Capítulo 23 #2
—Entonces problema resuelto.
João cierra los ojos como un hombre que está reconsiderando todas las decisiones que tomó al criar a su hijo.
—Empiezo a entender por qué algunos animales abandonan a sus crías.
Miguel sonríe.
—Eso ha sonado poco cariñoso.
—Era la intención.
Incluso enfermo consigue parecer satisfecho consigo mismo, y eso resulta preocupante.
La situación empeora al final de la tarde.
Miguel ya no sonríe, ni discute ni se queja. Esa ausencia de energía resulta mucho más alarmante que cualquier protesta.
Cuando llegamos al lugar elegido para acampar, apenas puede mantenerse en pie.
João lo ayuda a bajar de la embarcación y, por primera vez desde que lo conozco, lo hace sin comentarios, bromas ni discusiones.
Es la primera vez que lo veo realmente preocupado.
Reed lo examina de nuevo y esta vez dedica bastante más tiempo a la revisión.
Cuando termina, me hace una señal para apartarnos.
No me gusta en absoluto.
—¿Qué ocurre?
—Tiene fiebre alta.
—Eso ya lo sabemos.
—Ha aumentado.
—¿Y?
Reed observa el campamento antes de volver a mirarme.
—Necesita descanso.
—Podemos hacerlo.
—Y necesitamos vigilarlo.
—También podemos hacerlo.
El médico tarda unos segundos en continuar.
—Y quizá rezar un poco.
La frase queda suspendida entre nosotros.
—No es propio de usted.
—No.
—¿Debería preocuparme?
—Sí.
La noticia se extiende rápidamente, mucho más rápido de lo que me gustaría.
Cuando regreso al campamento encuentro a Whitmore hablando con João. Blackwood escucha desde cerca y Finch intenta fingir que no está prestando atención, aunque fracasa miserablemente.
—No podemos quedarnos aquí varios días.
La voz de Blackwood rompe el silencio.
João se vuelve lentamente.
—¿Qué propone?
—Continuar.
—¿Y dejar atrás a mi hijo?
—No he dicho eso.
—Lo estaba pensando.
—Estaba pensando en la expedición.
—Yo también.
La tensión aumenta de inmediato.
—Basta.
Mi intervención corta la discusión antes de que empiece.
—Todavía no hemos tomado ninguna decisión.
—Perderemos tiempo.
Blackwood no parece dispuesto a rendirse.
—Quizá.
—No es un quizá.
—Henry.
El uso de su nombre consigue que se calle, al menos por el momento.
—No vamos a abandonar a nadie.
—No he sugerido eso.
—Perfecto.
—Pero...
—No.
Blackwood aprieta la mandíbula y termina alejándose.
No parece convencido, y tampoco me importa especialmente.
La noche cae sobre el campamento.
La fiebre de Miguel sigue aumentando.
Reed permanece junto a él y João también.
Whitmore aparece poco después con varios cuadernos bajo el brazo.
—¿Qué hace?
Ella deja los diarios sobre una mesa.
—Busco algo.
—Eso es evidente.
—Gracias.
—De nada.
Empieza a pasar páginas con rapidez y urgencia.
—Arthur escribió sobre enfermedades.
—Arthur escribió sobre todo.
—Exactamente.
Comprendo la idea antes de que termine de explicarla.
—Está buscando tratamientos.
—Estoy buscando cualquier cosa útil.
João levanta la vista.
Por primera vez en toda la noche parece albergar una pequeña esperanza.
—¿Encontrará algo?
Whitmore no responde inmediatamente. Sigue pasando páginas durante varios minutos hasta que finalmente se detiene.
—Quizá.
Una hora después el grupo entero está reunido alrededor de los diarios.
Incluso Blackwood.
Cuando la vida de alguien depende de una respuesta, las rivalidades pierden importancia, aunque solo sea temporalmente.
—Aquí.
Whitmore señala una página.
—¿Qué es?
—Una anotación de Arthur.
Reed se inclina sobre el cuaderno.
—¿Y?
—Describe una fiebre.
—Eso describe la mitad del Amazonas.
—Espere.
Ella continúa leyendo.
—Menciona una planta.
João se acerca inmediatamente.
Durante varios segundos estudia el dibujo realizado por Arthur.
Después levanta la vista.
—La conozco.
El silencio se instala alrededor de la mesa.
—¿Puede conseguirla?
João asiente.
—Sí.
—¿Funcionará?
La pregunta sale de Reed.
João tarda unos segundos en responder.
—No lo sé.
La respuesta resulta frustrante, pero también honesta. A estas alturas empiezo a valorar mucho más las respuestas honestas que las tranquilizadoras.
Más tarde, cuando el campamento se ha calmado, encuentro a Whitmore sentada junto a la lámpara.
Los diarios siguen abiertos frente a ella.
—Hoy ha ayudado.
Ella levanta la vista.
—No sabemos eso todavía.
—Ha encontrado algo.
—Quizá.
—Le gusta mucho esa palabra.
—Empiezo a pasar demasiado tiempo con Reed.
Eso consigue arrancarme una sonrisa, pequeña y breve, pero completamente real.
—Si funciona...
Comienzo la frase.
Ella la termina.
—Entonces mi padre habrá salvado una vida treinta años después.
Nos quedamos en silencio porque ninguno sabe qué añadir a algo así.
A pocos metros, Reed sigue vigilando a Miguel mientras João permanece sentado junto a su hijo.
La selva continúa rodeándonos desde la oscuridad, inmensa, paciente e indiferente.
Por primera vez desde que llegamos, la expedición no está preocupada por Arukana, por Arthur ni por los hombres desaparecidos.
Esta noche solo importa una cosa: que Miguel siga vivo para ver el amanecer.