Capítulo 21
Eleanor
El accidente sigue presente al día siguiente, aunque ya no está en el río ni en las embarcaciones, sino en las personas.
Descubro que el miedo tiene una forma peculiar de quedarse. No siempre aparece en forma de temblores o ataques de pánico; a veces simplemente ocupa espacio. Se sienta contigo durante el desayuno, te acompaña mientras preparas el equipaje y permanece en silencio mientras finges que todo sigue igual.
Y nadie en la expedición está fingiendo especialmente bien.
La cuarta mañana desde que abandonamos el último asentamiento brasileño amanece envuelta en una niebla espesa que transforma el río en algo fantasmal. Los árboles aparecen y desaparecen entre la bruma, mientras las sombras cambian constantemente de forma.
Por primera vez desde que llegamos al Amazonas comprendo por qué tantas historias nacen en lugares como éste. La selva parece diseñada para ocultar cosas.
Finch está sentado junto al fuego cuando salgo de mi tienda.
Tarda varios segundos en darse cuenta de que me he acercado, algo extraño en él. Arthur Finch suele hablar antes incluso de haber terminado de pensar.
—Buenos días.
Levanta la vista.
—Eso dicen.
—Qué entusiasmo.
—Estoy intentando administrarlo.
Me siento frente a él.
Durante unos segundos ninguno habla.
—¿Cómo está?
—¿Quiere la respuesta educada?
—No.
—Mal.
La sinceridad me sorprende. También parece sorprenderle a él.
—Anoche soñé que volvía a caer al agua.
La confesión queda suspendida entre nosotros.
—Eso es normal.
—¿Lo es?
—Creo que sí.
Finch observa el fuego.
—Lo ridículo es que llevo años queriendo participar en una expedición.
—Y ahora está aquí.
—Y resulta que prefiero las plantas cuando intentan matarme desde una distancia segura.
No puedo evitar sonreír. Él también lo hace, aunque apenas durante un instante.
—Pensé que iba a morir.
—Lo sé.
—Y lo peor es que no hice nada útil.
La frase me hace fruncir el ceño.
—¿Cómo dice?
—Miguel me salvó.
—Sí.
—João ayudó.
—Sí.
—Kane ayudó.
—Sí.
—Yo solo me ahogué.
Entonces lo entiendo. No es únicamente miedo. También es vergüenza.
—Finch.
—No.
—Arthur.
—No.
—Escúcheme.
Por primera vez me mira directamente.
—No se ahogó porque fuera incompetente.
—No estoy convencido.
—Se ahogó porque una embarcación volcó en mitad de un río amazónico.
—Eso tampoco mejora demasiado la situación.
—Mejora bastante la parte relacionada con su orgullo.
Finch resopla.
Aunque sigue pareciendo agotado, hay algo menos oscuro en su expresión. No es un gran cambio, pero resulta suficiente.
Encuentro a Hale poco después.
Y él sí está enfadado.
Las placas fotográficas dañadas descansan sobre una lona. Varias son irrecuperables, otras presentan grietas y algunas han quedado completamente inutilizadas.
—Esto es un desastre.
—Buenos días para usted también.
—¿Sabe cuánto tardé en preparar todo esto?
—Probablemente demasiado.
—Meses.
—Ah.
—Exacto.
Me muestra una de las placas.
—Ya no puedo documentar la expedición igual que antes.
—Todavía conserva parte del material.
—Parte.
La palabra contiene suficiente frustración para alimentar una locomotora.
—Lo siento.
—Yo también.
Durante unos segundos guarda silencio antes de suspirar.
—Lo peor es que tenía pensado registrar cada paso de la ruta de Whitmore.
Eso consigue captar mi atención.
—¿Por qué?
—Porque dentro de cincuenta años nadie recordará nuestras conversaciones.
—Gracias por el optimismo.
—Pero sí recordarán las imágenes.
La respuesta permanece conmigo mucho después de que me aleje.
Porque tiene razón. Las personas desaparecen, pero los registros permanecen. Arthur lo sabía, y quizá por eso escribió tanto.
La brújula ocupa el centro del campamento durante buena parte de la mañana.
Para mi sorpresa, quien más tiempo pasa examinándola no soy yo, sino Blackwood.
Lo encuentro inclinado sobre una mesa improvisada, rodeado de mapas, notas y de esa concentración absoluta que solo aparece cuando alguien ha olvidado temporalmente la existencia del resto del mundo.
—Está enamorado de esa brújula.
No levanta la vista.
—No diga tonterías.
—Entonces deje de mirarla como si fuera la respuesta a todos sus problemas.
—Podría serlo.
Eso sí consigue sorprenderme.
—¿Qué ha encontrado?
Ahora levanta la cabeza y, por primera vez en varios días, no parece interesado en discutir. Parece genuinamente emocionado.
—Mire aquí.
Me entrega una lupa.
—No veo nada.
—Porque está mirando las iniciales.
—¿Y?
—Mire debajo.
Obedezco.
Durante varios segundos no encuentro nada. Después lo veo.
Varias líneas grabadas sobre el metal, tan desgastadas que resultan casi invisibles.
—¿Qué son?
—Eso intento averiguar.
Examino la superficie.
Las marcas forman un patrón pequeño, geométrico y extrañamente familiar.
Mi pulso se acelera.
—Lo he visto antes.
Blackwood asiente de inmediato.
—Yo también.
—En los diarios.
—Exactamente.
Nos miramos.
Por primera vez en mucho tiempo estamos pensando exactamente lo mismo.
Es el mismo símbolo que Arthur utilizaba constantemente en los márgenes de sus cuadernos y que nunca había explicado.
—Esto no puede ser casualidad.
—No lo es.
—¿Qué significa?
—Todavía no lo sé.
La parte más irritante es que parece sinceramente frustrado por no saberlo.
La noticia se extiende rápidamente.
Incluso João termina observando la brújula.
Durante varios minutos no dice nada, lo cual ya resulta interesante.
Finalmente habla.
—No recordaba esto.
—¿Lo había visto antes?
La pregunta sale demasiado rápido.
João me observa.
—Hace muchos años.
—¿Con mi padre?
El guía tarda unos segundos en responder.
—Sí.
El campamento entero parece quedarse más silencioso.
—¿Cuándo?
—Antes de que desaparecieran.
La palabra golpea como una piedra.
Desaparecieran.
En plural.
—¿Quiénes?
João guarda silencio durante demasiado tiempo.
—¿Quiénes? —repito.
Miguel también lo está mirando ahora. De hecho, todo el mundo lo está.
João baja lentamente la vista hacia la brújula.
—Arthur no viajaba solo.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Su voz es tranquila.
—No lo saben.
Nadie habla.
—Vinieron siete personas.
El silencio se vuelve absoluto.
—¿Siete?
—Sí.
—Los registros dicen cuatro.
—Los registros mienten.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda. No por miedo, sino por anticipación.
Algo acaba de cambiar.
—¿Qué ocurrió?
João observa el río.
—Tres nunca regresaron.
Nadie se mueve. Ni siquiera Blackwood.
—¿Murieron?
La pregunta sale de Finch.
João tarda tanto en responder que empiezo a pensar que no lo hará.
Finalmente dice:
—No lo sé.
Y por primera vez desde que lo conozco, le creo.
Porque parece un hombre recordando algo que preferiría olvidar.
Aquella noche apenas puedo concentrarme en mis notas.
Los diarios de Arthur permanecen abiertos sobre mis rodillas. La brújula descansa junto a ellos y el símbolo vuelve a aparecer una y otra vez.
Está por todas partes.
¿Cómo no lo había visto antes?
¿Cómo pudo pasar desapercibido?
Escucho pasos aproximándose.
Alistair, naturalmente.
—¿Ha encontrado algo?
—Quizá.
—Respuesta peligrosa.
—Lo sé.
Se sienta frente a mí.
Durante unos segundos observamos los documentos.
—João ocultaba información.
No es una pregunta.
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
El silencio vuelve.
Después Alistair señala el símbolo.
—¿Qué significa?
—Si lo supiera, probablemente dormiría mejor.
—Eso parece optimista.
—Tiene razón.
—Como siempre.
Lo miro.
Él parece arrepentirse inmediatamente de haber pronunciado la frase, y eso me hace sonreír.
—No se preocupe.
—¿Por qué?
—No pienso acostumbrarme.
La sonrisa desaparece, pero permanece algo más: una tensión pequeña e incómoda que ninguno menciona.
Tenemos problemas más importantes.
Tres hombres desaparecidos.
Una brújula marcada.
Un símbolo repetido durante años.
Y un guía que claramente todavía no nos ha contado toda la verdad.
Cuando vuelvo a mirar el diario de Arthur, la tinta parece diferente, más urgente y más desesperada, como si supiera que alguien acabaría leyéndola.
Y por primera vez empiezo a preguntarme si mi padre no estaba intentando encontrar Arukana.
Quizá estaba intentando advertir a quien viniera después.