ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 29
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Capítulo 29

Eleanor

La desaparición de Briggs comienza de la forma más absurda posible: con una discusión sobre café.

La mañana amanece húmeda y sofocante. El antiguo campamento de Arthur sigue ocupando buena parte de la atención del grupo, aunque la conversación gira constantemente alrededor de las ruinas, el símbolo y los suministros manipulados.

Finch sostiene una taza humeante con expresión de profunda decepción.

—Esto no es café.

Miguel, que parece mucho más recuperado, se encoge de hombros.

—Claro que lo es.

—No.

—Sí.

—Miguel, esto sabe a tierra.

—Estamos en una selva. Considéralo una experiencia inmersiva.

Kane suelta una carcajada.

Reed niega con la cabeza.

—Finch, si sobrevives al Amazonas, escribiré personalmente una recomendación para que te concedan una medalla.

—Gracias.

—No por valentía. Por resistencia psicológica.

—Eso es mucho menos emocionante.

La conversación provoca algunas sonrisas, pocas, pero suficientes para recordar cómo era la expedición antes de que aparecieran símbolos grabados en árboles y hombres desaparecidos en historias antiguas.

Blackwood vuelve a sacar los mapas poco después. No tarda ni diez minutos, y empiezo a sospechar que duerme abrazado a ellos.

—Las marcas que encontramos ayer siguen una dirección concreta.

Alistair ni siquiera levanta la vista de sus notas.

—Buenos días, Blackwood.

—No estoy bromeando.

—Eso también es evidente.

—Arthur avanzó hacia el este.

—Según tu interpretación.

—Según los datos.

João permanece sentado junto al fuego, observando en silencio. Eso ya resulta extraño, pero más extraño todavía es que no intervenga.

—Las coordenadas grabadas en la roca coinciden con la dirección del árbol.

Blackwood señala varios puntos.

—Y también coinciden con los cambios de ruta que encontramos en los diarios.

Alistair finalmente levanta la vista.

—¿Qué propones?

—Seguirlas.

—¿Abandonando el plan actual?

—El plan actual nos ha llevado a un campamento abandonado.

—Lo cual no parece precisamente un fracaso.

—No es suficiente.

La discusión empieza a crecer y no tarda en arrastrarme.

—Tiene razón en una cosa.

Alistair me mira inmediatamente.

—Qué tranquilidad.

—No te acostumbres.

Miguel sonríe, Reed suspira y Finch parece encantado con el intercambio.

—Si Arthur dejó marcas, era porque esperaba que alguien las siguiera.

—O porque esperaba encontrarlas él mismo al regresar.

La respuesta de Alistair llega sin vacilar.

—No lo sabemos.

—Exactamente.

—Y por eso no pienso perseguir cada señal que aparezca delante de nosotros.

La conversación continúa durante varios minutos más, pero nadie cambia de opinión, y ése es precisamente el problema.

La tensión parece disiparse cuando Briggs aparece.

Llega desde la zona donde guardamos los suministros con una libreta en una mano y una expresión que no me gusta nada.

—Necesito hablar con usted.

Mira directamente a Alistair.

—Ahora.

El tono hace que varios levantemos la cabeza.

—¿Qué ocurre?

—En privado.

El silencio se instala durante unos segundos antes de que Alistair se ponga en pie.

—Vamos.

Ambos se alejan entre los árboles. Nadie comenta nada, aunque todos seguimos sus movimientos con la mirada, incluso João.

—¿Qué crees que pasa?

Miguel se deja caer a mi lado.

—No lo sé.

—Mientes fatal.

—Gracias.

—De nada.

Permanece observando la dirección por la que desaparecieron Briggs y Alistair.

—Mi padre está preocupado.

—Ya lo he notado.

—Y cuando él está preocupado, yo también.

La sonrisa habitual desaparece de su rostro por completo, y eso me inquieta más de lo que debería.

Alistair regresa veinte minutos después, solo.

La ausencia de Briggs resulta evidente de inmediato.

—¿Dónde está Briggs?

La pregunta sale de Hale.

—Comprobando una cosa.

—¿Qué cosa?

—No lo sé.

La respuesta no convence a nadie, y a mí tampoco. Suena improvisada, algo poco habitual en Alistair.

La mañana continúa. Hale fotografía las ruinas, Blackwood sigue estudiando mapas, Finch recoge muestras, Kane ayuda a Miguel a reorganizar el equipo y yo reviso los diarios de Arthur.

Con el paso de las horas empieza a resultar evidente que algo no encaja.

Briggs no vuelve.

El primero en señalarlo es Hale.

—¿Alguien ha visto a Briggs?

Nadie responde.

—Lleva horas fuera.

—Quizá siga revisando los suministros.

La sugerencia de Finch suena poco convencida.

—No.

Alistair ya está de pie.

—No sigue allí.

La forma en que lo dice provoca un silencio inmediato, porque él también se ha dado cuenta.

La búsqueda comienza una hora después.

Primero revisamos los alrededores del campamento. Después ampliamos el radio y seguimos internándonos en la selva.

João organiza grupos mientras Kane inspecciona la zona próxima al río.

Miguel protesta cuando intentan dejarlo atrás.

Reed lo ignora.

—Todavía te estás recuperando.

—Puedo caminar.

—También podías guardar reposo.

—Eso era diferente.

—No.

—Sí.

—No.

Miguel se vuelve hacia mí.

—¿Ves lo que tengo que soportar?

—Constantemente.

—Gracias.

—De nada.

El humor desaparece conforme avanzan las horas.

No encontramos a Briggs, ni una señal que indique por dónde pasó. Tampoco hallamos huellas, restos de equipo o cualquier pista útil.

Y eso resulta peor que encontrar algo.

La selva siempre deja rastros.

Cuando el sol empieza a descender, Kane encuentra algo.

Primero escuchamos un grito breve y después un silbido que nos llama.

Todos acudimos.

La expresión de Kane basta para acelerar el paso.

Está de pie junto a una raíz enorme, sosteniendo un objeto en la mano.

Reconozco el cuchillo inmediatamente.

Es de Briggs.

Lo he visto decenas de veces.

—Lo encontré aquí.

Alistair toma el cuchillo.

La hoja está manchada de un color oscuro que no deja lugar a muchas interpretaciones.

Nadie habla porque todos estamos pensando exactamente lo mismo.

Reed examina la hoja y luego levanta la vista.

—Es sangre.

Finch palidece.

Hale permanece inmóvil.

Blackwood aprieta la mandíbula.

Miguel deja de intentar parecer tranquilo.

João, por su parte, observa la selva como si esperara que algo surgiera de ella en cualquier momento.

La vuelta al campamento transcurre en silencio.

Nadie discute ni hace bromas. Tampoco se menciona a Arthur, a Arukana o a los símbolos.

Solo existe una pregunta.

¿Dónde está Briggs?

Encuentro a Alistair cerca del fuego cuando cae la noche.

Tiene el cuchillo sobre la mesa y lo observa como si pudiera obligarlo a responder.

—Lo encontraremos.

Levanta la vista.

—Eso espero.

—Lo encontraremos.

—No me gusta cuando la gente repite las cosas.

—Lo sé.

—Normalmente significa que tampoco están convencidos.

No respondo porque tiene razón y ambos lo sabemos.

Durante unos segundos observamos el fuego, las sombras del campamento, los rostros tensos y la oscuridad que nos rodea.

—¿Qué te dijo esta mañana?

La pregunta sale antes de que pueda detenerla.

Alistair tarda varios segundos en responder.

—Dijo que había descubierto algo.

—¿Qué?

La mandíbula se le tensa.

—No llegó a explicarlo.

El silencio regresa, más pesado esta vez, porque la frase encierra algo terrible.

Briggs estaba asustado. Quería hablar. Creía haber encontrado algo importante.

Y ahora ha desaparecido.

Cuando levanto la vista hacia la selva, tengo la desagradable sensación de que alguien nos observa desde la oscuridad.

Por primera vez desde que llegamos al Amazonas, el miedo deja de parecer una historia antigua.

Ahora tiene un nombre.

Briggs.