Capítulo 1 #2
—Eres joven, inteligente y tienes una herencia suficiente para vivir con comodidad. Puedes leer, estudiar, viajar con compañía adecuada, asistir a conferencias…
—Sentada al fondo.
—Muchas mujeres no tienen ni siquiera eso.
—No pienso estar agradecida por las migajas solo porque otras mujeres no tengan pan.
Margaret me observa con una mezcla de cansancio y ternura.
—Tu padre te educó demasiado bien.
—No. Me educó justo lo necesario.
El carruaje se detiene frente a la casa de Kensington donde he vivido desde niña.
La fachada de ladrillo oscuro, las ventanas altas, la hiedra trepando por un lateral y la aldaba de bronce con forma de león me resultan familiares hasta el dolor.
Durante años, esa casa fue un pequeño país gobernado por libros, muestras minerales, mapas, discusiones a la hora del té y el olor persistente de la tinta.
Ahora parece demasiado ordenada.
Demasiado quieta.
Al entrar, el vestíbulo conserva el eco de las visitas que han pasado durante la mañana para dejar tarjetas, flores y frases inútiles. La señora Finch, nuestra ama de llaves, aparece con los ojos rojos y una bandeja que nadie ha pedido.
—Señorita Eleanor, he preparado té en el salón.
—Gracias, señora Finch.
—También han llegado más cartas.
—Déjelas en el gabinete de mi padre.
La mujer duda.
—¿Está segura de querer entrar hoy?
No contesto enseguida. Miro hacia el pasillo que conduce al gabinete. La puerta está cerrada. Lleva cerrada desde anoche, cuando guardé por última vez el reloj de bolsillo de mi padre en el cajón superior del escritorio.
—Sí —digo—. Estoy segura.
Mi tía suspira.
—Eleanor, podrías descansar antes.
—He descansado bastante en el cementerio. Todos hablaban tan despacio que casi me duermo de pie.
—Tu sentido del humor es una desgracia familiar.
—Lo heredé de los Whitmore.
—Los Whitmore no tenemos sentido del humor. Tenemos tendencia a incomodar.
—Entonces lo llevo con orgullo.
Margaret intenta reñirme, pero una sombra de sonrisa le traiciona la boca. Después se rinde y se dirige al salón con la señora Finch. Yo permanezco un instante en el vestíbulo, sola con el sonido de la lluvia contra los cristales.
Luego camino hacia el gabinete.
Abro la puerta.
El olor me golpea antes que la pena: papel antiguo, cuero, madera encerada, tabaco frío y lavanda seca, porque mi padre insistía en que los armarios con muestras olían a pantano si no se colocaban saquitos entre los cajones.
Las cortinas están medio corridas. Sobre la mesa grande continúan apilados los documentos que revisamos juntos el último mes: notas sobre sedimentos, correspondencia con Lisboa, una caja de fósiles etiquetada a medias.
Todo espera.
Esa es la crueldad de los objetos. No entienden la muerte.
Me acerco al escritorio principal y paso los dedos por el borde. Hay una mancha de tinta junto al tintero. La provoqué yo a los quince años, cuando intenté copiar un mapa del delta del Níger y derramé medio frasco al estornudar. Mi padre dijo que era una mejora estética.
Sonrío sin querer.
—No pienso llorar aquí —murmuro.
Naturalmente, mis ojos deciden considerar la frase como una provocación.
Me siento en la silla de mi padre antes de que las piernas me fallen.
Durante unos minutos no hago nada. Solo respiro.
Miro sus libros, sus plumas, sus lupas, sus cuadernos.
Miro el sillón junto al fuego donde se quedaba dormido leyendo.
Miro la segunda mesa, más pequeña, colocada junto a la ventana.
Mi mesa.
Nadie la mencionará jamás en sus homenajes.
Sobre ella hay una carpeta atada con cinta verde. La reconozco de inmediato. Son mis notas sobre la colección Madeira, las que Harrington acaba de alabar en boca de mi padre. Me levanto, la cojo y la abro con dedos tensos. En la primera página está mi letra. Clara, inclinada, precisa.
“Clasificación preliminar de cerámicas. E. W.”
Debajo, en tinta más oscura, mi padre añadió meses después:
“Integrar en el informe general.”
Integrar.
No firmar.
No citar.
Integrar.
Cierro la carpeta con demasiada fuerza.
—Te quise mucho, padre —digo al vacío—, pero también fuiste un cobarde.
La frase queda suspendida en el aire como algo vivo. Me asusta haberla dicho. Me alivia haberla dicho. Ambas cosas pueden ser ciertas; la ciencia debería estudiar más a menudo las contradicciones humanas.
Al mover la carpeta, varias hojas caen al suelo. Me inclino para recogerlas y entonces veo algo que no debería estar allí: una esquina de cuero oscuro asomando bajo el armario de mapas.
Frunzo el ceño.
El armario es pesado, de caoba maciza, con cajones anchos donde mi padre guardaba cartas de navegación, planos incompletos y documentos que consideraba demasiado importantes para confiar a archivadores normales.
Me arrodillo, aparto el bajo del vestido y tiro del objeto atrapado. No sale. Debe de estar encajado.
—Por supuesto —murmuro—. Incluso muerto, sigues escondiendo cosas en los lugares más incómodos.
Busco una regla metálica, la deslizo bajo el armario y empujo con cuidado. El objeto se mueve apenas. Vuelvo a intentarlo, esta vez con menos paciencia y más determinación. Finalmente, una libreta pequeña cae sobre la alfombra con un golpe sordo.
No es uno de los cuadernos habituales de mi padre.
El cuero está muy gastado, casi negro en los bordes. No tiene etiqueta. Está cerrado con una tira fina, endurecida por el tiempo. Lo levanto despacio, como si pudiera romperse solo por mirarlo. Hay barro seco incrustado en una esquina y una mancha oscura que prefiero no identificar aún.
Me siento en el suelo, junto al armario, y desato la tira.
La primera página contiene una fecha.
Mi padre tenía entonces treinta y dos años. Aún no era Sir Arthur Whitmore, ni eminencia de nada. Era un joven científico con más entusiasmo que reputación y una preocupante tendencia a aceptar viajes que otros consideraban suicidas.
Paso la página.
Hay notas de campo. Temperaturas, coordenadas parciales, dibujos de plantas, observaciones sobre corrientes fluviales. Reconozco su letra, más firme que en los últimos años, enérgica, impaciente. Varias páginas están manchadas por humedad. Algunas palabras se han perdido.
Sigo leyendo sin respirar del todo.
“Los indígenas evitan pronunciar el nombre ante los portugueses. No es El Dorado. No hablan de oro. Hablan de piedra blanca, escaleras bajo la niebla y un río que cambia de curso para proteger la entrada.”
Mi pulso se acelera.
Leo la siguiente línea.
“Arukana.”
La palabra parece mirarme desde la página.
Arukana.
No la he visto antes. Estoy segura. Mi padre podía ser reservado, pero yo conocía casi todos sus proyectos, incluso los que abandonaba por falta de financiación o interés académico. Sin embargo, ese nombre no aparece en sus publicaciones, ni en sus conferencias, ni en sus cartas conocidas.
Paso más páginas. Hay un dibujo tosco de una estructura escalonada cubierta de vegetación.
No parece una fantasía. Mi padre era pésimo dibujando caballos, rostros y mobiliario, pero sus croquis arqueológicos eran rigurosos hasta la obsesión.
Este tiene proporciones, medidas aproximadas, orientación solar.
Alguien llama a la puerta.
Cierro el cuaderno de golpe.
—¿Eleanor?
Es mi tía.
—Entra.
Margaret abre y me encuentra sentada en el suelo, con el vestido de luto extendido a mi alrededor y un cuaderno viejo contra el pecho. Su expresión pasa de la preocupación al recelo en menos de un segundo.
—No me gusta esa cara.
—¿Qué cara?
—La misma que ponías de niña antes de desmontar relojes.
—Un reloj desmontado permite entender mejor el tiempo.
—Un reloj desmontado permite llegar tarde a misa.
Me levanto con el cuaderno en la mano.
—He encontrado algo.
—Hoy no, Eleanor.
—Precisamente hoy.
—No. Hoy acabamos de enterrar a tu padre. Hoy no encontramos misterios, ni iniciamos cruzadas, ni insultamos a más miembros de la comunidad científica.
—Solo he insultado a uno directamente.
—Eso no mejora mi ánimo.
Le tiendo el cuaderno. Mi tía no lo coge.
—Pertenece a una expedición de 1849. Hay referencias a una ciudad desconocida en el Amazonas. Mi padre la investigó y nunca publicó nada.
Margaret palidece de una manera casi imperceptible, pero suficiente.
—¿Qué has dicho?
Su reacción me interesa más que el cuaderno.
—He dicho Arukana.
El nombre cae entre nosotras y cambia la habitación. Lo noto. La lluvia sigue golpeando los cristales, el reloj sigue marcando los segundos sobre la repisa, pero mi tía deja de parecer una mujer preocupada por las formas y se convierte en alguien que recuerda algo que preferiría no recordar.
—¿Conocías ese nombre?
—No.
—Tía.
—He dicho que no.
—Has tardado demasiado.
Margaret se acerca a la ventana y aparta apenas la cortina. Mira la calle mojada, los carruajes, las figuras que pasan bajo paraguas. Cuando habla, su voz ha perdido firmeza.
—Tu padre tuvo muchas obsesiones.
—Esta no aparece en sus archivos.
—Entonces quizá quiso que permaneciera fuera de ellos.
—O quizá alguien quiso que desapareciera.
—Siempre eliges la explicación más peligrosa.
—Suele ser la más interesante.
Mi tía se vuelve hacia mí.
—Arthur regresó enfermo de aquella expedición. No hablaba apenas de lo ocurrido. Durante meses tuvo pesadillas. Tu madre aún vivía entonces y me escribió diciendo que él despertaba convencido de estar oyendo agua bajo la casa.
Mi garganta se estrecha.
—Nunca me contaste eso.
—No era una historia para una niña.
—Ya no soy una niña.
—Para mí sigues siendo una muchacha que acaba de perder a su padre.
—Y para la Real Sociedad soy una muchacha que debería ir a Bath a calmar los nervios. Empiezo a cansarme de que todo el mundo decida lo que soy según su conveniencia.
Margaret se lleva una mano a la frente.
—No conviertas ese cuaderno en una misión.
—¿Por qué?
—Porque tu padre lo escondió.
—Mi padre también escondió mi nombre en sus investigaciones y no veo que eso te parezca una razón para respetar el gesto.