Arte y placer 15
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HABÍA PASADO UNA SEMANA DESDE EL intento de secuestro de Eva. Una semana donde apenas y cruzaban una palabra y desde luego a la hora de dormir ni uno ni el otro daban su brazo a torcer. Una semana en la que la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo.

​ Pero eso iba a acabar pronto.

​ Miller había planeado una cena especial para ella. Desde luego si era especial no iba a hacer nada sencilla ni mucho menos.

​ Le había dejado sobre la cama el mejor vestido de diseñador antes de salir al mercado.

Sería la primera en usarlo esa noche. Era rojo ceñido y lleno de diminutos diamantes en la parte de arriba. Tenía un par de tacones negros que hacían juego con una cartera de mano con diamantes incrustados también. Pero con la inicial E de su nombre en ella.

​ En el pie de la cama había una nota en una perfecta caligrafía negra que Miller había dejado ahí.

Te espero esta noche en el vestíbulo.

A las 9:00

No faltes

Tuyo, xxx

M.

​ Le sacó una sonrisa que casi la hizo saltar de la emoción. Era lo que les hacía falta. Una salida de casa. La semana había sido demasiado controlada por él con tal de mantenerla a salvo.

​ Faltaban cinco minutos de la hora en la que debía estar en el vestíbulo de la mansión donde vivían.

​ Había terminado su maquillaje pronto y había arreglado su cabello en tiempo récord. Todo por ser puntual. Bajaba por las escaleras cuando miró a Miller esperando por ella al pie de las escaleras.

​ Llevaba como siempre, un traje de tres piezas y una corbata a juego con el color de su vestido.

Un gran suspiro salió de su boca al ver a Eva cuando llegaba hacia él. Quería ir corriendo hacia ella y darle un beso en la boca. O algo más.

​ La extrañaba, la echaba mucho de menos y odiaba haber discutido con ella.

​ —Eres perfecta, mi ángel.

Ella le dedicó una mirada insaciable. De esas que solo las mujeres enamoradas pueden dar.

​ —Y tú estás muy guapo.

Le tomó la mano y se la llevó a la boca para darle un beso.

​ Le ofreció su brazo y juntos caminaron hasta la entrada principal donde la camioneta esperaba por ellos.

​ En el camino disfrutaron de una copa de champán. Miller no dejaba de babear y Eva no esperaba sentirse como si esa era su primera cita con su príncipe azul.

​ —¿Adónde vamos?

​ —Es una sorpresa.

​ En el mundo de Miller Preston nada que llevara como sorpresa sería algo pequeño.

El auto se detuvo y al bajar los esperaba un jet privado.

​ —Desde luego es una sorpresa—le dijo con una gran sonrisa.

Su destino ahora. Sería el mejor de toda su vida. Y en la mente de ellos esperaban que no fuese la última.

El jet había aterrizado en la ciudad de París. Casi seis horas de vuelo fue suficiente para darse cuenta que no podían quitarse los ojos de encima. Sus conversaciones fueron de los más normales como si dos adultos disfrutaban de una noche de citas.

Un papel que a ambos les gustó jugar. Por no decir de las provocaciones que Eva le daba al pobre Miller. Una semana de abstinencia era casi una tortura.

​ Llegaron al restaurante que Miller había reservado para ambos. Había poca gente, pero de todas formas la terraza estaba despejada solo para ellos.

​ —Son casi las tres de la madrugada.

​ —Estamos en París, Eva. La ciudad que no duerme. Es demasiado hermosa. Pero no tanto como tú.

​ La cena fue servida. Y comieron dedicándose miradas de amor y deseo.

​ —Tengo ganas de ti—Miller la dejó sin aliento.

​ —Y yo de ti. Odio discutir.

​ —Me lo merezco.

​ Ella sonrió.

​ —Salud por eso. No pensé que lo aceptarías.

​ —Puedo aceptar cuando me equivoco, Eva. Y aunque no lo creas. Me lo has enseñado tú. Antes no me importaba cometer errores. Ahora pago un precio grande por ellos.

​ —¿Y cuál es ese?

​ —Verte llorar. Es algo que no soporto. Pero ahora le has agregado la ley del hielo.

​ —Bueno. Creo que ambos hemos sigo castigados lo suficiente.

Brindaron al ritmo de la música. Y después se dispusieron a bailar bajo las estrellas. Miller tarareaba la canción en su oído y besaba su cuello.

​ Una semana sin sexo era como un motor a punto de estallar. Cualquier cosa que hiciese los ponía en mil a los dos.

​ —¿A qué hora tenemos que llegar a casa?

La pregunta de Eva lo hizo verla a la cara con extrañeza.

​ —¿Por qué ya quieres regresar?

​ —No—Eva le tocó el culo y lo apretó.—Es para que me hagas el amor. Quiero que me hagas todo lo que no me has hecho en una semana.

Y sin más abandonaron el lugar y le dieron rienda suelta a su picardía romántica parisina.

Regresaron a casa cerca del mediodía. Lo extraño fue que al llegar no había nadie. Ni siquiera el padre de Eva con quien pocas veces se cruzó con ella estando ahí.

​ —¿Dónde están todos?

​ La sensación del silencio no era nada bueno. Y tampoco una buena señal.

​ —Quédate conmigo, Eva.

​ La tomó de la mano y sacó su arma para inspeccionar el lugar.

​ —Flame, comunícate con los demás.

​ Flame los llamó por el auricular pero no hubo respuesta por parte de ellos.

​ En cuanto llegaron al salón principal la mandíbula de Eva cayó al suelo. Se aferró a la mano de Miller y él apuntó con el arma junto con Flame a su oponente.

​ —Déjalo ir— le ordenó.

​ —¿Han tenido un buen vuelo?

​ Berlín estaba ahí. Tenía la mirada llena de venganza y su arma apuntando en la cabeza del padre de Eva. Lo tenía como rehén, y Fallon parecía de lo más tranquilo.

​ —¿Quieres cambiar de lugar, putita?

Miller no la soltó por nada del mundo. Y Berlín rio a carcajadas.

​ —No lo hagas, Eva—Le imploró su padre—Yo estaré bien.

​ —Papá —Sollozó.

Lo que causó que Berlín continuara riéndose de ellos.

​ Berlín había llegado hasta ellos de nuevo y Miller se pregunta cómo.

​ —¿Cómo nos encontraste, maldito hijo de puta?

​ Cambió de posición el arma pero Fallon apenas y podía moverse. Le había dado una paliza primero.               Y además lo tenía esposado listo para ser ejecutado ahí frente a todos.

​ —Verás, Miller. Tienes que elegir bien tu personal. Siempre has tenido un soplón dentro. Pero no te preocupes, los he matado a todos. Desde la cocinera hasta el jardinero. Aunque no te sientas mal, mi pequeña putita tampoco sabe tomar buenas decisiones ¿O no, putita?

​ Eva no sabía de qué estaba hablando. Pero de lo que sí estaba segura era que Berlín era incapaz de decir mentiras de ese tipo.

​ —Baja la puta arma sino quieres que le saque los sesos a este hijo de puta—Le amenazó.

Miller al ver a Eva implorar con sus lágrimas la vida de su padre. Lo hizo. Aunque no se lo mereciera. Tampoco merecía morir ahí frente a ella.

​ —Así me gusta. Ahora, ¿Por dónde empezamos?

​ —Voy a matarte con mis propias manos. Y no quedará nada de ti. Voy a borrar esa maldita sonrisa de tu rostro.

Berlín no se dejaba provocar. Tenía algo claro en su mente en ese momento y era decir toda la verdad. Toda la que Eva no sabía.

​ —Porque mejor no le dices la verdad a mi putita.

​ Eva le rogó con la mirada a Miller. Lo notó cabizbajo con lo que Berlín le amenazaba. Se trataba de otra cosa. Algo personal y que tenía que ver con ella. Lo podía sentir por la forma en cómo de repente se tornó nervioso.

​ —¿De qué está hablando, Miller ?

​ —De nada. No lo escuches.

Un disparo al aire de Berlín la hizo brincar en impulso. Seguía tomada de la mano de él y podía sentir que estaba mintiendo.

​ —Bien. Será muy placentero decírselo yo mismo.

Miller le apuntó de nuevo con el arma. No lo iba a dejar hablar. Pero también corría con la mala suerte de que matara al padre de Eva.

​ —Miller...

​ —Si disparas se muere—Le recordó —Ya que no hablarás lo haré yo. Vamos a ver qué tan grande es el amor que se tienen.

​ —Cállate la puta boca, Berlín. —Está vez fue el padre de Eva quien habló.

​ Las fosas nasales de Berlín se agrandaron antes de recordarle quien tenía el control. Le propinó un golpe con el arma pero no lo dejó inconsciente más sí hizo que se callara.

​ —Es verdad, tú también le guardas secretos a tu hija. Comenzaremos por ahí, mi pequeña putita. ¿Recuerdas cuando me pediste que te ayudara a buscar a tu madre?

​ Eva no respondió pero recordó ese día. Le había pedido trabajo y que le ayudara a buscar a su madre. Pero esa historia ya se sabe cómo acabó.

​ —Tu padre conoció a tu madre en uno de mis burdeles—La verdad era dolorosa tanto que ya no quedaba una sola lágrima por derramar—Se casaron. Pero tu padre me la regresó cuando tú todavía eras una niña.

​ —Eso es mentira—Eva declinó —Papá, dime que está mintiendo.

​ Fallon se limitó a llorar ahí mismo como un niño.

​ —No estoy mintiendo, putita. Como tampoco te miento cuando te digo que tú querido Miller pagó también por ti.

​ —¿Qué?

Miller la observó con ojos de arrepentimiento.

​ —Miller, dime que no es cierto.

​ —Eva.

Le soltó la mano como si le quemara. Era tan doloroso todo aquello que su corazón dolía y cada parte de su cuerpo.

​ —Fue la noche en la que huiste, Eva—La voz de Miller era casi un susurro.

Su voz ronca y fuerte la hacía sentir pequeña ante su confesión.

—Yo no sabía que eras tú. Pero sabía que eras especial por eso quise cobrar venganza y robarte para matarte.

Pero tú llegaste sola a mi infierno. Tú sabes lo que pasó ahí y después.

Debes creerme que yo no sabía que eras tú hasta que Grave me lo dijo pero tú ya te habías marchado.

Marchado. Era a lo que se refería con su intento de suicidio.

​ —¿Por qué no me lo dijiste?

​ —No pude hacerlo. No me ibas a creer.

De nuevo la carcajada malévola de Berlín los interrumpió.

​ —Pobre putita. Es una lástima que los dos hombres de tu vida tengan ese tipo de secretos para ti.

​ —Deja ir a mi padre. Es a mí a quien quieres.

Eso puso en alerta a Miller. Ahora Eva sintiéndose traicionada y dolida podía cometer una estupidez y no iba a permitirlo.

​ —No esta vez, putita. Me llevaré a tu padre conmigo. Tenemos cuentas que saldar.

​ —¡No!—Eva gritó y Miller se lanzó hacia ella para protegerla de los disparos que provenían de afuera.

Eran los hombres de Miller y de Berlín. Flame había mandado una alerta de apoyo mientras hablaban.

Eva tumbada en el suelo junto con Miller esta vez no le importaba morir ahí mismo.

Los dos hombres que amaba le habían mentido y su traición era tan grande como la vida misma.

​ —Eva, mírame.

​ Miller le tocaba la cara y revisaba todo su cuerpo para asegurarse de que estaba bien. Pero las heridas las llevaba dentro. Al igual que él.

Los disparos cesaron y otro silencio se apoderó de los dos.

​ El silencio de enfrentar la realidad.

Miller la tomó en brazos y la colocó en uno de los sofás. Sacó su teléfono móvil y habló.

​ —Se han llevado al padre de Eva. Quiero que formes un operativo de rescate. A ese hijo de puta lo mato yo.