ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 31
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Capítulo 31

Eleanor

La lluvia continúa durante buena parte de la madrugada. No es una tormenta violenta, sino algo peor: una caída constante y persistente de agua que parece empeñada en borrar cualquier rastro que pudiera conducirnos hasta Briggs.

Cuando salgo de la tienda, el campamento ya está despierto. Nadie necesita dar órdenes ni explicar lo que debemos hacer. Todos sabemos cuál es nuestro objetivo: volver a buscar y esperar que no sea demasiado tarde.

El desayuno transcurre en un silencio inusual. Incluso Finch parece haber agotado sus reservas de conversación. Miguel juega distraídamente con una taza, João observa la selva y Blackwood revisa mapas más por costumbre que por verdadera convicción.

Hale, por su parte, estudia varias fotografías una vez más.

—¿Has dormido algo?

La pregunta sale antes de que pueda evitarla.

Hale levanta la vista. Tiene unas ojeras considerables.

—Lo suficiente.

—Eso significa que no.

—Probablemente.

Vuelve a concentrarse en las placas.

—Hay algo raro.

—Últimamente esa frase empieza a perder efectividad.

—Lo digo en serio.

Me acerco mientras aparta varias fotografías hasta señalar una imagen tomada cerca del antiguo campamento.

—Mira esto.

Entrecierro los ojos. Al principio solo veo árboles, sombras y vegetación. Sin embargo, después distingo una figura lejana, parcialmente oculta entre los troncos, pero claramente humana.

El pulso se me acelera.

—¿Quién es?

—Ojalá lo supiera.

—¿Es uno de nosotros?

—No parece.

—¿No parece?

—La fotografía fue tomada mientras todos estabais junto al campamento.

El silencio que sigue resulta inquietante. Ambos entendemos la implicación.

Alguien estaba observándonos y, probablemente, llevaba tiempo haciéndolo.

La noticia corre rápidamente por el campamento. Incluso Blackwood pierde parte de su habitual arrogancia cuando examina la fotografía.

—¿Estás seguro?

Hale se la entrega.

—Todo lo que puede estarlo una imagen tomada a treinta metros bajo la lluvia.

Blackwood la estudia varias veces antes de soltar una maldición en voz baja.

Finch se acerca.

—¿Qué ocurre?

—Mira.

Tarda unos segundos en comprenderlo y palidece de inmediato.

—Ah.

—Exactamente.

Miguel deja la taza sobre una caja.

—Eso no me gusta.

—Bienvenido al club.

La respuesta de Reed resume bastante bien el ambiente general.

La búsqueda comienza poco después. Esta vez avanzamos todos juntos.

Alistair no quiere dividir al grupo y nadie protesta.

Yo tampoco, porque después de ver aquella fotografía, la idea de internarme sola en la selva ha perdido gran parte de su atractivo, aunque jamás admitiría algo así delante de él.

El terreno empeora conforme avanzamos. La lluvia ha convertido parte de la zona en una sucesión de charcos, barro y raíces resbaladizas. En varias ocasiones tenemos que rodear áreas completamente inundadas.

Kane avanza en cabeza con João a su lado. Ambos observan constantemente el entorno, como si esperaran encontrar alguna señal o descubrir a la persona que nos vigila.

La pista aparece por casualidad, como suelen hacerlo las cosas importantes.

Miguel es quien la encuentra y, naturalmente, casi nadie le presta atención al principio.

—Eh.

Nadie responde.

—Eh.

Sigue sin obtener respuesta.

—¿Queréis dejar de ignorarme durante un momento?

Eso sí funciona.

—¿Qué ocurre? —pregunta Alistair.

Miguel señala una raíz enorme.

—Esto.

Nos acercamos. Entre el barro y las hojas húmedas asoma algo oscuro. Es un objeto pequeño y rectangular.

Mi corazón da un vuelco.

—Dios mío.

Lo reconozco de inmediato porque lo vi muchas veces en manos de Briggs.

Su libreta.

Alistair la recoge con cuidado. La cubierta está húmeda, pero sigue intacta.

—¿Está dañada? —pregunta Hale.

—No mucho.

La abre lentamente. Algunas páginas aparecen manchadas, aunque otras siguen perfectamente legibles. Lo que encontramos dentro cambia el ambiente de inmediato.

Briggs había estado escribiendo mucho más de lo que imaginábamos.

—"Caja abierta por tercera vez."

La voz de Alistair rompe el silencio.

Pasa una página.

—"Falta material, pero nadie reconoce haberlo utilizado."

Avanza otra más.

—"No creo que sea un error."

Blackwood levanta la cabeza.

—Continúa.

Alistair asiente.

—"Alguien busca algo concreto."

Un escalofrío me recorre la espalda. Son exactamente las mismas sospechas que Briggs intentó explicar y que casi nadie tomó en serio.

Las anotaciones continúan durante varias páginas. Hay fechas, observaciones y pequeños detalles que parecían insignificantes hasta ahora.

—"La brújula cambió de sitio."

—"La caja de herramientas estaba abierta."

—"Dos personas aseguran haber visto luces."

Finch frunce el ceño.

—Yo nunca dije eso.

—No se refiere a nosotros.

La respuesta de João llega inmediatamente.

Todos lo miramos.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Blackwood.

João tarda unos segundos en responder.

—Porque Arthur escribió algo parecido.

El silencio regresa, más pesado e incómodo que antes.

—¿Qué escribió? —pregunto.

João no aparta la mirada de la libreta.

—Que algunas noches veían luces entre los árboles.

—¿Y qué eran?

—No lo descubrieron.

—¿Y no te parece importante mencionarlo antes?

Blackwood ya no intenta ocultar su irritación.

João tampoco parece dispuesto a disculparse.

—No.

—Increíble.

—Henry.

Alistair interviene antes de que la discusión estalle, aunque esta vez resulta evidente que incluso él empieza a cansarse de tantos secretos.

Seguimos revisando la libreta hasta que aparece algo diferente, algo que hace que todos se acerquen un poco más.

Hay una página arrancada.

No parece haberse deteriorado con el tiempo. Ha sido retirada deliberadamente y hace poco, porque los bordes siguen limpios.

—Eso no estaba así.

La voz de Alistair suena baja.

—¿Cómo lo sabes? —pregunto.

—Porque Briggs me la enseñó.

Todo el grupo se queda inmóvil.

—¿Qué?

—Ayer.

Levanta la vista.

—Cuando habló conmigo.

—¿Te enseñó esta libreta?

—Sí.

—¿Y?

La mandíbula se le tensa.

—La página seguía ahí.

Nadie dice nada. La conclusión resulta demasiado evidente.

Alguien tuvo acceso a la libreta después de Briggs.

El descubrimiento cambia por completo la situación. Ya no estamos buscando únicamente a un hombre desaparecido ni investigando un posible sabotaje.

Ahora sabemos algo mucho peor.

Alguien intentó ocultar información que Briggs había descubierto.

La marcha de regreso al campamento transcurre en silencio. No se debe al cansancio, sino a la concentración.

Todos intentan encajar las piezas de un rompecabezas cada vez más complejo. Hay demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.

Me quedo ligeramente rezagada durante los últimos minutos del trayecto, lo suficiente para revisar otra vez algunas páginas de la libreta.

Naturalmente, Alistair lo nota.

—¿Qué haces?

Levanto la vista.

—Pensar.

—Eso nunca trae nada bueno.

—Gracias por la confianza.

—De nada.

Sigue caminando a mi lado. Durante unos segundos ninguno habla.

Después cierro la libreta.

—Tenía razón.

Alistair arquea una ceja.

—¿Sobre qué?

—Briggs.

—Ah.

—Le estaba ocurriendo algo.

—Sí.

—Y nadie le creyó.

—Yo le creí.

La respuesta llega demasiado rápido.

Lo miro y él sostiene mi mirada.

—No lo suficiente.

La frase le golpea. Lo noto porque no discute, no se defiende ni intenta justificarse. Simplemente sigue caminando.

Por primera vez desde que empezó la expedición comprendo algo que no había visto antes. Alistair MacKenzie carga con cada error como si fuera exclusivamente suyo.

Quizá por eso resulta tan insoportable cuando intenta controlarlo todo.

Y quizá por eso empieza a importarme más de lo que debería.

Cuando regresamos al campamento, el sol ya está desapareciendo tras la selva.

La libreta de Briggs descansa sobre la mesa central y la fotografía encontrada por Hale permanece a su lado.

Juntas forman una verdad cada vez más difícil de ignorar.

Briggs descubrió algo. Alguien más lo sabía.

Y ahora Briggs ha desaparecido.