ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 15
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Capítulo 15

Eleanor

La primera señal de que nos acercamos a Brasil no es la costa, sino el aire.

Llevamos casi tres semanas rodeados de océano cuando empiezo a notar el cambio.

Primero llega la humedad y después el calor.

No se parece al calor educado de un verano londinense ni al bochorno ocasional de una tarde especialmente desagradable.

Esto parece algo vivo, una presencia que se adhiere a la piel y se instala allí con intención de quedarse.

Cuando subo a cubierta poco después del amanecer, el horizonte ya no está vacío. Una línea verde oscura emerge a lo lejos.

Tierra.

Por primera vez en semanas.

De repente toda la expedición parece despertar al mismo tiempo.

Finch aparece prácticamente corriendo.

—¿La ve?

—Sería difícil no verla.

—Es Brasil.

—Gracias, Arthur. Temía que fuera Escocia.

El botánico ignora el comentario.

—Vamos a llegar.

—Eso parece.

—Vamos a llegar de verdad.

Su entusiasmo resulta casi contagioso.

Casi.

A medida que nos acercamos, el paisaje se transforma.

La vegetación ocupa cada rincón visible: palmeras, árboles gigantescos y extensiones de verde imposibles de distinguir unas de otras.

No se parece a nada que haya visto antes, y cuanto más observamos la costa, más evidente resulta que Europa ha quedado atrás.

—Parece otro mundo.

La voz de Reed aparece a mi lado.

—Porque lo es.

El médico permanece unos segundos observando el puerto.

Barcos de distintos tamaños se mueven entre muelles abarrotados. Hay comerciantes, pescadores, soldados y trabajadores desplazándose en todas direcciones. El ruido llega incluso antes de que atraquemos: voces, animales, martillos y música mezclados en una única masa caótica.

—Empiezo a entender por qué los exploradores regresan distintos —dice Reed.

—¿Por el paisaje?

—Por darse cuenta de que el mundo es mucho más grande de lo que creían.

No respondo porque estoy demasiado ocupada observándolo todo.

La llegada resulta mucho menos elegante de lo que imaginaba.

Durante años pensé que los grandes exploradores desembarcaban rodeados de solemnidad. La realidad consiste principalmente en cajas. Muchas cajas. Demasiadas cajas.

—¿Quién etiquetó esto?

—¿Dónde están los instrumentos?

—¡No ahí!

—¡Cuidado con eso!

—¡He dicho cuidado!

La voz de Briggs domina el caos. No sé si está organizando la descarga o sobreviviendo a ella. Probablemente ambas cosas.

Alistair lleva dos horas moviéndose de un lado a otro del puerto. Parece incapaz de permanecer quieto, lo cual significa que está preocupado. Los hombres como él solo se vuelven más eficientes cuando algo amenaza con salir mal.

—Whitmore.

Me giro.

Naturalmente.

—MacKenzie.

—Necesito que supervise los documentos.

—Qué emocionante.

—Intente contener la emoción.

—Lo haré si usted hace lo mismo.

—Imposible.

Le entrego una sonrisa falsa.

Él ni siquiera pestañea.

Es exasperante.

La ciudad resulta fascinante y agotadora a partes iguales. Las calles parecen desbordarse constantemente, con colores más intensos, olores más fuertes y sonidos que llegan desde todas partes al mismo tiempo.

Durante varias horas apenas hacemos otra cosa que transportar suministros y organizar el siguiente tramo del viaje.

Es entonces cuando aparece João Pereira.

No entra ni se presenta. Tampoco intenta llamar la atención. Simplemente está allí, observándonos como si llevara media hora juzgándonos en silencio.

Tiene alrededor de cincuenta años, la piel oscurecida por el sol y el rostro marcado por años de trabajo. Sus ojos parecen haber visto demasiadas cosas para impresionarse fácilmente.

Junto a él hay un hombre mucho más joven, quizá de veinticuatro o veinticinco años. Comparte algunos rasgos físicos con João: la misma mirada y una postura similar, aunque claramente posee menos paciencia.

—Doctor MacKenzie.

La voz de João tiene un acento marcado pero un inglés excelente.

—Señor Pereira.

Ambos se estrechan la mano.

Durante varios segundos se observan sin sonreír. Ninguno parece interesado en impresionar al otro y, curiosamente, eso me inspira confianza.

—¿Todo preparado?

—Depende de lo que entienda por preparado.

João mira las montañas de equipaje antes de volver la vista hacia Alistair.

—Demasiadas cosas.

—Siempre dice eso.

—Porque siempre es verdad.

Miguel suelta una pequeña risa.

Su padre no.

La primera reunión con los guías tiene lugar aquella misma noche.

Todo el equipo se reúne alrededor de varias mesas unidas. Hay mapas, cuadernos y listas repartidos por todas partes. Empiezo a sospechar que la exploración moderna consiste principalmente en mover papeles de un lugar a otro.

João estudia los documentos durante varios minutos antes de levantar la vista.

—No.

El silencio es inmediato.

—¿No qué? —pregunta Blackwood.

—No iremos por ahí.

Señala una de las rutas propuestas.

—¿Por qué? —pregunta Alistair.

—Porque es mala.

Blackwood parece indignado.

—Esa ruta está basada en estudios científicos.

—Entonces los estudios científicos son malos.

Finch intenta ocultar una sonrisa.

Fracasa.

—Con todos los respetos —dice Blackwood—, llevamos semanas analizando esta información.

João lo observa. Luego mira el mapa y vuelve a fijarse en él.

—Yo llevo treinta años recorriendo el río.

Nadie responde porque resulta difícil competir con esa clase de argumento.

—La corriente ha cambiado.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque vivo aquí.

El silencio vuelve a extenderse, esta vez más incómodo y revelador.

Por primera vez desde que comenzó la expedición alguien acaba de recordarles a todos algo importante.

Nosotros somos los extranjeros.

Más tarde encuentro a João solo junto al muelle.

Está fumando mientras observa el agua oscura.

Durante unos segundos dudo antes de acercarme.

—¿Siempre discute así con los científicos?

Ni siquiera se vuelve.

—Solo con los tercos.

—Entonces tendrá trabajo de sobra.

Eso consigue una sonrisa pequeña, pero auténtica.

—Su padre hablaba mucho.

La frase me toma completamente por sorpresa.

—¿Conoció a Arthur Whitmore?

João asiente despacio.

Mi corazón acelera.

—¿Cuándo?

—Hace muchos años.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Trabajó con él?

El hombre guarda silencio durante unos segundos que se me hacen eternos.

—Un poco.

La respuesta resulta frustrante y claramente deliberada.

—¿Sabía algo sobre Arukana?

João expulsa lentamente el humo.

—Todos saben algo.

—Eso no responde.

—Tampoco su pregunta.

Lo observo mientras él sigue mirando el río.

Finalmente habla.

—Su padre vino buscando una ciudad.

—Lo sé.

—Y encontró problemas.

No añade nada más.

No necesita hacerlo.

Porque por primera vez desde que comenzó esta aventura siento algo que llevaba tiempo esperando. No es una teoría, una pista ni un documento.

Es algo real.

Algo que existió fuera de los cuadernos.

Mientras regreso hacia el hotel donde pasaremos la noche, tengo la sensación de que el viaje acaba de empezar de verdad.

Y sospecho que el Amazonas será mucho menos amable de lo que cualquiera de nosotros imagina.