Capítulo 6
Alistair
Hay personas que desaparecen de tu mente en cuanto abandonan una habitación.
Otras permanecen durante unas horas, como el eco de una conversación interesante.
Y luego están las excepciones, aquellas que siguen apareciendo cuando intentas concentrarte en asuntos completamente distintos.
Descubro que Eleanor Whitmore pertenece a esa última categoría cuando, dos días después de la reunión de la Real Sociedad Científica, me encuentro observando un mapa de Borneo sin ser capaz de recordar qué estaba buscando exactamente.
La situación resulta irritante.
No por ella, sino por mí.
Siempre he considerado que distraerse con personas es una pérdida de tiempo bastante evitable.
—Estás mirando ese mapa desde hace diez minutos.
Levanto la vista.
Duncan Fraser ocupa uno de los sillones de mi despacho con la misma naturalidad de quien cree ser copropietario del edificio.
—Cinco.
—Diez.
—Cinco.
—Nueve.
—No pienso negociar.
—Entonces eran diez.
Mi amigo deja una taza sobre la mesa.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Respuesta sospechosa.
—No todo es sospechoso.
—En tu caso, sí.
Me recuesto en la silla.
—Estoy trabajando.
—Mentira.
—¿Perdón?
—Llevo observándote varios minutos y no has pasado una sola página.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que estás pensando.
—Pienso constantemente.
—No de esta manera.
Detesto cuando tiene razón, sobre todo porque ocurre con una frecuencia alarmante.
Duncan toma uno de los periódicos apilados junto al escritorio.
—¿Tiene algo que ver con la señorita Whitmore?
—No.
—Interesante.
—¿Por qué?
—Porque no he mencionado su nombre completo.
Le lanzo una mirada.
Él responde con una sonrisa insoportablemente satisfecha.
—No empieces.
—Ya he empezado.
—No voy a hablar de ella.
—Perfecto.
—Perfecto.
El silencio dura apenas unos segundos.
—Así que es ella.
—Maldita sea, Duncan.
La carcajada de mi amigo resuena por toda la habitación.
—No te preocupes. Es completamente evidente.
—No es evidente nada.
—Alistair, llevas años regresando de expediciones, soportando conferencias, académicos y aristócratas sin prestar atención a nadie. Ahora pasas los días revisando documentos de Whitmore como si escondieran la solución a todos los misterios del universo.
—Los documentos son interesantes.
—Claro.
—Lo son.
—Por supuesto.
—Duncan.
—Solo digo que la última vez que pareciste tan concentrado fue cuando intentabas demostrar que un geólogo francés había confundido una montaña con otra.
—Se había equivocado.
—Lo sé. Le escribiste treinta y dos páginas explicándoselo.
—Treinta.
—Eso cambia completamente la historia.
Me masajeo el puente de la nariz.
—La señorita Whitmore no tiene nada que ver con esto.
—Entonces hablemos de los documentos.
—Perfecto.
—¿Qué has encontrado?
Eso sí consigue captar mi atención.
Abro uno de los cuadernos y se lo entrego.
Duncan empieza a leer.
—¿Y bien?
—Parece trabajo serio.
—Lo es.
—¿Y?
—Whitmore registró información durante décadas.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Lo hizo de forma sistemática.
Me levanto y comienzo a caminar por la habitación.
Cuando una idea me ronda demasiado tiempo necesito moverme; es un hábito que adquirí en África y que nunca desapareció.
—Hay errores menores.
—Normal.
—Hipótesis discutibles.
—También normal.
—Pero no encuentro nada que justifique el desprecio con el que muchos hablan del asunto.
Duncan cierra el cuaderno.
—¿Crees que existe esa ciudad?
—No lo sé.
—Vuelves a decir eso.
—Porque sigue siendo verdad.
Me detengo junto a la ventana.
La lluvia golpea los cristales con insistencia y Londres parece decidido a ahogarse lentamente.
—Lo que sí sé es que Whitmore creía en ello.
—Eso tampoco demuestra nada.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué te preocupa?
Permanezco callado unos segundos antes de responder.
—Que empiezo a creer que encontró algo.
Aquella misma tarde regreso a la Sociedad.
No me han convocado ni existe ninguna reunión programada.
Simplemente quiero volver a examinar ciertos documentos.
Esa es la explicación oficial.
La verdadera resulta un poco más incómoda.
Quiero revisar los documentos, sí, pero también comprobar si Eleanor Whitmore ha llegado a las mismas conclusiones que yo.
La diferencia es importante.
Al menos para mi orgullo.
Los archivos están casi vacíos.
Un archivero somnoliento me reconoce y me permite entrar sin demasiadas preguntas.
Avanzo entre estanterías, mesas y montañas de papel hasta localizar el espacio donde trabajamos durante la reunión.
Y allí está.
Sentada junto a una ventana, rodeada por mapas y con varios cuadernos abiertos.
Está tan concentrada que tarda varios segundos en advertir mi presencia.
Cuando finalmente levanta la vista, parece más sorprendida que complacida.
Curiosamente, eso me agrada.
—Doctor MacKenzie.
—Señorita Whitmore.
—No esperaba verlo aquí.
—Podría decir lo mismo.
Ella mira los documentos dispersos sobre la mesa.
—Yo tengo una excusa razonable.
—¿Cuál?
—Estoy investigando mi propio material.
—Muy conveniente.
—Gracias.
Tomo asiento frente a ella.
La mesa está cubierta de notas.
Reconozco parte de la letra de Arthur Whitmore y también otra más reciente.
La suya.
Ordenada, precisa y extrañamente parecida a la de su padre.
Ella sigue mi mirada.
—No necesita fingir discreción. Está observando mis anotaciones.
—Son difíciles de ignorar.
—¿Y qué le parecen?
—Legibles.
—Una valoración devastadora.
—Intento dosificar los elogios.
Eleanor pone los ojos en blanco.
Empiezo a sospechar que esa expresión está reservada especialmente para mí, aunque no me molesta tanto como debería.
—¿Ha descubierto algo nuevo? —pregunto.
Ella duda apenas un instante antes de girar uno de los documentos hacia mí.
—Mire esto.
Me inclino.
Es una lista de referencias: fechas, nombres y ubicaciones.
Nada extraordinario a primera vista.
—¿Qué estoy buscando exactamente?
—Los intervalos.
Frunzo el ceño y vuelvo a leer.
Entonces lo veo.
—Hay lagunas.
—Exacto.
—Años enteros desaparecen.
—No solo años.
Extrae otro cuaderno, luego un segundo y después un tercero.
Los coloca uno junto a otro.
—Observe las fechas.
Lo hago.
La sensación de incomodidad reaparece de inmediato porque ahora resulta evidente.
—Falta información.
—Mucha.
—¿Se perdió?
—No lo creo.
—¿Por qué?
Eleanor apoya los codos sobre la mesa.
—Porque mi padre archivaba todo.
—Eso es una opinión bastante subjetiva.
—Viví con él veintiocho años.
—Buen argumento.
—Lo sé.
Continúa señalando los huecos cronológicos.
—Aquí faltan seis meses, aquí cuatro y aquí casi un año completo.
—Podría ser casualidad.
—¿Cuántas casualidades acepta antes de llamarlo patrón?
No respondo enseguida porque la pregunta es demasiado buena para descartarla.
—Supongamos que tiene razón.
—La tengo.
—Qué humildad tan inspiradora.
—Gracias.
—Supongamos que tiene razón —repito—. ¿Qué implicaría?
Su expresión cambia ligeramente.
La diversión desaparece, pero la curiosidad permanece.
—Que alguien retiró documentos.
—¿Después de la muerte de su padre?
—O antes.
La idea se instala entre nosotros de forma incómoda y persistente.
No me gusta.
Precisamente por eso merece atención.
—¿Quién tendría acceso?
—Pocas personas.
—¿Usted?
—Sí.
—¿Su tía?
—Sí.
—¿El abogado?
—Sí.
—¿La Sociedad?
Ella niega despacio.
—No antes de la herencia.
—Entonces el círculo es pequeño.
—Eso es lo preocupante.
Permanecemos unos segundos observando los cuadernos.
La lluvia continúa golpeando las ventanas y, en algún lugar del edificio, una puerta se cierra.
Por primera vez desde que comenzó esta historia tengo la sensación de que estamos dejando atrás las teorías.
Alguien ocultó algo.
La cuestión ya no es si ocurrió, sino qué era exactamente.
—¿En qué está pensando? —pregunta Eleanor.
—En que esto se está volviendo más interesante de lo que esperaba.
—Yo llevo días pensando eso.
—Sí, pero usted esperaba encontrar misterios.
—¿Y usted no?
—Yo esperaba encontrar errores.
La sonrisa que aparece en su rostro resulta inesperadamente sincera.
—Debe de ser agotador ser tan pesimista.
—Debe de ser peligroso ser tan optimista.
—¿Quién ha dicho que sea optimista?
—Usted cree que existe una ciudad perdida.
—Y usted sigue regresando a estos archivos aunque afirma que no cree en ella.
La observación me hace reír porque, maldita sea, tiene razón.
Y ambos lo sabemos.
Durante un instante la tensión desaparece.
La rivalidad sigue ahí, pero algo cambia entre nosotros.
Como si por primera vez dejáramos de hablar desde lados opuestos de una discusión.
No somos aliados, ni mucho menos.
Sin embargo, empezamos a mirar en la misma dirección, y sospecho que eso puede resultar mucho más peligroso.