ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 2
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Capítulo 2

Alistair

Si existe una forma elegante de regresar a Londres después de pasar seis meses atravesando selvas, montañas y aldeas donde nadie habla tu idioma, todavía no la he descubierto.

La mía consiste en bajar de un tren cubierto de polvo, con una barba que necesita una conversación urgente con una navaja y un equipaje que huele ligeramente a humedad tropical.

No es la imagen heroica que suele aparecer en los periódicos.

Por suerte, los periódicos nunca dejan que la realidad estropee una buena historia.

—Doctor MacKenzie.

Levanto la vista al escuchar mi nombre.

Un muchacho del servicio postal avanza entre la multitud agitando una carta.

—¿Doctor Alistair MacKenzie?

—Depende de quién pregunte.

El chico me observa con incertidumbre.

—Me han dicho que debía entregársela personalmente.

—Entonces supongo que sí soy yo.

Le tiendo la mano. El muchacho deposita el sobre en ella, se quita la gorra a toda velocidad y desaparece antes de que pueda formular una segunda pregunta.

Miro el sello.

Real Sociedad Científica.

Naturalmente.

Apenas llevo cinco minutos en Londres y ya intentan encerrarme en una sala con otros científicos.

Guardo la carta sin abrir y continúo caminando hacia la salida de la estación.

La ciudad me recibe con el mismo entusiasmo que una suegra desconfiada.

Lluvia.

Niebla.

Carros.

Caballos.

Chimeneas.

Gente apresurada.

Durante años he dicho que detesto Londres. Sin embargo, cada vez que regreso después de una expedición, experimento la incómoda sensación de estar volviendo a casa.

Quizá sea porque el caos familiar siempre resulta más cómodo que el caos desconocido.

Un cochero me ayuda con el equipaje.

—¿A Kensington, señor?

—Mayfair.

—¿La residencia habitual?

—Por desgracia.

El hombre sonríe.

—Entonces me alegra ver que ha sobrevivido otra vez.

—A mí también.

El carruaje arranca.

Apoyo la cabeza contra el respaldo y cierro los ojos unos segundos.

No duermo.

Nunca duermo durante los viajes.

Demasiados años despertando en lugares donde hacerlo podía resultar una mala idea.

Aun así, el traqueteo constante consigue relajar parte de la tensión acumulada durante meses.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, Londres continúa exactamente donde lo dejé.

Inmenso.

Gris.

Convencido de su propia importancia.

Me cae bien por eso.

Reconozco el defecto porque compartimos algunos parecidos.

La casa de Mayfair permanece igual que siempre.

Tres plantas.

Fachada sobria.

Biblioteca demasiado grande para una sola persona.

Y una cantidad absurda de objetos traídos de lugares remotos que jamás consigo ordenar.

La señora McGregor abre la puerta antes incluso de que llame.

—Gracias a Dios.

—Qué recibimiento tan cálido.

—Hace cuatro meses que no responde a una sola carta.

—Estaba ocupado intentando no morir.

—Siempre tiene una excusa.

Entro en la casa.

La mujer me sigue como una nube de tormenta escocesa.

—¿Ha comido?

—Más o menos.

—Eso significa que no.

—He desayunado.

—¿Qué?

—No recuerdo exactamente.

—Entonces no cuenta.

Dejo el sombrero sobre una mesa.

—Empiezo a sospechar que me aprecia.

—No diga tonterías.

—Muy tranquilizador.

La señora McGregor lleva cuidando de esta casa desde antes de que yo heredara la mitad de mis problemas y todas mis propiedades. Tiene la costumbre de tratarme como si siguiera teniendo diez años y la inquietante habilidad de saber cuándo miento.

Por eso procuro no hacerlo demasiado.

—Le esperan varias cartas en el despacho.

—¿Alguna importante?

—Depende.

—Respuesta muy útil.

—Una de ellas tiene el sello de la Real Sociedad.

—Entonces es importante para ellos.

—Y probablemente para usted.

—Eso está por ver.

Subo al despacho.

Abro las cortinas.

La luz gris de la tarde invade la estancia.

Mapas.

Libros.

Instrumentos científicos.

Rocas.

Cuadernos.

La habitación parece el resultado de una discusión entre un explorador y una biblioteca.

Perfecto.

Me siento tras el escritorio.

La carta de la Sociedad continúa en mi bolsillo.

La saco finalmente.

Rompo el sello.

Leo.

Al terminar, me recuesto en la silla.

Después vuelvo a leerla.

No porque sea complicada.

Porque es inesperada.

La Real Sociedad solicita mi presencia dentro de tres días para evaluar una serie de documentos hallados entre los papeles del recientemente fallecido Sir Arthur Whitmore.

El nombre me resulta familiar.

No personalmente.

Todo científico británico conoce a Arthur Whitmore.

Durante años fue una de las figuras más respetadas del país.

Naturalista.

Arqueólogo.

Cartógrafo.

Explorador.

Un hombre brillante.

A veces brillante de formas exasperantes.

La carta continúa.

Hay referencias a materiales inéditos.

Diarios desconocidos.

Hipótesis no publicadas.

Posibles hallazgos relacionados con antiguas expediciones amazónicas.

Eso sí consigue captar mi atención.

Porque Arthur Whitmore nunca fue un hombre dado a las fantasías.

Excéntrico.

Sí.

Obsesivo.

Desde luego.

Pero no fantasioso.

Si ocultó algo durante décadas, debía de tener un motivo.

La puerta se abre.

Mi amigo Duncan Fraser entra sin llamar.

Como siempre.

—Ya está aquí el héroe nacional.

—Hola, Duncan.

—¿Eso es todo?

—He recorrido medio mundo. Estoy cansado.

—Podrías fingir entusiasmo.

—Podrías avisar antes de entrar.

Duncan se deja caer en una silla.

Médico.

Escocés.

Testarudo.

Lleva veinte años ignorando los conceptos básicos de la privacidad.

—¿Qué te ha traído de vuelta esta vez?

—Un tren.

—Ya sabes a qué me refiero.

Le lanzo la carta.

La atrapa en el aire.

Lee.

Frunce el ceño.

—Whitmore.

—Whitmore.

—Murió hace unos días.

—Eso he leído.

—¿Vas a aceptar?

—Probablemente.

—Pensaba que querías descansar.

—Quiero descansar.

—Entonces recházalo.

—No puedo.

Duncan sonríe.

—Porque te pica la curiosidad.

—Porque me pica la curiosidad.

—Al menos eres sincero.

Me levanto.

Camino hasta la ventana.

Abajo, la ciudad continúa moviéndose bajo la lluvia.

—¿Recuerdas aquella teoría suya sobre ciertas rutas perdidas en el Amazonas?

—¿La que casi provoca una pelea en una conferencia?

—Esa misma.

—Sí.

—Siempre me pareció extraña.

—Pensé que considerabas que era una tontería.

—Consideraba que no tenía pruebas suficientes.

—Eso no es lo mismo.

—Exacto.

Duncan deja la carta sobre la mesa.

—¿Crees que los documentos contienen algo importante?

—No lo sé.

—Qué respuesta tan decepcionante.

—Es la única honesta.

Permanecemos unos segundos en silencio.

Después recuerdo algo.

—¿Quién heredó sus papeles?

—Su hija.

Me giro.

—¿Tiene una hija?

—¿No lo sabías?

—No.

—La señorita Whitmore.

Intento recordar haber oído hablar de ella.

No lo consigo.

Lo cual resulta curioso.

Los hombres como Arthur Whitmore suelen producir hijos que aparecen constantemente en los periódicos, aunque solo sea para decepcionar las expectativas familiares.

—Nunca he oído su nombre.

—Porque probablemente no frecuentas salones donde se hable de jóvenes solteras.

—Gracias por la aclaración.

—Siempre dispuesto a ayudar.

Duncan se encoge de hombros.

—Dicen que es muy inteligente.

—También dicen que las sanguijuelas curan enfermedades.

—Eso es injusto.

—No he dicho hacia quién.

Mi amigo suelta una carcajada.

—Ya estás juzgándola sin conocerla.

—No estoy juzgándola.

—Claro que sí.

—Simplemente observo que los familiares de científicos suelen sobrevalorar su comprensión de la ciencia.

—Y los científicos famosos suelen sobrevalorar su propia comprensión de cualquier cosa.

—Eso también es cierto.

Duncan sonríe.

—Entonces os llevaréis bien.

—Ni siquiera la conozco.

—Precisamente por eso.

Dos días después, la conferencia está llena.

No es la de Whitmore.

Es la mía.

Otra vez.

Nunca he entendido la fascinación del público por escuchar a hombres explicar minerales durante una hora.

Aun así, la sala está abarrotada.

Cuando termino, los asistentes se ponen en pie.

Algunos aplauden.

Otros toman notas.

Un periodista intenta acercarse.

Lo esquivo.

No tengo ninguna intención de leer mañana cómo mis palabras han sido transformadas en algo mucho más interesante de lo que realmente dije.

Mientras abandono el escenario, escucho una conversación detrás de mí.

—¿Ha oído hablar del asunto Whitmore?

—Todo Londres habla de ello.

—Parece que la hija insiste en que existen documentos extraordinarios.

—¿Y qué opina MacKenzie?

—Todavía no se ha pronunciado.

Sigo caminando.

Pero ahora escucho con atención.

—Dicen que ella pretende presentarlos personalmente.

—¿Una mujer?

—Exactamente.

—Eso será entretenido.

—O desastroso.

Me alejo antes de oír más.

No porque la conversación me moleste.

Porque me irrita descubrir que ha despertado mi interés.

Cuando salgo al exterior, la lluvia vuelve a caer sobre Londres.

Levanto el cuello del abrigo.

Mañana asistiré a la reunión de la Real Sociedad.

Mañana examinaré los documentos de Arthur Whitmore.

Y mañana, al parecer, conoceré a su hija.

No espero gran cosa.

He pasado demasiados años rodeado de personas convencidas de poseer descubrimientos revolucionarios.

La mayoría terminan mostrando mapas incompletos, teorías mediocres o simples delirios bien presentados.

Sin embargo, mientras avanzo por la calle mojada, una parte incómodamente curiosa de mi mente continúa regresando a la misma pregunta.

Si Arthur Whitmore ocultó algo durante décadas...

¿Qué demonios era?

Y, sobre todo...

¿Por qué alguien ha esperado hasta ahora para mostrarlo?