ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 25
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Capítulo 25

Eleanor

La noche se alarga mucho más de lo que debería.

El campamento permanece sumido en una tensión silenciosa que nadie intenta ocultar. La fiebre de Miguel sube y baja durante horas; por momentos parece estabilizarse y, poco después, vuelve a empeorar.

Reed apenas se mueve de su lado, y João tampoco.

Cuando amanece, ninguno de los dos parece haber dormido. Miguel, además, tiene peor aspecto que el día anterior, y eso basta para que el poco optimismo que quedaba desaparezca.

La lluvia ha cesado y, por primera vez en varios días, el cielo deja pasar algo de luz.

No sirve de mucho. El calor regresa con fuerza, el aire continúa siendo pesado y la preocupación sigue instalada en el centro del campamento.

Reed termina una nueva revisión poco después del desayuno. Todos observan desde cierta distancia. Nadie pregunta nada hasta que finalmente es él quien rompe el silencio.

—La fiebre sigue alta.

João permanece inmóvil.

—¿Va a morir?

La pregunta provoca un silencio inmediato.

Miguel abre un ojo.

—Buenos días para ti también, padre.

Nadie sonríe, ni siquiera él. Eso resulta más inquietante que la propia pregunta.

Reed tarda unos segundos en responder.

—No lo sé.

—Otra vez esa respuesta.

—Porque sigue siendo la correcta.

João baja la mirada. No insiste, y esa ausencia de discusión preocupa más que cualquier enfrentamiento.

La planta descrita por Arthur se convierte en nuestra única opción.

João y Kane salen poco después del amanecer para buscarla. Antes de marcharse, João se detiene junto a la mesa donde tengo abiertos varios diarios.

Observa los cuadernos y luego me mira a mí.

—¿Está segura?

—No.

—Bien.

La respuesta me sorprende.

—¿Bien?

—Las personas demasiado seguras suelen cometer errores.

—Eso no resulta especialmente tranquilizador.

—No pretendía serlo.

Naturalmente.

Durante unos segundos examina uno de los dibujos realizados por Arthur.

—La planta se parece.

—¿Pero?

—Las plantas cambian.

—Han pasado treinta años.

—Exactamente.

No añade nada más. Se marcha junto a Kane y me deja con la desagradable sensación de que dependemos de demasiadas variables.

La espera ocupa toda la mañana.

Blackwood intenta trabajar, pero no consigue concentrarse. Hale dedica un rato a reparar parte de su material y termina abandonándolo. Finch inicia una conversación con Reed que dura menos de un minuto.

Incluso Briggs parece más silencioso de lo habitual.

La enfermedad de Miguel ha alterado algo importante. Hasta ahora los peligros habían sido externos: el río, la selva, los accidentes. Ahora el enemigo está dentro del campamento, y nadie puede discutir con una fiebre.

Miguel despierta cerca del mediodía.

Estoy sentada junto a Reed revisando una de las anotaciones de Arthur cuando escuchamos su voz.

—Si sobrevivo a esto, quiero dejar constancia de algo.

Reed ni siquiera levanta la vista.

—Mala señal.

—¿Por qué?

—La gente siempre hace declaraciones importantes cuando cree que va a morir.

—No creo que vaya a morir.

—Entonces deje de comportarse como si estuviera redactando su testamento.

Miguel sonríe débilmente y luego me señala.

—Ella me cae mejor que usted.

—Eso es porque tiene fiebre.

—Puede ser.

—Definitivamente es por la fiebre.

Por primera vez en muchas horas el ambiente se relaja un poco. No demasiado, pero sí lo suficiente para recordar cómo era respirar sin sentir un peso constante en el pecho.

João y Kane regresan varias horas después, cubiertos de barro, con arañazos recientes y una bolsa llena de hojas.

Todo el campamento se pone en movimiento de inmediato.

—¿Es la correcta?

Reed ya está examinando las plantas cuando João deja la bolsa sobre la mesa.

—Eso creo.

—¿Lo cree?

—Nadie me ha dado treinta años para comprobarlo.

Reed estudia las hojas, compara varios dibujos y vuelve a examinarlas.

—Se parecen.

—Eso ya lo sabemos.

—Gracias, Whitmore.

—De nada.

—Intentaba pensar.

—Pues piense más rápido.

Reed me dedica una mirada de resignación.

—Empiezo a entender por qué MacKenzie parece agotado permanentemente.

—Es un don natural.

La preparación del remedio ocupa buena parte de la tarde.

Arthur había dejado instrucciones sorprendentemente detalladas. No eran completas, pero sí suficientes.

Mientras Reed trabaja, yo sostengo uno de los cuadernos abierto sobre la mesa.

—Tres hojas.

—Ya.

—Después hervir.

—Sí.

—Y esperar.

—Whitmore.

—¿Qué?

—Si vuelve a leerme esa línea una vez más, consideraré la violencia.

Finch observa la escena con evidente diversión.

—Esto es lo más cerca que han estado de trabajar en armonía desde que empezó la expedición.

—No estamos trabajando en armonía.

—Eso mismo digo.

La infusión está lista al anochecer.

Miguel protesta cuando intentan obligarlo a beber, lo cual resulta prometedor. Las personas completamente derrotadas no suelen discutir.

—Huele horrible.

—Probablemente porque lo es.

—No quiero.

—No tiene elección.

—Eso suena injusto.

—La medicina suele serlo.

Miguel mira a Reed, luego a João y finalmente a mí.

—Necesito aliados mejores.

—Claramente.

Termina bebiéndola con evidente sufrimiento.

Kane parece disfrutar demasiado observándolo.

La noche vuelve a caer sobre el campamento.

Esta vez nadie se aleja demasiado del fuego. Todos esperan, incluso quienes fingen no hacerlo.

Las horas transcurren lentamente. La fiebre sigue presente, pero deja de aumentar y, con el paso del tiempo, parece disminuir ligeramente.

Reed vuelve a examinarlo cerca de medianoche. Cuando termina, exhala despacio.

—¿Y?

La pregunta sale de João.

Reed tarda unos segundos en responder.

—Creo que funciona.

Nadie habla. Durante un instante parece que nadie se atreve a hacerlo.

—¿Cree? —pregunta Blackwood.

—Sí.

—¿Está seguro?

—No.

—Entonces...

—Pero creo que funciona.

Esta vez nadie protesta por la falta de certezas, porque sigue siendo mucho más de lo que teníamos aquella mañana.

Encuentro a João poco después.

Está sentado junto al fuego, observando las llamas en silencio.

Me acerco.

—Parece mejor.

—Sí.

Durante unos segundos ninguno habla. El silencio no resulta incómodo; solo refleja el cansancio acumulado.

—Mi padre encontró la planta.

João asiente.

—Sí.

—Y escribió cómo utilizarla.

—Sí.

—Eso salvó a Miguel.

João permanece mirando el fuego durante tanto tiempo que llego a pensar que no responderá.

Finalmente habla.

—Arthur cometió muchos errores.

La frase me sorprende.

—Lo imagino.

—Más de los que usted cree.

—También lo imagino.

João asiente lentamente.

—Pero siempre intentaba ayudar.

Las palabras permanecen suspendidas entre nosotros porque no se parecen a ninguna de las otras cosas que ha dicho sobre Arthur.

No hablan del explorador ni del científico.

Hablan del hombre.

Y eso las vuelve importantes.

—Se parece a él.

La frase llega de forma inesperada.

—¿Cómo?

João levanta la vista.

—Más de lo que le gustaría admitir.

No sé qué responder y, por suerte, él tampoco parece esperar una respuesta.

Más tarde, mientras regreso a mi tienda, veo a Alistair revisando las anotaciones del día junto a una lámpara.

—Miguel mejorará.

Levanta la vista.

—Eso espero.

—Reed cree que sí.

—Entonces empiezo a creerlo yo también.

Me detengo junto a la mesa.

Durante unos segundos observamos el campamento. La mayoría ya duerme y, por primera vez en dos días, el miedo parece haber retrocedido un poco.

—Su padre nos ha ayudado otra vez.

La observación llega sin ironía ni tensión, simplemente como un hecho.

—Sí.

—Empiezo a pensar que sigue formando parte de esta expedición.

Miro los diarios, las notas, la brújula y las páginas gastadas por el tiempo.

Entonces comprendo exactamente a qué se refiere.

Arthur Whitmore lleva muerto muchos años, pero sus huellas siguen apareciendo delante de nosotros. Y cuanto más avanzamos río arriba, más difícil resulta distinguir dónde termina su historia y dónde empieza la nuestra.