto ninguno pronuncia una palabra.

Llegamos a una pequeña plaza secundaria. Al principio no entiendo qué estamos viendo. Luego lo distingo y siento cómo se me contrae el estómago.

Hay una hoguera. Las cenizas siguen calientes y los restos indican que fue encendida hace muy poco.

El silencio se extiende por el grupo. Es un silencio pesado e incómodo, pero también familiar, porque todos recordamos la otra hoguera que encontramos días antes, la misma que apareció poco antes de hallar a Briggs.

—No puede ser casualidad —dice Blackwood.

Kane observa las cenizas con expresión sombría.

—No lo es.

Alistair se agacha junto a los restos del fuego. Los examina con atención y toca uno de los troncos parcialmente consumidos.

—Esto se encendió hoy.

Nadie responde porque no hace falta. Todos entendemos lo que significa: alguien ha estado aquí y quizá se marchó hace apenas unas horas.

—¿Alguno de vosotros la hizo? —pregunta Reed.

La pregunta resulta absurda, pero alguien tenía que formularla.

Uno a uno negamos.

Miguel observa la plaza.

—Entonces tenemos un problema.

—Ya teníamos uno —dice Finch—. Ahora tenemos otro más.

La tensión aumenta de inmediato. Lo noto en las posturas, en las miradas y en la forma en que Kane lleva la mano hacia el cuchillo. Entonces ocurre algo extraño, algo que ninguno pasa por alto.

João se ha quedado completamente inmóvil. No parece sorprendido ni asustado. Más bien da la impresión de que reconoce algo.

Alistair también lo nota.

—João.

El guía no responde y sigue observando las cenizas.

—João.

Esta vez la voz de Alistair suena más firme y mucho más peligrosa.

El hombre finalmente levanta la vista. Por primera vez desde que comenzó la expedición, parece viejo. No cansado, sino verdaderamente viejo.

—Conoces esto.

No es una pregunta, y Alistair tampoco pretende que lo sea.

João tarda varios segundos en responder. Demasiados.

—Sí.

La palabra cae sobre nosotros como una piedra.

Nadie habla. Ni siquiera Miguel.

—¿Qué significa eso? —pregunta Blackwood.

João observa la hoguera, luego las ruinas y finalmente a todos nosotros.

—Significa que no estamos solos.

La respuesta provoca un murmullo inmediato.

—Eso ya lo sabíamos —dice Blackwood—. Alguien mató a Briggs.

João niega lentamente con la cabeza.

—No. No lo sabíais.

El silencio regresa.

—Explícate —dice Alistair.

João aprieta la mandíbula. Parece debatirse internamente, como si hubiera pasado años evitando exactamente este momento.

—Mi abuelo me habló de ellos cuando era niño.

Nadie se mueve.

—¿De quiénes? —pregunta Hale.

—De los guardianes.

La palabra queda suspendida en el aire.

—¿Guardianes? —repite Finch—. Eso suena peligrosamente a leyenda.

—Lo es —responde João—. Y también es real.

Miguel se queda mirando a su padre. La sorpresa en su rostro resulta imposible de fingir.

—Papá...

João ni siquiera lo mira.

—Los hombres de mi pueblo siempre conocieron la existencia de Arukana.

Siento que el corazón empieza a latirme con fuerza.

—¿Qué? —susurra Blackwood.

—No sabíamos todo. No conocíamos todos los caminos, pero sabíamos que existía. Y también sabíamos que algunas personas la protegían.

—¿Personas? —pregunta Reed.

—Sí.

La plaza entera parece contener la respiración.

—Arthur los conoció —continúa João—. Y yo también.

Nadie dice nada.

De repente, la historia acaba de cambiar otra vez.

La hoguera, los símbolos, la fotografía y las sombras observándonos entre los árboles empiezan a encajar en una misma imagen.

—¿Y Briggs? —pregunta Alistair.

Su voz suena peligrosamente tranquila.

João cierra los ojos durante unos segundos antes de responder.

—Creo que Briggs los encontró.

El silencio posterior resulta peor que cualquier respuesta.

—¿Y crees que ellos lo mataron? —pregunto.

João abre los ojos. La culpa que aparece en ellos me golpea antes incluso de que hable.

—Creo que Briggs descubrió algo que nunca debió descubrir.

Nadie vuelve a hablar.

Todos comprendemos exactamente lo que significa. Por primera vez desde que llegamos a Brasil, ya no estamos buscando únicamente una ciudad perdida.

Ahora sabemos que alguien nos ha estado observando desde el principio y existe la inquietante posibilidad de que siga haciéndolo en este mismo instante.