ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 9
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Capítulo 9

Eleanor

La carta llega un jueves por la mañana.

No aparece acompañada de fanfarrias, sellos extraordinarios ni mensajeros de aspecto heroico. La trae un empleado de la Real Sociedad Científica que parece demasiado joven para estar tan agotado.

La encuentro entre la correspondencia habitual mientras desayuno con mi tía Margaret.

O, más exactamente, mientras finjo desayunar.

—Si sigues removiendo el té sin beberlo, terminarás perforando la taza —dice ella.

—Estoy pensando.

—Llevas una semana utilizando esa excusa.

—Porque sigue siendo cierta.

Mi tía deja el periódico sobre la mesa y me observa con expresión escéptica.

—Eso es discutible.

Rompo el sello, desdoblo el documento y empiezo a leer. Antes de llegar al final noto cómo mi corazón acelera ligeramente.

—Oh.

Margaret cierra los ojos con resignación.

—No me gusta ese tono.

—A mí sí.

—Entonces definitivamente no me gusta.

Le entrego la carta. La lee una vez, después una segunda, y finalmente deja escapar un largo suspiro.

—Lo han aprobado.

No es una pregunta.

—Sí.

—Dios mío.

No sé exactamente qué esperaba sentir en ese momento. Tal vez triunfo, euforia o satisfacción. Sin embargo, lo que llega primero es algo mucho más sencillo: alivio.

Durante semanas he luchado para que me escuchen. He defendido documentos, teorías, mapas e hipótesis y, sobre todo, mi derecho a participar.

Ahora existe una respuesta oficial.

La expedición preliminar ha sido aprobada.

La Real Sociedad Científica financiará una misión de reconocimiento al Amazonas para investigar las pistas relacionadas con Arukana.

Y mi nombre figura entre los integrantes.

Vuelvo a leer esa línea varias veces, como si pudiera desaparecer en cualquier momento.

—Lo has conseguido —dice Margaret con suavidad.

La observo y, durante un instante, vuelvo a sentirme como una niña enseñándole una libreta llena de descubrimientos imaginarios.

—Todavía no.

—No seas ridícula.

—Aún no hemos encontrado nada.

—Pero te han elegido.

Sonrío apenas.

Porque tiene razón y porque llevo tanto tiempo esperando ese momento que casi había olvidado cómo imaginarlo.

La alegría dura exactamente hasta que llego a la sede de la Sociedad.

Allí descubro que las victorias académicas suelen venir acompañadas de enemigos adicionales.

El vestíbulo principal está lleno de actividad. Secretarios, investigadores, mensajeros y académicos se cruzan en todas direcciones. La noticia ya se ha extendido y algunas reacciones resultan tan previsibles como desagradables.

—Ahí está.

La voz surge desde un grupo cercano.

No necesito volverme para saber que hablan de mí.

—¿Es cierto entonces?

—Parece que sí.

—Increíble.

—Yo habría utilizado otra palabra.

Continúo caminando sin alterar el ritmo. He aprendido hace años que algunas personas consideran cualquier reacción una invitación, y no pienso concedérsela.

—Whitmore.

Esta vez sí me detengo.

El profesor Pembroke se acerca con una expresión que indica claramente que preferiría estar en cualquier otro lugar. Yo comparto el sentimiento.

—Profesor.

—Veo que ya ha recibido la noticia.

—Es difícil no hacerlo.

Él asiente y durante unos segundos parece buscar las palabras adecuadas, lo cual nunca es buena señal.

—Espero sinceramente que comprenda la responsabilidad que implica esta decisión.

—La comprendo.

—La expedición será difícil.

—Lo imagino.

—Peligrosa.

—También.

—Y exigirá mucho más que conocimientos teóricos.

Ahí está.

La crítica disfrazada de preocupación.

Casi admirable.

—Qué suerte entonces que no viaje únicamente por mis conocimientos teóricos.

Pembroke suspira.

—No pretendía discutir.

—Entonces ambos estamos teniendo una mañana excelente.

Lo dejo atrás antes de que encuentre una nueva objeción.

No tarda en llegar la siguiente.

La reunión preparatoria tiene lugar aquella misma tarde.

Por primera vez veo reunidos a varios de los hombres que participarán en la expedición.

Algunos ya los conozco de nombre; otros no. Todos parecen observarme con distintos grados de curiosidad.

Un hombre rubio y elegante conversa junto a una ventana. Más tarde descubriré que se trata de Henry Blackwood, cartógrafo. Tiene el aspecto de alguien que disfruta escuchando su propia voz.

Otro joven de cabello oscuro examina varios especímenes vegetales incluso antes de partir. Arthur Finch, botánico, entusiasta y nervioso, parece perfectamente capaz de emocionarse con una hoja durante media hora.

Junto a una mesa lateral, un médico conversa con Harrington. Samuel Reed transmite una calma que inspira confianza de inmediato, y eso ya lo convierte en una rareza.

Tomo asiento e intento ignorar las miradas. No siempre lo consigo.

—Bien —anuncia Harrington cuando todos ocupan sus lugares—. Creo que ha llegado el momento de discutir la composición definitiva de la expedición.

Varias cabezas asienten.

—El doctor Alistair MacKenzie dirigirá la misión.

Nadie parece sorprendido.

Yo tampoco.

Sería como anunciar que el océano contiene agua.

—La financiación inicial ha sido aprobada. Los suministros comenzarán a cargarse mañana y partiremos en tres días.

La información continúa fluyendo: rutas, presupuestos, objetivos y cronogramas.

Mientras escucho, empiezo a comprender algo.

Esto ya no es una hipótesis, ni un proyecto, ni una discusión académica.

Está ocurriendo de verdad.

—Por último —continúa Harrington—, quiero dejar clara una cuestión.

El silencio se instala en la sala.

—Todos los miembros de esta expedición han sido seleccionados por su utilidad para la misión.

Varias personas asienten.

Otras intercambian miradas.

—Eso incluye a la señorita Whitmore.

Ahora sí aparece la tensión.

Todos saben exactamente por qué lo ha dicho.

Todos saben exactamente a quién responde.

Blackwood oculta una sonrisa, Pembroke mira hacia otro lado y yo permanezco inmóvil.

—No toleraré disputas relacionadas con este asunto.

El mensaje es claro.

También inútil.

Las personas rara vez abandonan sus prejuicios porque alguien se los ordene.

Dos días después llego a los muelles de Londres.

Por primera vez veo la expedición completa reunida.

Marineros, baúles, cajas, instrumentos científicos, equipos de navegación y montañas de provisiones se mezclan en un caos cuidadosamente organizado.

El barco espera junto al embarcadero.

Más allá se extiende el Támesis.

Y después el océano.

Mi océano.

Mi aventura.

Mi problema.

Dependiendo del momento del día.

—Parece que realmente vamos a hacerlo.

Me vuelvo.

Samuel Reed está a pocos pasos.

—Eso parece.

—¿Nerviosa?

—No.

—Miente peor que la mayoría de mis pacientes.

—Eso es ofensivo.

—Soy médico. Forma parte de mi formación.

Sonrío.

Por primera vez en toda la mañana.

—¿Y usted?

—Estoy absolutamente aterrado.

—Al menos es sincero.

—Siempre que puedo.

La conversación termina cuando una voz conocida atraviesa el muelle.

—Whitmore.

Me giro.

Alistair MacKenzie avanza entre cajas y marineros con una lista en la mano. Parece exactamente igual que siempre: seguro, controlado e irritantemente competente.

—MacKenzie.

—Llegará un día en que responda utilizando algo parecido a un saludo normal.

—No debería confiar demasiado en esa posibilidad.

—Lo imaginaba.

Sus ojos se desplazan hacia el barco, después hacia el equipo y finalmente hacia mí.

—¿Lista?

La pregunta parece sencilla, pero no lo es.

Detrás de ella hay meses de trabajo, años de sueños y toda una vida intentando demostrar algo.

Observo el barco, el río y el horizonte antes de asentir.

—Sí.

Por primera vez no tengo que fingir seguridad.

La siento de verdad.

Londres empieza a quedarse atrás y la expedición ya existe. Los mapas terminan donde comienza el mundo real y, desde que encontré el cuaderno oculto de mi padre, nunca había tenido tan clara la sensación de avanzar hacia las respuestas en lugar de perseguirlas desde lejos.

Lo que todavía no sé es que algunas de las personas reunidas en aquel muelle cambiarán mi vida.

Y que otras harán todo lo posible por complicarla.