Capítulo 37
Eleanor
La frase de João nos acompaña durante todo el día.
No se trataba de encontrar una ciudad, sino de salir de ella.
Nadie consigue apartarse esa idea de la cabeza, ni siquiera Blackwood, y eso ya es decir mucho.
El paso de piedra marcado por el símbolo nos obliga a abandonar las embarcaciones y avanzar por una garganta estrecha abierta entre paredes rocosas cubiertas de vegetación.
El terreno cambia a medida que nos internamos en él. La selva sigue allí, pero se siente distinta: más cerrada, más antigua, como si lleváramos horas caminando hacia un lugar donde nadie desea recibirnos.
Blackwood y yo avanzamos delante del grupo durante buena parte de la mañana. No porque lo hayamos decidido; simplemente ocurre.
Él lleva los mapas y yo las copias de las anotaciones de Arthur. Cada pocos minutos nos detenemos para comparar marcas, distancias o referencias.
—Mira esto.
Blackwood señala una línea trazada junto a una anotación apenas legible.
—Pensaba que era una corrección.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que es una advertencia.
Me inclino para observar mejor y nuestros hombros casi chocan.
—No lo veo.
—Porque estás buscando una ruta.
—¿Y tú?
—Estoy buscando un error.
La respuesta me obliga a sonreír.
—Eso suena muy propio de ti.
—Los errores suelen ser más interesantes que los aciertos.
—Qué filosofía tan optimista.
—Me considero una persona luminosa.
—Nadie te ha llamado así jamás.
—Eso es dolorosamente cierto.
Por primera vez en días lo veo reír de verdad. No es la sonrisa arrogante habitual, sino una risa breve y sorprendentemente humana.
—Interesante.
La voz aparece detrás de nosotros.
Miguel, naturalmente.
—¿Qué es interesante? —pregunto.
—Nada.
—Miguel.
—Solo observaba.
—Eso nunca termina bien.
—Tampoco para mí.
Su mirada se desplaza entre Blackwood y yo antes de dirigirse hacia el resto del grupo. Más concretamente, hacia una persona.
Sigo la dirección de sus ojos.
Alistair camina unos metros detrás junto a Reed. Parece concentrado en el camino, quizá demasiado concentrado.
Miguel vuelve a sonreír. Esa sonrisa debería estar prohibida por alguna convención internacional.
—No empieces.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Precisamente.
—Me conoces demasiado bien.
Seguimos avanzando durante más de una hora. La garganta se estrecha todavía más y empiezan a aparecer muros, restos de escalones y fragmentos de estructuras ocultas entre raíces.
Hale fotografía todo cuanto encuentra. Finch habla solo mientras toma notas. Kane vigila constantemente los flancos.
João, en cambio, parece cada vez más incómodo.
Eso me preocupa porque conoce esta historia mejor que nadie y claramente no le gusta hacia dónde nos dirigimos.
La siguiente pista aparece poco antes del mediodía.
Es una inscripción tallada en piedra y parcialmente destruida por el tiempo.
Blackwood se arrodilla de inmediato. Yo hago lo mismo.
—¿Reconoces el idioma? —pregunto.
—No.
—Qué útil.
—Gracias.
Apoya una mano sobre la superficie erosionada.
—Pero sí reconozco esto.
Señala un símbolo.
Mi corazón se acelera porque aparece varias veces en los diarios de Arthur, siempre cerca de referencias a cambios de ruta, zonas prohibidas o lugares que nunca llegó a describir.
—No puede ser casualidad.
—No lo es.
—Entonces...
—Entonces Briggs tenía razón.
La frase queda suspendida entre nosotros. Cuanto más avanzamos, más evidente resulta que Briggs estaba acercándose a algo importante, algo que alguien quería mantener oculto.
—¿Qué habéis encontrado?
La voz de Alistair llega desde atrás.
Levanto la vista y descubro algo molesto.
Lo primero que hago es buscar su reacción.
No la de Hale, ni la de João o Reed.
La suya.
Y odio darme cuenta.
—Una inscripción.
Blackwood le explica rápidamente el hallazgo.
Alistair escucha con atención. Observa los símbolos, revisa los diarios y vuelve a mirar la piedra.
—Tiene sentido.
Su aprobación debería resultarme irrelevante.
No lo es.
Y eso lo vuelve todavía peor.
Continuamos examinando la inscripción.
Blackwood y yo trabajamos sobre varias hipótesis. Algunas se descartan rápidamente; otras sobreviven lo suficiente para merecer una discusión más larga.
Mientras intercambiamos posibilidades, noto algo extraño.
Alistair interviene mucho menos de lo habitual. Se limita a escuchar, observar y responder únicamente cuando es necesario.
La mayoría de la gente probablemente no lo notaría.
Yo sí.
Y tampoco debería hacerlo.
La pausa para comer llega a media tarde.
Nos sentamos junto a un tramo de muro derruido.
Finch mastica con la expresión resignada de un hombre que ha aceptado que la aventura era una mentira vendida por otros científicos.
Miguel se deja caer a mi lado, lo cual nunca es una buena noticia.
—¿Puedo ayudarte? —pregunto.
—No.
—Perfecto.
—Pero sí puedo ayudarte yo.
—Todavía peor.
Miguel parece encantado.
—Llevas todo el día mirando a MacKenzie.
Casi me atraganto.
—¿Qué?
—No te preocupes.
—No estaba mirándolo.
—Claro.
—Miguel.
—Eleanor.
—No estaba mirándolo.
—Llevas diez minutos utilizando exactamente la misma defensa.
—Porque es verdad.
—Y yo soy una bailarina de ópera.
—Eso ni siquiera tiene sentido.
—Tiene el mismo sentido que tu explicación.
Lo ignoro.
O al menos lo intento.
Miguel me observa durante unos segundos antes de bajar la voz.
—¿Habéis discutido?
—No.
—Entonces está enfadado.
—¿Quién?
—MacKenzie.
La respuesta me sale tan rápido que me delata de inmediato.
Miguel sonríe.
Yo quiero empujarlo por una pendiente.
El problema es que la idea permanece en mi cabeza.
Una vez que empiezo a observarlo, descubro que Miguel tiene razón.
Alistair está raro: más seco, más distante.
No conmigo exactamente.
Con todo el mundo.
Aunque, si soy sincera, especialmente conmigo.
Y no entiendo por qué.
La respuesta llega antes del anochecer.
O al menos una parte de ella.
Blackwood y yo estamos revisando nuevamente la inscripción cuando necesito consultar una de las copias de los diarios.
—Creo que la referencia está aquí.
—No.
Blackwood niega con la cabeza.
—Ésa es la página anterior.
—No lo es.
—Lo es.
—Henry.
—Eleanor.
—Estás equivocado.
—Imposible.
—Qué sorpresa.
—Lo sé.
Nos inclinamos sobre el documento al mismo tiempo y terminamos chocando las cabezas.
Los dos soltamos una maldición antes de echarnos a reír.
Solo dura un instante, pero es suficiente.
Cuando levanto la vista, veo a Alistair observándonos desde varios metros más allá.
La expresión desaparece tan rápido que casi podría pensar que la he imaginado.
Casi.
La tarde termina con un nuevo descubrimiento.
No es espectacular, pero sí importante.
La inscripción parece señalar una dirección concreta más allá de la garganta y de las ruinas, hacia una zona que Arthur marcó repetidamente en sus notas y que después intentó borrar.
La expedición volverá a ponerse en marcha al amanecer.
Todos lo saben.
Esa noche me cuesta dormir.
No por Arthur.
No por Arukana.
Ni siquiera por Briggs.
La verdad es mucho más molesta.
No dejo de pensar en la expresión de Alistair, en su distancia y en su silencio. Tampoco consigo ignorar el hecho profundamente irritante de que quiero saber por qué actúa así.
Hace apenas unas semanas habría celebrado cualquier momento en que Alistair MacKenzie permaneciera callado.
Ahora, en cambio, descubro que su opinión importa más de lo que debería.
Y sospecho que ese problema puede resultar mucho más peligroso que cualquier símbolo grabado en una piedra.