Capítulo 16
Alistair
He dirigido expediciones en tres continentes, atravesado desiertos y pasado semanas atrapado por tormentas. También he discutido con científicos, militares, políticos y exploradores sin perder del todo la paciencia.
Sin embargo, pocas cosas resultan tan agotadoras como organizar una expedición durante las cuarenta y ocho horas previas a internarse en territorio desconocido.
Todo el mundo necesita algo, tiene una opinión y, por supuesto, está convencido de que la suya es especialmente importante.
—No necesitamos tantas cajas.
La voz de João llega desde el otro extremo del almacén.
Ni siquiera levanto la vista.
—Sí las necesitamos.
—No.
—Sí.
—No.
Finalmente alzo la cabeza.
João observa una montaña de suministros con la misma expresión que tendría un hombre contemplando una enfermedad particularmente desagradable.
—Llevamos semanas preparando esto.
—Y semanas equivocándose.
—Qué alentador.
—Me pagan por decir la verdad.
—No. Le pagan por guiarnos.
—Es lo mismo.
Desgraciadamente, una parte de mí sospecha que realmente cree eso.
Y lo peor es que todavía no estoy seguro de que se equivoque.
El almacén alquilado por la expedición se encuentra junto al río, donde el calor resulta sofocante incluso antes del mediodía.
Los hombres descargan cajas mientras Briggs intenta mantener algún tipo de orden. Finch examina plantas que ni siquiera forman parte de la expedición, Blackwood discute con un comerciante local sobre mapas y Kane supervisa armas y herramientas.
Whitmore, por supuesto, está sentada en una esquina rodeada de cuadernos.
Empiezo a sospechar que si la abandonáramos en mitad del Amazonas con suficiente papel y tinta, tardaría varios días en darse cuenta.
—Está observándola otra vez.
La voz de Reed aparece a mi lado.
Cierro los ojos.
—¿Tiene algún trabajo real?
—Muchísimo.
—Entonces ocúpese de él.
—Lo hago.
—Perfecto.
—Mientras observo cómo intenta convencerse de que no le interesa la señorita Whitmore.
—Reed.
—MacKenzie.
—Algún día dejaré de responder.
—Eso sería una pena.
Lo dejo atrás antes de que continúe. No porque tenga razón, sino porque habla demasiado. Existe una diferencia importante.
La reunión principal comienza después del almuerzo.
Toda la expedición se reúne alrededor de una mesa enorme cubierta por mapas.
João llega acompañado por Miguel. El joven parece tan impaciente como su padre tranquilo, una combinación interesante y probablemente peligrosa.
—Bien.
Extiendo varios documentos.
—Partiremos dentro de dos días.
—Uno.
Levanto la vista.
—¿Perdón?
—Un día.
—Dos.
—Uno.
Blackwood deja escapar una risa.
Fue una mala idea.
—¿Le parece divertido? —pregunta João.
—Me parece extraño.
—¿Qué cosa?
—Que alguien modifique semanas de planificación en cinco minutos.
João ni siquiera pestañea.
—Me parece extraño que alguien planee una selva desde Londres.
Finch se atraganta con el agua. Reed mira al techo, Miguel sonríe y Whitmore parece estar disfrutando demasiado de la situación.
Eso tampoco ayuda.
—Necesitamos revisar equipo.
—Ya está revisado.
—Necesitamos contratar porteadores.
—Ya están contratados.
—Necesitamos comprobar niveles del río.
—Ya los hemos comprobado.
João se inclina hacia delante.
—Entonces no me necesita.
El silencio que sigue resulta incómodo porque acaba de golpear exactamente donde duele.
—Lo necesitamos.
—Entonces escúcheme.
Nadie habla durante varios segundos.
Finalmente intervengo.
—Muy bien.
João se reclina ligeramente en la silla. Es una victoria pequeña, pero sigue siendo una victoria, y él lo sabe perfectamente.
Maldita sea.
La reunión termina una hora después. No especialmente bien, pero tampoco mal, lo cual constituye un éxito razonable.
Mientras los demás abandonan la sala, encuentro a Whitmore revisando algunos documentos. Una actividad tan inesperada como ver llover en el océano.
—¿Disfrutó del espectáculo?
Ella levanta la vista.
—Muchísimo.
—Lo imaginaba.
—João tiene razón.
—No empiece.
—No he terminado.
—Eso es lo que me preocupa.
Whitmore sonríe apenas.
—Tiene razón en algunas cosas.
—Y nosotros también.
—Por supuesto.
—Gracias.
—Pero ustedes siguen pensando como visitantes.
La frase me obliga a detenerme.
—Explíquese.
Ella cierra el cuaderno.
—Cuando hablamos de la expedición, siempre hablamos de mapas.
—Es normal.
—João habla de personas.
La observación permanece suspendida entre nosotros porque tiene sentido. Demasiado sentido, de hecho, y nunca me ha gustado admitirlo cuando alguien señala algo evidente que he pasado por alto.
—Los mapas importan.
—Claro.
—Mucho.
—También la gente que vive allí.
Resoplo.
—Empieza a sonar como él.
—Eso debe de preocuparle muchísimo.
—No tiene idea.
—Oh, la tengo.
Naturalmente.
Aquella noche cenamos en una taberna cercana al río. Es la primera comida relativamente tranquila desde nuestra llegada, o al menos lo más parecido a la tranquilidad que puede encontrarse en un lugar abarrotado.
La música llena el ambiente y las conversaciones se mezclan en portugués, inglés y media docena de idiomas más.
Por primera vez desde que salimos de Londres, la expedición parece relajarse. Incluso Blackwood, aunque solo ligeramente.
—¿Es cierto que estuvo atrapado tres semanas en África? —pregunta Finch.
—Cuatro.
—¿Cómo sobrevivió?
—Con dificultad.
—Inspirador.
—Gracias.
Finch asiente como si realmente lo encontrara inspirador, lo cual explica muchas cosas sobre Arthur Finch.
Al otro lado de la mesa, Miguel está contando una historia sobre un jaguar. Kane parece fascinado, Blackwood escéptico y João aburrido. Probablemente ya ha escuchado aquella historia veinte veces.
Entonces ocurre algo interesante.
—Eso no fue lo que pasó.
Todo el mundo se vuelve hacia João.
Miguel suspira.
—Otra vez no.
—Otra vez sí.
—Padre.
—Estás exagerando.
—Era un jaguar enorme.
—Era pequeño.
—Intentó matarme.
—Tenías doce años y te caíste de una canoa.
La mesa estalla en carcajadas.
Miguel se hunde en la silla e incluso Whitmore ríe abiertamente, sin reservas.
Durante un instante, la expedición deja de parecer un grupo de desconocidos y empieza a convertirse en algo distinto: más cercano, más humano y, por esa misma razón, más peligroso.
Cuanto más conoces a las personas, más te importa lo que les ocurra.
Cuando la cena termina, salgo a caminar junto al río.
Necesito un poco de silencio. Empiezo a sospechar que la expedición está acabando con mi paciencia más rápido de lo previsto.
Encuentro a João sentado sobre un viejo embarcadero, observando la oscuridad.
—No duerme mucho.
El guía no se vuelve.
—Usted tampoco.
—Es una mala costumbre.
—La selva castiga esas cosas.
Me siento a su lado.
Durante varios segundos ninguno habla. Escuchamos el agua, los insectos y los sonidos lejanos de la ciudad.
Finalmente João rompe el silencio.
—Su gente cree que busca una ciudad.
—La buscamos.
—No.
Lo miro.
—¿No?
El hombre sigue contemplando el río.
—Buscan respuestas.
La frase permanece flotando entre nosotros, extrañamente incómoda, porque quizá sea verdad.
—¿Y usted qué cree que encontraremos?
João tarda tanto en responder que llego a pensar que no lo hará.
Finalmente habla.
—Problemas.
Esboza una ligera sonrisa antes de añadir:
—Los mismos que encontró Whitmore.
Y por primera vez desde que llegamos a Brasil, siento algo que no había experimentado en todo el viaje.
No es emoción ni curiosidad.
Es algo mucho más útil.
Preocupación.
Porque João Pereira no parece un hombre que diga ciertas cosas a la ligera, y empiezo a sospechar que el Amazonas tampoco.