ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 30
43%

Capítulo 30

Alistair

Aquella noche nadie duerme bien.

Algunos ni siquiera hacen el intento. Las guardias se duplican por insistencia de Kane y, por una vez, João no discute la decisión. Eso basta para que todos comprendan la gravedad de la situación, porque João solo guarda silencio cuando está realmente preocupado.

El cuchillo de Briggs permanece sobre la mesa central del campamento durante horas. Nadie lo mueve ni parece dispuesto a tocarlo. Se ha convertido en un recordatorio incómodo de algo que ninguno quiere expresar en voz alta: Briggs no se perdió. Algo le ocurrió, y todos somos conscientes de ello.

Apenas amanece organizo la búsqueda.

Esta vez nadie protesta. Ni Blackwood, ni Finch, ni siquiera Miguel. La desaparición ha conseguido lo que ninguna discusión anterior había logrado: dejar en segundo plano los mapas, los símbolos y cualquier otra disputa.

—Trabajaremos en parejas.

Extiendo un mapa improvisado sobre una caja.

—Nadie se aleja solo.

—Eso habría sido útil ayer.

La observación de Reed provoca varias miradas. No añade nada más, pero tampoco necesita hacerlo.

—João y Miguel.

—Perfecto.

Miguel asiente.

—Blackwood con Hale.

Ninguno de los dos parece especialmente satisfecho con la elección.

—Finch con Kane.

—¿Por qué siempre me toca Kane?

—Porque Dios te castiga por algo.

—Eso no responde.

—Y sin embargo es cierto.

Kane esboza una sonrisa, la primera desde la desaparición.

—Empiezo a disfrutar esta distribución.

Ignoro ambos comentarios.

—Whitmore vendrá conmigo.

Eleanor levanta la vista. Nuestras miradas se cruzan apenas un instante. No parece contenta con la decisión.

Yo tampoco.

Pero no pienso discutirla.

Nos dirigimos hacia la zona donde apareció el cuchillo.

La selva no ha cambiado, pero la observamos de otra manera. Cada sombra parece esconder algo, cada ruido resulta sospechoso y cualquier movimiento entre los árboles llama nuestra atención. Lo que antes era simple vegetación ahora parece ocultar amenazas.

—No hacía falta que me asignaras contigo.

La conversación comienza después de casi media hora de marcha.

—Sí hacía falta.

—Puedo trabajar sola.

—Ya hemos tenido esta conversación.

—Y sigo teniendo razón.

—Y sigues cayéndote por pendientes.

Ella me dedica una mirada irritada.

—Eso ocurrió una vez.

—Fue suficiente.

—Empiezas a resultar insoportable.

—¿Empiezo?

—Punto para ti.

Por alguna razón, la discusión consigue aliviar parte de la tensión que llevamos encima. No desaparece, pero se vuelve más soportable.

La primera pista aparece cerca del mediodía.

O, para ser exactos, la encuentra Eleanor.

—Alistair.

Me acerco y la veo agachada junto a un árbol. Señala una marca en la corteza.

No es el símbolo.

Se trata de una incisión reciente, estrecha y limpia, hecha con una hoja afilada.

—¿Briggs?

pregunta.

Examino el corte, luego el entorno y finalmente vuelvo a fijarme en el árbol.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque está demasiado alto.

La marca se encuentra a más de dos metros del suelo.

—Quizá se subió.

—¿Para qué?

Ella guarda silencio. Evidentemente tampoco encuentra una explicación convincente.

Seguimos avanzando y, media hora después, encontramos algo mucho más inquietante.

Una de las cajas de suministros de la expedición.

Está abandonada entre las raíces de varios árboles.

La reconozco de inmediato.

—Dios mío.

Eleanor se acerca.

—¿Es una de las nuestras?

—Sí.

—¿Cómo llegó aquí?

—Ésa es una excelente pregunta.

La caja está abierta, pero no presenta señales de haber sido forzada. Alguien la abrió deliberadamente y rebuscó en su interior.

Reviso el contenido.

No queda nada.

—Briggs tenía razón.

La frase se me escapa antes de pensarlo.

—Lo sabía.

—Sí.

—Alguien estaba manipulando los suministros.

Asiento.

Ahora ya no hablamos de sospechas ni de teorías. Tenemos una prueba delante de nosotros, y eso vuelve el silencio mucho más incómodo.

Cuando regresamos al punto de reunión descubrimos que los demás tampoco han vuelto con las manos vacías.

João sostiene una cuerda. Kane lleva una lámpara rota y Blackwood tiene una expresión particularmente sombría.

—¿Qué habéis encontrado?

pregunto.

Blackwood deja un objeto sobre una caja.

Una brújula.

La brújula de Briggs.

—Estaba a casi un kilómetro del cuchillo.

Finch palidece.

—Eso no tiene sentido.

—Exactamente.

Blackwood señala el objeto.

—Porque alguien la colocó allí.

Nadie discute la conclusión. El silencio que sigue es suficiente para demostrar que todos pensamos lo mismo.

La conversación se vuelve tensa con rapidez.

—Quizá Briggs descubrió algo.

Hale habla mientras revisa una libreta.

—Eso ya lo sabemos.

La respuesta de Blackwood llega de inmediato.

—No.

Hale niega con la cabeza.

—Me refiero a algo concreto.

—¿Como qué?

—No lo sé.

—Magnífica aportación.

—Henry.

Mi tono consigue frenarlo antes de que la discusión vaya a más.

Blackwood exhala lentamente y aparta la vista, pero el daño ya está hecho. Las primeras grietas empiezan a aparecer dentro del grupo y cada vez resultan más evidentes.

La discusión verdaderamente importante llega más tarde.

Y, para mi desgracia, involucra a Eleanor.

Todo comienza cuando propone seguir un rastro encontrado cerca de la caja.

—Va hacia el este.

—Lo sé.

—Entonces deberíamos seguirlo.

—No.

—¿No?

—No.

—¿Por qué?

—Porque empieza a oscurecer.

—Precisamente por eso.

La miro y ella sostiene mi mirada sin vacilar.

—No tiene ningún sentido lo que acabas de decir.

—Si alguien se llevó a Briggs, cada hora cuenta.

—Y si alguien se llevó a Briggs, no voy a enviar a la mitad de la expedición a correr por la selva al anochecer.

—Podemos hacerlo.

—No.

—Alistair...

—No.

Su expresión se endurece.

La mía probablemente también.

—A veces creo que prefieres perder oportunidades antes que asumir riesgos.

La frase me golpea porque sé que no está hablando únicamente de Briggs.

Está hablando de mí.

—Y yo empiezo a pensar que no distingues la diferencia entre valentía e imprudencia.

—Eso es injusto.

—No tanto como crees.

Durante varios segundos ninguno aparta la mirada. La tensión resulta tan evidente que incluso Finch deja de hablar, algo que debería considerarse un fenómeno digno de estudio.

La discusión termina gracias a Reed.

—Ambos estáis equivocados.

Nos giramos hacia él.

—Gracias.

—De nada.

—¿Quieres desarrollar semejante afirmación?

—Claro.

Reed señala la selva.

—Si Briggs sigue vivo, necesitamos encontrarlo.

Luego señala el cielo, donde la luz desaparece con rapidez.

—Y si salís ahí ahora, probablemente acabaré buscando a tres personas mañana.

Nadie responde.

Porque tiene razón.

Aquella noche vuelve la lluvia.

No cae con fuerza, pero sí lo suficiente para dificultar el descanso.

Encuentro a Eleanor bajo una lona improvisada, revisando los diarios de Arthur. Está tan concentrada que no nota mi presencia hasta que hablo.

—Deberías dormir.

Levanta la vista.

—Tú también.

—Yo estaba aquí primero.

—Eso es mentira.

—Probablemente.

Una pequeña sonrisa aparece en sus labios antes de desaparecer.

—No me gusta esto.

La confesión llega de forma inesperada.

—¿La lluvia?

—Briggs.

Me siento frente a ella.

Durante unos instantes ninguno habla.

—A mí tampoco.

—Creí que lo encontraríamos hoy.

—Yo también.

Eleanor baja la vista hacia los diarios y acaricia distraídamente una de las páginas.

—Mi padre escribió sobre hombres desaparecidos.

—Lo sé.

—Y ahora nos está ocurriendo a nosotros.

La preocupación en su voz es genuina, más personal de lo habitual.

—Lo encontraremos.

Ella levanta una ceja.

—No te gusta cuando la gente repite las cosas.

—No.

—Entonces deja de hacerlo.

No puedo evitar sonreír.

Ella también.

Solo dura un instante antes de que la realidad vuelva a imponerse.

La lluvia sigue golpeando la lona. Briggs continúa desaparecido y, en algún lugar de la selva, hay alguien que ha estado manipulando nuestros suministros durante semanas sin que ninguno lo advirtiera.

Por primera vez desde que comenzó la expedición, tengo la sensación de que no somos nosotros quienes seguimos unas huellas.

Somos quienes las estamos dejando mientras alguien más nos observa.