ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 13
20%

Capítulo 13

Eleanor

El océano tiene una cualidad extraña.

Cuando llevas suficiente tiempo rodeada de agua, empiezas a olvidar que existe algo más allá de esa inmensidad cambiante.

Las ciudades se vuelven recuerdos difusos y las calles parecen pertenecer a otra vida.

Incluso Londres empieza a parecerme lejana, como si la hubiera abandonado años atrás en lugar de apenas dos semanas.

Quizá por eso el barco ha comenzado a transformarse en un pequeño mundo propio, con sus reglas no escritas y sus dinámicas inevitables.

Y como cualquier mundo, ya tiene sus alianzas, sus rivalidades y, por supuesto, sus idiotas.

Algunos son más evidentes que otros.

—¿Está escondiéndose?

Levanto la vista.

Arthur Finch sostiene una libreta repleta de dibujos de plantas que todavía no existen en nuestro horizonte inmediato.

—Estoy trabajando.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque la respuesta me perjudicaría.

El botánico sonríe.

Se ha vuelto demasiado cómodo en mi compañía, algo que considero un inconveniente menor, aunque sigue siendo un inconveniente.

—La mitad del grupo está en cubierta.

—Precisamente por eso estoy aquí.

—Qué crueldad.

—Soy consciente.

Finch toma asiento frente a mí.

Mientras hojea sus notas durante unos segundos, adopta una expresión sospechosamente seria.

—¿Puedo preguntarle algo?

—Nunca le ha detenido una negativa.

—Eso es justo.

—Gracias.

Duda un momento antes de hablar.

—¿Por qué insiste tanto?

La pregunta me sorprende, no por lo que plantea, sino por la sinceridad con que lo hace.

—¿Insistir en qué?

—En todo.

Hace un gesto vago con la mano.

—La expedición. La Sociedad. MacKenzie. Blackwood. Todo eso.

Apoyo la pluma sobre la mesa.

—Porque si no insistiera, seguiría en Londres.

—Eso no responde realmente.

—Sí responde.

Finch reflexiona unos instantes.

—Supongo que sí.

Permanece callado un momento antes de continuar.

—Mi madre decía que algunas personas nacen sabiendo exactamente quiénes son.

—Su madre era optimista.

—¿Y usted qué cree?

—Que la mayoría pasamos media vida intentando averiguarlo.

La conversación se interrumpe cuando una voz llega desde la puerta.

—Whitmore.

No necesito levantar la vista.

Reconocería ese tono incluso en mitad de una tormenta.

—MacKenzie.

—Necesito hablar con usted.

—Qué entusiasmo transmite.

—Procuro administrarlo con prudencia.

Finch se pone en pie de inmediato.

Traidor.

—Tengo trabajo pendiente.

—No lo tiene.

—Ahora sí.

Y desaparece antes de que pueda impedirlo.

Lo observo marcharse antes de volver mi atención hacia MacKenzie.

—¿Qué ocurre?

—Quiero enseñarle algo.

—Esa frase rara vez termina bien.

—En nuestro caso, casi nunca.

Lo sigo hasta una de las salas de mapas.

Sobre la mesa hay varios documentos abiertos y, entre ellos, varios cuadernos de Arthur Whitmore.

Eso basta para captar toda mi atención.

—¿Qué ha encontrado?

—Eso intento averiguar.

Me acerco y reviso las páginas.

Reconozco inmediatamente varias referencias.

—Ya hemos visto esto.

—Eso pensaba.

—¿Y ahora?

MacKenzie gira uno de los cuadernos.

—Lea esta parte.

Lo hago una vez.

Después otra.

Y una tercera.

Algo no encaja.

—La fecha.

—Exacto.

—Es imposible.

—También pensé eso.

Vuelvo a revisar la anotación.

Arthur Whitmore menciona una observación realizada durante una expedición concreta.

El problema es que la fecha corresponde a un periodo en el que, según los registros oficiales, se encontraba en Inglaterra.

—¿Un error?

—Podría ser.

—No parece propio de él.

—Lo sé.

El silencio que sigue no nace del acuerdo, sino de la concentración.

Ambos estamos intentando ordenar las piezas.

—Hay otra posibilidad.

La voz de MacKenzie rompe finalmente la pausa.

—¿Cuál?

—Que no estuviera escribiendo sobre una expedición.

Lo miro con atención.

—Explíquese.

Señala una serie de símbolos en el margen.

—Estos aparecen varias veces.

—Sí.

—Y siempre asociados a información especialmente sensible.

Frunzo el ceño.

—¿Cree que utilizaba algún sistema de codificación?

—Creo que ocultaba algo.

La idea provoca un escalofrío inesperado.

No es miedo.

Es anticipación.

Si tiene razón, significa que todavía desconocemos una parte importante de la historia.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Porque no quería que alguien encontrara la información.

—¿Quién?

—Esa es precisamente la cuestión.

Pasamos gran parte de la tarde revisando documentos.

Y es entonces cuando cometo un error.

No uno catastrófico, al menos todavía, pero sí lo bastante importante como para cambiar el rumbo de mis conclusiones.

Me obsesiono con una teoría.

Existe una diferencia entre seguir una pista y enamorarse de ella.

La segunda opción suele terminar peor.

—Aquí.

Señalo una anotación.

—¿Qué ocurre?

—Estas referencias aparecen juntas demasiadas veces.

MacKenzie observa el texto.

—Puede ser coincidencia.

—No lo creo.

—Eso no significa que tenga razón.

—Tampoco significa que esté equivocada.

Empiezo a reunir documentos.

Luego añado más.

Y después prácticamente toda la mesa queda cubierta de papeles.

La emoción empieza a crecer porque las piezas parecen encajar con una facilidad sospechosa.

—Whitmore.

—Espere.

—Whitmore.

—Estoy cerca de algo.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Ignoro la observación.

Probablemente debería haberle prestado atención.

La cena encuentra a toda la expedición reunida una vez más.

Y, por primera vez desde que zarpamos, soy yo quien inicia una discusión.

—Creo que he encontrado la localización.

El silencio es inmediato.

Todos me miran.

Finch parece emocionado.

Blackwood, escéptico.

Kane, resignado.

MacKenzie, cansado.

—¿La localización de qué? —pregunta Reed.

—De la primera pista importante.

Extiendo varios mapas sobre la mesa y comienzo a explicar mi razonamiento.

Las referencias.

Las fechas.

Los símbolos.

Las rutas.

Cuanto más hablo, más convencida me siento.

Todo parece lógico.

Todo parece coherente.

Todo parece conducir al mismo punto.

Cuando termino, Finch parece dispuesto a partir inmediatamente.

—Eso es extraordinario.

—Todavía no —dice MacKenzie.

La atmósfera alrededor de la mesa cambia al instante.

—¿Perdón?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque hay lagunas.

—Siempre hay lagunas.

—Demasiadas.

—No está viendo el conjunto.

—Y usted no está viendo los huecos.

El intercambio atrae toda la atención del grupo.

Blackwood sonríe.

Naturalmente.

—Por una vez estoy de acuerdo con MacKenzie.

—Qué sorpresa.

—Su teoría depende de varias suposiciones.

—Toda teoría depende de suposiciones.

—Las buenas, de pocas.

La frase golpea con precisión quirúrgica.

Y lo peor es que una parte de mí sabe que no está completamente equivocado.

Lo detesto porque empiezo a percibir grietas en mi razonamiento.

Son pequeñas.

Pero existen.

—Necesito más tiempo.

La voz de MacKenzie es más tranquila.

—Eso es todo lo que estoy diciendo.

No responde como un rival.

Responde como un científico.

Y eso vuelve mucho más difícil discutir con él.

Esa noche regreso a mis documentos.

Los reviso una vez más.

Y luego otra.

Y otra más.

Hasta que finalmente encuentro el problema.

A primera vista parece insignificante.

En la práctica resulta devastador.

Una fecha.

Solo una.

Pero altera toda la secuencia de acontecimientos.

Me quedo inmóvil observando la página durante un tiempo imposible de medir.

Quizá sean segundos.

Quizá minutos.

No estoy segura.

Lo único evidente es la conclusión.

Me he equivocado.

No por completo.

Pero sí lo suficiente.

Y el error es mío.

No de Blackwood.

No de MacKenzie.

Mío.

Cierro los ojos.

El descubrimiento duele más de lo que debería porque, durante unas horas, había creído estar a punto de resolver algo importante.

Ahora vuelvo al principio.

Cuando finalmente levanto la vista, el camarote permanece en silencio.

El barco cruje suavemente mientras el océano continúa extendiéndose más allá de las paredes.

Y por primera vez desde que comenzó la expedición comprendo algo que llevaba tiempo evitando.

Tener razón resulta agradable.

Sin embargo, equivocarse delante de otras personas es inevitable.

La verdadera cuestión no es si volveré a cometer errores, porque sé que lo haré.

La verdadera cuestión es qué haré cuando ocurra.

Y sospecho que voy a descubrirlo mucho antes de lo que me gustaría.