Capítulo 39
Eleanor
Arukana existe.
Durante años, esa idea había pertenecido al mismo lugar que las historias imposibles, los mapas incompletos y las obsesiones de mi padre. Algo que parecía inalcanzable, una leyenda más que una realidad.
Ahora está delante de nosotros.
Es real, inmensa y mucho más inquietante de lo que imaginaba.
Desde el borde del valle solo alcanzamos a ver una parte de la ciudad.
Grandes estructuras de piedra emergen entre la vegetación como esqueletos gigantescos.
Algunas permanecen cubiertas por raíces; otras se elevan por encima de los árboles, como si la selva hubiera sido incapaz de devorarlas por completo.
Nadie dice una palabra durante varios segundos.
Ni siquiera Blackwood.
Y eso probablemente sea la prueba definitiva de que estamos contemplando algo extraordinario.
—Dios mío.
La voz de Hale rompe finalmente el silencio. Ya tiene la cámara entre las manos y observa el valle como si temiera que la ciudad desapareciera en cualquier momento.
—No puede ser.
—Parece que sí puede.
Finch contempla las ruinas con los ojos muy abiertos.
—Voy a necesitar varios años para procesar esto.
—Yo voy a necesitar una bebida.
—También.
Miguel asiente con absoluta convicción.
—Muchísimas bebidas.
La expedición desciende lentamente por la ladera.
João insiste en que no avancemos deprisa y, por primera vez desde que lo conozco, parece verdaderamente nervioso. No es simple preocupación ni cautela; hay algo más profundo en su actitud, algo que resulta más inquietante que cualquiera de los símbolos que hemos encontrado hasta ahora.
—¿Qué no nos has contado?
pregunta Blackwood mientras avanzamos.
João ni siquiera intenta fingir sorpresa.
—Muchas cosas.
—Al menos es sincero.
—No siempre.
—Lo sé.
—Entonces ya estamos progresando.
Blackwood parece debatirse entre admirarlo o empujarlo colina abajo.
Yo camino varios metros detrás del grupo.
No es casualidad.
Después de la discusión con Alistair, ninguno de los dos parece especialmente interesado en iniciar una conversación. En teoría, eso debería facilitar las cosas.
No lo hace.
Sigo pensando en lo ocurrido, en cada palabra intercambiada y, sobre todo, en la expresión que apareció en su rostro cuando habló de perderme.
Cuanto más lo recuerdo, más difícil resulta convencerme de que aquello no significó nada.
Miguel aparece a mi lado.
Naturalmente.
Empiezo a sospechar que posee un talento sobrenatural para detectar momentos incómodos.
—¿Cómo va?
—Vete.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Era una sugerencia.
—No especialmente amable.
—Estoy intentando mantener una reputación.
Miguel sonríe con evidente satisfacción.
—La discusión fue interesante.
—Miguel.
—Solo digo que nadie discute así por arqueología.
—Discutíamos sobre una ruta.
—Claro.
—Era una discusión científica.
—Por supuesto.
—Miguel.
—Eleanor.
Lo odio un poco.
La ciudad se vuelve más impresionante conforme descendemos.
Empiezan a aparecer calles, plazas, canales de piedra y enormes escalinatas que desaparecen bajo capas de vegetación. Nada de aquello parece una ruina improvisada ni un asentamiento menor.
Parece el corazón de una civilización poderosa.
Y eso plantea una pregunta inquietante.
¿Cómo pudo desaparecer algo así?
La respuesta empieza a tomar forma varias horas después.
La encuentra Hale, porque Hale parece descubrir cosas incluso cuando da la impresión de estar simplemente tomando fotografías.
—Venid a ver esto.
Todos nos acercamos.
Está junto a una pared parcialmente derrumbada, en una zona cubierta por raíces y musgo.
—¿Qué ocurre?
pregunta Reed.
Hale señala una serie de grabados.
No son símbolos como los que hemos visto antes. Representan figuras humanas, grupos enteros de personas y algo más que no logro identificar de inmediato.
Algo que no encaja.
Blackwood se arrodilla inmediatamente frente a la pared.
—Interesante.
—Siempre dices eso cuando estás asustado.
comenta Finch.
—No estoy asustado.
—Claro.
—Estoy fascinado.
—La versión científica de la misma palabra.
Mientras Blackwood estudia los grabados, João permanece inmóvil.
Tan inmóvil que termina llamando la atención de todos.
Él también lo nota.
—Lo sabía.
La frase cae con suavidad, pero consigue que el grupo entero guarde silencio.
—¿Qué sabías?
pregunta Alistair.
João tarda unos segundos en responder. Observa los grabados, luego la ciudad y finalmente me mira a mí.
—Arthur encontró esto.
Mi estómago se tensa.
—¿Qué significa?
—Que comprendió por qué desapareció Arukana.
Nadie habla.
Ni siquiera Blackwood parece dispuesto a interrumpir.
—Explíquese.
La voz de Alistair recupera parte de su autoridad habitual.
João asiente lentamente.
—La ciudad no fue abandonada.
—Entonces ¿qué ocurrió?
pregunta Hale.
—Se cerró.
La respuesta provoca expresiones de desconcierto en todo el grupo, incluida la mía.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—Entonces explíquelo mejor.
Blackwood parece al borde de una crisis académica.
João suspira antes de continuar.
—Arthur creía que los habitantes eligieron desaparecer.
El silencio que sigue resulta aún más pesado.
Porque ninguna de las explicaciones posibles parece razonable.
La conversación continúa durante más de una hora.
Surgen hipótesis, teorías e interpretaciones de todo tipo, pero cuanto más debatimos, menos claro parece el panorama.
Mientras el resto sigue discutiendo, termino alejándome unos metros.
Necesito aire, tiempo para pensar y, sobre todo, entender qué demonios estaba buscando realmente mi padre.
Encuentro una terraza de piedra parcialmente cubierta por vegetación.
Desde allí puedo contemplar buena parte de la ciudad. Las sombras del atardecer empiezan a extenderse sobre los edificios y tiñen las ruinas de tonos dorados y oscuros.
La vista es impresionante.
Sin embargo, no consigo disfrutarla.
Porque hay algo que me duele y no tiene nada que ver con Arukana.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz llega desde detrás de mí.
No necesito girarme para reconocerla.
—Qué confianza.
—Te gusta desaparecer cuando estás pensando.
—Eso suena preocupantemente específico.
—Llevo semanas observándote.
La respuesta me obliga a volverme.
Alistair parece darse cuenta de lo que acaba de decir.
Demasiado tarde.
Durante unos segundos ninguno añade nada.
—¿Has venido a discutir otra vez?
pregunto.
—No.
—Sorprendente.
—Estoy intentando innovar.
Una sonrisa amenaza con aparecer en mis labios antes de desaparecer de nuevo.
Alistair se acerca un poco.
No demasiado, solo lo suficiente para que la conversación deje de sentirse distante.
Y, por primera vez desde que comenzó la expedición, ninguno parece tener ganas de pelear.
—Lo siento.
Parpadeo.
—¿Qué?
—La discusión.
La sorpresa debe reflejarse claramente en mi rostro porque él suspira.
—No pongas esa expresión.
—No sabía que fueras capaz.
—Normalmente intento evitarlo.
—Ya lo he notado.
Eso consigue arrancarle una sonrisa breve.
El silencio regresa, pero esta vez es diferente.
Más cómodo.
Más sincero.
—Tenías razón.
La frase se me escapa antes de poder detenerla.
—Eso sí que es histórico.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Niego con la cabeza.
—No. Hablo en serio.
Alistair espera sin interrumpirme, y eso hace que continuar resulte más sencillo.
—Tenías razón sobre una cosa.
—¿Cuál?
—Mi padre.
La palabra queda suspendida entre nosotros.
—He pasado años persiguiéndolo.
Miro la ciudad, las ruinas y los restos de su obsesión.
—Y sigo sin saber si alguna vez llegué a conocerlo de verdad.
Alistair tarda varios segundos en responder.
—Creo que eso les ocurre a muchos hijos.
—Qué alentador.
—Intentaba ayudar.
—Lo sé.
Su voz se suaviza ligeramente.
—No necesitas resolverlo todo hoy.
—Tú tampoco.
La frase provoca algo parecido a una rendición en su mirada.
Porque ambos sabemos exactamente de qué estamos hablando.
Durante unos segundos ninguno aparta la vista.
La distancia entre nosotros parece menor de lo que debería ser, y esa cercanía empieza a resultar peligrosamente evidente.
Una voz nos llama desde la plaza principal.
Miguel, por supuesto.
—¡Os estáis perdiendo algo!
Cierro los ojos.
Alistair también.
—Voy a acabar asesinándolo.
—Ponte a la cola.
—Qué reconfortante.
—Intento ser útil.
Por primera vez en mucho tiempo, los dos nos reímos al mismo tiempo.
Y mientras regresamos juntos hacia el resto del grupo, comprendo algo que quizá debería preocuparme más.
Ya no busco a Alistair cuando necesito discutir.
Empiezo a buscarlo cuando necesito entender las cosas.
Y sospecho que esa diferencia puede cambiarlo todo.