ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

La frase la hiere. Lo veo en su rostro. Por un momento me arrepiento, pero no lo retiro. Hay verdades que no se vuelven falsas por ser crueles.

Mi tía se sienta despacio en el sillón junto al fuego.

—Arthur te adoraba.

—Lo sé.

—Estaba orgulloso de ti.

—En privado.

—El mundo no era sencillo para él tampoco.

Suelto una risa seca.

—Qué tragedia, ser un hombre célebre en una sala llena de hombres dispuestos a escucharlo.

—No seas injusta.

—Estoy intentando dejar de serlo conmigo.

Margaret guarda silencio. Yo vuelvo a abrir el cuaderno, busco la página del dibujo y lo coloco sobre el escritorio.

La tinta, aunque desvaída, conserva suficiente fuerza para estremecerme.

Una ciudad oculta en la selva. Escaleras bajo niebla.

Un río que cambia de curso. Mi padre no era un hombre dado a supersticiones.

Si escribió aquello, si lo dibujó, si lo ocultó durante décadas, había una razón.

—Si Arukana es real —digo—, todo cambia.

—No sabes si lo es.

—No. Pero puedo averiguarlo.

—¿Y hacer qué después? ¿Presentarte ante esos mismos hombres con un cuaderno viejo y exigir que te financien una expedición al Amazonas?

—Es un comienzo.

—Se reirán de ti.

—Ya lo han hecho esta mañana. Sobreviví.

—Esto sería distinto. Te llamarían ambiciosa, imprudente, ridícula. Dirían que estás usando el nombre de tu padre para llamar la atención.

—Lo dirán de todos modos.

—Y si te permiten hablar, intentarán quedarse con el descubrimiento.

Apoyo ambas manos sobre el escritorio.

—Entonces tendré que ser más inteligente que todos ellos juntos.

Mi tía me mira con tristeza.

—Eso no siempre basta.

—No. Pero es lo único que tengo.

La puerta vuelve a abrirse. La señora Finch asoma la cabeza con la bandeja del té.

—Perdonen, señoras. El señor Graves pregunta si desea revisar hoy los papeles legales o si prefiere aplazarlo.

El señor Graves es el abogado de mi padre. Un hombre seco, eficiente y tan expresivo como una cucharilla.

—Que pase —digo.

Mi tía se incorpora.

—Eleanor, no creo que sea el momento.

—Precisamente necesito saber qué papeles dejó mi padre.

La señora Finch desaparece. Minutos después, el señor Graves entra en el gabinete con un maletín de cuero, el sombrero en una mano y una expresión de pésame administrada con moderación.

—Señorita Whitmore. Señora Whitmore. Lamento profundamente su pérdida.

—Gracias, señor Graves —responde mi tía.

Yo señalo la silla frente al escritorio.

—Siéntese, por favor.

Graves obedece con una inclinación leve. Coloca el maletín sobre sus rodillas y extrae varios documentos atados con cordel.

—Sir Arthur dejó instrucciones claras respecto a la administración de la casa, sus fondos y la biblioteca. La mayor parte de sus bienes pasan a usted, señorita Whitmore, con algunas disposiciones menores para el personal y ciertas donaciones académicas.

—¿Donaciones académicas?

—Una selección de documentos destinados a la Real Sociedad Científica.

Mi mano se cierra sobre el cuaderno.

—¿Qué documentos?

Graves consulta una lista.

—Correspondencia, diarios de campo, mapas, especímenes catalogados, manuscritos incompletos…

—No.

El abogado levanta la vista.

—¿Disculpe?

—No entregaré ningún documento a la Real Sociedad hasta haberlos revisado personalmente.

—Su padre dejó estipulado que—

—Mi padre ha muerto esta mañana, señor Graves. Sus estipulaciones pueden esperar a que su hija compruebe si entre esos papeles hay trabajos propios, notas privadas o materiales que no deben ser archivados por hombres demasiado acostumbrados a firmar lo ajeno.

Mi tía murmura mi nombre, pero no me detiene.

Graves me observa con cautela.

—Legalmente, como heredera principal, tiene derecho a solicitar una revisión previa.

—No la solicito. La ejerzo.

El abogado inclina la cabeza.

—Muy bien.

—También quiero una lista completa de todos los diarios de campo de 1849.

Por primera vez, Graves parece incómodo.

—¿1849?

—Sí.

—Tendría que revisar los archivos.

—Hágalo.

—Puede llevar tiempo.

—Empiece hoy.

Margaret me mira con una mezcla de preocupación y orgullo que intenta ocultar. Graves anota algo en su libreta.

—¿Hay algún motivo concreto para ese interés?

Miro el cuaderno cerrado.

—Sí.

—¿Puedo conocerlo?

Sonrío apenas.

—Todavía no.

El señor Graves no insiste. Es inteligente en el modo en que suelen serlo los abogados: comprende cuándo una puerta está cerrada y cuándo conviene no tocar demasiado fuerte.

Cuando se marcha, la tarde ha empezado a oscurecer el gabinete. Mi tía se queda junto a la chimenea, callada. Yo permanezco de pie ante el escritorio de mi padre, con el cuaderno abierto por la página donde aparece aquel nombre imposible.

Arukana.

Durante años creí que mi batalla consistía en lograr que reconocieran lo que ya había hecho.

Mis notas, mis traducciones, mis cálculos, mis conclusiones.

Quería una línea en un informe, una firma, una silla en una sala donde no tuviera que demostrar tres veces que sabía leer latín, medir una roca o corregir a un idiota.

Pero esto es distinto.

Esto no es reclamar el pasado.

Esto es arrebatarles el futuro antes de que puedan decidir que tampoco me pertenece.

—No vas a dejarlo estar, ¿verdad? —pregunta mi tía.

Levanto la vista.

—No.

—Aunque te cueste la reputación.

—Mi reputación actual consiste en ser una hija instruida que habla demasiado. No es una pérdida irreparable.

—Aunque te cueste la tranquilidad.

—Nunca he sabido qué hacer con ella.

—Aunque descubras que tu padre se equivocó.

Esa posibilidad sí me duele. La siento bajo las costillas, afilada y fría. Si Arukana no existe, si el cuaderno es solo el rastro de una obsesión nacida de la fiebre y el agotamiento, los hombres como Harrington tendrán una excusa perfecta para enterrarme también a mí, aunque siga respirando.

Pero si existe…

Si existe, ningún salón de Londres volverá a pronunciar el nombre Whitmore sin pensar en mí.

Cierro el cuaderno con cuidado.

—Entonces demostraré que incluso sus errores eran más interesantes que las certezas de esos hombres.

Mi tía deja escapar un suspiro vencido.

—Tu padre decía algo muy parecido cuando estaba a punto de cometer una imprudencia.

—Eso confirma que soy su hija.

—Eso confirma que voy a necesitar más té.

Por primera vez en todo el día, sonrío de verdad.

La lluvia arrecia contra las ventanas. Londres se vuelve borroso al otro lado del cristal, gris, húmedo, satisfecho de sí mismo.

En algún lugar de esa ciudad, los hombres de ciencia estarán brindando por Sir Arthur Whitmore, ordenando sus recuerdos, preparando discursos, decidiendo qué parte de su legado merece ocupar vitrinas y qué parte puede quedar olvidada en cajas polvorientas.

No saben que bajo el armario de mapas había un cuaderno.

No saben que dentro de ese cuaderno hay una ciudad.

No saben que yo la he encontrado primero.

Apoyo la mano sobre la cubierta de cuero y siento algo parecido al miedo, aunque más luminoso. Tal vez la ambición sea eso: miedo con una dirección clara.

—Arukana —susurro.

El nombre ya no suena como una leyenda.

Suena como una puerta.

Y yo pienso abrirla.