Capítulo 5
Eleanor
Si alguien me hubiera dicho una semana antes que encontraría más sensatez en una conversación privada con Alistair MacKenzie que en media docena de reuniones de la Real Sociedad Científica, probablemente habría asumido que sufría fiebre.
No porque el hombre me pareciera especialmente desagradable.
Todavía no había decidido eso.
Simplemente porque los hombres admirados por toda una nación suelen desarrollar la costumbre de escucharse a sí mismos con excesiva frecuencia.
Sin embargo, durante casi una hora, MacKenzie había examinado los documentos de mi padre sin una sola muestra de condescendencia.
Se mostró escéptico, sí, y también exigente hasta el extremo, pero nunca condescendiente.
Y eso, en aquel edificio, ya lo convertía en una rareza estadística.
La ilusión dura exactamente hasta que entramos en la sala de reuniones.
—Ahí está nuestra exploradora.
El comentario llega desde el extremo de la mesa.
No necesito mirar para identificar al profesor Harrington. Algunas personas poseen una voz inconfundible; otras, en cambio, suenan como una advertencia constante.
La sala principal de la Sociedad está casi llena. Las paredes están cubiertas por retratos de hombres fallecidos que parecen observarnos con la satisfacción de quienes jamás tuvieron que pedir permiso para hablar.
Me pregunto si existe alguna sala semejante dedicada a mujeres científicas.
Después recuerdo que no podría llenarse ni una pared.
Todavía.
—Profesor Harrington —digo mientras tomo asiento.
—Señorita Whitmore.
Sonríe.
Yo también.
Ninguno lo siente.
A mi derecha se sienta el doctor Pembroke.
A mi izquierda, una silla vacía.
MacKenzie ocupa un lugar algo más alejado.
El comité principal se distribuye frente a nosotros como un jurado particularmente convencido de que ya conoce el veredicto.
Harrington entrelaza los dedos sobre la mesa.
—Bien. Podemos comenzar.
Las conversaciones se apagan poco a poco hasta que la sala queda en silencio.
—Nos reunimos hoy para evaluar ciertos documentos encontrados entre los archivos privados del difunto Sir Arthur Whitmore.
Se escuchan asentimientos, murmullos discretos y algún carraspeo ocasional.
Todo muy académico.
—La señorita Whitmore desea presentar algunas observaciones preliminares.
Observaciones preliminares.
Curiosa manera de describir semanas de trabajo.
Me pongo en pie.
Siento varias miradas clavarse sobre mí.
No me intimidan.
O al menos llevo años fingiendo que no lo hacen.
Despliego uno de los mapas sobre la mesa central.
—Gracias por su tiempo.
Harrington parece sorprendido.
Probablemente esperaba una introducción más larga.
Lástima.
—Durante los últimos días he revisado diversos diarios, cartas y cuadernos pertenecientes a mi padre. Algunos contienen referencias recurrentes a una localización denominada Arukana.
Varias cejas se levantan mientras otras se fruncen con evidente escepticismo.
Continúo.
—Hasta ahora, las menciones conocidas parecían proceder únicamente de las anotaciones personales de Sir Arthur. Sin embargo, hemos localizado correspondencia anterior que demuestra que el nombre circulaba entre determinados exploradores y observadores en Brasil décadas antes de sus expediciones.
—¿Y qué relevancia tiene eso exactamente? —pregunta Pembroke.
No han pasado ni dos minutos.
Todo un récord.
—Demuestra que la historia no fue inventada por mi padre.
—O demuestra que varias personas compartían la misma superstición.
—Si fuera una superstición aislada, esperaría encontrar una única versión.
Señalo varios documentos.
—En cambio, encontramos referencias independientes distribuidas a lo largo de cuarenta años.
—Las leyendas también evolucionan.
—Por supuesto.
—Entonces no entiendo su argumento.
—Porque aún no he terminado de exponerlo.
Algunos asistentes intercambian miradas.
Pembroke se reclina en la silla.
No le gusta que una mujer le recuerde cuándo debe callarse.
Tendremos que aprender a convivir con esa tragedia.
Continúo.
—Además de las referencias escritas, aparecen elementos geográficos repetidos: sistemas fluviales concretos, determinadas formaciones montañosas y rutas utilizadas por comunidades indígenas específicas.
—Todo eso existe realmente —interviene otro académico.
—Exactamente.
—¿Y?
—Las leyendas suelen deformar lugares reales.
—Sí.
—Pero rara vez conservan detalles tan consistentes durante tanto tiempo.
Durante unos segundos la sala permanece pensativa.
No es aceptación.
Pero tampoco burla.
Y eso ya representa un avance.
Harrington se inclina hacia delante.
—Supongamos que aceptamos esa premisa.
—Muy bien.
—¿Qué conclusión propone?
La pregunta llega por fin.
La esperaba.
Miro el mapa y después a los hombres sentados alrededor de la mesa.
—Que mi padre estaba investigando algo más que un mito local.
Un murmullo recorre la sala.
Algunas expresiones se endurecen.
Otras muestran interés genuino.
—¿Está sugiriendo la existencia de una ciudad perdida? —pregunta Pembroke.
—Estoy sugiriendo la existencia de algo que aún no comprendemos.
—Eso no es una respuesta.
—Es una respuesta honesta.
—No particularmente satisfactoria.
—La ciencia rara vez lo es en sus primeras etapas.
Varias sonrisas aparecen alrededor de la mesa.
Incluso algunas inesperadas.
Pembroke parece ofendido.
Siempre es agradable comenzar bien la mañana.
—Señorita Whitmore —dice Harrington—, entiendo su entusiasmo.
Nunca es buena señal cuando una frase empieza así.
—Pero debemos evitar que el afecto hacia la memoria de su padre influya en nuestras conclusiones.
Ahí está.
La verdadera discusión.
No se trata de mapas, documentos ni hipótesis.
Se trata de emociones.
Siempre emociones.
Porque una mujer inteligente debe de estar confundiendo sentimientos con razonamiento.
Es una teoría popular.
—¿Está sugiriendo que mis conclusiones son emocionales?
—Estoy sugiriendo que su proximidad al asunto puede afectar su objetividad.
—¿Y la suya no?
Harrington parpadea.
—¿Disculpe?
—Usted pasó años criticando algunas teorías de mi padre.
—Eso no es relevante.
—¿Por qué?
—Porque hablamos de evidencia.
—Precisamente.
La sala vuelve a quedarse en silencio.
Siento varias miradas desplazándose entre nosotros.
—Profesor —continúo—, si mi parentesco invalida automáticamente mis observaciones, entonces su historial académico también debería ser considerado un posible sesgo.
Algunos asistentes intentan ocultar sonrisas.
Otros parecen horrorizados.
Personalmente, considero que ambas reacciones son prometedoras.
Harrington tarda unos segundos en responder.
—Tiene usted un talento notable para complicar conversaciones sencillas.
—Y usted para simplificarlas demasiado.
Antes de que la tensión aumente, otra voz interviene.
—Creo que estamos desviándonos.
La voz de Alistair MacKenzie atraviesa la sala con tranquilidad.
Todos se vuelven hacia él.
Yo también.
El explorador permanece sentado.
No parece incómodo, ni impresionado, ni especialmente interesado en ganar popularidad.
Empiezo a sospechar que esa actitud explica parte de su fama.
—¿Tiene alguna observación, doctor MacKenzie? —pregunta Harrington.
—Varias.
—Adelante.
Alistair toma uno de los documentos.
—He revisado los cuadernos esta mañana.
Algunas cabezas asienten.
—¿Y?
—No creo que podamos confirmar la existencia de una ciudad.
Varias expresiones se relajan.
Demasiado pronto.
—Sin embargo —continúa— tampoco creo que podamos descartar las investigaciones de Whitmore como simples fantasías.
La relajación desaparece.
Yo intento no parecer satisfecha.
No estoy segura de conseguirlo.
—¿En qué basa esa opinión? —pregunta Pembroke.
—En cuarenta años de trabajo sistemático.
—Los científicos pueden equivocarse.
—Desde luego.
—Entonces...
—Pero normalmente no dedican media vida a registrar datos verificables para sostener una alucinación.
La frase provoca varias reacciones simultáneas.
Algunas aprobatorias.
Otras indignadas.
Una claramente divertida.
La mía.
MacKenzie me lanza una breve mirada.
No dura más de un segundo, pero basta para comprender algo.
No está apoyándome.
Tampoco está apoyándolos a ellos.
Está defendiendo lo que considera razonable.
Y eso lo vuelve bastante más peligroso.
Los fanáticos son previsibles.
Las personas inteligentes no.
Harrington vuelve a tomar la palabra.
—Entonces, ¿qué propone exactamente?
MacKenzie entrelaza las manos.
—Propongo seguir investigando.
—¿Cómo?
—Examinando todos los documentos disponibles.
—Eso ya se está haciendo.
—No lo suficiente.
—¿Y después?
—Después decidiremos si existe una base real para organizar una expedición.
La palabra cae sobre la mesa como una piedra en agua quieta.
Expedición.
Durante un instante nadie habla.
Incluso los más escépticos parecen intrigados.
Porque ésa es la cuestión que todos han evitado formular.
No estamos discutiendo solo sobre mapas.
Estamos discutiendo sobre la posibilidad de ir allí.
Dondequiera que esté "allí".
Harrington rompe finalmente el silencio.
—Me parece prematuro.
—Probablemente —responde MacKenzie.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No exactamente.
La respuesta provoca algunas risas.
Incluso yo tengo que apartar la vista para ocultar una sonrisa.
Harrington parece menos divertido.
—¿Qué quiere decir?
—Que es prematuro descartar la idea y también es prematuro aceptarla.
—Una postura muy cómoda.
—La verdad suele ser incómoda. Estoy intentando acercarme a ella.
Durante unos segundos nadie replica.
Porque tiene razón.
Y todos lo saben.
La reunión continúa durante más de una hora entre preguntas, objeciones, análisis e hipótesis que se suceden sin descanso.
Cuando finalmente termina, los asistentes comienzan a abandonar la sala en pequeños grupos.
Yo empiezo a recoger los documentos.
—Ha estado usted muy diplomático.
La voz de MacKenzie aparece a mi lado.
Levanto la vista.
—No recuerdo haberlo contratado como mediador.
—Es una pena. Habría cobrado una fortuna.
—No parece necesitar más dinero.
—No lo necesito.
—Entonces estamos de acuerdo en algo.
—Cuidado. Podría convertirse en una costumbre.
Enrollo uno de los mapas.
—Gracias.
La palabra sale antes de que pueda detenerla.
Él arquea una ceja.
—¿Por qué exactamente?
—Por impedir que Harrington transformara la reunión en un juicio.
—No lo hice por usted.
—Lo imaginaba.
—Lo hice porque los argumentos eran malos.
—Eso mejora mucho mi autoestima.
Una sonrisa aparece en la comisura de su boca.
Muy breve.
Molestamente atractiva.
Decido ignorarla.
—Aun así, gracias.
—De nada.
Recoge su abrigo.
—Por cierto.
—¿Sí?
—Sigue creyendo que existe una ciudad.
No es una pregunta.
—Sí.
—Aunque todavía no pueda demostrarlo.
—Sí.
—Eso es bastante terco.
—Viniendo de usted, voy a considerarlo un cumplido.
MacKenzie se ríe.
No una carcajada.
Algo más raro.
Una risa auténtica.
Por primera vez parece menos una leyenda científica y más una persona.
El efecto resulta inesperadamente desconcertante.
—Nos veremos pronto, señorita Whitmore.
—¿Está tan seguro?
—Tengo la sensación de que ninguno de los dos ha terminado esta discusión.
Lo observo alejarse entre las filas de asientos vacíos.
Y, por primera vez desde que escuché su nombre, empiezo a sospechar que tiene razón.
Porque ya no estamos discutiendo únicamente sobre Arukana.
También estamos intentando averiguar qué clase de persona se esconde detrás del otro.
Y ninguna de las dos investigaciones parece sencilla.