ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 19
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Capítulo 19

Eleanor

La mañana comienza demasiado tranquila.

Después de dos días en el Amazonas, ya he aprendido a desconfiar de esa clase de calma.

La selva nunca guarda silencio por completo.

Incluso cuando parece inmóvil o dormida, siempre hay algo moviéndose entre la vegetación, algo observando desde las sombras o esperando fuera de nuestra vista.

Por eso, cuando los sonidos habituales parecen apagarse, la sensación resulta mucho más inquietante.

Navegamos desde primera hora. Las embarcaciones avanzan en fila por un tramo más estrecho del río, mientras los árboles se inclinan sobre el agua formando una especie de túnel verde que filtra la luz en manchas irregulares.

El calor ya es insoportable, aunque todavía no es mediodía.

Finch se abanica con un cuaderno. Blackwood revisa mapas por tercera vez en una hora. Kane permanece atento a ambas orillas. Miguel guía una de las embarcaciones auxiliares con una confianza que empieza a parecerme imprudente.

—¿Siempre va tan rápido?

La pregunta se la hago a João.

El hombre sigue observando el río.

—Sí.

—¿Y eso no le preocupa?

—Todo me preocupa.

—No parece.

—Llevo muchos años practicando.

No sé si está bromeando. Con João nunca estoy completamente segura.

El problema aparece sin previo aviso.

Una rama enorme emerge de la superficie apenas unos metros por delante de la segunda embarcación. Miguel la ve e intenta corregir el rumbo, pero ya es demasiado tarde.

La barca golpea el tronco de lado.

Todo sucede en cuestión de segundos: un ruido seco, un grito, el crujido de la madera chocando contra la madera. Después desaparece el equilibrio.

La embarcación se inclina violentamente y vuelca.

—¡Mierda!

La exclamación surge de varias gargantas al mismo tiempo.

Ya me estoy incorporando cuando veo a Finch caer al agua y desaparecer de inmediato bajo la superficie.

Durante una fracción de segundo el mundo parece detenerse.

Luego estalla el caos.

—¡Finch!

—¡Al agua!

—¡Sujetad la cuerda!

—¡A la derecha!

Miguel emerge primero. Tose, maldice y vuelve a sumergirse sin pensarlo. Kane ya se está quitando parte del equipo. João agarra una cuerda. Alistair empieza a dar órdenes.

Por primera vez desde que comenzó la expedición nadie discute.

El miedo tiene una forma extraordinariamente eficaz de organizar a las personas.

El río no se parece al Támesis ni a ningún otro que haya visto.

La corriente es mucho más fuerte de lo que aparenta.

Finch reaparece varios metros más abajo. Agita los brazos desesperadamente. No está nadando; está luchando por mantenerse a flote, y la corriente va ganando terreno.

—¡Allí!

Miguel lo alcanza antes que nadie.

Apenas duda antes de lanzarse hacia él y sujetarlo por la camisa. Finch, presa del pánico, casi lo hunde en el proceso.

—¡Déjeme ayudarle!

—¡Lo intento!

—¡Deje de agarrarme el cuello!

—¡Lo intento!

Incluso a distancia percibo el terror en sus voces.

João maldice algo en portugués. Kane entra al agua y, entre los tres, consiguen acercarlo hasta una zona más tranquila.

Cuando lo sacan a tierra, Finch parece debatirse entre besar el suelo o echarse a llorar.

Tal vez ambas cosas.

—Creía que iba a morir.

Reed se arrodilla junto a él.

—Todavía podría hacerlo si no deja de hablar.

—Eso no ayuda.

—Me alegra ver que se encuentra mejor.

Finch cierra los ojos.

—Odio este lugar.

Miguel se deja caer a pocos metros, empapado, respirando con dificultad y aun así sonriendo.

—No ha muerto.

—¿Ésa es su conclusión principal?

—Es una buena conclusión.

Finch lo observa unos segundos. Después se incorpora y le da una palmada torpe en el hombro.

—Gracias.

La sonrisa de Miguel vacila un instante y se transforma en algo más sincero.

—De nada.

El susto termina, pero los problemas continúan.

La embarcación sigue boca abajo y parte de los suministros ya no están.

Durante la siguiente hora intentamos recuperar todo lo posible. Algunas cajas aparecen flotando río abajo; otras desaparecen para siempre. Varios instrumentos se pierden y parte del material de Hale queda arruinado.

Cuando finalmente hacemos recuento, la conclusión es evidente.

Hemos tenido suerte.

Pero no toda la que necesitábamos.

—¿Qué hemos perdido?

Alistair revisa una lista.

Su expresión empeora línea tras línea.

—Demasiadas cosas.

—Eso no es una cifra.

—Porque todavía no la tengo.

Blackwood contempla el desastre. Por una vez parece más preocupado que enfadado.

—Mis instrumentos.

—Algunos se han salvado.

—Algunos.

—Podría ser peor.

—Detesto esa frase.

—Yo también.

—Entonces deje de utilizarla.

Kane resopla.

—Todos estamos de mal humor, profesor.

El comentario no ayuda, aunque tampoco se equivoca.

La peor noticia llega poco después.

Briggs aparece con una caja embarrada entre los brazos.

—Encontré esto.

Mi corazón se acelera al reconocer el cuero.

Los documentos.

Corro hacia él.

—¿Está dañada?

—No lo sé.

La abrimos allí mismo.

Todos observan, incluso Blackwood y João.

El silencio resulta insoportable.

Retiro la lona interior y luego una segunda capa protectora. Los primeros cuadernos aparecen húmedos, pero intactos.

El alivio me golpea con tanta fuerza que casi me deja sin aire.

—Gracias a Dios.

—No sabía que fuera religiosa.

La voz de Alistair me hace levantar la vista.

—En este momento podría convertirme.

Una sonrisa fugaz cruza su rostro antes de desaparecer.

Pero la veo.

Y eso basta.

El campamento se instala varias horas más tarde.

Esta vez nadie protesta, discute ni cuestiona las decisiones de la ruta. Todos están demasiado cansados y demasiado conscientes de lo que podría haber ocurrido.

La caída de Finch se repite una y otra vez en mi cabeza.

Todo sucedió con una rapidez absurda. Un instante estaba hablando y al siguiente había desaparecido bajo el agua.

Esa imagen me obliga a aceptar algo que prefería ignorar.

No somos invulnerables ni los protagonistas de una aventura romántica.

Somos personas lejos de casa, avanzando por un lugar que no nos pertenece.

Después de cenar encuentro a João sentado junto al río.

Miguel duerme cerca del fuego, agotado.

—Ha estado bien hoy.

João sigue observando el agua.

—Ha sido imprudente.

—También.

—Siempre ha sido así.

—Ha salvado a Finch.

—Sí.

Permanece callado unos segundos antes de añadir:

—Su madre odiaba eso.

La frase me sorprende.

—¿La imprudencia?

—Que se lanzara antes de pensar.

—Hoy funcionó.

—Hoy.

Lo dice como alguien que conoce perfectamente el precio que pueden tener ciertos errores.

Entonces comprendo algo.

No estaba preocupado únicamente por Finch.

Estaba preocupado por su hijo.

Más tarde, mientras regreso a mi tienda, encuentro a Alistair revisando inventarios bajo la luz de una lámpara.

—Debería dormir.

Ni siquiera levanta la vista.

—Debería hacerlo mucha gente.

—Respuesta evasiva.

—Observación correcta.

Me detengo.

Durante unos segundos ninguno habla. La selva zumba a nuestro alrededor.

—Hoy hemos tenido suerte.

La frase sale antes de que pueda detenerla.

Alistair asiente lentamente.

—Sí.

—Podría haber sido peor.

—Mucho peor.

Por primera vez no parece intentar tranquilizar a nadie, porque no puede hacerlo.

Ambos sabemos que es verdad.

—Finch podría haber muerto.

—Sí.

—Miguel también.

—Sí.

El silencio regresa, más pesado y más honesto que antes.

Finalmente Alistair deja la pluma sobre la mesa.

—Ahora ya lo ha visto.

—¿El qué?

—El Amazonas.

Miro hacia la oscuridad. Escucho el río, los insectos y los sonidos que todavía no sé identificar. También recuerdo la rapidez con la que todo se torció aquella mañana.

—Creo que sí.

—No.

Su voz es tranquila.

Demasiado tranquila.

—Solo nos ha enseñado una pequeña parte.

Y por primera vez desde que comenzó la expedición, deseo sinceramente que esté equivocado.

Porque si esto ha sido solo una pequeña parte, no estoy segura de querer descubrir el resto.