Capítulo 32
Alistair
La muerte todavía no tiene rostro, pero todos la sentimos.
Está presente en cada conversación interrumpida, en cada mirada dirigida hacia la selva y en cada silencio que ocupa el lugar donde antes había bromas.
Briggs sigue desaparecido y, cuanto más tiempo pasa, menos personas parecen creer que vayamos a encontrarlo con vida.
Nadie lo dice en voz alta, aunque tampoco hace falta.
La expedición se pone en marcha poco después del amanecer.
La libreta encontrada el día anterior permanece abierta sobre una de las cajas. Blackwood y Hale han pasado buena parte de la noche estudiándola.
Yo también.
La última anotación completa señala una zona concreta al este del antiguo campamento. No es una dirección exacta, pero sí lo más parecido a una pista real que tenemos.
—Briggs estaba siguiendo algo.
Blackwood habla mientras avanzamos entre los árboles.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Me refiero a algo específico.
—¿Y qué era?
—No lo sé.
—Entonces hemos vuelto al punto de partida.
Blackwood me dedica una mirada poco amistosa.
—A veces resulta agotador hablar contigo.
—La sensación es mutua.
Miguel sonríe.
—Me alegra ver que algunos aspectos de la expedición conservan cierta estabilidad.
La búsqueda avanza durante varias horas.
El terreno cambia conforme nos alejamos del río y la vegetación se vuelve más espesa, más antigua. Las raíces parecen enormes serpientes enterradas bajo el barro y cada pocos metros debemos abrirnos paso entre lianas y ramas caídas.
Kane encabeza la marcha mientras João permanece cerca. Ambos observan constantemente el entorno.
No parecen buscar únicamente a Briggs; da la impresión de que también esperan encontrar algo más, y esa sensación no me gusta en absoluto.
La primera pista aparece cerca del mediodía.
Hale encuentra restos de una hoguera pequeña y reciente, demasiado reciente para nuestro gusto.
—No es nuestra.
La afirmación provoca que todos se acerquen.
Kane se agacha junto a las cenizas, las toca y después observa el suelo.
—No.
—¿Cuánto tiempo? —pregunta Reed.
—Dos días. Tal vez tres.
Finch traga saliva.
—¿Alguien ha estado aquí?
—Eso parece.
Miguel observa la hoguera.
—Empiezo a echar de menos cuando el problema principal eran los mosquitos.
—Nadie echa de menos los mosquitos.
—Buen punto.
Seguimos avanzando y durante unos minutos todo parece tranquilo.
Tan tranquilo que resulta inquietante.
Cuando vuelvo la vista atrás, Eleanor ya no está.
La irritación llega primero; la preocupación aparece inmediatamente después.
—¿Dónde está Whitmore?
Varias cabezas se giran.
Blackwood frunce el ceño.
—Estaba aquí hace un momento.
—Excelente observación.
—No hace falta ponerse sarcástico.
—Ahora mismo sí.
La búsqueda comienza de inmediato y, a medida que pasan los minutos, mi humor empeora de forma considerable.
La encuentro veinte minutos después.
Naturalmente, porque Eleanor Whitmore parece poseer un talento sobrenatural para meterse en problemas.
Está descendiendo por una zona rocosa parcialmente cubierta por vegetación. Va sola y claramente sigue algún rastro.
—Whitmore.
Ella levanta la cabeza.
No parece especialmente arrepentida.
—Hola.
—No.
—¿No?
—No me saludes.
—Eso resulta extrañamente específico.
—¿Qué demonios haces aquí?
—Seguir una pista.
—Sola.
—Sí.
—Porque claramente no aprendimos nada de Briggs.
Su expresión cambia ligeramente. La referencia golpea donde pretendía.
—No es lo mismo.
—¿No?
—No.
—Explícamelo.
—Yo sé dónde estoy.
La miro, observo la pendiente y vuelvo a fijarme en ella.
—Eleanor.
—¿Qué?
—Estás literalmente en mitad de una ladera que parece diseñada para matarte.
—Exageras.
En ese preciso instante una piedra se desprende bajo su pie y cae varios metros antes de desaparecer entre la vegetación.
Los dos contemplamos la escena en silencio durante unos segundos.
—Exagero muchísimo.
Ella suspira.
—Solo quería comprobar algo.
—Y podías haberlo hecho con el resto del grupo.
—Nos habríamos pasado veinte minutos discutiendo.
—Porque existe una diferencia entre investigar y desaparecer.
—No desaparecí.
—Llevo veinte minutos buscándote.
Por primera vez parece quedarse sin respuesta, y eso resulta tan extraño que casi consigue distraerme del enfado.
Casi.
Cuando llego junto a ella descubro qué estaba mirando.
Una tira de tela enganchada en una raíz.
Está desgarrada, manchada de barro y pertenece a la camisa de Briggs.
Lo sabemos inmediatamente.
—Maldita sea.
La voz le sale mucho más baja.
Esta vez no discuto.
Porque ella tenía razón: había encontrado algo, y odio reconocerlo.
La pista nos lleva más lejos de lo que me gustaría.
Avisamos al resto mediante las señales acordadas. Kane responde desde la distancia y después João.
El grupo empieza a acercarse.
Mientras tanto, Eleanor y yo seguimos el rastro. Aparecen más señales: ramas rotas, barro removido, marcas de arrastre y una sensación cada vez más desagradable instalada en el estómago.
Encontramos a Briggs poco después.
O, al menos, encontramos lo que queda de él.
El cuerpo aparece entre raíces enormes, parcialmente oculto por la vegetación.
Durante un segundo mi mente intenta convencerme de que no es él.
Después veo la ropa y cualquier duda desaparece.
Eleanor se queda inmóvil.
Yo también.
No hay heroicidad ni dramatismo; solo una realidad brutal que nos golpea de frente.
Llegamos demasiado tarde.
El resto del grupo aparece pocos minutos después.
La reacción es distinta en cada uno.
Finch aparta la mirada de inmediato. Miguel permanece en silencio. João baja la cabeza. Hale parece incapaz de mover un músculo.
Blackwood observa el cadáver durante largo rato, con una intensidad que resulta difícil de ignorar.
Es Reed quien finalmente se acerca.
El médico trabaja en silencio y nadie lo interrumpe. Cuando termina, se incorpora lentamente.
Todos esperan una explicación.
—No fue un accidente.
La frase cae sobre nosotros como una piedra.
—¿Está seguro? —pregunta Hale.
—Sí.
—¿Cómo?
Reed mira el cuerpo y luego nos observa a nosotros.
—Porque alguien lo mató.
El silencio que sigue resulta absoluto.
Incluso la selva parece haberse detenido.
Mientras Reed continúa examinando la zona, me descubro buscando algo.
O mejor dicho, a alguien.
Mi mirada encuentra a Eleanor varios metros más allá. Está de pie junto a un árbol, pálida y con los ojos fijos en el cuerpo.
Pero está entera e ilesa.
Cuando nuestras miradas se cruzan, algo se afloja dentro de mí.
No mucho, apenas lo suficiente para que me irrite reconocerlo.
Porque no debería importar.
No más que los demás. No más que Miguel, Finch o Hale.
Y, sin embargo, importa.
La vuelta al campamento se produce bajo una lluvia fina.
Nadie habla demasiado y nadie parece tener fuerzas para hacerlo.
La muerte de Briggs lo ha cambiado todo.
Antes existía la posibilidad de un accidente.
Ahora sabemos que alguien más está ahí fuera: alguien que observa, que roba, que oculta pruebas y que mata.
Cuando llegamos al campamento, Eleanor se dispone a marcharse hacia su tienda.
La detengo antes.
—Whitmore.
Se gira.
Parece agotada.
—¿Qué?
Durante unos segundos no sé muy bien qué decir.
Las palabras que realmente quiero usar no tienen sentido, así que opto por algo más sencillo.
—La próxima vez no te alejes sola.
Ella me observa durante un largo rato.
—¿Eso es una orden?
—Sí.
—No funcionará.
—Ya lo imaginaba.
Una sombra de sonrisa aparece en sus labios. Es pequeña y breve, pero existe.
Después desaparece.
—Gracias por venir a buscarme.
La frase me sorprende.
A ella también parece sorprenderle haberla dicho.
Ninguno añade nada más.
Briggs está muerto, la expedición acaba de cambiar para siempre y éste no es el momento adecuado para pensar en nada más.
El problema es que, mientras la veo alejarse bajo la lluvia, empiezo a sospechar que mi cabeza no está completamente de acuerdo con esa última parte.