Capítulo 28
Alistair
El antiguo campamento monopoliza los pensamientos de la expedición durante toda la mañana siguiente.
Las ruinas apenas son un conjunto de restos dispersos entre raíces gigantescas y árboles cubiertos de musgo, pero nadie parece capaz de ignorarlas.
Arthur Whitmore estuvo allí, no como una teoría ni como una referencia perdida en un diario, sino exactamente en el mismo lugar donde estamos nosotros.
Esa certeza vuelve todo mucho más tangible.
—Quiero registrar la zona completa antes de movernos.
Hale sostiene una libreta mientras habla.
—Tardaremos horas.
—Entonces tardaremos horas.
—Empiezo a entender por qué nadie invita fotógrafos a las expediciones.
—Porque luego alguien tiene pruebas de las tonterías que hacen los exploradores.
Finch suelta una carcajada.
Kane niega con la cabeza.
—Cada día me cae peor.
—Eso es porque me conoce mejor.
—También es verdad.
Mientras la conversación continúa, observo el campamento.
João habla con Miguel.
Blackwood revisa mapas.
Briggs comprueba las cajas por tercera vez desde el amanecer.
Y Eleanor ya no está donde debería.
Nada sorprendente.
La encuentro junto al borde de la antigua zona de acampada.
Está agachada junto a una roca cubierta de musgo y no parece haberme oído acercarme.
—¿Piensas desaparecer sin avisar o vas a esperar unos minutos más?
Ella levanta la cabeza.
—Buenos días para ti también.
—Todo un placer.
—No estaba desapareciendo.
—Claro.
—Estaba investigando.
—La diferencia es enorme.
Eleanor se incorpora.
Tiene barro en una manga y varias hojas atrapadas en el cabello. Por alguna razón, eso me resulta más difícil de ignorar de lo que debería.
—He encontrado algo.
—Las últimas siete veces que dijiste eso encontramos problemas.
—Qué actitud tan negativa.
—Qué historial tan consistente.
Ella pone los ojos en blanco y señala la roca.
Me acerco.
Tardo unos segundos en distinguirlas: pequeñas incisiones ocultas bajo el musgo.
—¿El símbolo?
—No.
Paso los dedos por la piedra.
—No.
Ella parece satisfecha, como si llevara varios minutos esperando poder corregirme.
—Son coordenadas.
—No puedes saber eso.
—No lo sé.
—Acabas de decirlo.
—Lo sospecho.
—Eso es distinto.
—No mucho.
La discusión continúa mientras examinamos las marcas y, para mi desgracia, cuanto más las observo, más probable parece que tenga razón.
Una hora después seguimos alejándonos del campamento.
No demasiado, solo lo suficiente para comprobar si las marcas continúan. También lo suficiente para meternos en problemas, porque esa parece ser la especialidad de Eleanor Whitmore.
—Por aquí.
—Llevas diez minutos diciendo eso.
—Y sigo teniendo razón.
—Debatible.
—Molesto.
—También.
Ella aparta una rama.
El terreno desciende abruptamente y las raíces sobresalen de la tierra húmeda como trampas preparadas para romper tobillos.
—Deberíamos volver.
—Todavía no.
—Whitmore.
—MacKenzie.
—No pienso pasar el resto de la mañana buscándote.
—Qué suerte que no tengas que hacerlo.
Da un paso y el suelo cede.
Todo ocurre demasiado rápido. La tierra húmeda se desprende bajo sus botas, Eleanor pierde el equilibrio e intenta sujetarse a una rama. No lo consigue y empieza a deslizarse pendiente abajo.
No me detengo a pensar.
La alcanzo antes de que desaparezca entre la vegetación. Una mano se cierra alrededor de su brazo mientras la otra se aferra a una raíz. El impacto casi me arrastra con ella.
Durante un instante desagradablemente largo ninguno de los dos tiene una posición estable. Finalmente consigo apoyar una rodilla, luego la otra, y detener la caída.
El silencio que sigue resulta extraño.
Ella está demasiado cerca. Noto su respiración acelerada y una de mis manos sigue rodeando su cintura. Ninguno parece especialmente seguro de qué hacer a continuación.
—¿Estás bien?
La pregunta sale más brusca de lo que pretendía.
—Sí.
—Mentira.
—Estoy bien.
—Casi acabas rodando veinte metros cuesta abajo.
—Técnicamente no ocurrió.
—Porque te sujeté.
—Sí.
Permanecemos inmóviles unos segundos.
Después ella baja la vista hacia mi mano.
Yo hago lo mismo y la aparto de inmediato.
—Gracias.
—De nada.
—No hacía falta que sonaras tan enfadado.
—Porque estoy enfadado.
—Eso ya lo había notado.
Regresamos al sendero improvisado en silencio.
Un silencio que apenas dura un par de minutos.
—No tenías por qué seguirme.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—Podía ocuparme sola.
Me detengo.
Ella también.
—¿De verdad?
—Sí.
—Acabas de caerte por una pendiente.
—Resbalé.
—Excelente puntualización.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Empiezo a detectar un patrón.
Intento no sonreír.
Fracaso.
Ella lo nota y eso complica las cosas.
Porque durante un instante deja de parecer la hija de Arthur Whitmore, la científica obsesionada con los diarios y las pistas imposibles. Simplemente parece Eleanor.
Y eso resulta peligrosamente fácil de olvidar.
Las marcas terminan llevándonos hasta un árbol enorme, mucho más antiguo que los demás.
Su tronco es tan ancho que harían falta cuatro personas para rodearlo.
Eleanor llega primero.
Luego se queda inmóvil.
—Alistair.
Su tono basta para hacerme acelerar el paso.
La encuentro observando algo grabado en la corteza.
No es el símbolo, al menos no exactamente. Parece una versión incompleta, más antigua y erosionada por el tiempo.
Debajo aparece otra marca.
Dos letras.
A.W.
—Arthur.
Ella asiente lentamente.
—Sí.
—Entonces estuvo aquí.
—Mucho más tiempo del que creíamos.
La emoción en su voz resulta imposible de ocultar.
Y por primera vez entiendo algo que debería haber comprendido hace semanas.
No está persiguiendo una ciudad perdida.
Ni siquiera una respuesta.
Está persiguiendo a su padre, o quizá la versión de él que nunca llegó a conocer del todo.
Cuando regresamos al campamento, el ambiente ha cambiado.
No de forma evidente, pero sí lo suficiente para percibirlo.
Briggs discute con Hale junto a las cajas.
Blackwood revisa algo con expresión sombría.
João observa la selva.
Y Miguel parece haber recuperado fuerzas suficientes para volver a resultar insoportable.
—Ahí están.
Finch señala hacia nosotros.
—Creíamos que os habíais perdido.
—Solo ella.
—Qué sorpresa.
Eleanor me dedica una mirada poco amistosa.
Finch sonríe.
—Definitivamente os lleváis mejor.
—No.
La respuesta sale de ambos al mismo tiempo.
Demasiado rápido.
Demasiado sincronizada.
Miguel empieza a reírse.
Kane también.
Incluso Reed parece divertido.
Yo no.
Mientras el resto se distrae, veo algo que nadie más parece haber notado.
Briggs está observando el campamento. No nos mira a nosotros ni a las cajas, sino al conjunto entero, como un hombre que intenta resolver una pregunta cuya respuesta no quiere conocer.
Cuando nuestras miradas se cruzan, descubro algo nuevo en su expresión.
No es preocupación.
Tampoco sospecha.
Es miedo.
Antes de que pueda acercarme, aparta la vista y continúa trabajando como si nada hubiera ocurrido.
Pero ya es demasiado tarde.
Tengo la desagradable sensación de que Briggs acaba de descubrir algo, y sospecho que no va a gustarle a nadie.