Capítulo 3
Eleanor
Durante tres días intento comportarme como una persona sensata.
Fracaso con una constancia admirable.
Cada mañana me prometo que atenderé primero los asuntos de la herencia, responderé las cartas de pésame acumuladas sobre el escritorio y dejaré que el luto siga su curso.
Cada noche termino rodeada de mapas, diarios, cuadernos y documentos de mi padre, mientras las velas se consumen hasta formar pequeñas lagunas de cera sobre la mesa.
La señora Finch empieza a dejarme bandejas de comida junto a la puerta del gabinete.
La mayoría regresan intactas.
Mi tía Margaret considera aquello una señal preocupante.
Yo lo considero una prueba de concentración.
—Las personas normales comen cuando tienen hambre —me dice la mañana del cuarto día.
Sin levantar la vista del mapa, respondo:
—Las personas normales tampoco intentan localizar ciudades perdidas.
—Eleanor.
—¿Qué?
—Acabas de decir eso como si fuera perfectamente razonable.
Alzo la cabeza.
—¿Y no lo es?
—No.
—Entonces llevamos años discrepando sobre lo que constituye una afición saludable.
Margaret exhala por la nariz.
Se ha vuelto experta en suspirar desde que encontré el cuaderno.
Quizá siempre lo fue y yo nunca me había detenido a apreciarlo.
—¿Has dormido al menos?
—Un poco.
—¿Cuánto es un poco?
—Varias horas.
—¿Cuántas?
—Las suficientes para no confundir una silla con un rinoceronte.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque intento protegerte de la respuesta.
Mi tía rodea el escritorio y se deja caer en la silla frente a mí.
Lleva observándome toda la semana con la expresión de alguien que contempla a una persona acercarse lentamente al borde de un acantilado mientras insiste en que tiene todo bajo control.
No es una comparación injusta.
—Dime algo sinceramente —dice tras un momento—. ¿Qué esperas encontrar?
La pregunta me obliga a detenerme.
Mis dedos permanecen sobre el mapa, aunque ya no lo veo.
Fuera, la lluvia golpea los cristales con suavidad. Londres parece empeñado en convertirse en una acuarela gris.
—No lo sé.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Margaret se inclina hacia delante y apoya los codos sobre las rodillas.
—¿Buscas una ciudad?
—Quizá.
—¿La gloria?
—No especialmente.
—¿Demostrar que todos están equivocados?
Una sonrisa se me escapa.
—Eso sí suena atractivo.
Mi tía sacude la cabeza.
—Lo imaginaba.
Vuelvo a los documentos.
—Creo que intento entender por qué mi padre escondió todo esto.
—Puede que nunca lo descubras.
—Entonces tendré que intentarlo.
El silencio que sigue no resulta incómodo.
Mi padre decía que las mejores conversaciones eran aquellas capaces de soportar pausas.
—¿Qué has encontrado exactamente? —pregunta Margaret al fin.
Eso sí puedo responderlo.
Aparto varios cuadernos y giro el mapa hacia ella.
—Mira esto.
Margaret se inclina sobre la mesa.
El mapa representa una amplia zona del Amazonas occidental. Está cubierto de anotaciones, correcciones y marcas realizadas en distintas épocas.
Algunas son claramente de mi padre.
Otras no.
—¿Ves estas líneas?
Ella sigue el recorrido con un dedo.
—Sí.
—No corresponden a rutas comerciales.
—¿Expediciones?
—Eso pensé al principio.
Señalo una serie de marcas repetidas.
—Pero aparecen siempre cerca de comunidades indígenas que evitaron el contacto con europeos durante décadas.
—¿Y eso qué significa?
—Que alguien recopiló información durante mucho tiempo.
Margaret frunce el ceño.
—¿Quién?
—Eso es precisamente lo interesante.
Abro otro cuaderno.
Luego otro.
Y un tercero.
Los tres contienen referencias distintas.
Nombres.
Fechas.
Testimonios.
Leyendas.
Relatos recogidos por exploradores portugueses, comerciantes brasileños y misioneros.
Por separado parecen irrelevantes.
Juntos forman algo distinto.
Un patrón.
—Durante casi cuarenta años —explico mientras paso páginas— distintas personas mencionaron una ciudad escondida.
—Las leyendas existen.
—Sí.
—Y no todas son reales.
—También es cierto.
Paso varias hojas más.
—Lo extraño es que ninguno la describe igual.
—Eso parece una mala señal.
—Al contrario.
Margaret parpadea.
—Explícate.
Me pongo en pie y comienzo a caminar alrededor del despacho.
Cuando pienso, necesito moverme. Mi padre hacía lo mismo. Decía que algunas ideas son demasiado rápidas para permanecer sentadas.
—Si todos describieran exactamente la misma ciudad, sospecharía que copiaron la historia de una única fuente.
—Tiene sentido.
—Pero unos hablan de terrazas blancas. Otros de torres cubiertas de vegetación. Algunos mencionan canales. Otros observatorios.
—Eso parece contradictorio.
Me detengo junto a la ventana.
—Parece observado desde lugares distintos.
Mi tía guarda silencio.
Empieza a comprender por qué llevo cuatro días encerrada aquí.
Yo también.
No es solo el misterio.
Es la sensación.
La impresión constante de estar siguiendo las huellas de algo enorme.
Algo que lleva décadas oculto entre estas páginas.
Un golpe en la puerta interrumpe mis pensamientos.
La señora Finch asoma la cabeza.
—Ha llegado el señor Graves.
Margaret y yo intercambiamos una mirada.
—Hazlo pasar.
El abogado entra con una carpeta gruesa bajo el brazo.
Su aspecto continúa siendo tan entusiasta como una lápida.
—Señorita Whitmore.
—Señor Graves.
—He reunido la documentación que solicitó.
Eso capta inmediatamente toda mi atención.
El hombre deja la carpeta sobre el escritorio.
—Los diarios de 1849.
—¿Todos?
—Todos los que hemos localizado.
Abro la carpeta sin esperar más.
Mi entusiasmo parece inquietarle ligeramente.
Bien.
La ciencia debería inquietar a más personas.
Paso las páginas con rapidez.
Fechas.
Inventarios.
Correspondencia.
Facturas.
Notas de viaje.
Entonces encuentro algo que me obliga a detenerme.
Una carta.
No está firmada.
El papel está amarillento.
Los bordes presentan daños por humedad.
Leo las primeras líneas.
Y vuelvo a leerlas.
Después una tercera vez.
—¿Eleanor?
La voz de Margaret me llega amortiguada.
Levanto la vista.
—¿Qué ocurre?
Le entrego la carta.
Mi tía la recorre en silencio.
Poco a poco su expresión cambia.
—Dios mío.
—Exactamente.
Graves se incorpora ligeramente en su asiento.
—¿Qué sucede?
Recupero la carta.
—Alguien escribió a mi padre desde Brasil pocas semanas antes de su expedición.
—¿Y?
—Afirma haber encontrado indicios de una ciudad desconocida.
El abogado parece confundido.
—Eso no demuestra nada.
—No.
Paso el dedo por una línea concreta.
—Pero esta persona utiliza el nombre Arukana.
La habitación queda en silencio.
Graves observa el documento.
—¿Es importante?
—Hasta ahora pensábamos que el nombre procedía únicamente de las notas de mi padre.
—¿Y ahora?
—Ahora sabemos que alguien más lo conocía.
Margaret deja escapar lentamente el aire.
—Lo que significa que la historia no empezó con Arthur.
—Exacto.
La emoción empieza a crecer dentro de mí.
No como un estallido.
Como una corriente.
Constante.
Irresistible.
Algo encaja.
Todavía no sé qué.
Pero empiezo a sentirlo.
Como cuando observas un problema matemático durante horas y, de repente, percibes que las piezas comienzan a acercarse unas a otras.
—¿Quién escribió la carta? —pregunta Margaret.
—No lo sé.
—¿No aparece el nombre?
—No.
Le doy la vuelta.
No hay firma.
Solo una inicial.
M.
Nada más.
—Eso es frustrante.
—Muchísimo.
—Podría ser cualquiera.
—Sí.
Me quedo observando la letra.
Es elegante.
Precisa.
Acostumbrada a escribir.
No parece la de un comerciante.
Ni la de un aventurero improvisado.
Quien redactó aquello poseía educación.
Y conocimientos.
La sensación de estar acercándome a algo importante vuelve con más fuerza.
Miro la pila de documentos que todavía queda por revisar.
Hay cientos de páginas.
Tal vez miles.
Durante años habría considerado esa perspectiva agotadora.
Ahora me parece emocionante.
—Oh, no —murmura Margaret.
Levanto una ceja.
—¿Qué?
—Conozco esa mirada.
—¿Qué mirada?
—La misma que tenía tu padre cuando descubría algo interesante.
Sonrío.
—Eso es un cumplido.
—No pretendía que lo fuera.
—Lo aceptaré igualmente.
Graves cierra la carpeta vacía.
—Por cierto, señorita Whitmore.
—¿Sí?
—Mañana tendrá lugar la reunión de la Real Sociedad Científica.
Toda la habitación parece enfriarse un poco.
Sabía que llegaría este momento.
Aun así, escucharlo resulta distinto.
Más real.
Más inmediato.
—Lo sé.
—Esperan que presente una valoración preliminar de los documentos.
—Esperan muchas cosas.
—También asistirá el doctor Alistair MacKenzie.
Ese nombre sí me resulta familiar.
Muy familiar.
Probablemente demasiado.
He leído artículos suyos.
He discutido con ellos.
Mentalmente, por desgracia.
—¿MacKenzie? —pregunta Margaret.
—El explorador.
—Ah.
Eso explica su expresión.
Incluso mi tía conoce a Alistair MacKenzie.
La prensa lleva años construyendo leyendas alrededor de él.
Explorador brillante.
Científico prestigioso.
Conferenciante admirado.
Héroe nacional.
La clase de hombre que entra en una sala y consigue que los demás olviden que existen puertas.
No estoy segura de si me irrita más su reputación o el hecho de que parte de ella probablemente esté justificada.
—¿Lo conoces? —pregunta Graves.
—No personalmente.
—Dicen que es excepcional.
—También dicen que los ingleses cocinan bien.
Margaret se gira para ocultar una sonrisa.
Graves, en cambio, parece debatirse entre reír o sentirse ofendido.
—En cualquier caso, evaluará los documentos.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Si encuentra errores, los discutiremos.
—¿Y si no los encuentra?
Cierro el cuaderno de Arukana con suavidad.
—Entonces tendremos una conversación mucho más interesante.
Cuando el abogado se marcha, permanezco varios minutos observando la lluvia tras la ventana.
Mañana.
Todo empieza mañana.
Hasta ahora he trabajado sola.
Con mis mapas.
Con mis hipótesis.
Con los fantasmas de mi padre.
Mañana tendré que defender mis conclusiones delante de hombres que llevan toda la vida convencidos de que las mujeres observamos el mundo pero no lo comprendemos.
Y entre ellos estará Alistair MacKenzie.
El explorador.
El científico.
El héroe nacional.
El hombre al que medio Londres parece dispuesto a escuchar incluso cuando habla sobre piedras.
No sé si será brillante.
No sé si será arrogante.
No sé si será ambas cosas.
Pero sí sé una cosa.
Si intenta apropiarse de mi trabajo, desacreditar mis conclusiones o tratarme como una niña jugando a ser científica, descubrirá muy rápido que ha elegido a la mujer equivocada para hacerlo.
Bajo la lluvia, Londres continúa rugiendo más allá de los cristales.
Apoyo una mano sobre el cuaderno de Arukana.
Y sonrío.
Por primera vez desde el funeral de mi padre, no siento que esté mirando hacia atrás.
Siento que algo me está esperando al otro lado del horizonte.
Y pienso alcanzarlo antes que nadie.