ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 11
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Capítulo 11

Eleanor

Descubro muy pronto que las novelas de aventuras mienten sobre muchas cosas.

Mienten sobre los viajes largos.

Mienten sobre la convivencia.

Y, sobre todo, mienten sobre las expediciones científicas.

En los libros nadie parece preocuparse por compartir espacio durante semanas con personas a las que apenas conoce. Los exploradores avanzan con determinación hacia territorios desconocidos mientras intercambian observaciones brillantes y descubrimientos extraordinarios.

La realidad es bastante menos elegante.

La realidad incluye ronquidos.

Incluye humedad.

Incluye discusiones sobre horarios, espacio, equipaje y provisiones.

Y también incluye descubrir que algunos compañeros ya han decidido quién merece estar allí y quién no.

Llevamos seis días navegando.

El barco todavía se encuentra rodeado únicamente por océano, pero la expedición ya ha empezado a dividirse en pequeños grupos.

Samuel Reed habla con todo el mundo y parece caer bien incluso a las personas que intentan mostrarse antipáticas.

Arthur Finch sigue observando el mundo con un entusiasmo que resulta difícil no encontrar simpático.

Kane evita a los académicos siempre que puede.

Pembroke pasa más tiempo juzgando a los demás que estudiando los documentos.

Y Henry Blackwood parece convencido de que la existencia es una competición permanente.

En cuanto a Alistair MacKenzie...

Bueno.

Alistair MacKenzie dirige la expedición exactamente igual que un general dirigiría una invasión.

Con eficiencia.

Con autoridad.

Y con una alarmante ausencia de interés por las opiniones ajenas.

—¿Siempre desayuna acompañada de mapas?

Levanto la vista.

Arthur Finch sostiene una taza de café y una sonrisa amistosa.

—No.

—Mentira.

—Qué agresividad para ser tan temprano.

—Es el sexto día consecutivo.

—¿Y?

—Y lleva el mismo mapa abierto desde ayer.

Miro el papel extendido frente a mí.

—Quizá me guste la consistencia.

—Quizá tenga una obsesión poco saludable.

—Eso también es posible.

Finch ríe y toma asiento frente a mí.

Durante unos minutos hablamos de temas inofensivos. Plantas exóticas. Libros de viajes. Universidades. Resulta una conversación agradable, precisamente porque ninguno intenta demostrar nada.

Por desgracia, la tranquilidad dura poco.

—No todos piensan como Blackwood.

La frase aparece de repente.

Tan inesperadamente que dejo la taza sobre la mesa.

—No sé de qué habla.

—Claro que lo sabe.

—Adelante.

Finch parece arrepentirse inmediatamente de haber sacado el tema.

Se mueve incómodo en la silla.

Observa alrededor.

Después baja la voz.

—Escuché una conversación anoche.

Ya no me gusta hacia dónde se dirige aquello.

—¿Entre quiénes?

—Blackwood y Pembroke.

Eso sí resulta fácil de creer.

—¿Y?

Finch duda.

—Dijeron que la Sociedad había cometido un error permitiéndole participar.

Permanezco inmóvil.

No porque me sorprenda.

Porque no lo hace.

Llevo escuchando versiones distintas de esa frase desde que era una estudiante.

Algunos la pronuncian con educación.

Otros con desprecio.

Pero el significado siempre es el mismo.

—¿Qué más dijeron?

—Que cuando lleguemos al Amazonas se convertirá en una responsabilidad para todos.

Arthur parece incómodo.

Casi avergonzado.

Como si él hubiera sido quien pronunció las palabras.

—Gracias por contármelo.

—Pensé que preferiría saberlo.

—Sí.

Porque la ignorancia rara vez mejora una situación.

Solo la retrasa.

Aquella tarde toda la expedición se reúne en cubierta para revisar los planes de viaje.

El viento es fuerte.

Las velas crujen sobre nuestras cabezas.

Y el océano se extiende en todas direcciones como una inmensa superficie azul oscura.

MacKenzie despliega varios mapas sobre una mesa.

—Cuando lleguemos a Brasil reorganizaremos parte del equipo y revisaremos los suministros.

—¿Quién decide esa reorganización? —pregunta Blackwood.

—Yo.

—Qué sorpresa.

MacKenzie ni siquiera levanta la vista.

—¿Algún problema?

—Ninguno. Solo curiosidad profesional.

—Entonces sigue siendo una sorpresa que pregunte.

Finch tose para ocultar una risa.

Blackwood no parece apreciarlo.

—Continuemos —dice MacKenzie.

La reunión avanza durante varios minutos.

Rutas.

Inventarios.

Calendarios.

Todo parece transcurrir con relativa normalidad hasta que Blackwood vuelve a intervenir.

—Sí tengo una pregunta más.

Noto inmediatamente cómo varias personas levantan la vista.

Porque todos perciben el cambio en su tono.

—Adelante.

Blackwood me mira apenas un instante.

Es suficiente.

—¿Cuál será exactamente la función de la señorita Whitmore una vez abandonemos los archivos?

El silencio cae sobre el grupo.

No abruptamente.

Poco a poco.

Como una sombra extendiéndose sobre una habitación.

—Investigación —responde MacKenzie.

—¿Investigación?

—Sí.

—En mitad del Amazonas.

—Correcto.

Blackwood asiente despacio.

—Interesante.

—¿Tiene alguna objeción?

—Ninguna.

Mentira.

La palabra casi puede escucharse flotando sobre la cubierta.

—Simplemente me preguntaba si todos los integrantes fueron seleccionados utilizando exactamente los mismos criterios.

Ahora sí.

Lo ha dicho.

No directamente.

No de forma abierta.

Pero todos entienden lo que implica.

La hija de Arthur Whitmore.

La excepción.

La mujer.

La persona que no debería estar allí.

Durante unos segundos espero una respuesta.

Quizá una corrección.

Quizá una defensa.

Quizá algo.

No llega.

MacKenzie observa a Blackwood unos instantes.

Después vuelve al mapa.

—¿Alguna otra cuestión relacionada con la expedición?

Y seguimos adelante.

Como si nada hubiera ocurrido.

La reunión continúa.

Las conversaciones también.

Pero algo ha cambiado.

Porque Blackwood ha dejado clara su postura.

Y porque nadie ha considerado necesario discutirla.

Aquella noche salgo a cubierta después de cenar.

Necesito aire.

Necesito distancia.

Y necesito dejar de pensar en personas que no merecen ocupar espacio en mi cabeza.

Fracaso en los tres objetivos.

—Whitmore.

Reconozco la voz inmediatamente.

—MacKenzie.

Está apoyado contra la barandilla observando el mar.

Las luces del barco iluminan parcialmente su rostro.

—Parece enfadada.

—Qué capacidad de observación tan extraordinaria.

—Es una de mis muchas virtudes.

—Debe de ser difícil vivir con tantas.

Una sombra de sonrisa aparece brevemente.

Desaparece enseguida.

Por suerte.

—¿Qué ocurre?

Considero varias respuestas.

Ninguna parece adecuada.

—Nada.

—Mentira.

—Empieza a repetirse.

—Porque usted también.

Permanezco en silencio unos segundos.

El viento mueve algunos mechones de mi cabello.

Las olas golpean suavemente el casco.

—Blackwood es un imbécil.

La frase me toma completamente por sorpresa.

Parpadeo.

—Vaya.

—Lo sé.

—Eso ha sido inesperado.

—No se acostumbre.

—Demasiado tarde.

MacKenzie observa el horizonte.

—Pero también es un cartógrafo excelente.

Ahí está.

La explicación.

La justificación.

La parte que faltaba.

—¿Y?

—Y voy a necesitarlo.

—Entiendo.

—¿Sí?

—Prefiere conservar la estabilidad del grupo.

—Prefiero llegar vivos al Amazonas.

—No siempre es lo mismo.

—No.

La respuesta llega sin rodeos.

Sin excusas.

Sin intentar quedar bien.

Y precisamente por eso resulta más difícil discutirla.

Porque tiene sentido.

Aunque no me guste.

Aunque siga enfadada.

Aunque una parte de mí hubiera preferido algo diferente.

—Buenas noches, MacKenzie.

—Buenas noches, Whitmore.

Empiezo a alejarme.

Después continúo caminando sin volver la vista atrás.

Mientras atravieso la cubierta comprendo algo importante.

Hasta ahora el desafío era encontrar una ciudad perdida.

Interpretar documentos.

Resolver enigmas.

Ahora existe otro problema.

Las personas.

Y sospecho que serán mucho más difíciles de descifrar que cualquier mapa.