Capítulo 17
Eleanor
El Amazonas no empieza como una aventura.
Empieza como una incomodidad constante, húmeda y pegajosa, que se cuela bajo el cuello de la camisa, se instala entre los dedos y convierte cada respiración en un pequeño esfuerzo.
Antes de abandonar el puerto ya tengo el cabello pegado a la nuca, las mangas demasiado pesadas y la desagradable sensación de que mi cuerpo londinense ha sido diseñado para un clima que no existe aquí.
João lo había advertido durante el desayuno.
—Viajen ligeros.
Nadie le hizo suficiente caso, como era de esperar.
Los europeos tenemos un talento extraordinario para escuchar consejos y después actuar como si fueran sugerencias decorativas.
Ahora, mientras las embarcaciones avanzan río arriba con parte de los suministros reorganizados a última hora, observo a varios hombres arrepentirse en silencio de no haber reducido equipaje.
Finch suda con dignidad. Pembroke suda con resentimiento.
Blackwood suda como si el calor fuera una ofensa personal contra su carrera académica.
MacKenzie, en cambio, parece inmune.
O, si también está sufriendo el clima, consigue aparentar que está enfadado con él.
Y eso resulta igual de irritante.
—Está mirando al director de la expedición con expresión de querer corregirlo —dice Reed a mi lado.
—Eso no reduce mucho las posibilidades.
—Tendría que ser más concreta, sí.
—Estoy intentando averiguar si también tiene calor o si Escocia fabrica hombres con algún tipo de protección natural contra la humedad.
Reed mira hacia Alistair.
—Yo apostaría por orgullo.
—Es una explicación científicamente válida.
—En su caso, probablemente hereditaria.
Sonrío a pesar de mí misma.
La embarcación se balancea al cambiar la corriente y tengo que sujetarme al borde para no perder el equilibrio.
El río parece mucho más ancho desde dentro que desde el muelle.
No es solo agua; es movimiento, peso, olor y vida.
La superficie marrón arrastra ramas, hojas y restos imposibles de identificar.
A ambos lados, la selva se alza como una muralla verde tan densa que cuesta creer que exista espacio para caminar entre los árboles.
—Parece cerrarse sobre nosotros —murmura Finch desde el asiento delantero.
Kane, sentado frente a él con el rifle apoyado entre las rodillas, suelta un sonido que podría ser una risa.
—Todavía no hemos entrado.
Finch palidece ligeramente.
—Qué tranquilizador.
—No estoy aquí para tranquilizarlo.
—Eso ya lo había notado.
Miguel, que maneja una de las pértigas con una soltura insultante, se ríe.
—La selva no muerde el primer día.
—¿Y el segundo? —pregunta Finch.
—Depende de la selva.
—Magnífico. Ya odio esta conversación.
João, desde la embarcación principal, ni siquiera se vuelve.
—Hablen menos. Beban más agua.
Pembroke, sentado tras varias cajas que insistió en conservar, resopla.
—Si bebo más agua, no quedará agua para la expedición.
—Entonces sudará menos quejándose —responde João.
Miguel se muerde una sonrisa.
Yo bajo la vista para ocultar la mía, aunque no lo suficiente.
Blackwood me ve.
—Me alegra que todo esto le resulte divertido, señorita Whitmore.
—No todo. Solo algunas partes.
—Supongo que también considerará útil que el guía local insulte a miembros de la expedición.
—Considero útil que alguien diga lo evidente.
—Qué conveniente.
—Mucho.
Blackwood abre la boca, pero MacKenzie lo interrumpe desde la otra embarcación.
—Guarden fuerzas. Vamos a necesitarlas.
La orden pone fin a la conversación. No porque todos estén de acuerdo, sino porque suena lo bastante seca como para que nadie quiera discutirla por el momento.
Dos horas después, la primera parada demuestra que João tenía razón, algo que empieza a convertirse en una costumbre.
El lugar elegido no se parece en nada a los descansos ordenados que imaginé mientras estudiaba mapas en Londres.
No hay explanada cómoda, ni sombra suficiente, ni superficie estable.
Solo una franja estrecha de tierra embarrada donde los hombres descargan cajas, apartan ramas y discuten sobre qué pertenece a cada embarcación.
—Esto es absurdo —dice Blackwood mientras revisa una de sus cajas—. Mis instrumentos estaban en la segunda barca.
—Ahora están en tierra —responde Kane.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
—Quizá porque usted no comprende su valor.
Kane lo mira despacio.
—Comprendo que si sigue hablando así, alguien acabará tirándolos al río.
Finch se queda inmóvil con una cuerda en la mano.
—Eso ha sonado a amenaza.
—Era una observación logística.
Reed interviene antes de que Blackwood responda.
—Caballeros, podemos medir egos más tarde. Ahora quizá convendría mover las cajas antes de que el barro las absorba.
—Estoy de acuerdo con Reed —dice MacKenzie—. Briggs, redistribuya el peso. Kane, ayude con las herramientas. Finch, deje de mirar esa planta.
Finch, que efectivamente se había agachado junto a una hoja enorme, se incorpora de golpe.
—No la estaba mirando.
—Finch.
—La estaba identificando.
—Luego.
El botánico suspira como si le hubieran negado un derecho constitucional.
Yo me acerco a una de las cajas de documentos. La humedad ya ha empezado a deformar una esquina del cuero que la cubre.
—Esto debe ir en una embarcación central —digo.
MacKenzie aparece a mi lado.
—Ya tiene asignado sitio.
—Un sitio equivocado.
—Qué sorpresa.
—Si se moja, perderemos parte de los diarios.
—No se va a mojar.
El cielo, con un sentido dramático perfecto, deja caer una gota sobre el mapa que sostiene.
Alistair levanta la vista.
Yo también.
Llegan más gotas, cada vez con mayor frecuencia.
—No diga nada —advierte.
—No pensaba hacerlo.
—Lo está pensando.
—Con mucha claridad.
La lluvia llega antes de que podamos terminar de discutir.
No es una tormenta todavía, pero sí una descarga repentina, breve y violenta que transforma la tierra en barro líquido en cuestión de minutos.
Todo se vuelve movimiento: hombres cubriendo cajas, Briggs gritando órdenes, Finch intentando proteger muestras que aún no existen oficialmente y Pembroke resbalando con una dignidad tan herida que nadie se atreve a reír en voz alta.
Yo agarro una lona y corro hacia los documentos.
MacKenzie llega al mismo tiempo.
—Tire de ese lado.
—Ya lo estaba haciendo.
—Hágalo más rápido.
—Qué estilo de liderazgo tan inspirador.
—Funciona.
—A base de irritar a la gente.
—Mientras obedezcan, me adapto.
Tiramos de la lona hasta cubrir la caja principal. El agua golpea sobre nuestras manos. El barro me salpica el vestido. Una hebilla se engancha en la tela y maldigo entre dientes.
MacKenzie se queda quieto un segundo.
—¿Acaba de decir lo que creo que ha dicho?
—No.
—Interesante.
—Olvídelo.
—Imposible.
—MacKenzie.
—Whitmore.
La lona queda por fin asegurada.
Cuando la lluvia afloja, estoy empapada hasta los huesos, con barro en las botas y una furia perfectamente razonable contra el clima, el río y cualquier persona que alguna vez haya descrito la exploración como una empresa noble.
João pasa junto a nosotros con una tranquilidad ofensiva.
—Demasiadas cosas.
MacKenzie cierra los ojos.
—No empiece.
—Ya empezaron ustedes.
La jornada continúa del mismo modo, encadenando contratiempos.
Una rama enorme obliga a modificar el paso. Una corriente lateral desvía la embarcación de Blackwood y Kane. Una caja mal cerrada pierde parte del material de escritura de Hale. Miguel se ríe de algo que no entiendo y su padre le responde en portugués con un tono que sí comprendo perfectamente.
Al caer la tarde no hemos avanzado ni la mitad de lo previsto.
Eso se nota en el rostro de Alistair.
Está de pie junto al mapa de ruta, inmóvil, con la mandíbula tensa y las mangas remangadas. João observa el río. Blackwood observa a MacKenzie. Yo observo a los tres y empiezo a sospechar que la noche será larga.
—Debimos salir ayer —dice João.
Blackwood suelta una risa breve.
—Extraordinario. Ahora el problema es no haber improvisado antes.
João se vuelve hacia él.
—El problema es creer que el río respeta su horario.
—El problema es que usted cambia las decisiones sin explicaciones suficientes.
—Las explico.
—No. Las impone.
Miguel da un paso hacia delante, pero João levanta apenas una mano y lo detiene.
MacKenzie interviene.
—Basta.
—No —dice Blackwood—. No basta. Si vamos a modificar toda la estrategia cada vez que el señor Pereira tenga una sensación sobre el agua, convendría saber si seguimos una expedición científica o una colección de supersticiones locales.
El silencio cae tan rápido que incluso los insectos parecen bajar el volumen.
João no se mueve.
Miguel sí.
Kane lo agarra por el brazo antes de que avance.
—Tranquilo, muchacho.
—Suéltame.
—Cuando dejes de parecer dispuesto a hacer una estupidez.
Miguel tiembla de rabia.
Blackwood mantiene la barbilla alta, pero su satisfacción dura poco cuando MacKenzie se acerca a él.
—No vuelva a hablar así delante de mi equipo.
—¿Su equipo?
—Sí.
—Creí que la ciencia permitía cuestionarlo todo.
—La ciencia sí. La soberbia mal educada, no.
Blackwood enrojece ligeramente, aunque lo suficiente para que todos lo noten.
—Entonces quizá debería aplicar el mismo criterio a todos.
La mirada se desplaza hacia mí.
No necesita decir mi nombre, y precisamente por eso resulta peor.
Siento el golpe aunque no quiera.
MacKenzie también lo nota.
Durante un instante creo que va a responder.
Sin embargo, mira el mapa, después el río, y toma la decisión que importa.
—Acamparemos aquí.
—¿Aquí? —pregunta Pembroke.
—Aquí.
João asiente una sola vez.
—Es lo mejor.
Blackwood guarda silencio, pero no cede.
Y eso, más que cualquier discusión, me preocupa.
El primer campamento de la expedición huele a humedad, humo y frustración.
Las tiendas se levantan mal al principio y mejor después de que Briggs amenaza con asignar guardias dobles a cualquiera que siga fingiendo inutilidad.
Reed organiza un espacio médico improvisado.
Kane revisa el perímetro con Miguel. Finch, contra todo pronóstico, resulta bastante útil recogiendo ramas secas bajo las indicaciones de João.
Yo ayudo a asegurar los documentos en una tienda pequeña.
MacKenzie entra sin pedir permiso.
—¿Todo en orden?
—Los documentos, sí.
—No preguntaba solo por los documentos.
Me quedo quieta un segundo antes de girarme.
—Qué considerado.
—No empiece.
—No he empezado nada.
—Whitmore.
—MacKenzie.
Nos miramos en la penumbra de la tienda. Afuera, el campamento sigue moviéndose, lleno de pasos, voces y golpes de madera contra tierra húmeda.
—Blackwood no debería haber dicho eso —afirma.
—Qué observación tan valiente ahora que no está delante.
Su expresión se endurece.
—Tengo que mantener unido al grupo.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Entonces no me pida que aplauda su estrategia.
—No le pido nada.
—Mejor.
La discusión queda suspendida. No es una pelea importante, al menos todavía, pero hay algo debajo que no se resuelve con ironía.
—Si respondo a cada comentario de Blackwood, lo convierto en una guerra abierta —dice él.
—Ya es una guerra abierta. La diferencia es que solo uno de los dos bandos dispara en público.
Alistair no responde inmediatamente.
Eso me irrita más que una respuesta mala, porque significa que lo está pensando.
—Tiene razón —dice al fin.
No me lo esperaba, y odio no haberlo esperado.
—Qué incómodo para ambos.
—Mucho.
—¿Y?
—Y mañana hablaré con él.
—¿Como director o como hombre que prefiere no tener conflictos visibles?
Sus ojos se estrechan.
—Cuidado.
—No soy una de sus cajas, MacKenzie. No puede recolocarme donde menos moleste.
La frase queda entre nosotros con más fuerza de la que pretendía.
Él la recibe.
La entiende.
Lo veo.
Y precisamente por eso se vuelve más difícil sostenerle la mirada.
—Nunca he pensado eso.
—Quizá debería asegurarse de que los demás también lo sepan.
Salgo de la tienda antes de que pueda responder. No porque haya ganado, sino porque necesito aire y porque, si me quedo un segundo más, quizá termine admitiendo que una parte de mí quería que dijera algo distinto.
Algo imposible.
Algo que no debería necesitar.
La noche cae sobre el campamento con una rapidez inquietante.
La selva cambia cuando desaparece la luz. Deja de ser paisaje y se convierte en una presencia constante.
Los sonidos se multiplican. Chasquidos, zumbidos, llamadas lejanas, movimientos entre hojas que no vemos. Cada ruido parece tener intención. Cada sombra parece esconder una decisión.
Finch se sienta junto al fuego con expresión de absoluto desconcierto.
—En los libros no sonaba así.
Kane, afilando un cuchillo, ni siquiera levanta la vista.
—En los libros tampoco huele así.
—Gracias por arruinarme la literatura.
—De nada.
Reed reparte unas tazas de algo caliente que no identifico y prefiero no preguntar.
João permanece apartado, escuchando la selva.
Miguel hace lo mismo, aunque con menos paciencia.
Blackwood escribe en su cuaderno.
Alistair habla con Briggs en voz baja.
Y yo, sentada en un tronco húmedo con las botas cubiertas de barro, comprendo que hoy no hemos descubierto nada sobre Arukana.
No hemos encontrado símbolos, ni piedras, ni pistas.
Solo hemos aprendido algo mucho más desagradable.
El Amazonas no necesita grandes tragedias para vencernos. Puede empezar con calor, barro, retrasos y orgullo. Puede desgastarnos antes incluso de mostrarnos los dientes.
Una rama cruje en la oscuridad.
Todos se quedan inmóviles.
Kane levanta la cabeza.
Miguel apaga su sonrisa.
João escucha.
Durante varios segundos nadie habla.
Después el sonido se aleja.
Tal vez un animal.
Tal vez nada.
Tal vez la selva recordándonos que ya estamos dentro.
Finch traga saliva.
—¿Alguien va a decir que eso era normal?
João mira hacia la oscuridad.
—Era normal.
Finch suelta el aire.
—Bien.
—Eso no significa que sea seguro.
Nadie ríe, ni siquiera yo.
Porque por primera vez desde que salimos de Londres entiendo, de verdad, la diferencia entre estudiar un territorio y entrar en él.
Y mientras el fuego ilumina apenas los rostros cansados del grupo, tengo la certeza de que el primer día no nos ha puesto a prueba.
Solo nos ha dado la bienvenida.