ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 8
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Capítulo 8

Alistair

Cometo el error de pensar que, después de la reunión con el comité, tendré unos días de tranquilidad.

La vida se encarga de demostrarme enseguida que sigue sin apreciar mi optimismo.

Tres mañanas después, una carta de la Real Sociedad Científica aparece sobre mi escritorio junto al desayuno. No la abre la señora McGregor ni la deja discretamente sobre una bandeja; la deposita frente a mí con la expresión de quien entrega una sentencia judicial.

—¿Qué he hecho ahora?

—Todavía nada.

—Eso suena amenazador.

—Llevo muchos años preparándome para cuando vuelva a hacer algo imprudente.

Miro el sobre.

—Qué reconfortante.

—Procuro aportar estabilidad a esta casa.

Rompo el sello y empiezo a leer. Antes de terminar ya sé que mi jornada ha empeorado considerablemente.

—Oh, no.

La señora McGregor se cruza de brazos.

—Esa tampoco es una frase tranquilizadora.

—Tienen que estar bromeando.

—¿Quiénes?

—La Sociedad.

—Eso sí sería una novedad.

Continúo leyendo y después repaso el documento una segunda vez, por si acaso. No mejora.

—¿Qué ocurre?

—Quieren que dirija una expedición preliminar.

—Pensaba que eso te haría feliz.

—Depende.

—¿De qué?

Le entrego la carta.

La mujer lee unos segundos.

—No entiendo la mitad de estas palabras.

—La parte importante está al final.

Sus ojos descienden por la página y, cuando llegan al final, sonríe.

La traidora.

—Oh.

—Exactamente.

—La señorita Whitmore formará parte del equipo.

—Exactamente.

—Empiezo a entender el problema.

—No es un problema.

—Claro.

—Es una complicación.

—Muchísimo mejor.

Intento ignorarla.

Con escaso éxito.

Aquella misma tarde me encuentro sentado frente a Harrington.

No porque quiera, sino porque alguien debe impedir que la Real Sociedad organice un desastre burocrático antes incluso de abandonar Londres.

—No puede hablar en serio.

Harrington ni siquiera pestañea.

—Hablo completamente en serio.

—La expedición aún no está aprobada oficialmente.

—No.

—No tenemos financiación completa.

—Todavía.

—No hemos determinado una ruta.

—Se determinará.

—No conocemos los riesgos.

—Precisamente por eso enviamos exploradores.

Lo observo durante varios segundos. Empiezo a sospechar que la edad convierte a algunos hombres en criaturas prácticamente imposibles de intimidar.

—Ha sido idea suya.

—¿La expedición?

—La señorita Whitmore.

—No.

—No le creo.

—Eso es asunto suyo.

Apoyo ambas manos sobre el escritorio.

—La mitad de los miembros de la Sociedad creen que la presencia de una mujer será un problema.

—Lo sé.

—La otra mitad cree que es una locura.

—También lo sé.

—Y aun así la incluyen.

Harrington me estudia y, por primera vez, parece sinceramente divertido.

—¿Está intentando convencerme de que la excluyamos?

—No.

—Entonces no entiendo la discusión.

Yo tampoco.

Y ése es precisamente el problema.

Porque llevo varios días intentando convencerme de que la presencia de Eleanor Whitmore complicará innecesariamente una posible expedición. Sin embargo, cada vez que analizo el asunto llego a la misma conclusión: sería absurdo dejarla atrás.

Conoce los documentos, comprende las conexiones y ha detectado errores que otros pasaron por alto. Y, lo más irritante de todo, es plenamente consciente de ello.

—Simplemente quiero asegurarme de que todos comprenden las dificultades.

—Las comprendemos.

—¿De verdad?

—Más o menos.

—Eso es preocupante.

—La exploración siempre lo es.

No puedo discutir esa lógica, principalmente porque llevo años utilizándola.

Dos días después recibo una invitación inesperada.

La señorita Eleanor Whitmore desea reunirse conmigo para discutir ciertos aspectos relacionados con los documentos de Arthur Whitmore.

La frase parece cuidadosamente redactada para ocultar cualquier posibilidad de conflicto, lo que me hace sospechar inmediatamente.

Acepto.

Naturalmente.

No porque sienta curiosidad, sino porque soy idiota.

La reunión tiene lugar en la biblioteca de la Sociedad, una sala amplia, silenciosa y excesivamente convencida de su propia importancia.

Llego unos minutos antes.

Ella ya está allí.

Rodeada de mapas, otra vez.

Empiezo a pensar que la señorita Whitmore se reproduce espontáneamente cada vez que alguien despliega un documento antiguo.

—Doctor MacKenzie.

—Señorita Whitmore.

—Gracias por venir.

—La carta sugería que era importante.

—Lo es.

Tomo asiento frente a ella.

—¿Qué ocurre?

Eleanor desliza varios papeles sobre la mesa.

—He encontrado algo.

—Esa frase suele terminar mal.

—Para usted quizá.

—Para todos.

Ella ignora el comentario, probablemente porque ya tiene experiencia haciéndolo.

—Observe estas referencias.

Miro los documentos.

Fechas, ubicaciones y nombres.

Reconozco parte del material.

—Ya hemos visto esto.

—No exactamente.

—¿No?

—Lea los márgenes.

Frunzo el ceño y entonces descubro las anotaciones.

Son pequeñas, discretas y fáciles de pasar por alto.

Pero están ahí.

Me inclino más cerca.

—¿Qué demonios es esto?

—Esa fue también mi reacción.

Vuelvo a leer y después una tercera vez.

Las notas parecen haber sido añadidas años después de los textos originales. No por Arthur Whitmore, sino por otra persona.

—¿Está segura?

—Comparé la letra.

—¿Y?

—No coincide.

—Interesante.

Ella asiente.

—Mucho.

Paso varias páginas.

Las anotaciones aparecen una y otra vez: correcciones, comentarios y observaciones. Algunas contradicen directamente los textos principales.

—¿Quién las escribió?

—No lo sé.

—Magnífica respuesta.

—Estoy llena de ellas.

No puedo evitar sonreír.

Ella tampoco.

Y durante un instante resulta extraño recordar que se supone que somos rivales.

—¿Qué le preocupa exactamente? —pregunto.

Eleanor guarda silencio unos segundos antes de señalar una frase concreta.

—Esto.

Leo.

Y noto cómo mi interés aumenta de inmediato.

"La entrada descrita por Whitmore ya no es segura."

Miro la página y luego a ella.

—¿Entrada?

—Exactamente.

—Eso implica conocimiento directo.

—Exactamente.

—Y si alguien conocía la ubicación...

—Entonces la historia cambia.

La observo.

Sus ojos brillan con esa intensidad que aparece cada vez que encuentra una pieza nueva del rompecabezas. La conozco lo suficiente para reconocerla, lo cual resulta preocupante porque apenas llevamos unas semanas tratando.

—¿Ha mostrado esto a alguien más?

—No.

—¿Por qué?

—Porque primero quería saber qué pensaba usted.

La respuesta me sorprende.

No porque me halague, sino porque parece sincera.

—¿Y por qué iba a importarle mi opinión?

—Porque usted no intenta impresionarme.

—Qué romántico.

—Y porque es lo bastante inteligente para detectar errores.

—Mucho mejor.

La comisura de su boca se mueve. No llega a ser una sonrisa completa, pero se acerca lo suficiente.

Y descubro que esa cercanía resulta peligrosamente agradable.

Decido concentrarme en los documentos.

Es más seguro.

—Supongamos que tiene razón.

—La tengo.

—Por supuesto.

—Gracias.

—Supongamos que la tiene.

—Adelante.

—Eso significaría que alguien continuó investigando después de su padre.

—Sí.

—Y que esa persona conocía detalles que no aparecen en los documentos oficiales.

—Sí.

—¿Qué ocurrió con ella?

Eleanor apoya los dedos sobre la mesa.

—Ésa es la pregunta correcta.

Nos quedamos en silencio.

No es un silencio incómodo, sino reflexivo.

La biblioteca permanece casi vacía y el sonido distante de páginas pasando y pasos amortiguados apenas alcanza nuestra mesa.

Por primera vez desde que comenzó todo esto, siento algo distinto a la simple curiosidad científica. Tengo la sensación de que estamos acercándonos a una historia mucho más grande de lo que imaginábamos.

Y sospecho que ella siente exactamente lo mismo.

—Doctor MacKenzie.

—¿Sí?

—Si finalmente organizan la expedición...

Ahí está.

La pregunta que ambos llevamos evitando durante días.

—¿Sí?

—¿Aceptará dirigirla?

La miro.

Ella sostiene mi mirada sin vacilar, sin desafío ni ironía.

Solo interés genuino.

Y eso la vuelve mucho más difícil de manejar.

—Probablemente.

—Entiendo.

—¿Y usted?

—¿Qué pasa conmigo?

—¿Aceptará venir?

La respuesta llega tan rápido que ni siquiera necesita pensarlo.

—Sí.

—Aunque sea peligroso.

—Especialmente si es peligroso.

—Eso no es tranquilizador.

—No pretendía serlo.

Vuelvo a sonreír, contra mi voluntad.

Empiezo a detectar un patrón preocupante.

—Va a ser una pesadilla.

—¿La expedición?

—Usted.

—Qué detalle tan encantador.

—Intento ser sincero.

—Yo también.

—Entonces estamos condenados.

La risa que compartimos dura apenas unos segundos.

Pero cuando desaparece, algo ha cambiado.

No mucho.

Una grieta minúscula.

Una modificación casi invisible.

Seguimos discutiendo, seguimos desconfiando y seguimos evaluándonos constantemente. Sin embargo, por primera vez tengo la impresión de que ambos esperamos llegar al mismo destino.

Y esa posibilidad resulta bastante más interesante que cualquier mapa desplegado sobre la mesa.