Capítulo 7
Eleanor
Mi tía Margaret sostiene la carta entre dos dedos como si fuera un insecto especialmente desagradable.
—Dime que no vas a hacerlo.
—Voy a hacerlo.
—Eleanor.
—Tía.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Margaret deja la carta sobre la mesa del desayuno y se lleva una mano a la frente. La escena le resulta familiar. A mí también. Llevo veintiocho años siendo una decepción razonablemente constante para sus expectativas de prudencia.
La diferencia es que esta vez la prudencia cuesta demasiado.
—Ni siquiera has terminado de revisar todos los documentos de tu padre.
—Precisamente por eso.
—No entiendo esa lógica.
—Porque si espero a tener todas las respuestas, nunca saldré de Londres.
Mi tía me observa durante varios segundos mientras el reloj del comedor marca las nueve de la mañana. Sobre la mesa se enfría una tetera y la lluvia vuelve a golpear los cristales con insistencia. Empiezo a sospechar que el clima británico mantiene un acuerdo exclusivo con la melancolía.
—Explícamelo otra vez —dice finalmente.
—Ya lo he hecho.
—Hazlo como si yo fuera una persona inteligente.
—Eso reduce enormemente mis opciones de explicación.
Margaret me lanza una servilleta.
La esquivo.
—Muy maduro.
—Gracias.
Suspira y vuelve a mirarme.
—Eleanor.
Esta vez percibo cansancio en su voz más que enfado o desaprobación. Ese matiz basta para que suavice el tono.
—La Sociedad no va a seguir financiando investigaciones indefinidamente.
—Todavía no han rechazado nada.
—Todavía.
Me levanto y camino hasta la ventana.
Las calles de Kensington empiezan a llenarse de carruajes y peatones. La ciudad se mueve con esa seguridad arrogante de quien cree comprender el mundo porque ha dibujado suficientes mapas.
Lo curioso es que cuanto más estudio los documentos de mi padre, más convencida estoy de lo contrario.
—Si quiero que continúen investigando —digo— necesito algo más.
—¿Algo más?
—Pruebas.
—¿Y dónde piensas encontrarlas?
Me vuelvo hacia ella.
—Sobre el terreno.
Margaret cierra los ojos con resignación.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La parte que detesto.
—¿Qué parte?
—La que te convierte exactamente en tu padre.
No respondo enseguida, porque quizá tenga razón y porque una parte de mí teme que la tenga.
Dos horas después entro en la Real Sociedad Científica con una carpeta bajo el brazo y una idea que probablemente provoque varios infartos académicos.
Nadie parece especialmente feliz de verme, lo cual siempre consigue animarme.
La secretaria principal levanta la vista cuando me acerco.
—Señorita Whitmore.
—Buenos días.
—¿Tiene cita?
—No.
—Entonces...
—Necesito hablar con el comité.
La mujer parpadea.
—¿Ahora mismo?
—Preferiblemente antes de que alguien tenga tiempo de inventar una excusa.
No parece impresionada por el argumento.
Lástima.
—El comité está reunido.
—Perfecto.
—Precisamente por eso no puede interrumpir.
—¿Cuántos hombres hay dentro?
—¿Perdón?
—Es una pregunta sencilla.
—Siete.
—Entonces apenas notarán uno más.
La secretaria me observa como si intentara decidir si llamar a seguridad.
Finalmente suspira.
—Espere aquí.
Desaparece por un pasillo y regresa cinco minutos después con una expresión que indica claramente que no aprueba nada de lo que está ocurriendo.
—Le concederán diez minutos.
—Generosos.
—No lo serán cuando termine.
La reunión ocupa una sala más pequeña que la utilizada la semana anterior.
Harrington está presente, como era de esperar. También Pembroke y varios miembros más del comité.
Alistair MacKenzie ocupa una silla junto a una ventana. Levanta la vista cuando entro y, durante una fracción de segundo, parece intrigado. Después recupera esa expresión irritantemente tranquila que parece llevar de serie.
—Señorita Whitmore —dice Harrington—. Entiendo que esto es urgente.
—Depende de cuánto les interese descubrir algo.
Eso no mejora el ambiente.
Tomo asiento igualmente. Si alguien pretende expulsarme, tendrá que esforzarse.
—¿Qué ocurre? —pregunta Harrington.
Deposito la carpeta sobre la mesa.
—Quiero formar parte de la expedición.
El silencio llega de inmediato.
No es sorpresa.
Es horror.
Y existe una diferencia importante entre ambas cosas.
Pembroke es el primero en reaccionar.
—¿Qué expedición?
—La que todos saben que terminarán organizando.
—No se ha aprobado ninguna expedición.
—Todavía.
—Señorita Whitmore...
—Profesor, llevamos semanas analizando documentos. Si las conclusiones siguen apuntando en la misma dirección, alguien propondrá viajar al Amazonas.
—Eso es especulativo.
—No tanto como cree.
Harrington junta las manos.
—Supongamos que llegamos a ese punto.
—Llegarán.
—Supongamos que lo hacemos.
—Perfecto.
—¿Por qué debería participar usted?
La pregunta llega acompañada de varias miradas satisfechas, como si finalmente hubieran encontrado terreno firme.
Sonrío.
Han cometido un error.
Porque esa es precisamente la pregunta para la que llevo preparándome toda la semana.
—Porque conozco los documentos mejor que nadie.
—Podemos estudiar los documentos.
—No como yo.
—Eso está por demostrar.
—Pruébenlo.
Pembroke resopla.
—La exploración no consiste únicamente en leer mapas.
—Lo sé.
—La selva amazónica no es una biblioteca.
—También lo sé.
—Es peligrosa.
—¿Y?
—Es una mujer.
La frase cae sobre la mesa sin adornos, sin vergüenza y sin siquiera la cortesía de disfrazarse.
Durante unos segundos nadie habla.
Ni siquiera yo.
Porque una parte de mí sigue sorprendiéndose cuando alguien decide decir en voz alta lo que los demás suelen esconder detrás de frases educadas.
—Interesante argumento —digo finalmente.
—Es un hecho.
—No. Es una característica biológica.
—El resultado es el mismo.
—No para mí.
—Señorita Whitmore...
—Profesor Pembroke, ¿cree sinceramente que mis conocimientos desaparecen porque llevo falda?
Algunos apartan la vista.
Otros no.
MacKenzie continúa observando en silencio.
—Está simplificando mis palabras.
—No. Las estoy traduciendo.
Pembroke enrojece.
—La expedición requerirá resistencia física.
—Entonces evaluemos mi resistencia física.
—También requerirá experiencia.
—Llevo diez años trabajando con material de campo.
—Desde un despacho.
—Con datos recogidos por exploradores.
—Exactamente.
—Incluido mi padre.
—Sí.
—Cuyas investigaciones estamos utilizando ahora mismo.
Pembroke abre la boca y vuelve a cerrarla.
Eso me proporciona una satisfacción poco elegante, pero muy sincera.
Harrington interviene antes de que la discusión continúe escalando.
—Dejemos a un lado las emociones.
Siempre dicen eso justo después de provocarlas.
—Magnífica idea —respondo.
—Necesitamos criterios objetivos.
—Perfecto.
—La expedición debe estar dirigida por alguien con experiencia demostrada.
—De acuerdo.
—Alguien capaz de tomar decisiones sobre el terreno.
—Por supuesto.
—Alguien preparado para liderar hombres.
—También.
Harrington parece satisfecho, como si estuviera construyendo cuidadosamente una trampa.
—Entonces comprenderá que su candidatura presenta dificultades.
—No he solicitado dirigir la expedición.
La frase lo descoloca.
A él y a varios más.
—¿No?
—No.
—Entonces, ¿qué está pidiendo exactamente?
—Un puesto.
El silencio regresa, aunque esta vez adopta una forma distinta.
Más incómoda.
Porque ahora no pueden ocultarse detrás de argumentos imposibles.
—¿Como científica? —pregunta uno de los académicos.
—¿Conoce otra razón por la que estaría aquí?
—Eso sería muy poco habitual.
—También lo era que una mujer presentara investigaciones ante esta Sociedad. Sin embargo, lograron sobrevivir.
Alguien intenta ocultar una sonrisa.
Creo que es MacKenzie.
No estoy completamente segura.
Y me niego a comprobarlo.
—La decisión no depende solo de nosotros —dice Harrington.
—Lo sé.
—El director de la expedición tendría mucho que decir.
—Por supuesto.
—Y aún no existe ninguna expedición.
—Seguimos fingiendo eso. Entendido.
Varios hombres intercambian miradas porque todos saben que tengo razón y porque detestan que la tenga.
Entonces ocurre algo inesperado.
—Yo la aceptaría.
La voz de Alistair MacKenzie atraviesa la sala.
Todos se vuelven hacia él.
Yo también.
Por primera vez desde que comenzó la reunión parece realmente interesado.
No divertido ni curioso.
Interesado.
—¿Disculpe? —pregunta Harrington.
—He dicho que la aceptaría.
—¿Como miembro de la expedición?
—Sí.
El silencio posterior resulta casi cómico.
—¿Habla en serio? —pregunta Pembroke.
—Siempre intento hacerlo.
—Pero...
—La señorita Whitmore conoce estos documentos mejor que cualquiera de nosotros.
—Eso no significa...
—Y si existe alguna posibilidad de que las conclusiones sean correctas, sería absurdo dejarla atrás.
Nadie responde inmediatamente.
Porque el argumento es sólido.
Y porque procede de la única persona de la sala cuya reputación rivaliza con la de toda la Sociedad junta.
MacKenzie se encoge ligeramente de hombros.
—Además.
—¿Además? —pregunta Harrington.
—Si resulta tan insoportable durante una expedición como durante una discusión académica, siempre podremos abandonarla en mitad de la selva.
Varias carcajadas estallan alrededor de la mesa.
Yo lo fulmino con la mirada.
Él parece disfrutarlo bastante.
—Qué considerado por su parte.
—Intento pensar en todas las posibilidades.
—Admirable.
—Gracias.
Por un instante la tensión desaparece y la sala vuelve a respirar con cierta normalidad.
Harrington se masajea las sienes.
—Tomaremos una decisión cuando llegue el momento.
—Por supuesto —respondo.
—Mientras tanto, continúe con sus investigaciones.
—Pensaba hacerlo igualmente.
—Lo imaginaba.
Me levanto, recojo la carpeta y me dispongo a marcharme. Sin embargo, la voz de MacKenzie vuelve a detenerme.
—Señorita Whitmore.
Me giro.
—¿Sí?
—La próxima vez que declare la guerra a media Sociedad, avíseme antes.
—¿Por qué?
—Para sentarme más lejos de la línea de fuego.
Las risas regresan.
Incluso las mías intentan escapar.
No las dejo.
Por principios.
—Tomaré nota, doctor MacKenzie.
Abandono la sala con la espalda recta y la cabeza alta.
Cuando la puerta se cierra a mi espalda, todavía puedo escuchar el murmullo de las conversaciones retomándose.
No he conseguido una plaza.
Todavía.
No he ganado.
Todavía.
Pero por primera vez desde el funeral de mi padre, la posibilidad parece real.
Mientras atravieso el pasillo principal de la Sociedad, una idea empieza a instalarse lentamente en mi mente.
Alistair MacKenzie sigue siendo arrogante, exasperante y demasiado aficionado a llevarme la contraria.
Pero quizá, solo quizá, sea el primer hombre en ese edificio que ha evaluado mis argumentos antes de decidir qué opina de mí.
Y eso, por extraño que resulte, me preocupa bastante más de lo que debería.