ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 10
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Capítulo 10

Alistair

Tres días después de abandonar Londres descubro algo importante.

La Real Sociedad Científica ha conseguido reunir a once personas perfectamente capaces de llevarse mal en cualquier continente del planeta.

Y todavía estamos en el Atlántico.

La conclusión no resulta alentadora.

La cena tiene lugar en el comedor principal del barco. El capitán ha cedido una mesa larga para que el equipo de la expedición pueda reunirse por primera vez al completo.

Hasta ahora todos han permanecido dispersos.

Comiendo a distintas horas.

Trabajando por separado.

Observándose desde la distancia.

Lo cual es razonable.

Las personas suelen parecer más inteligentes cuando no hablan.

La realidad empieza a desmontar esa impresión en cuanto nos sentamos.

—Bien —dice Harrington levantando una copa—. Creo que ha llegado el momento de que todos se conozcan adecuadamente.

Algunas expresiones reflejan entusiasmo.

Otras resignación.

Las más inteligentes desconfianza.

Me encuentro entre estas últimas.

Harrington señala hacia mi lado.

—Doctor Alistair MacKenzie. Director de la expedición.

Todos giran la cabeza.

Lo ignoro.

Ya he sobrevivido a suficientes presentaciones públicas.

—Doctor Samuel Reed.

Reed levanta una mano.

Médico.

Viejo amigo.

El único hombre de esta mesa que probablemente siga hablándome cuando todo termine.

—Henry Blackwood.

El cartógrafo sonríe.

Demasiado.

Es joven, elegante y ambicioso. Reconozco inmediatamente el tipo.

No busca descubrimientos.

Busca reconocimiento.

—Arthur Finch.

El botánico parece a punto de atragantarse con su propio entusiasmo.

Probablemente lleva soñando con esta expedición desde hace años.

—Edward Hale.

El cronista asiente mientras toma notas.

Ni siquiera durante la cena deja de escribir.

Empiezo a sospechar que sería capaz de documentar un incendio mientras sigue ardiendo.

—Robert Kane.

El especialista en supervivencia apenas levanta la vista del plato.

Eso me gusta.

Los hombres peligrosos suelen hablar poco.

—Y, por supuesto, la señorita Eleanor Whitmore.

El silencio dura apenas un segundo.

Pero existe.

Y todos lo notan.

Eleanor mantiene la espalda recta.

La barbilla alta.

La expresión tranquila.

Solo alguien que la conozca mínimamente detectaría la tensión escondida detrás de esa calma.

Por suerte para ella, nadie parece conocerla todavía.

—Especialista en la investigación documental relacionada con Arukana —continúa Harrington.

Blackwood arquea una ceja.

—Una descripción muy elegante.

—¿Prefiere otra? —pregunta Eleanor.

—No especialmente.

—Qué alivio.

Algunos esconden sonrisas.

Blackwood no.

Interesante.

—Lo que Henry intenta decir —interviene Pembroke— es que pocos miembros de una expedición científica suelen incorporarse por motivos hereditarios.

Ahí está.

Más rápido de lo esperado.

Eleanor deja los cubiertos sobre la mesa.

—Y yo pensaba que intentaba hablar de cartografía.

Reed baja la cabeza para ocultar una sonrisa.

Finch parece aterrorizado.

Pembroke suspira.

—No pretendía ofenderla.

—Entonces hemos tenido suerte los dos.

La temperatura de la mesa desciende varios grados.

Maravilloso.

Ni siquiera hemos llegado a Brasil.

La cena continúa.

Y con cada minuto resulta más evidente que la expedición está formada por personas que normalmente jamás compartirían una mesa.

Kane cree que los académicos sobreviven demasiado poco.

Los académicos creen que Kane lee demasiado poco.

Blackwood considera que cualquiera que no publique artículos relevantes está desperdiciando oxígeno.

Finch admira a todo el mundo.

Reed parece preguntarse constantemente cómo ha terminado allí.

Y Hale registra cada conversación como si preparara una autopsia social.

—¿Y usted qué espera encontrar? —pregunta Finch a Eleanor.

—La verdad.

—Eso suena muy noble.

—No lo es.

—¿No?

—La verdad suele ser incómoda.

—Ah.

—Y normalmente arruina muchas teorías.

Blackwood sonríe.

—Eso dependerá de la calidad de las teorías.

—O del ego de quien las formula.

Ahora es Reed quien intenta contener la risa.

Empiezo a comprender que Eleanor no tiene ningún interés en facilitarse la vida.

Lo cual explica bastantes cosas.

La velada termina dos horas después.

Algunos se retiran a sus camarotes.

Otros permanecen en cubierta.

Yo necesito aire.

Y silencio.

Principalmente silencio.

Encuentro ambas cosas junto a la proa.

El océano se extiende oscuro en todas direcciones.

No hay tierra.

No hay ciudades.

No hay nada.

Siempre me ha gustado esa sensación.

El mundo reducido a agua y horizonte.

—Escapando.

La voz aparece detrás de mí.

Naturalmente.

Whitmore.

—Meditando.

—Mentira.

—¿Cómo puede estar tan segura?

—Porque tiene cara de estar evaluando a todo el mundo.

—Eso también podría ser meditación.

—No para una persona sana.

Apoyo los antebrazos sobre la barandilla.

—¿Y usted?

—Estoy comprobando si alguno de nuestros compañeros intenta arrojar a otro por la borda.

—¿Y sus conclusiones?

—Démosles dos semanas.

No puedo evitar una pequeña sonrisa.

La escondo rápidamente.

—Blackwood va a darle problemas.

—Lo sé.

—Pembroke también.

—Lo sé.

—Entonces parece sorprendentemente tranquila.

Ella observa el océano.

Durante unos segundos no responde.

Cuando lo hace, su voz suena más seria.

—Llevo toda mi vida escuchando las mismas objeciones.

—Eso no las vuelve agradables.

—No.

—Ni justas.

Eleanor gira la cabeza.

Me observa como si intentara averiguar si hablo en serio.

Resulta ligeramente ofensivo.

—No estoy pidiendo compasión, MacKenzie.

—Qué alivio.

—¿Por qué?

—Porque no sabría qué hacer con ella.

Por primera vez parece estar de acuerdo conmigo.

Y eso resulta preocupante.

Porque las pocas veces que coincidimos en algo, la conversación mejora.

Y no debería.

Somos dos personas intentando demostrar que el otro se equivoca.

Así es mucho más sencillo.

—Le advierto una cosa —dice finalmente.

—Adelante.

—No pienso marcharme.

—Nunca pensé que lo haría.

—Blackwood sí.

—Blackwood piensa muchas cosas.

—¿Y usted?

La pregunta llega demasiado rápido.

Demasiado directa.

La respuesta correcta sería sencilla.

La respuesta diplomática también.

Sin embargo digo la verdad.

—Creo que es obstinada.

—Eso no es un cumplido.

—No pretendía serlo.

—Lo imaginaba.

—Y también creo que esta expedición será mucho más complicada por su culpa.

Ella cruza los brazos.

—Qué encantador.

—Todavía no he terminado.

—Mala señal.

Miro el océano.

Después vuelvo a mirarla.

—Pero si alguien encuentra algo que los demás han pasado por alto, probablemente será usted.

El silencio que sigue dura unos segundos.

No porque sea romántico.

Porque ninguno sabe muy bien qué hacer con una observación sincera.

Finalmente Eleanor resopla.

—Sigue siendo insoportable.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo imaginaba.

Regresa hacia el interior del barco sin despedirse.

La observo alejarse.

Y vuelvo a concentrarme en el océano.

Porque pensar en Eleanor Whitmore resulta innecesario.

Es inteligente.

Obstinada.

Competitiva.

Y tiene una habilidad extraordinaria para convertir cualquier conversación en una discusión.

Exactamente el tipo de persona que vuelve una expedición más difícil.

Exactamente el tipo de persona que uno no debería llevar consigo al Amazonas.

Lo cual explica perfectamente por qué sigo pensando en la discusión de la ruta.

No en ella.

Definitivamente no en ella.