ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 4
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Capítulo 4

Alistair

Londres tiene una habilidad extraordinaria para convencer a sus habitantes de que son el centro del mundo.

No importa cuántas veces abandone la ciudad ni cuántos continentes recorra. Siempre que regreso encuentro a alguien dispuesto a explicarme que lo verdaderamente importante está ocurriendo a menos de tres calles de donde sirve el té.

Aquella mañana, por ejemplo, lo verdaderamente importante parecía ser Arthur Whitmore.

O, más exactamente, los documentos inéditos de Arthur Whitmore.

La sede de la Real Sociedad Científica ocupa un edificio que se toma a sí mismo muy en serio.

Las columnas de piedra, las amplias escalinatas y los techos elevados contribuyen a una atmósfera solemne, reforzada por retratos de hombres fallecidos que observan a los visitantes con la satisfacción de quienes jamás tuvieron que justificar su presencia en una sala.

Entrego mi sombrero al ayudante de la entrada y avanzo por el vestíbulo principal.

No he recorrido mucho cuando escucho mi nombre.

—MacKenzie.

Me vuelvo.

El profesor Harrington baja por la escalera principal acompañado por otros dos académicos.

Nunca he sabido exactamente cuántos años tiene. Pertenece a esa categoría de hombres que parecen haber nacido con cincuenta y cinco años y una opinión firme sobre cualquier asunto imaginable.

—Profesor.

—Me alegra que haya podido venir.

—La carta sonaba alarmantemente insistente.

—Era necesario.

—Siempre me preocupa escuchar eso.

Los otros dos hombres ríen.

Harrington no parece compartir la diversión. Probablemente considere el humor una forma menor de pensamiento.

—¿Ha tenido oportunidad de revisar algo del material? —pregunta.

—Nada más allá de algunos extractos enviados por la Sociedad.

—¿Y qué impresión le han causado?

Me tomo unos segundos antes de responder.

—Insuficientes para sacar conclusiones.

—Prudente.

—Práctico.

—No siempre son sinónimos.

—Tampoco enemigos.

Harrington me observa con atención.

Lleva años intentando decidir si le agrado. Sospecho que todavía no ha llegado a una conclusión definitiva.

—La señorita Whitmore presentará personalmente ciertos documentos.

—Eso me han dicho.

—Tiene ideas muy firmes sobre el asunto.

—Todo el mundo parece tenerlas.

Uno de los académicos carraspea.

—Algunas personas consideran que está demasiado involucrada emocionalmente.

—Su padre murió hace menos de una semana.

—Precisamente.

—Eso explicaría la parte emocional.

El hombre parece decepcionado por mi falta de entusiasmo hacia la crítica.

Antes de que pueda responder, una voz interrumpe la conversación.

—¿Doctor MacKenzie?

Me giro.

Un joven asistente de la Sociedad se acerca apresuradamente.

—La reunión comenzará en diez minutos.

—Perfecto.

—El comité desea que examine primero ciertos documentos.

—Por supuesto.

El muchacho asiente y desaparece.

Harrington ajusta los puños de la camisa.

—Espero que pueda aportar algo de claridad al asunto.

—Intentaré aportar hechos.

—Eso también serviría.

La sala de archivo ocupa una parte menos elegante del edificio.

Allí desaparecen los mármoles, las lámparas impresionantes y las grandes declaraciones sobre el progreso humano. Lo que queda son estanterías repletas, mesas de trabajo y el inevitable polvo acumulado sobre el papel.

Curiosamente, me gusta más.

La ciencia auténtica suele vivir en lugares así.

Un archivero me conduce hasta una mesa aislada.

Sobre ella descansan varios cuadernos, mapas, cartas y notas de campo.

Reconozco la letra de Arthur Whitmore en cuanto abro el primer volumen.

Durante años leí artículos suyos. Coincidimos en conferencias y discutimos teorías a través de publicaciones académicas, aunque nunca llegamos a conocernos realmente.

Aun así, la familiaridad de aquella caligrafía resulta extraña.

Paso varias páginas.

Encuentro clasificaciones botánicas, observaciones geológicas y mediciones fluviales. Todo parece normal, incluso rigurosamente normal.

Continúo avanzando.

Entonces aparece algo distinto.

Hay anotaciones recurrentes, coordenadas incompletas, referencias cruzadas, nombres indígenas, dibujos y croquis acompañados de hipótesis.

Me inclino hacia delante.

La letra se vuelve más apresurada conforme avanzan las páginas, más obsesiva y urgente, como si Whitmore hubiera dejado de registrar información para empezar a perseguir algo.

Abro otro cuaderno.

Encuentro el mismo patrón.

Después otro.

Y otro más.

Cuando levanto la cabeza descubro que han pasado casi cuarenta minutos sin que me diera cuenta.

Eso ya es una señal.

Los disparates suelen aburrirme mucho antes.

Tomo una hoja aparte y empiezo a organizar notas.

Arukana.

La palabra aparece una y otra vez.

No siempre del mismo modo. A veces surge como referencia geográfica, otras como leyenda y, en ocasiones, apenas como una posibilidad. Sin embargo, siempre regresa, como un río subterráneo que atraviesa todas las páginas.

Frunzo el ceño.

Arthur Whitmore no era un hombre dado a perseguir fantasmas.

Podía equivocarse, como cualquiera, pero rara vez dedicaba años a una hipótesis sin fundamento.

Apoyo los dedos sobre una de las páginas.

Algo no encaja, y precisamente por eso resulta interesante.

—Así que usted también lo ha encontrado.

La voz femenina llega desde detrás de mí.

Su tono es tranquilo y seguro, sin rastro de timidez.

Levanto la vista.

Y por un instante entiendo por qué medio edificio parece hablar de ella.

La señorita Eleanor Whitmore no se parece en absoluto a lo que esperaba.

No sabría explicar qué esperaba exactamente.

Tal vez una joven nerviosa intentando proteger el legado de su padre.

Tal vez una idealista.

Tal vez una soñadora.

La mujer que tengo delante no parece ninguna de esas cosas.

Mantiene una postura impecable. Lleva un vestido oscuro sencillo pero elegante, el cabello recogido y unos ojos claros que permanecen completamente concentrados.

No en mí.

En los documentos.

Como si yo fuera una interrupción menor.

Eso resulta inesperadamente refrescante.

Me pongo en pie.

—Señorita Whitmore.

—Doctor MacKenzie.

Su tono deja claro que conoce mi nombre.

No añade nada más.

Tampoco sonríe.

Empiezo a sospechar que vamos a llevarnos fatal.

—Estaba revisando las notas de su padre.

—Lo veo.

—Hay material interesante.

—Es una forma prudente de expresarlo.

—¿Y cuál sería la forma imprudente?

—Decir que pasó cuarenta años persiguiendo algo que la mayoría de sus colegas ni siquiera consideraron digno de estudio.

La observo unos segundos.

No parece estar defendiendo a su padre.

Más bien me está evaluando, como si intentara decidir cuánto entiende realmente la persona que tiene delante.

Conozco bien esa mirada.

Yo hago exactamente lo mismo.

—¿Cree que encontró algo? —pregunto.

—Creo que estuvo más cerca que nadie.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque usted ha formulado una pregunta equivocada.

No puedo evitar sonreír ligeramente.

Ella lo nota.

Y parece molestarle.

Curioso.

—¿Cuál sería la correcta?

—La pregunta correcta es por qué un hombre tan metódico dedicó décadas a investigar la misma historia.

—Las personas inteligentes también desarrollan obsesiones.

—Sin duda.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No.

—¿No?

—Todavía no.

Su respuesta llega tan rápido que casi me hace reír.

Definitivamente vamos a llevarnos fatal.

La señorita Whitmore toma uno de los cuadernos.

Lo abre.

Busca una página concreta y luego lo gira hacia mí.

—Observe esto.

Miro el dibujo.

Representa una estructura escalonada integrada en un relieve, acompañada por símbolos y marcas astronómicas.

—¿Y bien?

—¿Qué ve?

—Un boceto.

—¿Solo eso?

—Es un dibujo realizado en condiciones de campo.

—Es un dibujo realizado por Arthur Whitmore.

—Lo sé.

—Entonces sabe que no improvisaba.

Tiene razón.

Y ambos lo sabemos.

Eso me irrita ligeramente, no porque ella tenga razón, sino porque lo ha detectado demasiado deprisa.

—Aun así no constituye una prueba.

—Tampoco una fantasía.

La conversación empieza a parecer una partida de ajedrez.

Y ninguno tiene intención de ceder una pieza.

—¿Qué espera encontrar exactamente? —pregunto.

—La verdad.

—Respuesta elegante.

—Es sincera.

—La mayoría de las personas dicen eso cuando buscan confirmación.

—La mayoría de las personas también creen que las mujeres no deberían dedicarse a la ciencia.

Ahí está la herida.

La entiendo inmediatamente.

No porque la comparta, sino porque es imposible no verla.

Durante toda la semana he escuchado comentarios sobre ella, sobre su carácter, su insistencia y sus ambiciones. Ninguno se refería realmente a sus teorías.

Todos hablaban de que es una mujer.

Empiezo a sospechar que ella también lo sabe.

Y que está cansada de ello.

—No he mencionado su sexo.

—No. Pero otros sí.

—Yo prefiero discutir ideas.

—Magnífico. Es una costumbre poco frecuente en este edificio.

Por primera vez, una sonrisa amenaza con aparecer en su boca.

No llega a completarse.

Pero está ahí.

Y transforma momentáneamente todo su rostro.

La impresión desaparece casi al instante.

—Parece decepcionada con la Sociedad.

—¿Solo con la Sociedad?

—Eso responde a mi pregunta.

—Perfecto.

Un breve silencio se instala entre nosotros.

No resulta incómodo.

Más bien parece una pausa de evaluación mutua, como si ambos estuviéramos corrigiendo un examen invisible.

Finalmente cierro el cuaderno.

—Le seré sincero.

—Eso siempre es peligroso.

—Lo sé.

—Continúe.

—No creo en ciudades perdidas.

—Ya.

—Tampoco en civilizaciones ocultas que han permanecido invisibles durante siglos.

—Comprensible.

—Y sin embargo...

Ella arquea una ceja.

—¿Y sin embargo?

Miro la página abierta.

La letra de Arthur Whitmore, las coordenadas, las referencias, los dibujos y las décadas invertidas en aquella búsqueda.

—Y sin embargo hay algo aquí que merece ser investigado.

Por primera vez desde que empezó la conversación, Eleanor Whitmore parece sorprendida.

Solo durante un instante.

Después vuelve a controlarlo.

Pero lo he visto.

—Es la observación más inteligente que he escuchado esta semana.

—Qué alivio.

—No se acostumbre.

Y ahí está.

La primera grieta.

Pequeña, casi invisible, pero real.

Porque por primera vez desde que entró en la sala ya no siento que esté hablando con la hija de Arthur Whitmore.

Estoy hablando con alguien que entiende exactamente por qué esos documentos resultan tan inquietantes.

Y sospecho que ella acaba de llegar a la misma conclusión sobre mí.

Lo cual probablemente complique las cosas mucho más de lo que esperaba.