Capítulo 20
Alistair
La mañana después del accidente nadie intenta fingir que todo va bien, lo que al menos tiene la ventaja de la honestidad.
Finch sigue vivo, los documentos permanecen secos y la mayoría de los suministros importantes han sobrevivido. Aun así, el ambiente del campamento resulta más pesado que el día anterior.
Todos han visto lo rápido que las cosas pueden torcerse. No ha sido el río, ni la selva, ni el calor lo que les ha dejado huella, sino la certeza de que un solo error puede cambiarlo todo. Y una vez que alguien aprende esa lección, resulta imposible olvidarla.
Estoy revisando el inventario por tercera vez cuando Briggs deja caer una caja delante de mí.
—Esto apareció esta mañana.
Levanto la vista.
—¿Dónde?
—Cerca de la orilla.
—¿Es nuestra?
—No lo creo.
Eso consigue captar mi atención. Briggs no suele equivocarse con los suministros.
Examino la caja. Es pequeña, de madera oscura, muy deteriorada y claramente antigua.
—¿Quién la encontró?
—Miguel.
Por supuesto.
Empiezo a sospechar que el muchacho atrae los problemas con la misma facilidad con la que Finch atrae especies vegetales.
—¿Está abierta?
—No.
—Todavía.
Briggs sonríe, y la expresión tiene algo peligrosamente divertido. Sabe perfectamente que voy a abrirla.
Media hora después, prácticamente toda la expedición está reunida alrededor de una mesa improvisada.
La noticia se ha propagado demasiado rápido, aunque eso no debería sorprenderme. Los científicos son incapaces de resistirse a cualquier objeto misterioso.
—Podría no ser nada.
La observación de Reed es razonable, precisamente por eso nadie le presta atención.
—Podría ser importante.
Finch ya parece preparado para descubrir una civilización perdida dentro de una caja del tamaño de una cesta de pan.
—Podría ser basura.
Blackwood cruza los brazos.
—Podría ser ambas cosas.
—Eso no tiene sentido —dice Finch.
—Claro que lo tiene.
—No.
—Sí.
—Caballeros.
Mi intervención evita que una discusión completamente absurda ocupe la siguiente media hora. Al menos por ahora.
João permanece en silencio. Miguel también.
Whitmore observa la caja con una intensidad preocupante, como si pudiera obligarla a revelar sus secretos por pura voluntad. No descarto que lo intente.
—Ábrala ya —dice finalmente.
La miro.
—Qué educada.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—Lo sé.
Naturalmente.
La cerradura se rompe casi inmediatamente; la humedad ha hecho la mayor parte del trabajo.
Cuando levantamos la tapa, el grupo entero se inclina hacia delante. Durante unos segundos nadie habla, porque el contenido resulta inesperado.
No hay oro, ni joyas, ni artefactos extraordinarios.
Solo documentos, varios papeles deteriorados y un pequeño objeto metálico.
—Qué decepción.
La voz de Kane provoca varias miradas asesinas.
—Para una persona normal sería decepcionante.
—Gracias, Finch.
—De nada.
Whitmore ya está examinando el contenido con mucho más cuidado que cualquiera de nosotros.
—Esto es antiguo.
—Gran descubrimiento.
—Blackwood.
—Whitmore.
—¿Podría intentar ser útil?
—Lo estoy intentando.
—Fracasa admirablemente.
Finch se atraganta intentando contener una risa. Incluso Reed sonríe.
Blackwood no.
Los documentos están demasiado dañados para leerse inmediatamente, pero el objeto metálico sí puede examinarse. Y eso cambia todo.
Es una brújula pequeña, muy antigua y grabada.
—Aquí.
Whitmore la gira hacia la luz.
Todos nos inclinamos para verla mejor.
Hay unas iniciales desgastadas, pero todavía visibles.
A.W.
Nadie habla porque todos comprendemos lo mismo al mismo tiempo.
Arthur Whitmore.
El padre de Eleanor.
La expresión de ella cambia apenas un instante, aunque es suficiente. Durante unos segundos desaparece la científica y aparece la hija; la mujer que lleva media expedición siguiendo las huellas de alguien que ya no está.
—¿Está segura?
La pregunta sale de Blackwood con una suavidad inesperada.
—Sí.
Ella pasa el dedo sobre las letras.
—Completamente.
Nadie discute. Tampoco parece haber nada que discutir.
El descubrimiento transforma el día, no porque resuelva el misterio, sino porque lo vuelve real.
Hasta ahora Arthur había sido:
diarios,
notas,
referencias,
recuerdos.
Ahora existe una prueba física. Un objeto que sostuvo con sus propias manos y que estuvo exactamente donde nosotros estamos ahora.
Eso cambia la forma en que todos miran la expedición.
Incluso Blackwood.
Especialmente Blackwood.
Lo observo examinando la brújula varias veces, siempre con atención y respeto. Quizá también con algo más difícil de admitir.
Envidia.
La tensión regresa durante la tarde.
Después de todo, ninguna expedición puede funcionar demasiadas horas seguidas sin generar algún conflicto.
—Esto no demuestra nada.
Blackwood rompe el silencio mientras analizamos varios documentos rescatados de la caja.
Whitmore levanta la vista.
—¿Perdón?
—Demuestra que estuvo aquí.
—Ya es bastante.
—No.
—Claro que sí.
—No para encontrar Arukana.
La discusión empieza a crecer.
Finch intenta intervenir y fracasa. Reed intenta cambiar de tema y obtiene el mismo resultado.
Finalmente João habla. Y cuando João habla, normalmente merece la pena escuchar.
—Siempre quiere más.
Blackwood gira la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Que nunca es suficiente.
—Estamos hablando de pruebas.
—No.
João señala la brújula.
—Estamos hablando de un hombre.
El silencio vuelve, más incómodo esta vez, porque hay verdad en las palabras del guía. Una verdad que ninguno parece especialmente cómodo escuchando.
—Arthur Whitmore vino aquí.
João continúa observando el objeto.
—Perdió amigos, perdió dinero y perdió años. Y aun así siguió avanzando.
La expresión de Eleanor cambia ligeramente. Quizá solo ella lo note.
Yo sí.
—Eso importa.
Nadie responde, porque nadie puede hacerlo.
Aquella noche encuentro a Blackwood solo.
Está sentado junto al borde del campamento mirando la brújula, lo cual resulta extraño porque se supone que no debería tenerla.
—Creía que estaba catalogando mapas.
No parece sorprendido por mi presencia.
—Necesitaba pensar.
—Peligrosa actividad.
—Empiezo a entender por qué Whitmore lo soporta.
—Eso es preocupante.
Blackwood sonríe por primera vez en varios días y descubro algo interesante: cuando no está intentando demostrar nada, parece una persona completamente distinta.
—¿Le molesta?
La pregunta me toma por sorpresa.
—¿Qué cosa?
—Arthur Whitmore.
Me siento frente a él.
—No.
—A mí sí.
Ahora sí tiene toda mi atención.
Blackwood observa la brújula durante varios segundos antes de responder.
—Todo el mundo habla de él.
—Era extraordinario.
—Lo sé.
—Entonces.
La respuesta tarda en llegar.
—Porque incluso muerto sigue siendo el hombre más importante de esta expedición.
Por primera vez desde que lo conozco no escucho arrogancia en su voz. Solo cansancio y una frustración profundamente humana.
—Eso debe de ser difícil.
Blackwood suelta una risa breve.
—Más de lo que imagina.
Nos quedamos en silencio, escuchando la selva.
Y por primera vez empiezo a sospechar que Henry Blackwood es bastante más complejo de lo que había creído, lo cual probablemente complique aún más una expedición que ya tiene suficientes problemas sin necesidad de añadir otros nuevos.
Esa noche, mientras el campamento duerme, observo la brújula sobre la mesa central.
La aguja sigue moviéndose lentamente en busca del norte, persistente y obstinada, exactamente igual que el hombre que la llevó hasta allí.
Y por primera vez desde que abandonamos Londres tengo una certeza absoluta.
Arthur Whitmore llegó mucho más lejos de lo que nadie imaginaba.
La pregunta ya no es si estuvo allí.
La verdadera pregunta es qué encontró antes de desaparecer.