Capítulo 36
Alistair
João no cuenta toda la verdad aquella noche, y eso no sorprende a nadie. A estas alturas, el hombre parece incapaz de ofrecer una respuesta completa sin ocultar otra detrás.
Lo que sí hace es señalar una dirección: más allá de las ruinas, más allá del cauce estrecho, hacia una zona donde, según él, Arthur Whitmore desapareció durante dos días y regresó distinto.
No enfermo ni herido.
Distinto.
Esa sola palabra provoca más silencio que cualquier amenaza.
Partimos poco después del amanecer.
La tormenta ha dejado las piedras resbaladizas y el aire cargado de humedad. El campamento se pone en marcha con movimientos lentos, como si todos siguieran soportando el peso de Briggs, de Arthur y de la revelación de João.
Eleanor evita mirarme durante los primeros minutos. No de forma evidente, pero sí lo bastante para que lo note.
Y eso me irrita.
No debería prestarle atención. Tengo problemas más urgentes: alguien ha matado a un hombre de mi expedición y estamos siguiendo el rastro de una ciudad que quizá condenó a la anterior.
Aun así, me doy cuenta de que Eleanor Whitmore no me mira.
Magnífico.
Blackwood revisa el camino junto a João.
Hale protege las placas.
Finch avanza con expresión de hombre que preferiría ser devorado por una biblioteca antes que por la selva.
Miguel, que ha recuperado demasiada energía para la tranquilidad de todos, camina cerca de mí.
Demasiado cerca.
—Está muy callada.
—¿Quién?
Miguel me mira con una paciencia ofensiva.
—Finch, evidentemente.
—No empieces.
—Ni siquiera he terminado de empezar.
—Entonces ahórratelo.
—No puedo. Es una cuestión médica.
—No eres médico.
—He pasado suficiente tiempo con Reed para sentirme legitimado.
—Eso no funciona así.
—Funcionará cuando escriba mis memorias.
Lo ignoro.
Él sonríe.
—Solo digo que quizá la señorita Whitmore también está pensando en lo de anoche.
—No ocurrió nada anoche.
—Claro.
—No ocurrió nada.
—Entonces resulta fascinante la cantidad de nada que hay entre vosotros esta mañana.
Acelera el paso antes de que pueda responder.
Por segunda vez en dos días, considero seriamente dejarlo atrás.
El avance se vuelve más difícil al llegar al agua.
No es un río grande, sino un brazo secundario, estrecho y rápido, que corta el terreno entre rocas oscuras. La corriente baja con fuerza tras la tormenta.
No podemos rodearlo sin perder horas.
Kane estudia el paso.
João también.
Ninguno parece satisfecho.
—¿Se puede cruzar? —pregunto.
João mira el agua.
—Sí.
—No ha sonado convincente.
—Porque se puede cruzar. No he dicho que sea agradable.
Finch cierra los ojos.
—Cada vez que alguien dice eso, una parte de mí muere.
—Llevas muriendo desde Brasil —dice Kane.
—Y aun así sigo siendo imprescindible.
—Eso es discutible.
Montamos una cuerda entre dos rocas.
Kane cruza primero.
Después João.
Luego Miguel, pese a que Reed protesta con una energía que ya no impresiona a nadie.
El muchacho llega al otro lado empapado hasta la cintura y sonriendo como si acabara de ganar una guerra.
—Sigo vivo.
Reed lo fulmina con la mirada.
—Qué decepción para mi autoridad.
—No para todos.
Finch cruza después con la dignidad de un hombre que se arrepiente de todas sus decisiones vitales.
Hale y Blackwood lo siguen.
Eleanor espera junto a las cajas de documentos.
—Tú después de mí —digo.
Ella levanta la cabeza.
—Puedo cruzar sola.
—No he dicho lo contrario.
—Lo has insinuado con toda tu postura.
—Mi postura está ocupada pensando en la corriente.
—Qué postura tan versátil.
No respondo.
Porque si lo hago, Miguel sonreirá desde el otro lado.
Y ya lo está haciendo.
Cruzo primero para asegurar la cuerda desde la otra orilla.
El agua golpea las piernas con más fuerza de la esperada y las rocas bajo las botas están cubiertas por una película resbaladiza.
Cuando llego al otro lado, me giro.
Eleanor ya está entrando en el agua.
Mueve los pies con cuidado, demasiado cuidado, lo que significa que no está tan segura como pretende.
—Despacio —le digo.
—Había pensado cruzar bailando, pero agradezco la sugerencia.
—Whitmore.
—MacKenzie.
Da otro paso.
La corriente le golpea las rodillas y luego los muslos. Aprieta la mandíbula, pero no pide ayuda.
Naturalmente.
A mitad del cruce, una rama arrastrada por el agua golpea la cuerda y la desequilibra.
Eleanor intenta sujetarse con la otra mano.
La palma roza una roca afilada.
El movimiento es pequeño.
El corte no.
—¡Maldita sea!
La corriente la obliga a dar un paso torcido.
Me meto de nuevo al agua antes de pensarlo. La agarro por la cintura y la empujo hacia la orilla.
Ella intenta protestar.
—Estoy bien.
—Cállate y camina.
—No me des órdenes.
—Entonces deja de necesitar que te las dé.
Llegamos al otro lado entre agua, barro y mal humor.
En cuanto pisa tierra firme, intenta apartarse.
No la dejo.
—La mano.
—No es nada.
—La mano.
—Alistair.
—Ahora.
Algo en mi voz consigue que se detenga. No es obediencia, pero sí una tregua momentánea.
Y me basta.
Reed se acerca inmediatamente.
Yo llego antes.
Eso también lo nota.
Y, por desgracia, Eleanor también.
—Puedo hacerlo yo —dice Reed.
—Lo sé.
No suelto la mano de Eleanor.
Reed observa nuestras manos, luego mi cara y después la de ella.
Finalmente toma una decisión extremadamente inteligente.
—Entonces supongo que no me necesitan.
—Samuel —dice Eleanor.
—Estoy aquí si alguien empieza a sangrar de forma dramática.
Se aleja.
Traidor.
La siento sobre una roca.
Ella intenta retirar la mano.
La sujeto con firmeza.
—Quédate quieta.
—No soy una paciente particularmente dócil.
—No eres particularmente dócil en ningún ámbito.
—Me alegra que lo hayas notado.
La herida cruza parte de la palma. No es profunda, pero sangra lo suficiente para preocupar.
Saco vendas del equipo y limpio el corte con agua hervida.
Eleanor inspira con fuerza.
No se queja.
Eso me molesta más.
—Duele.
—No.
—Sí.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado muy alto.
Aprieta los labios.
Tiene el pelo mojado pegado a la mejilla y un mechón oscuro le cae sobre la frente. La lluvia de la noche ha dejado pequeñas gotas en sus pestañas.
Durante un instante soy demasiado consciente de todo eso: de la piel fría bajo mis dedos, de la forma en que intenta ocultar el dolor y de que no aparta la mirada.
Y me enfado.
No con ella.
Conmigo.
Porque no es el momento.
Y probablemente nunca lo será.
—¿Vas a vendarme o a ganar una batalla contra mi mano?
Su voz me devuelve al presente.
—Si tu mano cooperara, ya habría terminado.
—Mi mano está herida. Ten algo de compasión.
—Mi compasión se agotó cuando decidiste discutir con una corriente.
—No discutí con ella.
—Perdiste igualmente.
Su boca se curva apenas en una sonrisa pequeña, ridículamente inoportuna.
Y me resulta imposible no mirarla.
Eso también me enfada.
Termino de vendarla.
No la suelto enseguida.
Ella baja la vista hacia nuestras manos y después vuelve a mirarme.
El ruido del agua llena el silencio. El grupo se mueve a nuestro alrededor, pero durante unos segundos parece quedar muy lejos.
—Gracias —dice.
La palabra llega más baja de lo habitual.
—No fue nada.
—Has cruzado de vuelta por mí.
—Te habrías caído.
—Tal vez.
—No era una invitación a debatir.
—Lo sé.
Ninguno sonríe ni se aparta.
Sus dedos siguen apoyados sobre mi palma y, durante un instante absurdo, pienso en lo fácil que sería inclinarme un poco.
Solo un poco.
Un movimiento mínimo.
Peligroso.
Estúpido.
Imposible.
—MacKenzie.
La voz de Blackwood corta el aire.
Eleanor aparta la mano.
Yo también.
Demasiado rápido.
Blackwood está varios metros más allá, junto a João, observándonos con una expresión difícil de interpretar.
—Hemos encontrado algo.
Naturalmente.
Siempre encontramos algo cuando menos conviene.
Seguimos avanzando después de vendar la mano de Eleanor.
Ella insiste en cargar una caja pequeña.
No se lo permito.
Discutimos.
Gana ella, al menos parcialmente.
Termina cargando una bolsa.
Yo finjo no notar que usa la mano herida menos de lo que debería.
Ella finge no notar que camino más cerca.
Ambos fingimos demasiado.
Miguel lo nota todo.
Por supuesto.
—Bonita venda.
Eleanor lo mira.
—Gracias.
—Muy firme.
—Reed sabe lo que hace.
Miguel sonríe.
—No he dicho que la hiciera Reed.
Ella no responde.
Yo tampoco.
Miguel parece satisfecho.
Demasiado satisfecho.
Lo que Blackwood ha encontrado es una marca.
No está en un árbol, sino en piedra, y parece mucho más antigua que las anteriores.
El símbolo aparece tallado en la entrada de un paso estrecho entre dos formaciones rocosas.
Junto a él hay otras marcas.
Coordenadas.
O advertencias.
Tal vez ambas cosas.
Eleanor se acerca de inmediato.
Yo también.
—No uses esa mano.
—Estoy mirando, no escalando.
—Contigo nunca se sabe.
—Qué confianza tan conmovedora.
Blackwood estudia el grabado.
—Esto coincide con la página arrancada.
—¿Seguro? —pregunta Hale.
—No.
Blackwood ni siquiera parece molesto por admitirlo.
—Pero casi.
Eleanor se inclina un poco.
—Mi padre estuvo aquí.
João, situado detrás de nosotros, habla por fin.
—Sí.
Todos nos giramos hacia él.
—Aquí empezó la parte que no quiso escribir.
La frase deja el aire más frío.
Reed se acerca.
—¿Por qué?
João mira el paso.
La selva parece cerrarse alrededor de la piedra.
—Porque desde aquí ya no se trataba de encontrar una ciudad.
—¿Entonces de qué se trataba? —pregunta Eleanor.
João tarda demasiado en responder.
Cuando lo hace, no mira a nadie.
—De salir de ella.
El silencio cae sobre el grupo.
Eleanor se queda quieta a mi lado.
Su hombro roza apenas el mío.
No se aparta.
Yo tampoco.
Mientras observo el paso marcado por el símbolo, comprendo dos cosas con una claridad incómoda.
La primera es que nos estamos acercando a Arukana.
La segunda, que cada paso que damos me vuelve menos capaz de mantener a Eleanor Whitmore lejos de mis pensamientos.
Ambas cosas son peligrosas.
Pero solo una de ellas depende de mí.