ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 14
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Capítulo 14

Alistair

La mayoría de las personas reaccionan mal cuando descubren que se han equivocado.

Algunas buscan excusas para justificar el error, mientras que otras intentan repartir la culpa entre quienes las rodean. Las más peligrosas, sin embargo, actúan como si nada hubiera ocurrido.

Por eso me sorprende Eleanor Whitmore.

A la mañana siguiente de que su teoría resultara incorrecta aparece en el desayuno exactamente igual que siempre. No parece derrotada ni avergonzada, pero tampoco especialmente satisfecha consigo misma.

Simplemente trabaja.

Se concentra en los documentos con una determinación casi obstinada, como si hubiera decidido no levantarse de la mesa hasta arrancarles todas las respuestas posibles.

Y eso, aunque jamás se lo diré, me impresiona.

—Está observándola otra vez.

La voz de Reed llega desde el otro lado de la mesa.

Aparto la vista de inmediato.

—Estoy observando el mapa.

—Claro.

—Hay un mapa detrás de ella.

—Y una mujer delante.

—Reed.

—MacKenzie.

El médico sonríe con la tranquilidad de quien sabe exactamente cuánto puede irritar a otra persona sin provocar una pelea. Lleva años perfeccionando esa habilidad.

—No me interesa la señorita Whitmore.

—Jamás he dicho que le interese.

—Lo está insinuando.

—Y usted se está defendiendo con demasiada rapidez.

Finjo concentrarme en el desayuno. Es una maniobra poco elegante, pero necesaria.

Reed continúa sonriendo.

Odio cuando hace eso.

—¿Sabe qué creo? —pregunta.

—No.

—Creo que le desconcierta.

—No.

—Respuesta inmediata.

—Porque es incorrecta.

—Como quiera.

Por suerte, Finch aparece en ese momento y desvía la conversación sin proponérselo, algo que suele ser una de sus especialidades.

—¿Han visto esto?

Trae una libreta abierta y una expresión de entusiasmo que normalmente anuncia problemas.

—Nunca me gusta esa pregunta —murmuro.

—Encontré una referencia interesante.

—¿Relacionada con plantas?

—No.

—Entonces ahora sí me interesa.

Finch deposita el cuaderno sobre la mesa.

Reed y yo nos inclinamos para examinarlo.

Durante unos segundos estudiamos las anotaciones antes de reconocer la letra.

Arthur Whitmore.

Otra vez.

—¿Dónde estaba esto?

—Entre varios documentos menores.

—¿Y por qué parece tan satisfecho?

El botánico señala una frase concreta.

—Porque menciona una estructura de piedra.

Frunzo el ceño.

—Eso podría significar cualquier cosa.

—Lo sé.

—Entonces.

—Pero aparece cerca de varias referencias que ya hemos visto antes.

Eso sí consigue captar mi atención.

Reed también parece interesado.

—¿Lo ha visto la señorita Whitmore?

—Todavía no.

—Enséñeselo.

—Pensaba hacerlo.

Finch recoge el cuaderno y se marcha casi corriendo, como si temiera que alguien pudiera arrebatarle el descubrimiento.

Lo observo desaparecer por la puerta.

—Es como un cachorro científico.

Reed asiente.

—Un cachorro muy inteligente.

—Y extremadamente fácil de entusiasmar.

—Eso también.

El resto de la mañana transcurre con relativa normalidad, lo que en nuestra expedición significa que solo discutimos tres veces sobre cuestiones logísticas.

Una cifra razonablemente aceptable.

El mar permanece tranquilo, el viento sigue siendo favorable y durante unas horas llego a creer que quizá hayamos encontrado cierto equilibrio.

Naturalmente, el universo decide castigar mi optimismo.

A media tarde Briggs aparece con una noticia.

—Tenemos un problema.

Nunca trae otro tipo de noticias.

—¿Cuál?

—Agua.

—Tenemos bastante alrededor.

—Precisamente.

Lo sigo hasta la bodega.

Varios barriles están abiertos. Algunos presentan daños evidentes y otros han quedado completamente inutilizados.

—¿Qué demonios ha pasado?

—Una filtración.

La respuesta me gusta tan poco como esperaba.

—¿Cuánto hemos perdido?

Briggs me entrega una lista.

La reviso y mi humor empeora de inmediato.

—Eso es demasiado.

—Lo sé.

—¿Podemos compensarlo?

—Tal vez.

La palabra queda suspendida entre nosotros.

No me gustan las respuestas que contienen "tal vez". Suelen acabar costando dinero, tiempo o vidas.

A veces las tres cosas.

La reunión de emergencia comienza una hora después.

Toda la expedición se reúne alrededor de la mesa principal y los ánimos ya llegan bastante tensos. La noticia termina de empeorarlos.

—Reduciremos el consumo.

La declaración provoca una reacción inmediata.

—¿Cuánto? —pregunta Blackwood.

—Lo necesario.

—Respuesta muy precisa.

—Intento adaptarme a mi audiencia.

Blackwood no aprecia el comentario.

Lástima.

—¿Es grave? —pregunta Finch.

—Todavía no.

—Eso tampoco es tranquilizador.

—Porque no debería tranquilizarlo.

El silencio posterior resulta incómodo.

Todos entienden perfectamente lo que significa la situación. Estamos en mitad del Atlántico; no podemos comprar agua ni regresar a puerto.

Solo podemos administrar mejor lo que tenemos.

—¿Cuál es el plan? —pregunta Reed.

—Racionar.

—¿Y si encontramos más problemas?

—Entonces improvisaremos.

Kane resopla.

—Odio los planes basados en improvisar.

—Yo también.

—Entonces vamos mal.

No puedo discutirlo.

Porque tiene razón.

Y eso me irrita.

Durante buena parte de la reunión Eleanor permanece callada.

Escucha con atención, observa a los demás y toma notas sin intervenir. Cuando finalmente habla, toda la mesa le presta atención.

Incluso Blackwood.

—¿Cuándo se detectó exactamente la filtración?

Briggs responde.

—Esta mañana.

—¿Y la inspección anterior?

—Hace tres días.

Ella asiente despacio.

—Entonces la pérdida probablemente sea menor de lo que pensamos.

—¿Por qué?

—Porque estamos calculando el peor escenario posible.

Varias personas intercambian miradas.

—¿Y qué propone? —pregunto.

—Revisar todos los barriles antes de imponer restricciones completas.

Blackwood suspira.

—Eso retrasará cualquier decisión.

—Retrasar una mala decisión también tiene valor.

—Siempre que realmente sea mala.

—Exacto.

La discusión continúa unos minutos más.

No es una idea revolucionaria ni una solución definitiva, pero merece atención.

Finalmente asiento.

—Muy bien.

—¿Muy bien?

—Revisaremos todo otra vez.

Eleanor parece sorprendida.

Solo un poco.

Lo suficiente para que lo note.

Curioso.

La inspección ocupa casi toda la tarde.

Cuando termina, los resultados son claros.

Ella tenía razón.

Otra vez.

La pérdida existe, pero es bastante menor de lo que habíamos estimado inicialmente. El problema no desaparece, aunque sí evita una reducción drástica de los suministros.

La diferencia es importante.

Finch parece encantado.

Briggs está visiblemente aliviado.

Blackwood, en cambio, parece decepcionado.

Yo simplemente estoy cansado.

Principalmente cansado porque Whitmore vuelve a acertar en el momento más inoportuno y porque empieza a convertirse en una costumbre.

La encuentro al anochecer.

Está sola en cubierta, escribiendo en una libreta.

Naturalmente.

Empiezo a sospechar que dejaría de respirar antes que de tomar notas.

—Whitmore.

Ella levanta la vista.

—MacKenzie.

—Tenía razón.

—Empieza a decir eso con preocupante frecuencia.

—No abuse de la situación.

Una sonrisa fugaz aparece en sus labios antes de desaparecer.

Por suerte.

—No era una solución —dice.

—Lo sé.

—Solo una comprobación.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué me busca?

La pregunta es razonable.

Y ligeramente incómoda.

Porque no tengo una buena respuesta.

Finalmente me apoyo en la barandilla.

—Porque quería entender algo.

—Qué inquietante.

—Cuando descubrió el error de anoche.

Ella se queda inmóvil.

—¿Y?

—Pensé que intentaría defenderlo.

—¿Por qué?

—La mayoría lo hace.

—La mayoría tiene demasiado apego a sus teorías.

—Y usted no.

—Tengo apego a las respuestas.

La observo durante unos segundos.

La frase parece sencilla, pero no lo es.

Porque explica muchas cosas.

Más de las que debería.

—Eso no debió de resultar agradable.

—¿Equivocarme?

—Sí.

—No lo fue.

—Y aun así siguió trabajando.

Ella se encoge ligeramente de hombros.

—La alternativa era quedarme sentada sintiéndome miserable.

—Hay personas que dedican años a esa actividad.

—No parece especialmente productiva.

No puedo evitar una pequeña sonrisa.

La escondo rápidamente.

—No se acostumbre.

—¿A qué?

—A que la felicite.

—Qué alivio.

—Whitmore.

—MacKenzie.

Durante unos segundos contemplamos el océano.

El viento es suave y el barco avanza con tranquilidad sobre el agua oscura.

Por primera vez desde que comenzó la expedición me descubro pensando algo que no me gusta especialmente.

No que Eleanor Whitmore sea brillante.

Eso ya lo sabía.

Tampoco que sea obstinada.

Eso también lo tenía claro.

Lo que me molesta es otra cosa.

La mayoría de las personas habría intentado proteger su orgullo después de equivocarse.

Ella protegió el trabajo.

Y esa diferencia resulta mucho más difícil de ignorar.

Lo cual es una auténtica desgracia.

La expedición ya tiene suficientes complicaciones sin necesidad de añadir una científica extraordinariamente persistente a la lista.

Y sin embargo, mientras la observo regresar al interior del barco, sospecho que esa complicación seguirá creciendo.

No porque me guste.

Sino porque está ahí, tan evidente como el océano que nos rodea y probablemente igual de imposible de evitar.