ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 18
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Capítulo 18

Alistair

Descubro que la selva tiene una forma muy particular de humillar a las personas.

No recurre a grandes tragedias, al menos no durante los primeros días. Prefiere actuar poco a poco, con una paciencia implacable y una eficacia casi ofensiva.

Primero te obliga a sudar sin descanso. Después te impide dormir. Más tarde convierte tareas sencillas en trabajos agotadores y, cuando por fin empiezas a acostumbrarte, encuentra una manera completamente nueva de recordarte que no perteneces allí.

Abro los ojos antes del amanecer.

No porque haya descansado, sino porque algo está gritando.

Permanezco inmóvil durante varios segundos mientras escucho. El sonido vuelve a repetirse desde algún lugar de la oscuridad: largo, agudo y extrañamente humano.

A mi alrededor el campamento empieza a despertar.

Finch asoma la cabeza fuera de su tienda.

—¿Qué demonios es eso?

Kane ni siquiera levanta la vista mientras aviva las brasas del fuego.

—Algo que probablemente vive aquí.

—Eso no ayuda.

—No pretendía ayudar.

Finch suspira.

—Empiezo a detectar un patrón.

Miguel aparece poco después. Se frota los ojos, escucha el sonido y sonríe.

—Solo es un mono.

—¿Solo? —pregunta Finch.

—Sí.

—Me alegra saber que los monos aquí suenan como almas condenadas.

Miguel se ríe.

João no. Ya está despierto, naturalmente. Empiezo a sospechar que el hombre duerme únicamente por cortesía hacia el resto de la humanidad.

El desayuno transcurre mejor de lo esperado, lo cual debería haberme preocupado.

Las cosas empiezan a torcerse aproximadamente una hora después.

Estamos preparando las embarcaciones cuando Blackwood se acerca con varios mapas enrollados bajo el brazo.

No me gusta su expresión. La conozco bien: es la de un hombre que ha tomado una decisión y necesita que el resto del mundo reconozca inmediatamente su brillantez.

—Necesitamos hablar.

—Nunca es una buena forma de empezar una conversación.

—He revisado las rutas.

—Yo también.

—Entonces debería ver esto.

Extiende uno de los mapas sobre una caja.

Varios miembros de la expedición se acercan: Finch, Reed, Whitmore e incluso João. Eso último resulta importante.

—Esta ruta nos hará perder al menos tres días.

Señala una línea marcada en rojo.

—¿Y?

—Hay una alternativa.

João ni siquiera mira el mapa.

—No.

Blackwood parpadea.

—Ni siquiera la ha visto.

—No.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque llevo viendo esa cara desde que empezó a hablar.

Finch baja inmediatamente la cabeza para ocultar una sonrisa. Reed se aleja prudentemente. Whitmore parece debatirse entre intervenir o disfrutar del espectáculo, y sospecho que está ganando la segunda opción.

—Con todos los respetos —dice Blackwood—, no creo que la experiencia local deba sustituir al análisis científico.

João gira lentamente la cabeza.

La temperatura de la conversación parece caer varios grados.

—¿Y yo creo que un mapa dibujado en Londres no sustituye un río?

—No fue dibujado en Londres.

—Peor todavía.

—¿Peor?

—Significa que alguien estuvo aquí y aun así se equivocó.

Miguel deja escapar una carcajada.

Blackwood lo fulmina con la mirada, un error evidente porque Miguel parece disfrutarlo muchísimo.

La discusión continúa durante casi veinte minutos, demasiado tiempo y con demasiados espectadores.

Ese es precisamente el problema.

No están debatiendo una ruta. Están compitiendo por autoridad.

Blackwood quiere demostrar que la expedición necesita sus conocimientos. João quiere demostrar que el Amazonas no puede reducirse a líneas sobre papel.

Y ambos tienen razón, lo cual resulta extraordinariamente inconveniente.

—Decida usted.

La voz de Blackwood rompe el intercambio.

Todas las miradas se vuelven hacia mí.

Magnífico. Justo lo que necesitaba.

—¿Perdón?

—Elija una ruta.

—Eso pensaba hacer de todos modos.

—Entonces hágalo.

Observo los mapas, luego el río y finalmente a João.

—¿Qué ocurre con esa alternativa?

El guía tarda unos segundos en responder.

—Puede funcionar.

Blackwood sonríe demasiado pronto.

—Pero.

Ahí está. Siempre hay un pero.

—Pero hay demasiadas cosas que no sabemos.

—Toda exploración implica incertidumbre.

—No aquí.

—¿Y eso qué significa exactamente?

João señala la selva.

—Significa que la selva mata a las personas seguras de sí mismas más rápido que a las prudentes.

El silencio que sigue resulta incómodo porque nadie puede discutirlo de verdad.

Tomo una decisión.

—Seguiremos la ruta original.

Blackwood se queda inmóvil.

No parece sorprendido. Peor aún, parece decepcionado.

—Entiendo.

No lo entiende, y ambos lo sabemos.

—No es una cuestión personal.

—Claro que no.

—Blackwood.

—Director.

Su tono es impecablemente educado, lo que lo empeora todo porque significa que está enfadado de verdad.

La tensión no desaparece durante el resto de la jornada.

Simplemente cambia de forma.

Ya no es abierta ni visible. Se vuelve silenciosa, y eso resulta mucho más peligroso.

Encuentro a Reed durante una pausa.

—Dígame que esto mejora.

El médico parece reflexionar.

—¿Quiere una respuesta sincera?

—No.

—Entonces sí.

—Gracias.

—Mentía.

—Lo imaginaba.

Nos sentamos bajo la sombra de un árbol gigantesco.

Por primera vez desde que llegamos al Amazonas no escuchamos discusiones. Debería resultar agradable, pero en realidad es inquietante.

—Blackwood no va a dejarlo pasar.

—Lo sé.

—João tampoco.

—Lo sé.

—Y Whitmore está observándolo todo.

—También lo sé.

Reed sonríe.

—Tiene una expedición encantadora.

—Empiezo a echar de menos los problemas de Londres.

—Eso es preocupante.

—Muchísimo.

La verdadera complicación llega al anochecer.

Estamos terminando de montar el segundo campamento cuando escucho voces elevadas cerca de las embarcaciones.

Todavía no son gritos, pero no les falta mucho.

Cuando llego encuentro a Miguel y Blackwood frente a frente.

João está a pocos pasos. Kane también, y eso nunca es buena señal.

—¿Qué ocurre?

Miguel responde primero.

—Nada.

—Mentira.

—Su cartógrafo estaba diciendo tonterías.

Blackwood cruza los brazos.

—Estaba señalando que algunas decisiones carecen de fundamento.

—Estaba llamando ignorante a mi padre.

—No he utilizado esa palabra.

—Porque no le ha dado tiempo.

João interviene antes de que la situación empeore.

—Miguel.

—No.

—Miguel.

Esta vez el joven guarda silencio, aunque claramente a regañadientes.

—Vuelve al campamento.

—Padre.

—Ahora.

Miguel obedece.

Sin embargo, la mirada que dirige a Blackwood promete problemas futuros. Muchos problemas futuros.

Esa noche no consigo dormir inmediatamente.

La humedad es insoportable, los sonidos de la selva parecen multiplicarse con cada hora y la expedición empieza a parecerse demasiado a una cuerda tensada entre varios árboles.

Todavía resiste, pero cada día se estira un poco más.

Salgo de la tienda.

Encuentro a Whitmore sentada junto a las brasas apagadas, observando la oscuridad.

—No duerme.

Ella levanta la vista.

—Tampoco usted.

—Es diferente.

—Claro.

—Lo es.

—Por supuesto.

Me siento frente a ella.

Durante unos segundos escuchamos la selva.

—Ha elegido a João.

La observación llega sin acusación, aunque noto el peso que esconde.

—Sí.

—Blackwood lo odia.

—También sí.

Ella contempla el fuego moribundo.

—¿Y usted cree que ha tomado la decisión correcta?

La pregunta resulta más difícil de lo que debería.

Porque no me pregunta como director. Me pregunta como persona.

—Creo que João entiende este lugar mejor que cualquiera de nosotros.

—Incluido usted.

—Incluido yo.

Whitmore asiente lentamente y después sonríe, apenas un poco.

—Debe de haber dolido.

—Muchísimo.

La sonrisa se amplía.

Por primera vez en todo el día siento algo parecido a alivio.

Dura exactamente tres segundos.

En algún lugar de la selva algo ruge. No está cerca, pero tampoco tan lejos como me gustaría.

Whitmore deja de sonreír.

Yo también.

Y ambos comprendemos la misma cosa al mismo tiempo.

Los conflictos internos son un problema, pero el Amazonas todavía no ha empezado a serlo. Cuando lo haga, sospecho que vamos a echar de menos los días en que nuestra mayor preocupación era decidir quién tenía razón.