Capítulo 27
Eleanor
El símbolo sigue dominando todas las conversaciones del campamento incluso después de que dejamos atrás el árbol.
Durante la cena nadie habla de otra cosa, y lo mismo ocurre en las guardias nocturnas y a la mañana siguiente. Una cosa es seguir las huellas de una expedición desaparecida treinta años atrás; otra muy distinta es descubrir que alguien ha pasado por allí hace apenas unos días.
Ese detalle lo cambia todo.
Cuando amanece, el ambiente ya no parece el mismo. Los hombres hablan en voz más baja, las bromas escasean y hasta Finch parece haber olvidado temporalmente la existencia de las plantas, algo que considero casi milagroso.
Hale es el primero en buscarme.
Lo encuentro revisando varias placas fotográficas bajo una lona improvisada. Tiene el aspecto de un hombre que lleva demasiado tiempo sin dormir.
—Necesito que vea algo.
—Nunca me gustan esas palabras.
—A mí tampoco.
Eso basta para captar mi atención.
Me acerco mientras Hale aparta una placa, luego otra, hasta señalar una imagen tomada varios días atrás.
—Mire aquí.
Entrecierro los ojos. Al principio solo distingo árboles, vegetación y sombras mezcladas entre sí. Entonces lo veo.
Mi estómago se contrae.
—No puede ser.
—Eso mismo dije yo.
La fotografía muestra uno de los lugares donde acampamos días atrás. Sobre la corteza de un árbol aparece una forma familiar, pequeña y parcialmente oculta, pero imposible de confundir.
El símbolo.
—¿Cómo no lo vimos?
—Porque nadie lo estaba buscando.
La respuesta resulta tan lógica como inquietante.
—¿Cuándo tomó esta fotografía?
—Tres días antes del accidente.
Levanto la vista.
—¿Tres días?
—Sí.
—Entonces el símbolo lleva acompañándonos más tiempo del que creíamos.
Hale asiente.
Ninguno de los dos parece satisfecho con esa conclusión.
La noticia se extiende rápidamente por el campamento.
Alistair observa la placa durante varios segundos. Blackwood la estudia aún más tiempo, mientras Finch se inclina tanto que casi mete la nariz en la imagen.
—Definitivamente es el mismo.
—Gracias, Finch.
—Solo intento ayudar.
—Y lo haces.
—Ah.
Parece sinceramente sorprendido.
—No esperaba que estuvieras de acuerdo.
—Estoy intentando crecer como persona.
—No te excedas.
Finch sonríe, aunque la expresión desaparece cuando vuelve a mirar la fotografía. La realidad sigue allí, inmutable e incómoda para todos.
João permanece callado durante toda la conversación, y ese silencio termina llamando más la atención que cualquier comentario.
Finalmente, Blackwood rompe la calma.
—Lo reconoce.
João levanta la cabeza.
—¿Qué?
—El símbolo.
—Ya le he dicho que lo vi con Arthur.
—No me refiero a eso.
Blackwood cruza los brazos.
—Lo reconoce ahora.
Miguel mira de inmediato a su padre. Yo hago lo mismo. Alistair observa la escena sin intervenir.
João tarda varios segundos en responder.
—Conozco historias.
—¿Qué historias?
—Historias.
—Eso no responde a la pregunta.
—No era una respuesta para usted.
La tensión aumenta de forma palpable.
Blackwood da un paso adelante.
—Lleva días ocultando información.
—Y usted lleva días haciendo preguntas como si tuviera derecho a todas las respuestas.
—Porque quizá alguien murió por no tenerlas.
El silencio cae sobre el grupo.
Miguel se pone rígido. João también, pero por primera vez no parece simplemente cansado o irritado. Parece verdaderamente enfadado.
—Tenga cuidado.
Su voz suena más baja de lo habitual.
—¿Es una amenaza?
—Es un consejo.
Durante unos instantes parece que la discusión va a estallar. Alistair interviene antes de que ocurra.
—Basta.
Nadie discute la orden, aunque tampoco parece que alguien quede satisfecho.
La expedición continúa avanzando.
La navegación se vuelve cada vez más complicada a medida que el río se estrecha. En varias ocasiones debemos bajar para arrastrar las embarcaciones entre raíces y bancos de barro. El avance es lento, agotador y exactamente el tipo de trabajo que destruye cualquier resto de buen humor.
A media tarde, Briggs aparece junto a mí.
—¿Tiene un momento?
La pregunta me inquieta de inmediato, porque Briggs nunca busca conversación.
—¿Qué ocurre?
Mira alrededor antes de responder.
—Volvieron a tocar las cajas.
Toda molestia desaparece al instante.
—¿Está seguro?
—Completamente.
—¿Qué falta?
—Nada esta vez.
—Entonces...
—Alguien está buscando algo.
La frase queda suspendida entre nosotros porque tiene demasiado sentido.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
—Se lo dije.
—Me refiero a esto.
Briggs tarda unos segundos en responder.
—Porque antes pensaba que era un robo.
Hace una breve pausa.
—Ahora creo que es otra cosa.
No añade nada más y, para mi desgracia, tampoco necesito que lo haga.
El hallazgo aparece casi al anochecer.
La primera señal es una pequeña estructura oculta por la vegetación. Kane la distingue desde la orilla.
—Allí.
Todos giramos la cabeza.
Entre los árboles se aprecia algo artificial: madera oscurecida por el tiempo.
João se queda inmóvil.
Alistair ordena detener las embarcaciones y pocos minutos después avanzamos entre la maleza.
El lugar apenas parece un campamento. Más bien son sus restos. Las lonas han desaparecido, gran parte de la madera está podrida y las raíces han invadido cada rincón. Aun así, resulta evidente que hubo personas allí, y que permanecieron durante bastante tiempo.
—Dios mío.
La voz de Hale apenas supera un susurro.
Blackwood ya está examinándolo todo. Finch parece incapaz de decidir hacia dónde mirar.
Yo no tengo ese problema.
Veo algo de inmediato.
Una caja semienterrada con restos de pintura azul.
Mi corazón se acelera.
—La conozco.
Todos me miran.
Me acerco y retiro tierra húmeda con las manos, apartando capa tras capa hasta que aparece una inscripción desgastada.
A.W.
Arthur Whitmore.
Nadie dice una palabra.
Ni siquiera Blackwood.
Exploramos la zona durante casi una hora.
Aparecen más objetos: una cuchara, fragmentos de cuero y restos de herramientas. Nada espectacular ni capaz de cambiar el mundo, pero sí suficiente para demostrar que Arthur estuvo allí y permaneció el tiempo necesario para levantar un campamento.
—Hay algo más.
La voz de Hale vuelve a llamar nuestra atención.
El fotógrafo sostiene una pieza de metal cubierta de barro. Cuando la limpia aparece un nombre grabado.
No es Arthur.
No es João.
No pertenece a ninguno de nosotros.
—Samuel Carter.
Reed frunce el ceño.
—¿Quién es?
Nadie responde hasta que João lo hace.
—El médico.
Todos se vuelven hacia él.
—¿El médico desaparecido? —pregunto.
João asiente lentamente.
El objeto permanece inmóvil en la mano de Hale. Parece insignificante, pero de pronto adquiere más importancia que cualquier otra cosa encontrada allí.
Por primera vez tenemos algo que perteneció a uno de los desaparecidos. No a Arthur ni a una leyenda, sino a una persona real que nunca regresó.
La noche cae mientras terminamos de instalar el campamento cerca de las ruinas.
Nadie se siente especialmente cómodo con la idea, pero tampoco quiere alejarse. Las respuestas están allí, ocultas entre raíces, barro y décadas de silencio.
Encuentro a Alistair revisando los objetos recuperados.
La discusión del día anterior sigue presente entre nosotros. No ha desaparecido; simplemente ha quedado aplazada.
—Tenías razón sobre una cosa.
Levanta la vista.
—¿Solo una?
—No te emociones.
Eso consigue arrancarle una sonrisa breve.
—¿Cuál?
—Mi padre ocultaba más cosas de las que creía.
Alistair observa la caja marcada con las iniciales de Arthur.
—Sí.
—Pero eso no significa que estuviera equivocado.
—Nunca dije que lo estuviera.
—Lo insinuaste.
—Y tú insinuaste que debía seguir cada una de sus decisiones.
La tensión reaparece de inmediato. No es explosiva, pero sí más peligrosa porque sigue sin resolverse.
—Quizá porque alguien lo está siguiendo todavía.
La frase sale antes de que pueda detenerla.
Alistair no responde enseguida. Su mirada se desplaza hacia la oscuridad que rodea el antiguo campamento, luego hacia el símbolo grabado en su cuaderno y finalmente vuelve a mí.
—Eso es precisamente lo que empieza a preocuparme.
Y por primera vez desde que encontramos el árbol marcado, descubro que compartimos el mismo miedo.
No sabemos quién dejó el símbolo, ni qué estaba buscando. Tampoco sabemos si se encuentra delante de nosotros o si lleva días caminando a nuestra espalda.