ARUKANA: La Ciudad Perdida Capítulo 1
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ARUKANA: La Ciudad Perdida

ARUKANA: La Ciudad Perdida

Por IRINA JAMESON

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Capítulo 1

Eleanor

A mi padre lo entierran un martes gris, bajo una lluvia tan fina que no moja del todo, pero consigue calarse en los guantes, en el cuello del vestido y en los huesos.

Londres parece haberse vestido de luto por cortesía, no por dolor.

El cielo bajo, el barro oscuro del cementerio, los paraguas negros inclinados como cuervos domesticados…

todo resulta apropiado para despedir a Sir Arthur Whitmore, eminencia científica, explorador admirado, conferenciante brillante y, según el obituario del Times, una de las mentes más lúcidas del Imperio.

Nadie escribe que no recordaba dónde dejaba las gafas.

Nadie menciona que confundía las llaves del laboratorio con las de la despensa.

Nadie sabe que, durante los últimos años, cuando sus manos empezaron a temblar y su memoria a volverse traicionera, era yo quien clasificaba sus muestras, corregía sus notas, calculaba sus coordenadas y completaba los párrafos que luego él leía ante auditorios repletos de hombres con chalecos caros y convicciones inamovibles.

Todos hablan de su genio.

Yo sostengo una rosa blanca entre los dedos y escucho cómo lo entierran también con mis méritos.

—Fue un hombre excepcional —dice el profesor Harrington a mi lado, sin mirarme realmente—. Una pérdida para la ciencia británica.

Tiene una voz solemne, lenta, de esas que algunos hombres utilizan cuando desean que sus palabras parezcan más profundas de lo que son. Lleva el sombrero demasiado inclinado y unas patillas tan cuidadas que seguramente les dedica más tiempo que a muchas de sus teorías.

—Lo fue —respondo.

—Usted debe sentirse muy orgullosa, señorita Whitmore.

Aprieto el tallo de la rosa hasta notar una espina atravesar el guante.

—Lo estoy.

—Y también aliviada, supongo.

Giro apenas la cabeza.

—¿Aliviada?

Harrington carraspea, como si acabara de recordar que las mujeres poseemos oídos además de manos para bordar.

—Quiero decir que estos últimos meses debieron de ser agotadores para usted. Cuidar de un hombre enfermo, mantener la casa, organizar su correspondencia… tareas muy nobles, desde luego, pero pesadas para una joven.

—Pesadas —repito.

—Ahora podrá descansar. Tal vez viajar. Su tía me comentó que Bath es muy recomendable para los nervios femeninos.

Me pregunto si el profesor Harrington ha diseccionado alguna vez un cerebro femenino antes de opinar tanto sobre él. Probablemente no. Para eso habría que admitir primero que existe.

—Mis nervios están perfectamente, profesor.

—Naturalmente. No pretendía insinuar lo contrario.

Eso es exactamente lo que pretendía insinuar. Los hombres como Harrington insinúan lo que no se atreven a decir y luego se sorprenden cuando una mujer entiende el idioma.

El ataúd desciende poco a poco. Mi tía Margaret solloza con un pañuelo de encaje pegado a la boca.

Dos damas que apenas conocían a mi padre la rodean con murmullos de consuelo.

A mí nadie me consuela, quizá porque no estoy llorando, quizá porque una hija silenciosa en un funeral resulta aceptable siempre que su silencio sea decorativo.

No lloro porque llevo dos años despidiéndome de mi padre.

Lo he visto perder una palabra en mitad de una frase, buscarla con los ojos llenos de vergüenza y fingir después que no era importante.

Lo he visto dormirse sobre mapas abiertos, con tinta fresca en la manga y una taza de té intacta junto al codo.

Lo he visto enfadarse conmigo por corregir un cálculo que él había hecho mal y abrazarme una hora después sin recordar la discusión.

Ahora todos lamentan la muerte del gran Sir Arthur.

Yo lamento al hombre que me enseñó a leer mapas antes de enseñarme a comportarme en sociedad.

Cuando termina el servicio, los caballeros empiezan a formar pequeños grupos bajo los paraguas. El dolor, descubro, no impide las conversaciones profesionales. Más bien parece lubricarlas.

—Su teoría sobre las formaciones del Orinoco fue adelantada a su tiempo —dice el doctor Pembroke, un naturalista que nunca ha pisado un pantano sin quejarse del calzado.

—Y su clasificación de las piezas cerámicas halladas en la cuenca del Madeira —añade otro—. Soberbia. Absolutamente soberbia.

La clasificación de las piezas cerámicas del Madeira la hice yo durante tres inviernos enteros, sentada en el gabinete de mi padre, con los dedos manchados de polvo rojizo y la espalda rígida por inclinarme sobre fragmentos diminutos hasta la madrugada.

—Sir Arthur poseía una intuición extraordinaria —continúa Pembroke—. Veía conexiones donde otros solo veíamos materiales dispersos.

—Sí —digo antes de poder evitarlo—. Aunque algunas conexiones requerían bastante más que intuición.

Los tres hombres se vuelven hacia mí. Sus rostros adoptan esa expresión educada y vacía que reservan para las mujeres que interrumpen conversaciones serias.

—Por supuesto, señorita Whitmore —dice Pembroke con una sonrisa condescendiente—. Usted debió de escucharlo trabajar en casa durante años. Qué privilegio.

—No solo lo escuchaba.

Mi tía Margaret aparece a mi lado con la precisión de una institutriz que detecta un incendio moral antes de que prenda.

—Eleanor, querida, el carruaje nos espera.

—Un momento, tía.

—El aire está muy húmedo.

—Londres lleva siendo húmedo desde que los romanos cometieron el error de quedarse.

Pembroke parpadea. Harrington frunce el ceño. Mi tía me clava los dedos en el brazo con una delicadeza asesina.

—Lo que mi sobrina quiere decir —interviene— es que ha sido una mañana muy dura.

—Lo que quiero decir es que muchas de las conclusiones del estudio sobre el Madeira no procedían solo de mi padre.

El silencio que sigue no es largo, pero sí suficiente. Uno de los científicos mira la tumba recién cubierta, como si mi comentario pudiera incomodar al difunto. Harrington sonríe con paciencia.

—Sin duda usted fue una ayuda muy valiosa para Sir Arthur.

Ayuda.

La palabra cae entre nosotros con la ligereza de una pluma y el peso de una piedra.

—Fui más que eso.

Mi tía inspira con fuerza.

—Eleanor.

—Clasifiqué las piezas, corregí las dataciones, traduje parte de las notas portuguesas y revisé los mapas de procedencia. Mi padre lo reconocía en privado.

Pembroke se aclara la garganta.

—Nadie pone en duda su devoción filial, señorita Whitmore.

—No estoy hablando de devoción. Estoy hablando de trabajo.

Harrington baja la voz, como si quisiera protegerme de mí misma.

—La ciencia exige disciplina, formación y una vida entera de entrega. No basta con haber colaborado en el gabinete de un padre brillante para reclamar una posición que la sociedad, por ahora, no está preparada para conceder a una dama.

Una dama.

Qué expresión tan útil. Sirve para abrir puertas cuando conviene lucirnos y para cerrarlas cuando pretendemos cruzarlas.

—La sociedad rara vez está preparada para nada que no haya decidido antes un grupo de hombres cómodamente sentados —respondo.

Mi tía Margaret emite un sonido ahogado.

Pembroke se queda rígido. Harrington enrojece apenas, lo suficiente para que yo sepa que la flecha ha dado en alguna parte.

—Su dolor habla por usted —dice él.

—No. Mi dolor está haciendo un esfuerzo considerable por callarse. Soy yo quien habla.

Durante un instante, nadie sabe qué hacer conmigo. Es una sensación que conozco bien. He pasado media vida viendo cómo los hombres intentaban colocarme en alguna categoría manejable: hija obediente, muchacha instruida, rareza simpática, solterona peligrosa. Ninguna les duraba demasiado.

Mi tía decide salvarlos.

—Caballeros, perdonen a mi sobrina. Ha dormido muy poco.

—He dormido perfectamente.

—Eleanor.

Su tono contiene una advertencia clara: basta. Y quizá debería bastar. Mi padre acaba de ser enterrado. La tierra aún está fresca sobre su ataúd. No es el momento de discutir con hombres que jamás han tenido que pedir permiso para demostrar su inteligencia.

Pero tal vez precisamente por eso no puedo callarme.

Harrington inclina la cabeza con una cortesía impecable.

—Le deseo paz, señorita Whitmore.

—Yo también se la deseo, profesor. Y precisión.

Mi tía tira de mí antes de que pueda añadir nada más.

Caminamos hacia el carruaje entre paraguas, barro y murmullos.

Sé que hablan de mí. Lo noto en el modo en que las conversaciones se interrumpen cuando paso.

No me importa tanto como debería. O quizá me importa demasiado y por eso camino con la espalda recta, como si la columna pudiera sostener lo que el mundo insiste en quitarme.

Dentro del carruaje, mi tía cierra la puerta con un golpe seco.

—¿Has perdido por completo el juicio?

—No. Solo la paciencia.

—Acabas de discutir con tres de los hombres más influyentes de la Real Sociedad Científica.

—Lo sé. Ha sido el momento más estimulante de la mañana.

—Eleanor, no estoy bromeando.

—Yo tampoco.

El carruaje se pone en marcha. Las ruedas avanzan sobre los adoquines mojados con un traqueteo irregular. A través de la ventanilla veo desaparecer el cementerio, las siluetas negras, la tumba de mi padre. Algo dentro de mí se contrae entonces con tanta fuerza que por un momento no puedo respirar.

Mi tía lo nota. Su enfado se ablanda.

—Querida…

—No digas que lo sientes.

—Pero lo siento.

—Ya lo sé.

Margaret Whitmore no es una mujer cruel. Es práctica, que a veces resulta peor. Viuda desde joven, ha sobrevivido en Londres obedeciendo todas las reglas que yo encuentro insoportables. Cree que el mundo no cambia porque ella nunca ha podido permitirse empujarlo.

Me coloca una mano sobre la mía.

—Tu padre te quería muchísimo.

—Eso no está en duda.

—Entonces no conviertas su memoria en una guerra.

La miro.

—Su memoria ya es una guerra. Ellos la están escribiendo sin mí.

—Porque así funciona el mundo.

—Entonces habrá que hacer que funcione peor para ellos.

Mi tía cierra los ojos un segundo, como si pidiera ayuda a un Dios que seguramente también es hombre y miembro honorario de alguna sociedad científica.