ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 33
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Capítulo 33

Eleanor

La muerte de Briggs cambia la expedición de una forma que no esperaba.

No se trata únicamente de su ausencia, sino del vacío que deja alguien que estaba allí todos los días y que, de repente, desaparece para siempre.

La mañana siguiente amanece gris. El cielo permanece cubierto y el campamento parece más pequeño, más silencioso. Incluso la selva da la impresión de observarnos de otra manera.

Durante el desayuno casi nadie habla.

Miguel juguetea con una cuchara sin probar apenas la comida. Finch mantiene la vista fija en una taza de café que probablemente sigue sabiendo a tierra. Hale revisa fotografías sin prestar verdadera atención a lo que tiene delante.

Blackwood, por su parte, permanece apartado del grupo. Parece estar pensando, aunque con él siempre resulta difícil distinguir la reflexión del enfado.

El entierro ocupa buena parte de la mañana.

No existe otra opción. No podemos llevarnos el cuerpo en aquellas condiciones ni en mitad del Amazonas. La realidad es brutal, pero sigue siendo realidad.

Reed lo explica con calma y nadie discute. La verdad es que nadie tiene fuerzas para hacerlo.

João y Kane preparan el lugar mientras Miguel ayuda. Incluso Blackwood trabaja en silencio.

Por una vez nadie compite ni intenta demostrar que tiene razón, porque algunas situaciones vuelven ridículos ciertos conflictos.

—Nunca me cayó especialmente bien.

La voz de Finch rompe el silencio mientras regresamos al campamento.

Varias cabezas se giran hacia él.

—Finch...

Miguel parece horrorizado.

—Déjame terminar.

—Eso espero.

Finch observa el suelo durante unos segundos antes de continuar.

—Nunca me cayó especialmente bien, pero siempre estaba ahí.

La frase resulta mucho más triste de lo que probablemente pretendía.

—Sí.

La respuesta de Hale apenas supera un murmullo.

—Siempre estaba ahí.

Nadie encuentra nada mejor que añadir, porque todos entendemos exactamente a qué se refiere.

La expedición reanuda la marcha después del mediodía.

No porque alguien quiera hacerlo, sino porque quedarse tampoco cambiará nada. Briggs sigue muerto y nosotros seguimos atrapados en mitad del Amazonas.

La combinación no deja demasiadas alternativas.

La tensión reaparece antes de que termine la tarde.

Y, como era de esperar, Blackwood tiene algo que ver.

—No podemos seguir fingiendo que esto no está relacionado.

La frase llega mientras revisamos la libreta de Briggs.

—¿Relacionado con qué? —pregunta Reed.

—Con Arthur.

João levanta la cabeza.

—Otra vez.

—Sí. Otra vez.

Blackwood señala las anotaciones.

—Símbolos. Desapariciones. Objetos movidos. Personas observando desde la selva.

—Y un asesinato —añade Hale.

Blackwood asiente.

—Y un asesinato.

João cruza los brazos.

—No sabe si están relacionados.

—Y usted no sabe que no lo están.

El guía guarda silencio. Por primera vez parece cansado, aunque no físicamente. Hay algo más profundo en su expresión, algo mucho más antiguo.

La discusión continúa durante varios minutos.

Al final es Alistair quien le pone fin, no porque resuelva nada, sino porque nadie está llegando a ninguna parte.

—Basta.

Blackwood abre la boca para responder, pero termina cerrándola.

Por una vez, la victoria resulta tan extraña que casi parece inquietante.

La lluvia vuelve poco antes del anochecer y no tarda en obligarnos a buscar refugio.

Las tiendas soportan el agua razonablemente bien. El ánimo del grupo, en cambio, no corre la misma suerte.

Miguel intenta animar una conversación y fracasa. Finch lo intenta después con idéntico resultado.

Incluso Kane parece más callado de lo habitual, y eso ya resulta preocupante.

No consigo dormir.

Lo intento de verdad, pero cada vez que cierro los ojos vuelvo a ver el cuerpo de Briggs entre las raíces.

Finalmente salgo de la tienda.

La lluvia se ha convertido en una llovizna fina y el campamento permanece casi a oscuras. Solo algunas lámparas siguen encendidas.

Junto a una de ellas encuentro a Alistair.

Tiene una libreta abierta delante, aunque no parece estar leyendo.

—¿Tampoco puedes dormir?

Levanta la vista.

—No.

—Me alegra no ser la única.

—No estoy seguro de que sea algo para celebrar.

Me siento frente a él.

Durante unos segundos ninguno habla. El silencio resulta extraño, aunque no incómodo. Simplemente diferente.

—¿Te ocurre a menudo?

La pregunta sale antes de que pueda detenerla.

Alistair arquea una ceja.

—¿Qué cosa?

—Culparte de todo.

Su expresión cambia apenas un instante, pero es suficiente para notarlo.

—No me culpo de todo.

—Claro.

—Whitmore.

—MacKenzie.

—No fue culpa mía.

—Nunca dije que lo fuera.

—Lo estabas pensando.

—Estaba pensando que llevas dos días actuando como si hubieras matado tú mismo a Briggs.

La respuesta tarda en llegar, mucho más de lo habitual.

—Era responsabilidad mía.

—No.

—Sí.

—No.

—Era mi expedición.

—Y Briggs era un hombre adulto.

Alistair aparta la mirada.

Por primera vez desde que lo conozco parece no tener una respuesta preparada.

La lluvia golpea suavemente la lona cercana y el sonido llena parte del silencio.

—No siempre funciona.

La frase me toma por sorpresa.

—¿Qué?

—Controlarlo todo.

Lo observo. Él sigue mirando la oscuridad.

—Nadie puede hacerlo.

—Lo sé.

—Entonces deja de intentarlo.

Una sonrisa amarga aparece en su rostro.

—Ojalá fuera tan sencillo.

Permanece callado unos segundos antes de continuar.

—Hace años dirigí una expedición en Groenlandia.

La sorpresa me obliga a guardar silencio.

Nunca habla de sí mismo. Prácticamente nunca.

—¿Y?

—Perdimos a un hombre.

No añade nada más, y no hace falta. La frase contiene suficiente peso por sí sola.

—¿Murió?

Alistair asiente.

—Una tormenta.

—Lo siento.

—Yo también.

La respuesta sale demasiado rápido, como si la hubiera repetido cientos de veces.

Tal vez lo haya hecho.

Comprendo algo en ese momento, algo que debería haber entendido mucho antes.

No intenta controlarlo todo porque crea que es mejor que los demás. Lo hace porque sabe lo que ocurre cuando las cosas salen mal y porque todavía carga con las consecuencias.

—Por eso eres así.

Levanta la vista.

—¿Así cómo?

—Insoportable.

La sonrisa aparece antes de que pueda evitarla.

Él también sonríe.

—Gracias.

—De nada.

—Pensaba que ibas a decir algo profundo.

—No quiero crear falsas expectativas.

La conversación continúa.

No hablamos de Arthur, ni de Arukana, ni siquiera de Briggs.

Por primera vez hablamos de nosotros.

De Londres. De viajes. De pequeñas cosas cotidianas que, precisamente por ser normales, terminan resultando importantes.

Durante unas horas dejamos de ser la hija de Arthur Whitmore y el líder de la expedición.

Solo somos Eleanor y Alistair.

Cuando finalmente nos levantamos para regresar a nuestras tiendas, la lluvia casi ha desaparecido.

—Deberías intentar dormir.

La observación llega mientras caminamos.

—Tú también.

—Lo intentaré.

—Mentiroso.

—Probablemente.

Nos detenemos frente a las tiendas.

Durante unos segundos ninguno parece especialmente dispuesto a marcharse, lo cual resulta absurdo y ligeramente preocupante.

—Buenas noches, Whitmore.

—Buenas noches, MacKenzie.

Entro en mi tienda, cierro la lona y me quedo inmóvil varios segundos.

Porque algo ha cambiado.

No mucho, pero sí lo suficiente para que, por primera vez desde que comenzó la expedición, piense en Alistair MacKenzie antes de pensar en Arthur Whitmore.

Y eso me parece una complicación mucho más peligrosa de lo que debería.