ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 34
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Capítulo 34

Alistair

La expedición vuelve a ponerse en marcha al amanecer.

Nadie parece haberse recuperado realmente de la muerte de Briggs, y tampoco espero que lo hagan tan pronto.

Las conversaciones son más breves, las risas escasean y hasta Finch parece haber comprendido que hay situaciones que no pueden resolverse hablando sin parar.

Probablemente, esa sea la señal más inquietante de todas.

El único que parece haber recuperado algo de energía es Blackwood, lo cual tampoco consigue tranquilizarme.

—Lo tengo.

La declaración llega antes incluso del desayuno.

Blackwood aparece con varios mapas bajo el brazo y la expresión triunfal de un hombre convencido de haber demostrado que el resto del mundo lleva días equivocado.

—Buenos días para ti también.

La observación de Miguel apenas logra ralentizarlo.

—La página arrancada.

Todos levantamos la vista.

—¿Qué pasa con ella?

Blackwood despliega varios documentos sobre una caja mientras Eleanor se acerca de inmediato. Naturalmente.

—Creo que ya sé qué encontró Briggs.

La atención del campamento se concentra en él al instante. Incluso João deja de afilar la hoja que tiene entre las manos.

—Explíquese.

Blackwood parece disfrutar especialmente cuando alguien le da pie para hacerlo.

—Las notas de Briggs mencionan tres elementos: el símbolo, la ruta desviada de Arthur y las coordenadas parciales encontradas cerca del campamento.

Va señalando cada punto sobre los mapas.

—Por separado no significan gran cosa.

—Y juntos sí.

Eleanor completa la idea.

Blackwood asiente.

—Exactamente.

Durante varios minutos trabajan sobre los mapas, intercambiando observaciones, corrigiendo datos y contrastando teorías con una rapidez que obliga al resto a seguirles el ritmo. Y, por alguna razón que prefiero no examinar demasiado, descubro que aquello empieza a irritarme.

—No pongas esa cara.

La voz de Miguel surge a mi lado.

—¿Qué cara?

—Ésa.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

Mira hacia Eleanor y Blackwood antes de volver la vista hacia mí.

—Ni idea.

—Miguel.

—Solo digo que llevas diez minutos mirando hacia allí.

—Estoy observando los mapas.

—Por supuesto.

—Los mapas son importantes.

—Muchísimo.

—Miguel.

—Ya paro.

La sonrisa que intenta ocultar resulta profundamente irritante.

La conclusión de Blackwood es sencilla y, precisamente por eso, preocupante.

—Tenemos que cruzar.

Señala una zona concreta del mapa. Allí el río se estrecha antes de desaparecer parcialmente entre formaciones rocosas.

—¿Qué hay al otro lado? —pregunta Reed.

—No lo sé.

—Magnífico.

—Pero Briggs creía que había algo importante.

—Y Briggs está muerto.

El comentario de Kane cae con la contundencia de una piedra.

El silencio se instala de inmediato. Blackwood baja la mirada durante unos segundos antes de responder.

—Precisamente por eso debemos averiguar qué encontró.

Nadie replica. La verdad es que ninguno tiene una alternativa mejor.

La travesía ocupa toda la mañana.

A medida que avanzamos, el río se vuelve más agresivo. La corriente golpea las embarcaciones con fuerza creciente mientras las paredes de roca se elevan a ambos lados, formando un paso estrecho y complicado.

Kane y João trabajan sin descanso para mantener el rumbo. Miguel ayuda siempre que puede, aunque Reed no deja de protestar porque sigue esforzándose demasiado. Miguel lo ignora con la misma facilidad con la que Reed parece resignado a no ser escuchado.

La parte más difícil aparece poco después del mediodía.

El cauce se estrecha hasta desaparecer entre enormes bloques de piedra, haciendo imposible el paso de las embarcaciones. No queda más remedio que continuar a pie y cargar con todo el equipo.

La noticia provoca un entusiasmo comparable al de un funeral.

—Maravilloso.

Finch contempla la pendiente rocosa con evidente resignación.

—Exactamente el tipo de actividad que esperaba cuando decidí dedicarme a las ciencias naturales.

—Podrías haber sido contable.

—Ahora mismo parece una profesión apasionante.

Durante la subida descubro otro problema.

Blackwood y Eleanor siguen trabajando juntos. Comparan notas, discuten rutas e intercambian observaciones con una facilidad que resulta imposible ignorar. Y lo hacen bien. Demasiado bien.

No hay coqueteos ni nada parecido, lo que de algún modo lo empeora. Simplemente encajan a nivel intelectual, como dos personas que disfrutan enfrentándose al mismo rompecabezas.

Y, por alguna razón que no me gusta admitir, eso me molesta más de lo razonable.

La pendiente se vuelve cada vez más complicada.

Eleanor resbala sobre una roca húmeda, aunque no llega a caer porque Blackwood la sujeta rápidamente del brazo.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Deberías mirar dónde pisas.

—Gracias por la observación.

—Siempre intento ser útil.

Ella le dedica una sonrisa breve y completamente normal. Nada especial.

Y aun así, no puedo evitar preguntarme por qué demonios me molesta.

Miguel aparece junto a mí pocos minutos después con una naturalidad tan estudiada que resulta sospechosa.

—No es por Blackwood.

—¿Qué?

—Lo que te está molestando.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

—Miguel.

—Solo digo que Henry podría convertirse en árbol delante de ella y seguirías mirando igual.

—Estás delirando.

—Posiblemente.

Se ajusta mejor la mochila sobre el hombro.

—Pero no en esto.

Antes de que pueda responderle, acelera el paso.

Cobarde.

Llegamos a las ruinas al final de la tarde.

Y eso es exactamente lo que encontramos.

No una ciudad, al menos no todavía, sino restos dispersos de algo mucho más antiguo: muros derruidos, piedra trabajada y estructuras que no pertenecen a ningún campamento reciente.

El silencio se extiende por el grupo.

Incluso Blackwood parece impresionado.

—Dios mío.

Hale ya está preparando la cámara.

Finch gira lentamente sobre sí mismo mientras contempla el lugar.

—No puede ser.

—Sí puede.

La voz de João suena extraña. Más grave, más distante.

Todos nos volvemos hacia él porque algo ha cambiado.

Algo importante.

João observa las ruinas durante varios segundos. Después mira a Eleanor y finalmente al resto, como si hubiera tomado una decisión largamente aplazada.

—Os mentí.

Nadie responde ni se mueve.

—Eso ya lo sospechábamos.

Blackwood rompe el silencio.

Por una vez, nadie parece molesto por el comentario. Toda la atención sigue centrada en João.

—Arthur encontró esto.

Siento que el corazón se detiene durante un instante.

—¿Qué?

La voz de Eleanor apenas supera un susurro.

João mantiene la vista fija en las ruinas.

—Hace treinta años.

—¿Estás diciendo que estuvo aquí? —pregunto.

—Sí.

—¿Y nunca lo mencionaste?

—Porque me pidió que no lo hiciera.

Blackwood da un paso adelante.

—¿Por qué?

João tarda varios segundos en responder.

—Porque esto no era Arukana.

El silencio que sigue es absoluto.

—¿Qué significa eso? —pregunta Eleanor.

João levanta lentamente la mirada y la fija en ella.

—Significa que Arthur encontró Arukana después.

Nadie parece capaz de reaccionar.

La revelación lo cambia todo: los diarios, las mentiras, los desvíos, las desapariciones, la muerte de Briggs. Todo adquiere un significado distinto.

João contempla las ruinas una última vez.

Entonces pronuncia una frase que resulta todavía peor que la anterior.

—Y cuando la encontró, deseó no haberlo hecho.