Capítulo 23
Eleanor
La lluvia continúa durante buena parte de la noche.
Cuando amanece, el campamento parece haber sido construido dentro de una nube.
Todo está húmedo: las mantas, las botas, las cuerdas e incluso el aire.
Briggs recorre el campamento inspeccionando daños con expresión de hombre que ha perdido la fe en la humanidad.
Kane intenta encender un fuego, fracasa, vuelve a intentarlo y fracasa otra vez.
Miguel observa la escena con una sonrisa cada vez más amplia.
—¿Va a ayudar o solo piensa disfrutarlo?
Kane levanta la vista.
—Todavía no lo he decidido.
—Está ganando la segunda opción.
—Claramente.
Miguel termina acercándose.
Cinco minutos después el fuego arde.
Kane parece irritado, mientras que Miguel está encantado. Por alguna razón, ambos parecen llevarse mejor después de la discusión.
La expedición empieza a desarrollar ese extraño tipo de relaciones que solo aparecen cuando demasiadas personas pasan demasiado tiempo juntas.
Encuentro a João sentado cerca del río.
Está reparando una cuerda, o fingiendo hacerlo, porque apenas ha avanzado desde que llegué.
—Buenos días.
Asiente.
—Whitmore.
—João.
El silencio se instala entre nosotros. No resulta incómodo, pero sí deliberado, porque ambos sabemos por qué estoy allí.
—Ayer dijo que mi padre vino con siete personas.
—Sí.
—Y que tres desaparecieron.
João continúa trabajando con la cuerda.
—Sí.
—Eso no aparece en ningún diario.
—Lo sé.
—¿Por qué?
El guía tarda varios segundos en responder.
—Porque Arthur decidió no escribirlo.
La respuesta no me gusta, precisamente por eso la creo.
—¿Y usted cómo lo sabe?
João deja finalmente la cuerda sobre sus rodillas y dirige la mirada hacia el río.
—Porque yo estaba allí.
Durante unos segundos no reacciono; simplemente lo miro.
—¿Qué?
—Era joven.
—¿Cuánto?
—Diecisiete años.
La sorpresa tarda varios segundos en asentarse.
—Conoció a mi padre.
—Sí.
—¿Trabajó con él?
—Sí.
—¿Y nunca lo mencionó?
—Nunca preguntó.
La respuesta resulta tan absurda que no sé si enfadarme o admirarla.
No tarda mucho en reunirse el resto del grupo.
La noticia corre por el campamento más rápido que cualquier enfermedad.
Media hora después todos estamos alrededor del fuego, incluidos Blackwood y Hale.
João parece resignado, como un hombre que sabe que ya no puede evitar una conversación.
—Empiece por el principio.
La petición sale de Alistair.
João asiente lentamente.
—Arthur llegó durante la estación seca.
Su voz es tranquila, casi monótona, pero nadie aparta la atención.
—No era como ustedes.
—¿En qué sentido? —pregunta Finch.
—Escuchaba.
Finch mira discretamente a Blackwood.
Blackwood finge no darse cuenta.
—Vino buscando Arukana.
—Como nosotros.
—No.
João niega con la cabeza.
—Ustedes buscan una ciudad. Arthur buscaba respuestas.
La frase provoca varias miradas.
Yo soy la primera en bajar la vista, porque empiezo a sospechar que quizá tenga razón.
La historia avanza lentamente, como si João escogiera cada palabra con cuidado.
—Los primeros meses fueron bien.
—¿Meses? —pregunta Hale.
—Sí.
—¿Estuvieron aquí meses?
—Muchos.
Hale parece impresionado.
Finch también.
Yo no, porque eso encaja perfectamente con Arthur. Si había una respuesta que perseguir, jamás habría abandonado a mitad de camino.
—Éramos ocho.
El número provoca un pequeño silencio.
—¿Ocho?
—Arthur.
João empieza a contar con los dedos.
—Dos científicos, un médico, un cazador, dos porteadores, yo y un intérprete.
—Los diarios hablan de cuatro personas.
—Los diarios no cuentan toda la historia.
Blackwood cruza los brazos.
—Eso ya lo sabemos.
—No tanto como cree.
João lo observa y, por alguna razón, Blackwood guarda silencio.
La lluvia vuelve a caer.
Nadie se mueve porque nadie quiere interrumpir el relato.
—¿Qué ocurrió?
La pregunta sale de mí.
João tarda en responder.
—Encontramos algo.
—¿Arukana?
—No.
La decepción recorre al grupo, aunque João ni siquiera parece notarlo.
—Encontramos una señal.
—¿Qué clase de señal?
—Una piedra.
Mi corazón acelera.
Blackwood se inclina hacia delante.
—¿Con el símbolo?
João lo mira.
—Sí.
Ahora todo el mundo está completamente atento.
—¿Dónde?
—No lo sé exactamente.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Han pasado treinta años.
La respuesta parece razonable y frustrante al mismo tiempo, una combinación que empieza a definir demasiadas conversaciones.
—Después empezaron los problemas.
João vuelve a mirar el río.
Por primera vez parece mucho más viejo.
—¿Qué problemas?
—Desapariciones.
El silencio se vuelve absoluto.
—¿Personas?
—Sí.
—¿Cómo desaparecían?
—No lo sabemos.
Finch deja escapar el aire lentamente.
Miguel ya no sonríe.
—Una noche estaban allí y a la siguiente no.
—Eso no tiene sentido.
La objeción sale de Hale.
—Lo sé.
—¿Los buscaron?
—Durante días.
—¿Y?
João niega con la cabeza.
—Nada.
Nadie habla, porque no hay nada útil que decir.
La historia continúa y cada respuesta genera nuevas preguntas.
—El intérprete desapareció primero.
—¿Y después?
—Uno de los porteadores.
—¿Y el tercero?
João permanece callado durante demasiado tiempo.
—El médico.
La respuesta provoca una reacción inmediata en Reed.
—¿El médico?
—Sí.
—¿Cómo?
—No lo sé.
Reed parece profundamente incómodo, como si aquella desaparición le resultara más cercana que las demás.
Y quizá sea así, porque un médico entiende mejor que nadie lo vulnerable que puede ser un grupo cuando pierde a quien debe mantenerlo vivo.
—¿Y mi padre?
La pregunta sale casi en un susurro.
João me observa.
—Su padre cambió.
—¿Qué significa eso?
—Se obsesionó.
La palabra golpea con más fuerza de la esperada.
—¿Con Arukana?
—Con lo que había encontrado.
—¿Qué encontró?
—No lo sé.
—Sí lo sabe.
—No.
Su respuesta es inmediata, demasiado inmediata.
Alistair lo percibe.
Yo también.
Blackwood también.
Y ése es el problema, porque por primera vez estamos completamente seguros de algo.
João sigue ocultando información.
La conversación termina poco después.
No porque se hayan agotado las preguntas, sino porque João deja de responder.
Se levanta, recoge la cuerda y se marcha sin añadir una sola palabra más.
Miguel lo sigue inmediatamente.
El resto permanecemos junto al fuego, procesando todo.
—Bueno.
Finch rompe finalmente el silencio.
—Eso ha sido inquietante.
—Ésa es una forma de describirlo.
La respuesta de Reed resulta bastante más tranquila de lo que me siento.
—¿Le creemos?
pregunta Hale.
Nadie responde enseguida, porque todos conocemos la respuesta.
Sí, le creemos.
Y precisamente por eso resulta tan preocupante.
Más tarde encuentro a Alistair revisando mapas bajo una lona.
La lluvia golpea sobre la tela formando un ruido constante.
—¿Qué piensa?
Levanta la vista.
—Que Arthur ocultó cosas.
—Eso ya lo sabíamos.
—No a este nivel.
Me siento frente a él.
Durante unos segundos ninguno habla.
—Tres personas desaparecidas.
—Sí.
—Un símbolo.
—Sí.
—Una piedra.
—Sí.
Alistair deja la pluma sobre la mesa.
—Y un guía que sigue mintiendo.
—No creo que mienta.
—¿No?
—Creo que selecciona cuidadosamente qué parte de la verdad comparte.
La diferencia parece divertirlo, aunque solo un poco.
—Eso es una definición sorprendentemente elegante.
—Gracias.
—Sigue siendo un problema.
—También gracias.
Por primera vez en horas aparece una pequeña sonrisa.
Dura poco, porque ambos estamos pensando exactamente en lo mismo.
No en Arukana, ni en la brújula, ni en el símbolo, sino en algo mucho más simple.
Tres personas desaparecieron siguiendo el mismo camino que nosotros estamos recorriendo, y nadie ha conseguido explicar todavía por qué.
Capítulo 24
Alistair
El primer enfermo aparece dos días después.
No sucede de forma dramática ni viene acompañado de gritos, desplomes repentinos o señales evidentes de peligro. Precisamente por eso tarda tanto en preocuparnos.
La mañana comienza igual que las anteriores, marcada por el calor sofocante, la humedad constante, los mosquitos y una capa permanente de barro adherida a las botas.
El campamento se pone en marcha poco después del amanecer. Briggs organiza la carga de las embarcaciones, Hale intenta proteger el material fotográfico que le queda y Finch discute con Kane sobre una planta que nadie más considera interesante.
Todo parece normal hasta que Miguel empieza a equivocarse.
No se trata de errores graves. Primero deja caer una cuerda, luego olvida una caja y más tarde tropieza al subir a la embarcación. Son detalles menores, pero suficientes para llamar la atención de João.
—Miguel.
Su hijo levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Ven aquí.
—Estoy trabajando.
—Ahora.
El tono no admite discusión.
Miguel resopla y se acerca.
João le toca la frente.
Su expresión cambia inmediatamente, y eso basta para que deje de gustarme la situación.
Reed examina al muchacho una hora después.
El grupo ha hecho una parada junto a una orilla relativamente seca.
Miguel permanece sentado sobre una caja mientras el médico le toma el pulso.
—¿Qué tiene?
La pregunta sale de João.
Reed tarda en responder.
—Todavía no lo sé.
—¿Es grave?
—Todavía no lo sé.
—Le gusta mucho esa respuesta.
—Porque suele ser cierta.
Miguel intenta incorporarse.
—Estoy bien.
—No lo está.
—Solo tengo calor.
Kane resopla.
—Todos tenemos calor.
—Exacto.
—Y ninguno parece un cadáver recién desenterrado.
Miguel le dedica una mirada poco amistosa.
Kane parece satisfecho.
Reed ignora a ambos.
—¿Cuándo empezó?
—Anoche.
João se gira inmediatamente.
—¿Y no dijiste nada?
—Porque no era importante.
—Idiota.
—Gracias, padre.
—De nada.
Finch observa el intercambio.
—Es una familia encantadora.
Nadie le presta atención.
La expedición continúa avanzando, aunque a un ritmo mucho más lento.
Miguel insiste en seguir trabajando y João insiste en impedírselo. Ambos discuten durante buena parte de la mañana, algo que ya no sorprende a nadie.
—No necesito descansar.
—Sí necesitas descansar.
—Estoy sentado.
—Ahora mismo sí.