ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 40
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Capítulo 40

Alistair

Arukana resulta aún más impresionante al amanecer.

Durante la noche apenas pudimos explorar una pequeña parte de la ciudad. La oscuridad y el cansancio nos obligaron a instalar un campamento provisional entre varias estructuras derruidas cercanas a la plaza principal.

Ahora, bajo la luz del día, las verdaderas dimensiones del lugar empiezan a revelarse. Las calles se extienden mucho más allá de lo que habíamos imaginado, las terrazas escalonadas ascienden por las laderas y los edificios aparecen conectados por caminos elevados cubiertos de vegetación.

Todo transmite una sensación difícil de explicar. No parece una ciudad muerta ni abandonada; más bien da la impresión de estar aguardando algo.

No sé por qué tengo esa impresión.

Y tampoco me gusta.

Blackwood lleva casi una hora caminando de un lado a otro.

Finch ya ha comenzado a registrar observaciones con una energía casi obsesiva, mientras Hale fotografía cualquier superficie que parezca mínimamente interesante.

Miguel, por su parte, ha conseguido perderse dos veces dentro del mismo conjunto de edificios, y Reed amenaza con sedarlo si vuelve a hacerlo.

La normalidad, aparentemente, ha decidido sobrevivir incluso al descubrimiento arqueológico más importante del siglo.

—Necesitamos dividirnos.

La propuesta de Blackwood provoca varias reacciones inmediatas, y la mayoría son negativas.

—No.

Respondo antes de que termine la frase.

—Ni siquiera me has escuchado.

—No era necesario.

—Eso resulta profundamente ofensivo.

—Me adapto a las circunstancias.

Blackwood suspira.

—Hay demasiado terreno.

—Y alguien asesinó a Briggs.

—No sabemos si...

—Sí lo sabemos.

La discusión termina ahí, principalmente porque nadie tiene argumentos sólidos para rebatir ese punto.

João interviene antes de que la tensión aumente.

—No hace falta dividir toda la expedición.

Todos lo miramos.

—Pero sí una parte.

La idea no me gusta en absoluto.

Una hora después sigue sin gustarme.

El grupo queda dividido en dos equipos pequeños. No se trata de una exploración extensa, sino de una inspección rápida de dos sectores cercanos.

João va con Kane y Reed.

Blackwood con Hale y Finch.

Miguel protesta porque nadie quiere llevarlo consigo y, después de varios minutos de quejas, termina con João.

Eso provoca la primera discusión seria entre ambos desde que comenzó la expedición.

Debería sentirme tranquilo con la distribución.

No es el caso.

Eleanor va conmigo, y eso convierte la responsabilidad en algo mucho más complicado de lo que debería ser.

—No pongas esa cara.

La voz de Eleanor llega mientras avanzamos por una calle parcialmente cubierta de raíces.

—¿Qué cara?

—Ésa.

—No sé de qué hablas.

—La de hombre que espera una catástrofe inminente.

—La expedición tiene un historial preocupante.

—Eso no responde.

—Lo sé.

Ella resopla.

—Eres agotador.

—No eres la primera persona que me lo dice.

—Ni la última.

Exploramos durante más de una hora. Encontramos nuevas estructuras, canales de piedra, escalinatas y patios interiores.

Todo resulta fascinante y, al mismo tiempo, inquietante.

La ciudad está demasiado intacta. Hay deterioro, vegetación y daños visibles, pero no aparecen señales claras de destrucción. No hay rastros de guerra, abandono apresurado ni desastres naturales.

Solo queda una ausencia difícil de explicar.

Llegamos a un edificio especialmente grande poco después del mediodía.

La fachada permanece parcialmente en pie y varias columnas todavía sostienen parte de la estructura superior.

—Esto parece importante.

Comenta Eleanor.

—Todo parece importante.

—Buen punto.

La entrada principal está bloqueada, pero encontramos un acceso lateral: una abertura estrecha entre dos muros derrumbados.

—Deberíamos esperar.

Digo.

—Deberíamos mirar.

Responde ella.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

La discusión dura apenas unos segundos y termina exactamente como suelen terminar nuestras discusiones.

Entramos.

El interior está sorprendentemente bien conservado. La luz se filtra por varias grietas del techo y revela paredes cubiertas de relieves, algunos de los cuales aún conservan restos de pigmentos.

Eleanor gira lentamente sobre sí misma mientras observa cada detalle.

Durante unos instantes parece olvidar cualquier otra preocupación: Arthur, Arukana, las discusiones constantes o los peligros de la expedición.

Solo queda la fascinación.

La expresión transforma por completo su rostro.

Y odio darme cuenta de ello.

—¿Qué?

La pregunta me toma por sorpresa.

—Nada.

—Me estabas mirando.

—Estaba observando la sala.

—Claro.

—Hay muchas cosas interesantes aquí.

—Por supuesto.

La sonrisa que aparece en sus labios resulta insoportablemente satisfecha.

Seguimos avanzando hasta que el suelo cede bajo nuestros pies.

No por completo, pero sí lo suficiente.

La piedra se rompe, intentamos reaccionar y descubrimos demasiado tarde que no hay nada que hacer.

El terreno desaparece.

Y caemos.

La caída no es especialmente larga, aunque sí bastante aparatosa.

Termino golpeando una superficie inclinada cubierta de tierra, mientras Eleanor aterriza unos metros más abajo.

Durante unos segundos apenas puedo respirar. Después me incorporo de inmediato.

—¿Eleanor?

—Estoy bien.

—Eso no era una pregunta absurda.

—Y ésa no era una respuesta amable.

Perfecto.

Sigue siendo ella.

La cámara donde hemos terminado parece una estancia inferior antigua y sellada, probablemente oculta durante siglos.

La abertura por la que hemos entrado queda varios metros por encima de nuestras cabezas.

Demasiados metros.

—Magnífico.

Eleanor observa el agujero.

—Esto parece culpa tuya.

—¿Mía?

—Eres el líder.

—Esa lógica resulta ofensiva.

—Y muy práctica.

Intentamos salir durante media hora.

Sin éxito.

Las paredes son demasiado altas y lisas, y el acceso queda completamente fuera de alcance.

—Nos encontrarán.

Digo finalmente.

—Eso ha sonado sospechosamente optimista.

—Estoy creciendo como persona.

—No exageres.

Terminamos sentados junto a una pared mientras esperamos.

Por primera vez en días no hay expedición, mapas, Blackwood ni símbolos antiguos reclamando nuestra atención.

Solo estamos nosotros dos.

Y eso resulta mucho más peligroso de lo que debería.

La luz atraviesa una grieta superior y alcanza a iluminar parcialmente la estancia.

Eleanor examina unas inscripciones cercanas. Tiene barro en la ropa, una venda en la mano y un mechón de pelo que insiste en escaparse detrás de la oreja.

Sigo fijándome en detalles que no debería notar.

—¿Por qué me miras así?

La pregunta vuelve a pillarme desprevenido.

Empiezo a sospechar que disfruta haciéndolo.

—No te estaba mirando.

—Claro.

—Empiezas a parecerte a Miguel.

—Eso es una ofensa.

—Estamos de acuerdo.

La sonrisa regresa y, por alguna razón, la estancia parece menos oscura.

El silencio se instala entre nosotros.

No resulta incómodo.

Eso sería más sencillo.

Es un silencio tranquilo, natural y peligrosamente agradable.

—¿Sabes qué es lo peor?

pregunta ella.

—Tengo miedo de averiguarlo.

—Empiezo a entender por qué la gente te sigue.

La respuesta me sorprende mucho más de lo que debería.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a un cumplido.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Ella pone los ojos en blanco.

Pero sonríe.

Durante varios segundos ninguno aparta la mirada.

La conversación desaparece, igual que el resto de la estancia.

Todo parece reducirse a la distancia que nos separa.

Una distancia cada vez menor.

Y demasiado fácil de cruzar.

Eleanor baja la vista primero.

Después vuelve a levantarla.

Sus ojos permanecen fijos en los míos y ninguno parece especialmente interesado en romper el silencio.

Un grito lejano destroza el momento.

—¡MacKenzie!

Miguel.

Naturalmente.

Siempre Miguel.

Cierro los ojos.

Eleanor se ríe, y el sonido resulta tan inesperado que termino sonriendo también.

—Creo que acaba de salvarte.

Dice ella.

—No estoy seguro.

—Yo sí.

—Eso es preocupante.

—Muchísimo.

Las voces se acercan y la búsqueda llega a su fin.

Dentro de pocos minutos volveremos a ser la expedición, la ciudad, Arthur, Arukana y todos los problemas que nos esperan ahí fuera.

Pero mientras observo a Eleanor bajo la luz que atraviesa la grieta del techo, comprendo que ya no estoy seguro de cuál de todos esos misterios me preocupa más resolver.