Capítulo 35
Eleanor
La frase de João permanece suspendida sobre las ruinas mucho después de haber sido pronunciada.
Arthur encontró Arukana.
Y cuando la encontró, deseó no haberlo hecho.
Nadie sabe qué responder a eso.
Ni siquiera Blackwood.
El silencio resulta extraño en él, casi antinatural.
Por primera vez no parece estar buscando una frase brillante con la que imponerse al resto.
Observa los muros derruidos, las piedras cubiertas de musgo y las raíces que se han abierto paso entre estructuras antiguas.
Su expresión se parece demasiado a la de un hombre que acaba de descubrir que el mundo es mucho más grande que su ambición.
Alistair es el primero en reaccionar.
—Montaremos el campamento antes de que anochezca.
La orden devuelve algo de vida al grupo.
Kane empieza a repartir indicaciones mientras Hale protege la cámara bajo una lona. Finch ayuda a Reed con el equipo médico y Miguel se acerca a João, aunque su padre sigue contemplando las ruinas como si hubiera regresado treinta años atrás.
Yo no me muevo.
No puedo.
Arthur encontró Arukana.
Mi padre llegó donde todos dijeron que era imposible llegar y, después de conseguirlo, ocultó la verdad.
—Eleanor.
La voz de Alistair surge a mi lado.
No dice Whitmore.
Dice mi nombre.
Eso debería pasarme desapercibido, pero no lo hace.
—Estoy bien.
—No te he preguntado.
—Ibas a hacerlo.
—Probablemente.
—Pues te ahorro el esfuerzo.
Me observa durante unos segundos.
No insiste, y por alguna razón eso me afecta más que si lo hubiera hecho.
La tormenta llega poco después de instalar el campamento.
Primero se anuncia como un murmullo lejano, luego como una tensión extraña en el aire. Finalmente cae sobre las ruinas como una pared de agua furiosa.
Las lonas improvisadas se tensan bajo el peso de la lluvia y el fuego desaparece en cuestión de segundos.
Alguien maldice, probablemente Kane.
Finch intenta sujetar una caja y casi termina encima de Reed. Miguel alcanza a reírse un instante antes de que una ráfaga de viento arranque parte de la cubierta que protegía los diarios.
Entonces todos reaccionan al mismo tiempo.
—¡Los documentos!
Corro hacia la mesa.
Alistair llega antes.
Entre los dos sujetamos la lona y tiramos de ella para cubrir las cajas. El agua me cae por la cara, por el cuello y por la espalda. Apenas veo nada, salvo sus manos aferradas al borde de la tela frente a las mías.
—¡Tira de tu lado!
—¡Ya estoy tirando!
—¡Pues tira mejor!
—¡Qué agradable eres bajo presión!
—¡Y tú sigues discutiendo incluso bajo una tormenta!
—¡Tengo principios!
Una ráfaga golpea la lona y ambos perdemos el equilibrio.
Alistair me agarra del brazo antes de que resbale sobre el barro. El gesto dura apenas un segundo, pero su mano permanece cerrada alrededor de mi muñeca más tiempo del necesario.
O tal vez soy yo quien tarda demasiado en apartarse.
El refugio improvisado se derrumba media hora después.
No por completo, pero sí lo suficiente para que una de las lonas se desprenda, varios soportes cedan y parte del equipo quede expuesto al agua.
En medio del caos, Alistair y yo terminamos arrastrando dos cajas hacia una estructura de piedra situada al borde de las ruinas.
Es una cámara pequeña, medio cubierta por raíces y restos de un muro. No resulta cómoda ni especialmente segura, aunque al menos nos protege de la lluvia.
—Qué lugar tan encantador —digo, apartándome el pelo mojado de la cara.
Alistair deja una caja en el suelo con un golpe seco.
—Tiene paredes.
—Qué exigente eres.
—La expedición me ha rebajado las expectativas.
Intento mirar hacia el campamento, pero la lluvia forma una cortina espesa entre nosotros y el resto.
Se oyen voces, órdenes y movimiento constante. Nadie parece estar en peligro inmediato, aunque todos deben de estar empapados, agotados y probablemente furiosos.
—Deberíamos volver.
Alistair se acerca a la entrada y estudia la tormenta antes de negar con la cabeza.
—No ahora.
—¿Por qué?
—Porque no se ve a tres pasos.
—Podemos seguir las voces.
—También podemos caernos por alguna grieta entre las piedras.
—Muy optimista.
—Realista.
—Qué palabra tan aburrida.
—Suele mantener viva a la gente.
Me mira al decirlo y la frase deja de sonar como una observación general.
Permanecemos allí mientras la tormenta golpea las ruinas.
El espacio es tan reducido que cualquier movimiento delata la presencia del otro.
Alistair se quita la chaqueta empapada y la sacude antes de colocarla sobre una caja. La camisa se le pega a los hombros.
Aparto la vista demasiado tarde.
Él lo nota.
O eso creo.
Por suerte no dice nada y yo tampoco, porque todavía me queda algo de dignidad. No mucha, aparentemente, pero algo.
—Estás temblando.
—No.
—Sí.
—Es la emoción arqueológica.
—Es frío.
—Siempre tan dispuesto a destruir mis teorías.
Sin pedirme permiso, toma una manta de una de las cajas y me la lanza.
La atrapo por puro instinto.
—No necesito esto.
—Claro.
—Estoy perfectamente.
—Eso también lo dijiste antes de casi caerte por una ladera.
—Estás usando demasiadas veces ese episodio en mi contra.
—Porque fue muy útil.
Lo fulmino con la mirada.
Él parece casi satisfecho.
Me envuelvo en la manta, no porque tenga razón, sino porque sería ridículo enfermar después de sobrevivir al Amazonas, a una expedición científica y a Alistair MacKenzie.
Durante un rato no hablamos.
La tormenta ocupa cada rincón del silencio.
Yo observo la entrada de la cámara mientras Alistair revisa una de las cajas para asegurarse de que no haya entrado agua.
La normalidad del gesto me resulta extrañamente tranquilizadora.
Siempre hace lo mismo: comprueba, organiza, revisa y se asegura de que algo sobreviva al desastre.
A veces resulta insoportable.
Otras, como ahora, cuesta no agradecerlo.
—¿Qué crees que quiso decir João?
La pregunta sale más baja de lo que pretendía.
Alistair tarda unos segundos en responder.
—Creo que Arthur encontró algo que no pudo controlar.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—No te gusta no tener respuestas.
—A ti tampoco.
—Yo no soy quien dirige una expedición.
—No. Tú eres quien se aleja sola detrás de cualquier pista que parezca peligrosa.
—Me preguntaba cuándo sacarías eso.
—He esperado bastante.
—Un esfuerzo admirable.
Se gira hacia mí.
—No fue admirable.
La conversación cambia de tono antes incluso de que continúe.
—Cuando te perdí de vista ayer...
—No me perdiste.
—Sí.
—Alistair.
—Sí.
El uso de su nombre debería advertirme.
No lo hace.
—Durante veinte minutos no sabía dónde estabas. Briggs acababa de desaparecer, habíamos encontrado una fotografía de alguien observándonos y teníamos pruebas de sabotaje. Y tú decidiste que era buena idea internarte sola.
—Encontré la tela.
—Lo sé.
—Si no hubiera seguido ese rastro...
—Lo sé.
—Entonces...
—Eso no significa que no fuera una estupidez.
La palabra golpea.
Me incorporo.
—No soy una niña.
—Nunca dije que lo fueras.
—Me hablas como si lo fuera.
—Te hablo como alguien que no quiere encontrarte muerta entre raíces.
El silencio cae de golpe.
La lluvia sigue golpeando el exterior y las ruinas crujen bajo el viento.
Yo dejo de saber qué decir.
Porque eso no ha sonado a reproche.
Ha sonado a miedo.
Alistair aparta la vista primero, como si también se hubiera dado cuenta.
—No quería decirlo así.
—¿Cómo querías decirlo?
—No lo sé.
La honestidad me desarma.
Con él no suelen existir las respuestas incompletas.
No cuando puede evitarlas.
—No estoy acostumbrada a que alguien se preocupe por mí de esa manera.
La frase se me escapa antes de poder detenerla.
Una vez pronunciada, ya no puedo recuperarla.
Alistair vuelve a mirarme.
Su expresión cambia; hay menos dureza y menos control.
—¿Arthur no lo hacía?
La pregunta es suave.
Tan suave que duele.
Miro la entrada de la cámara mientras la lluvia cae como si quisiera borrar el mundo.
—A su manera.
—Eso suena a excusa.
—Probablemente lo sea.
Pasan unos segundos sin que diga nada más.
Él no me presiona.
Simplemente espera.
Y eso, viniendo de Alistair MacKenzie, parece casi un milagro.
—Mi padre me quería.
—No lo dudo.
—Pero también estaba siempre en otra parte. Incluso cuando estaba en casa.
Trago saliva.
—En su cabeza ya estaba viajando. Vivía entre mapas, diarios y lugares que no existían para nadie más.
Alistair permanece quieto.
Escucha sin corregir ni intentar darle sentido a todo.
—Cuando era niña pensaba que, si conseguía ser lo bastante inteligente, me miraría de verdad.
La confesión queda suspendida entre nosotros.
Demasiado desnuda.
Demasiado real.
—Eleanor...
—No digas nada amable.
—¿Por qué?
—Porque entonces esto será todavía más humillante.
Su boca se curva apenas.
—Iba a decir que tu estrategia explica muchas cosas.
Lo miro.
—Eres imposible.
—Lo intento.
Y, contra todo pronóstico, sonrío.
No mucho, pero lo suficiente.
La tormenta empieza a perder fuerza.
No desaparece, aunque deja de sonar como si quisiera arrancar las piedras de raíz.
Alistair se sienta frente a mí, con la espalda apoyada contra el muro.
El espacio sigue siendo reducido y la manta conserva algo de calor.
Debería estar pensando en Arthur, en Arukana, en João o en Briggs.
Sin embargo, durante unos minutos solo pienso en el hecho de que Alistair no ha intentado arreglar nada.
No ha explicado, no ha dado órdenes ni ha convertido mi confesión en una lección.
Simplemente se ha quedado.
—¿Y tú? —pregunto.
—¿Yo qué?
—¿Quién intentabas impresionar?
La pregunta parece sorprenderlo.
—A nadie.
—Mentira.
—Whitmore.
—MacKenzie.
Suspira.
—Mi padre murió cuando yo era joven.
—Lo siento.
—No lo conocí lo suficiente como para querer impresionarlo.
—Entonces ¿a quién?
Alistair mira hacia la lluvia.
Durante un momento creo que no va a responder.
—A los hombres que siempre parecían saber qué hacer.
—¿Y ahora?
—Ahora intento parecer uno de ellos.
La respuesta es tan seca que casi podría pasar por una broma.
Pero no lo es.
Lo sé.
—Lo consigues.
—No siempre.
—Casi siempre.
Me mira.
Hay algo distinto en sus ojos, una atención que me hace demasiado consciente de la escasa distancia entre nosotros.
—Eso ha sonado peligrosamente cerca de un cumplido.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
La frase debería hacernos sonreír.
Y lo hace.
Pero después ninguno aparta la mirada.
El silencio cambia otra vez.
Ya no está lleno de miedo, culpa o recuerdos de Arthur.
Está ocupado por algo mucho más difícil de nombrar, algo que se instala en el poco espacio que queda entre nosotros.
Una voz nos llama desde fuera.
—¡MacKenzie!
Alistair se mueve primero.
Demasiado rápido.
Como si la interrupción fuera una salvación o una condena.
—Estamos aquí.
Miguel aparece bajo la lluvia, empapado y con una sonrisa que desaparece al vernos sentados uno frente al otro.
Luego regresa.
Más amplia.
Mucho más peligrosa.
—Oh.
—No —dice Alistair.
—No he dicho nada.
—Estabas a punto.
—Estaba siendo profundamente discreto.
—Miguel.
—Bien. Todos están vivos. La mayoría mojados. Finch casi ha llorado por unas muestras. Reed está de mal humor, lo cual significa que sigue respirando. Y João quiere que volváis antes de que decida venir él.
Me levanto y le devuelvo la manta a Alistair.
Nuestros dedos se rozan apenas un instante.
Demasiado poco para significar nada.
Demasiado evidente para ignorarlo.
Miguel lo ve.
Por supuesto que lo ve.
Su sonrisa se vuelve insoportable.
—Ni una palabra —le advierto.
—Jamás.
—Miguel.
—Soy una tumba.
Alistair pasa junto a él.
—Ojalá.
Regresamos al campamento bajo una lluvia más suave.
El barro nos llega casi hasta los tobillos y las ruinas se alzan a nuestro alrededor como sombras enormes.
Cuando alcanzamos finalmente la zona principal, me sorprendo buscando a Alistair con la mirada antes de comprobar el estado de los diarios.
Él está hablando con João.
Empapado.
Serio.
Otra vez convertido en el líder de la expedición.
Pero ahora sé algo que antes ignoraba.
Sé que debajo de esa autoridad hay miedo, culpa y un hombre que intenta parecer seguro incluso cuando no lo está.
Eso no debería importarme.
Pero importa.
Y mientras João empieza a explicar por qué Arthur quiso ocultar aquellas ruinas, comprendo que el mayor peligro de esta expedición quizá ya no sea Arukana.
Tampoco quien mató a Briggs.
Ni siquiera la selva.
El verdadero peligro es que Alistair MacKenzie empieza a resultar demasiado difícil de mirar como si fuera solo un enemigo.