Capítulo 12
Alistair
Descubro que dirigir una expedición científica se parece mucho a intentar transportar una colección de gatos particularmente orgullosos a través del océano.
La diferencia principal es que los gatos suelen tener mejores modales.
Han pasado dos días desde la conversación entre Blackwood y Eleanor. Durante ese tiempo, ella ha decidido que soy personalmente responsable de todos los imbéciles del Imperio Británico, mientras yo he tenido preocupaciones bastante más urgentes que sus opiniones sobre mi carácter.
Por ejemplo, los suministros, que tienen la desagradable costumbre de convertirse en un problema justo cuando uno deja de vigilarlos.
—Faltan cajas.
La voz de Briggs atraviesa el almacén principal.
Me vuelvo hacia él.
—¿Cuántas?
—Tres.
—Eso no parece especialmente alarmante.
—Depende de lo que hubiera dentro.
Aquella respuesta nunca era tranquilizadora.
—¿Qué había dentro?
Briggs consulta una lista y su expresión empeora con cada línea que lee.
—Munición.
—Perfecto.
—Material médico.
—Magnífico.
—Y parte de las herramientas de navegación.
Cierro los ojos durante un segundo. Más tiempo empezaría a parecer una plegaria.
—¿Está seguro?
—Las he revisado dos veces.
—Revise una tercera.
—Ya lo he hecho.
Por supuesto que sí. Briggs es el hombre más meticuloso que he conocido en años, y precisamente por eso la situación me preocupa.
—¿Cuándo se cargaron por última vez?
—Ayer por la tarde.
—¿Y estaban aquí?
—Sí.
—¿Quién tenía acceso?
Briggs me mira y no necesita responder. La lista de posibles responsables es demasiado larga.
Una hora después, la noticia ya se ha extendido por todo el barco, exactamente lo que quería evitar. Ahora cada persona tiene una teoría distinta sobre lo ocurrido.
—Esto es absurdo.
Blackwood deja caer un cuaderno sobre la mesa.
—¿Cómo desaparecen tres cajas enteras?
—Excelente pregunta —respondo.
—¿Y la respuesta?
—Todavía la estoy buscando.
—Quizá debería haber alguien supervisando mejor la carga.
Ya empezamos.
—Quizá debería ayudar a buscar las cajas.
—Quizá ambas cosas sean ciertas.
La reunión se celebra en una pequeña sala junto a cubierta y reúne a todos los miembros de la expedición: Reed, Finch, Kane, Hale, Eleanor, Pembroke y varios integrantes de la tripulación. La atmósfera se vuelve más tensa con cada intervención.
—¿Qué ocurre si no aparecen? —pregunta Finch.
—Nos adaptaremos.
—Eso no suena tranquilizador.
—Porque no lo es.
El joven botánico parece arrepentirse de haber formulado la pregunta. Lo comprendo perfectamente; yo tampoco estoy satisfecho con la situación.
—¿Creemos que las han robado? —pregunta Reed.
—No.
Todas las miradas se vuelven hacia Eleanor.
Permanece apoyada contra una pared con los brazos cruzados.
—¿No?
—No tiene sentido.
—Explíquese —dice Blackwood.
Su tono contiene la dosis exacta de condescendencia necesaria para resultar irritante.
—Si alguien quisiera robar suministros, habría escogido algo fácil de vender.
—¿Y?
—Munición especializada, herramientas científicas y material médico son una combinación extraña.
—Entonces.
—Creo que están mal registradas.
Blackwood sonríe. Ya conozco esa expresión; aparece cada vez que cree haber encontrado una grieta en el argumento de alguien.
—¿Y su conclusión se basa en qué exactamente?
—Experiencia.
—Qué conveniente.
—¿Tiene una teoría mejor?
—Varias.
—Sorpréndame.
La tensión empieza a extenderse por la sala. Finch observa a ambos como si estuviera presenciando un accidente ferroviario a cámara lenta.
—Mi teoría —dice Blackwood— es que alguien cometió un error.
—Eso no es una teoría.
—Claro que lo es.
—Es una descripción.
Reed se lleva una mano a la cara mientras Hale continúa escribiendo con absoluta tranquilidad. Sospecho que está disfrutando del espectáculo.
Las cajas no aparecen ni ese día ni al siguiente, y el problema deja de ser una simple molestia administrativa. Ahora debemos decidir cómo proceder.
La reunión de emergencia tiene lugar después de cenar. La mesa está cubierta de listas, inventarios, mapas, cálculos y una cantidad preocupante de malas noticias.
—Debemos regresar.
La propuesta de Pembroke provoca un silencio inmediato.
—¿Perdón? —pregunto.
—Perder material esencial antes de llegar siquiera a Brasil es una mala señal.
—No existe ninguna relación científica entre ambas cosas.
—Existe una relación práctica.
—También existe una diferencia importante.
Pembroke se reclina en la silla.
—¿Cuál?
—Que esto tiene solución.
El profesor no parece impresionado.
—No tenemos la garantía de encontrarla.
—Tampoco tenemos la garantía de encontrar Arukana.
—Eso es distinto.
—No para mí.
Las discusiones continúan durante casi una hora. Cada propuesta genera nuevos inconvenientes y cada solución abre problemas distintos. A medida que avanza la conversación, resulta evidente que el grupo empieza a fracturarse.
Todavía no es algo grave, pero sí lo bastante visible como para preocuparme.
—Creo que deberíamos reducir equipo.
La voz de Kane interrumpe la discusión.
—¿Reducir?
—Peso, suministros y material secundario.
—¿Qué considera secundario? —pregunta Blackwood.
—La mitad de sus baúles.
Finch se atraganta con el agua. Incluso yo tengo que contener una sonrisa.
Blackwood, en cambio, no parece encontrarle la gracia.
—Mis instrumentos son esenciales.
—Todos creemos que nuestras cosas son esenciales.
—Las mías lo son.
—Qué sorpresa.
La discusión amenaza con desviarse otra vez cuando ocurre algo inesperado.
—Tengo una idea.
La voz de Eleanor obliga a todos a callar.
Ella rara vez participa en las reuniones largas. Prefiere observar, analizar y esperar. Cuando decide intervenir, suele tener una razón.
—Adelante.
Se acerca a la mesa y despliega varios documentos.
—Las cajas desaparecieron hace dos días.
—Correcto.
—Y desde entonces hemos buscado en las zonas de almacenamiento principales.
—Sí.
—Pero no en las temporales.
Frunzo el ceño.
—¿Temporales?
—Las utilizadas durante la carga.
Briggs levanta la cabeza.
—Eso ya se revisó.
—No exactamente.
El jefe de marineros la observa con atención.
—¿Qué quiere decir?
Ella señala una anotación.
—Esta marca.
Briggs toma el documento y permanece varios segundos estudiándolo. Después maldice en voz baja, lo que siempre resulta interesante.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
—Hay un almacén auxiliar.
—¿Y?
—Olvidé incluirlo en la búsqueda.
La sala queda en silencio.
Blackwood parece decepcionado. Finch, por el contrario, parece incapaz de ocultar su entusiasmo. Yo me limito a no reaccionar demasiado deprisa.
—¿Está diciendo que podrían estar allí?
—Estoy diciendo que nadie ha comprobado si están allí.
Dos horas después descubrimos que sí.
Las tres cajas aparecen exactamente donde Eleanor sospechaba: mal etiquetadas, mal registradas y completamente olvidadas.
Aquella noche encuentro a Eleanor sola en cubierta.
El océano está tranquilo y el viento apenas mueve las cuerdas del barco.
—Whitmore.
Ella no se vuelve.
—MacKenzie.
—Tenía razón.
—Otra vez.
—No abuse de esto.
—Haré lo que pueda.
Me apoyo en la barandilla y durante unos segundos observamos las olas en silencio.
—Blackwood está furioso.
—Lo sé.
—Parece disfrutarlo.
—Muchísimo.
Eso no me sorprende.
—No debería.
—¿Por qué?
—Porque va a seguir cuestionándola.
—Lo sé.
—Y porque tarde o temprano se equivocará.
La respuesta tarda varios segundos en llegar.
—Probablemente.
—Eso no parece preocuparla.
—Claro que me preocupa.
Ahora sí la miro.
Por primera vez en todo el día parece cansada. No derrotada ni insegura, simplemente agotada.
—Entonces no lo demuestra.
—¿Y para qué serviría?
La pregunta me deja sin respuesta inmediata.
Ella continúa observando el horizonte antes de hablar de nuevo.
—Si me equivoco una vez, algunos pensarán que no debería estar aquí.
—Sí.
—Si tengo razón diez veces, dirán que tuve suerte.
No hay enfado en sus palabras, y eso las vuelve más difíciles de discutir.
—No todos.
—Los suficientes.
El silencio se instala entre nosotros. No es exactamente incómodo; más bien obliga a reflexionar.
Finalmente, Eleanor se aparta de la barandilla.
—Buenas noches, MacKenzie.
—Buenas noches, Whitmore.
La observo alejarse y, por primera vez desde que comenzó la expedición, comprendo algo que hasta ahora había ignorado.
Yo puedo equivocarme.
Blackwood puede equivocarse.
Pembroke puede equivocarse.
Y nadie cuestionará automáticamente nuestro derecho a estar aquí.
Ella no tiene ese privilegio.
La conclusión resulta incómoda precisamente porque es cierta, y porque no tengo ni idea de qué hacer con ella.
Por suerte, ese no es mi problema inmediato. Mi responsabilidad consiste en llevar a esta expedición hasta el Amazonas sin que nadie termine matando a otro por el camino.
Teniendo en cuenta que llevamos apenas una semana de viaje, ya hemos perdido cajas, discutido media docena de veces y empezado a formar bandos. Sospecho que la tarea será bastante más complicada de lo que esperaba.