ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 26
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Capítulo 26

Alistair

Miguel sobrevive a la noche, y eso debería bastar para levantar el ánimo de la expedición.

Sin embargo, no ocurre.

El muchacho despierta al amanecer con menos fiebre, peor humor y la absurda determinación de ponerse en pie antes de que Reed se lo permita.

—No.

La voz del médico no admite discusión.

Miguel, naturalmente, discute.

—Puedo caminar.

—También puede caerse.

—No voy a caerme.

—Eso dijo ayer antes de parecer un cadáver con opiniones.

Miguel entrecierra los ojos.

—No me gusta usted.

—Es recíproco.

João permanece sentado junto a su hijo sin intervenir. Eso significa que está de acuerdo con Reed o que está demasiado agotado para llevarle la contraria. Cualquiera de las dos posibilidades resulta reveladora.

—Partiremos al mediodía —decido.

Blackwood levanta la cabeza desde el otro lado del campamento.

—¿Al mediodía?

—Sí.

—Perderemos otra mañana.

—Miguel no puede viajar todavía.

—Miguel no necesita remar.

João se pone en pie con una lentitud que enfría la conversación de inmediato.

—¿Quiere repetir eso?

Blackwood sostiene su mirada.

—He dicho que no necesita remar.

—No.

João da un paso hacia él.

—Ha dicho otra cosa.

Intervengo antes de que la discusión termine como suelen terminar las conversaciones entre dos hombres que fingen mantener la calma.

—Saldremos al mediodía.

—Director...

—No era una propuesta.

Blackwood aprieta los labios, pero guarda silencio.

Al menos por ahora.

Briggs se acerca mientras el campamento empieza a desmontarse. Lleva una cuerda en la mano y una expresión que no me gusta en absoluto.

—Tenemos que hablar.

—Estoy empezando a odiar esa frase.

—Alguien ha tocado las cajas.

Dejo la lista de inventario sobre una de ellas.

—¿Qué cajas?

—Las de herramientas.

—¿Falta algo?

—No.

—Entonces...

—Pero las han abierto.

—Quizá alguien necesitó algo anoche.

—No sin decírmelo.

Tiene razón. Briggs puede ser muchas cosas, pero jamás descuidado.

—¿Está seguro?

—Sé cómo cierro mis cajas.

Me muestra la cuerda.

—Esto no es mío.

La examino con atención. El nudo está mal hecho, demasiado flojo y torpe para pertenecer a Briggs.

—¿Quién más lo ha visto?

—Nadie.

—Déjelo así.

Su expresión se endurece.

—¿Así?

—Por ahora.

—MacKenzie.

—No necesitamos otro motivo para que el grupo entre en pánico.

Briggs mira alrededor antes de bajar la voz.

—Con respeto, señor, el pánico llega tarde si alguien está manipulando los suministros.

No respondo, porque la posibilidad de que tenga razón me resulta inquietantemente plausible.

Reanudamos la marcha poco después del mediodía.

Miguel viaja tumbado en una de las embarcaciones centrales, envuelto en una manta demasiado fina para alguien que acaba de pasar dos días consumido por la fiebre.

Finch intenta animarlo.

—Puede considerarlo una experiencia científica.

Miguel abre un ojo.

—¿Morirme?

—No. Sobrevivir.

—Suena mejor.

—Mucho mejor.

—Sigue siendo una experiencia horrible.

—La ciencia está llena de incomodidades.

Kane, desde la parte trasera de la embarcación, resopla.

—La ciencia habla demasiado.

Finch suspira.

—Usted desprecia todo lo que no pueda disparar.

—No es cierto.

—¿Ah, no?

—También desprecio algunas cosas que puedo disparar.

Miguel sonríe débilmente y, por primera vez desde que enfermó, João parece respirar con algo menos de peso sobre los hombros.

La ruta cambia después de dos horas.

Blackwood lo nota antes que yo, y eso me irrita no porque lo haya advertido primero, sino porque tiene razón.

—Estamos desviándonos.

João no responde.

—Otra vez.

El guía sigue sin responder.

Blackwood se gira hacia mí.

—Ésta no es la ruta que acordamos.

—El río se ha estrechado.

—No lo suficiente para justificar esto.

Whitmore, sentada junto a las cajas de documentos, levanta la vista del cuaderno.

—Blackwood tiene razón.

El silencio dura apenas un instante, pero basta para que todos lo perciban.

—¿Perdón? —pregunto.

Ella cierra el diario.

—Tiene razón. Según las notas de mi padre, el desvío debería producirse más al norte.

—No según el agua —dice João.

—Según los registros, sí.

—Los registros se equivocan.

—O usted está evitando algo.

La frase cae sobre la embarcación como una piedra.

João se queda inmóvil.

Miguel intenta incorporarse.

—No hable así a mi padre.

Reed lo obliga a tumbarse de nuevo.

—Usted no habla con nadie hasta que pueda sentarse sin parecer un fantasma.

—Estoy perfectamente.

—Está sudando mientras está tumbado.

—Detalles.

Blackwood aprovecha el momento.

—Si Whitmore y yo coincidimos, quizá convendría escucharnos.

—Eso es precisamente lo que me preocupa —respondo.

Eleanor me mira.

—¿Qué significa eso?

—Significa que los dos están siguiendo una hipótesis.

—No. Estamos siguiendo una concordancia entre mapa y diario.

—Una concordancia incompleta.

—Toda esta expedición es incompleta.

—Y por eso no pienso arriesgarla por cada línea que parezca conveniente.

Su expresión cambia apenas un instante, pero es suficiente para que sepa que he tocado algo sensible.

—No es una línea conveniente. Es una pista.

—Es una posibilidad.

—Y usted la está descartando porque no le gusta perder el control.

—La estoy descartando porque tengo gente enferma, suministros reducidos y una expedición que ya ha estado a punto de perder a dos hombres.

—Y aun así hemos venido para esto.

—Hemos venido vivos, Whitmore. Mi intención es que sigamos así.

La discusión se extiende de una embarcación a otra. Todos escuchan y nadie intenta fingir lo contrario.

Por primera vez en días no hay ironía entre nosotros, solo un desacuerdo directo y real.

—Mi padre se desvió por una razón —dice ella.

—Su padre también ocultó hombres desaparecidos.

El silencio que sigue resulta brutal.

Incluso Blackwood baja la mirada.

Eleanor no.

Sostiene la mía, aunque algo se apaga en su rostro.

—No vuelva a usar eso contra mí.

La voz le sale baja, más peligrosa que un grito.

—Entonces no me obligue a recordarle que Arthur Whitmore no era infalible.

—Nunca dije que lo fuera.

—Actúa como si cada decisión suya fuera una orden sagrada.

—Y usted actúa como si cualquiera que no esté vivo para defenderse mereciera ser tratado como un error.

La frase golpea con fuerza.

Lo veo en Reed, en Finch, en Hale y en João. Todos lo oyen y entienden que ya no discutimos únicamente por una ruta.

—Seguiremos por aquí —digo.

Eleanor aparta la mirada.

—Por supuesto.

Y esas dos palabras contienen más distancia que cualquier insulto.

Acampamos antes de lo previsto.

No por decisión mía, sino por Miguel.

La fiebre no ha regresado, pero sigue débil. Reed no me lo pide directamente; simplemente sabe mirarme de una forma que vuelve imposible ignorarlo.

El campamento se monta en un silencio incómodo.

Briggs supervisa las cajas con más atención de lo habitual.

Hale intenta ordenar las placas salvadas.

Blackwood trabaja junto a Eleanor.

Eso me molesta más de lo que debería.

Ella señala algo en el mapa y él responde. Ambos inclinan la cabeza sobre el mismo documento. No hay risas ni una complicidad evidente, solo trabajo.

Por alguna razón, eso no mejora la sensación.

Reed aparece a mi lado.

—Está poniendo esa cara.

—No empiece.

—No sabía que tuviera una cara concreta para los celos profesionales.

—No son celos.

—He dicho profesionales.

—Tampoco.

—Entonces será otra cosa peor.

Lo miro.

Él apenas sonríe.

—No está ayudando.

—Nunca dije que fuera a hacerlo.

Briggs vuelve a acercarse cuando cae la tarde.

Esta vez trae una caja pequeña.

—Ahora sí falta algo.

La tensión me recorre la espalda.

—¿Qué?

—Dos cargas de pólvora, una lima y parte del hilo encerado.

—¿Está seguro?

Me mira como si acabara de insultarlo.

—Sí.

—¿Quién tenía acceso?

—Todos.

La respuesta no me gusta.

A él tampoco.

—No diga nada aún.

—¿Otra vez?

—Sí.

—Señor...

—Briggs.

—Si alguien está robando material, esperar hará que vuelva a hacerlo.

—Y si lo anunciamos sin pruebas, todos empezarán a acusarse entre sí.

—Quizá eso ya esté pasando.

Mira hacia el campamento.

Sigo su mirada.

Blackwood habla con Hale.

João permanece junto a Miguel.

Kane afila una hoja.

Eleanor revisa mapas sin levantar la vista.

Hay demasiadas personas, demasiados motivos y demasiado miedo acumulado.

—Mantenga los ojos abiertos —digo.

—Ya lo hacía.

—Hágalo mejor.

Briggs asiente, aunque no parece satisfecho.

Y no puedo culparlo.

El símbolo aparece al anochecer.

No lo encuentra Blackwood, ni Whitmore, ni João.

Lo descubre Finch por accidente.

Había ido a revisar una planta junto a un árbol enorme, cerca del límite del campamento, cuando su voz corta el aire.

—Creo que deberían ver esto.

No grita, y precisamente por eso resulta más inquietante.

Todos nos acercamos.

Kane llega primero, seguido por João y después por mí.

El árbol es inmenso. La corteza, oscurecida por la humedad, muestra una marca a la altura del pecho.

El mismo símbolo.

Las líneas son profundas, limpias y demasiado nítidas para ser antiguas.

Whitmore aparece a mi lado y se queda completamente inmóvil.

Blackwood se acerca y roza la corteza sin llegar a tocarla.

—No es antigua.

João observa la marca y, por primera vez desde que lo conozco, parece realmente preocupado.

—No.

—¿Cuánto? —pregunto.

Kane se inclina para examinarla.

—Días.

El silencio cae sobre todos.

Días.

No años ni décadas.

Días.

Eleanor mira el símbolo y luego me mira a mí.

La discusión de antes sigue presente entre nosotros, pero ahora hay algo más importante delante. Algo que ninguno puede ignorar.

—Alguien ha estado aquí —dice Hale.

Su voz suena más baja de lo habitual.

—O sigue aquí —añade Briggs.

Nadie responde.

La selva lo hace por nosotros.

Una rama cruje en la oscuridad, cerca, demasiado cerca.

Kane levanta el rifle.

Miguel intenta incorporarse y João lo detiene con una mano.

Finch retrocede un paso.

Eleanor no se mueve.

Yo tampoco.

Miro el símbolo reciente grabado en la corteza, luego el campamento, las cajas, la oscuridad y a la gente que depende de mí.

Por primera vez desde que salimos de Londres, la pregunta deja de ser si encontraremos Arukana.

Ahora la verdadera cuestión es quién nos está observando mientras la buscamos.