Capítulo 22
Alistair
La expedición lleva cinco días en el Amazonas cuando empiezo a comprender que encontrar una ciudad perdida puede resultar más sencillo que mantener a doce personas avanzando en la misma dirección.
La selva desgasta, aunque no lo hace mediante grandes tragedias ni golpes espectaculares.
Su método es mucho más eficaz: trabaja poco a poco.
Cada jornada añade una molestia nueva, un retraso inesperado, una picadura más, una noche de sueño interrumpido o una discusión innecesaria. Al final, todo termina acumulándose.
Lo noto durante el desayuno.
Finch sigue más callado de lo habitual.
Hale continúa revisando las placas dañadas como si pudiera devolverlas a la vida por pura obstinación.
Blackwood apenas ha dormido.
Whitmore lleva horas estudiando los diarios de Arthur.
Y João parece distante.
Eso último me preocupa más que cualquier otra cosa, porque João suele saber exactamente dónde estamos y hacia dónde debemos dirigirnos. Hoy, sin embargo, da la impresión de tener la mente en otro lugar.
Partimos poco después del amanecer.
La niebla tarda horas en disiparse mientras el río se estrecha de forma gradual y las corrientes se vuelven cada vez más imprevisibles. Como consecuencia, las embarcaciones avanzan mucho más despacio de lo previsto.
Otra vez.
Naturalmente.
—¿Cuánto falta para el siguiente campamento?
La pregunta sale de Finch.
Kane ni siquiera gira la cabeza.
—Mucho.
—Eso no es una distancia.
—Es la única respuesta que tengo.
—Odio viajar con usted.
—El sentimiento es mutuo.
Miguel se ríe desde la embarcación de delante.
Finch pone los ojos en blanco y, durante unos segundos, la normalidad parece regresar.
Solo durante unos segundos.
La verdadera discusión comienza a media mañana.
Todo se desencadena por una curva aparentemente insignificante del río. João ordena dirigirse hacia un brazo secundario y Blackwood protesta de inmediato.
—Ésa no es la ruta marcada.
João sigue observando el agua.
—Lo sé.
—Entonces vamos en dirección equivocada.
—No.
—Según el mapa sí.
—Según el río no.
La paciencia de Blackwood empieza a agotarse.
—Volvemos a esto otra vez.
—¿A qué?
—A que todo depende de lo que usted cree.
—No.
João señala la corriente.
—Depende de eso.
—Eso no es una explicación.
—Es la explicación.
Empiezo a notar cómo varias cabezas se giran discretamente hacia nosotros.
Magnífico.
Exactamente lo que necesitábamos: otra discusión pública.
—Continuamos por aquí —digo.
Blackwood aprieta la mandíbula, pero decide guardar silencio.
Por ahora.
La pausa del mediodía resulta aún peor porque esta vez Blackwood llega preparado.
Lo encuentro desplegando varios mapas sobre una roca plana. Whitmore está a su lado. Finch también. Para mi desgracia, ambos muestran un interés evidente.
—¿Qué ocurre?
Blackwood levanta la vista.
—Creo que João se equivoca.
El guía ni siquiera parece ofendido.
Solo cansado.
—Otra vez.
—Sí.
—Qué sorpresa.
Blackwood ignora el comentario y señala varios puntos del mapa.
—He comparado nuestras posiciones estimadas con los registros de Whitmore.
Whitmore se inclina hacia delante.
—¿Y?
—No estamos siguiendo su ruta.
El silencio aparece de inmediato.
João cruza los brazos.
—No queremos seguir exactamente su ruta.
—¿Por qué no?
—Porque desapareció.
Finch abre la boca y vuelve a cerrarla sin encontrar una respuesta adecuada.
Blackwood sí la tiene.
—O porque encontró algo.
La frase queda suspendida en el aire.
Por primera vez en varios días veo algo diferente en él. No se trata de arrogancia ni de orgullo, sino de una lucidez que obliga a todos a prestarle atención.
—Explíquese.
Blackwood gira el mapa y señala una serie de marcas.
—Los diarios indican posiciones aproximadas.
—Muy aproximadas.
—Sí.
—Continúe.
—Si combinamos las anotaciones con los tiempos de desplazamiento y los cambios de dirección...
Whitmore comprende lo que intenta demostrar antes que nadie.
Lo veo reflejado en su expresión.
—No puede ser.
—Sí puede.
Ella toma el cuaderno, revisa varias páginas y vuelve una y otra vez al mapa. Finalmente levanta la vista.
—Tiene razón.
Nadie dice nada.
Ni siquiera João.
Porque Blackwood acaba de demostrar algo importante. No solo que es inteligente, algo que todos sabíamos ya, sino que posee una capacidad de análisis que nadie más en la expedición puede igualar.
La discusión continúa durante casi una hora.
Sin embargo, esta vez es distinta. No gira alrededor del orgullo ni de rivalidades personales, sino de hechos concretos, y eso la vuelve mucho más peligrosa.
—Arthur se desvió.
Blackwood señala el mapa.
—Aquí.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Conveniente.
—No necesito saberlo para ver que ocurrió.
João estudia los documentos durante más tiempo del habitual.
Demasiado tiempo.
—¿Sabía esto?
La pregunta sale de Whitmore.
João tarda en responder.
—No.
—¿Seguro?
Miguel levanta la cabeza.
Yo también.
Porque algo cambia.
Es un detalle pequeño, pero imposible de ignorar.
Por primera vez João parece incómodo.
—Han pasado muchos años.
—Eso no responde.
Whitmore no aparta la mirada.
—Lo sé.
La tensión se instala entre nosotros. No porque alguien esté mintiendo, sino porque quizá nadie esté diciendo toda la verdad. Y existe una diferencia importante entre ambas cosas.
Aquella tarde avanzamos siguiendo una ruta intermedia.
Es una solución de compromiso, el tipo de decisión que suele dejar insatisfechos a todos y que, precisamente por eso, probablemente sea la más razonable.
Mientras navegamos, Reed se coloca a mi lado.
—Tiene problemas.
—Gracias por el diagnóstico.
—De nada.
—¿Algo más?
—Mucho.
Naturalmente.
—Adelante.
Reed observa las embarcaciones, luego al grupo y finalmente la selva.
—Blackwood quiere demostrar que tiene razón.
—Lo sé.
—João quiere proteger algo.
—También lo sé.
—Whitmore quiere respuestas.
—Eso también.
Reed asiente.
—Y usted quiere mantenerlos juntos.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Sí.
Permanece callado unos segundos antes de continuar.
—No todos van a volver.
La frase llega sin dramatismo ni intención de asustar. Precisamente por eso resulta más dura.
—No empiece.
—No he empezado.
—Reed.
—Alistair.
Lo miro.
Él sostiene la mirada.
—No todos vuelven nunca.
Después se aleja.
Y odio profundamente que tenga razón.
El campamento de esa noche se instala en una pequeña elevación rodeada de árboles gigantescos.
Por primera vez desde que llegamos, tengo la sensación de que la selva nos observa. No es una impresión racional, pero tampoco desaparece.
Después de cenar encuentro a Blackwood sentado junto al fuego con el mapa extendido sobre las rodillas.
—Hoy ha estado bien.
Levanta la vista, sorprendido.
—¿Eso era un cumplido?
—No se acostumbre.
—Demasiado tarde.
Resoplo.
Él sonríe y durante unos instantes vuelve a parecer más joven, menos rígido.
—¿Sabe qué es lo peor?
La pregunta me toma por sorpresa.
—No.
—Que creo que Whitmore ya lo había descubierto.
—¿El desvío?
—Sí.
Mira las llamas.
—Y no dijo nada.
Pienso en Eleanor, en Arthur, en los diarios, en los símbolos y en los hombres desaparecidos.
—Quizá tenía motivos.
—Eso es lo que me preocupa.
No respondo.
Porque a mí también.
Cuando finalmente me retiro a la tienda, la lluvia empieza a caer sobre la selva.
Primero lo hace con suavidad y luego con una intensidad creciente.
Permanezco despierto escuchando cómo golpea la lona mientras pienso en Arthur Whitmore, en João y en el mapa de Blackwood.
Entonces comprendo algo que debería haber visto antes.
La expedición ya no está siguiendo las huellas de Arthur. Está empezando a descubrir las partes de la historia que él decidió ocultar.
Y sospecho que existe una razón para ello.
Una razón que nadie va a disfrutar cuando finalmente salga a la luz.