11
Australia
MILLER HABÍA INSISTIDO EN QUE EVA SE FUESE con él mientras la casa era reparada.
Pero era una excusa. Pues no regresarían nunca.
Eva había suplicado en quedarse pero no tenía otra opción.
Era un sí o un sí. Y mientras se ponía cómoda en la otra propiedad que Miller tenía ahí, también tenía curiosidad sobre su otro trabajo el que había abandonado tras la muerte de su familia.
—Me gustaría saber lo qué haces.
—No hay nada que ver. Es todo aburrido. Papeles y más.
—No importa tú insististe en que viniera así que ahora te toca aguantarme.
Miller no se encontraba de buen humor tras el ataque que habían recibido en Cambridge y ahora también en su casa. No sabía cómo Berlín había dado con su casa ahí.
—Estás extraño. Apenas y has tocado tu comida.
La había llevado a uno de los mejores restaurantes de la ciudad según le había dicho. Pero no había dicho nada más después de salir de casa. Estaba distante, distraído y de muy mal humor.
—Quiero hacerte un regalo—Le dijo Eva cuando venía del tocador. Miller no se había inmutado que ella había desaparecido por un momento de la mesa.
Eva se acercó a él sin esperárselo y le entregó sus bragas de encaje que él había comprado para ella. Quería levantarle el ánimo y qué mejor que de esa manera.
Los ojos de él brillaron en deseo.
«Misión cumplida»
Se llevó las bragas a la bolsa de su pantalón y pidió la cuenta.
—¿Ya nos vamos tan rápido?
—Eso debiste pensar antes de darme tu preciado regalo. Ahora necesito comer otra cosa.
Como lo había prometido. Ahora Miller estaba entre las piernas de Eva. Disfrutando de su placer.
—Eres una traviesa, Eva. ¿Qué voy a hacer contigo?
Ella pensó en algo mejor. Y en vez de hacerle él a ella quiso hacer lo contrario.
Se colocó sobre él y comenzó a besarle los labios, bajó por el cuello pasando su duro pecho y ombligo hasta llegar a su dura erección.
Era grande y una gota perlada deslizaba sobre él.
Sin miramientos se lo llevó a sus labios y lamió la gota, seguido de ello con maestría deslizó poco a poco hacia adentro de su garganta para disfrutar de lo que era suyo.
Miller gruñó en agradecimiento. Le practicaba sexo oral y era exquisita haciéndolo.
—Dios, Eva... tienes una boca perfecta.
Aceleró de arriba abajo aún con los ojos llorosos. No dejaba de verlo. De verle la cara y sus labios entreabiertos por el placer que le estaba dando.
Apretaba con sus labios y con una mano sin perder el ritmo hasta que su mandíbula se cansara. Miller no lo pudo soportar más y se corrió en sus labios.
—¡Eva!
Ella se tragó hasta la última gota. Después eso, ahora sí le tocaba hacer el trabajo a él mientras se recuperaba y le daba rienda suelta a sus ganas de jugar.
El día pasaba algo lento. Por eso Eva no se despegaba de Miller en todo momento. Y como se lo había prometido. La había llevado a Industrias Preston.
—¿Y qué se supone qué haces aquí?
Le preguntó mientras ella se ponía cómoda en uno de sus sofás. Llevaba un traje de tres piezas negro. Pero la corbata era color lila, la había elegido Eva.
En cambio Miller le había comprado un vestido de diseñador como toda una mujer de negocios.
Le pidió que se recogiera el cabello en un moño alto y se pintara los labios de color carne.
Ahora lo que tenía frente a él era una de sus fantasías.
Tener a su mujer frente a él provocándole mientras trabajaba y se ponía al día.
—Vendo material nuclear.
—Oh. —Expresó sin querer hacer más preguntas sobre ello. El nombre lo decía todo. Miller en el camino le había dicho que, había heredado la compañía de su esposa y la que era su familia.
—¿Nunca pensaste en vender o rechazarla?
—No. Es mi manera de estar agradecido con ellos. Además, la compañía ha crecido gracias a mí.
De todo lo demás no dijeron ni una sola palabra. Ya bastante tenía Eva con ser fuerte ante ese tema. Lo entendía y estaba orgullosa del hombre en que se había convertido.
—Lo comprendo ahora. Eres admirable, Miller deberías de saberlo.
—No. No lo soy, solo soy responsable.
Ella caminó hasta él y se sentó en su regazo. Le acarició la cara con mucha calma y le besó la mejilla. Le rompía el corazón que fuese tan duro con él mismo. Pero tampoco podía culparlo. Era normal que se comportara así después de haber sufrido tanto desde niño.
—Te amo, Miller. Y que tú me ames me hace sentir única y especial.
Cerró los ojos y sintió el amor que ella le daba taladrar su pecho. Sabía lo que hacía. Y ahora no podía negárselo porque la amaba de la misma forma. Era algo que ya no podía rechazar porque lo hacía sentir vivo. La necesitaba para vivir. Y el sentimiento era mutuo.
Su secretaria entró luego de tocar la puerta. Era una rubia alta vestida de forma elegante. Le sonrió a Eva y después a Miller. Eva se levantó de su regazo y regresó al sofá donde estaba.
—Miller, Tengo los contratos que me pediste—Se refirió a él sin ningún protocolo de superioridad y eso puso alerta a Eva.
Le dio los papeles que llevaba con ella y Miller los tomó. La rubia permaneció viéndolo frente a él y después miró a Eva. Le dedicó otra sonrisa y Eva le correspondió igual pero haciendo una mueca después.
—¿Cómo te va en América?—Le preguntó la rubia cuyo nombre no sabía Eva aún —Te hemos echado de menos. Deberíamos de ir a tomar algo y ponernos al día.
Eva carraspeó su garganta. Ahora estaba incómoda. Celosa y lo siguiente. Se atrevía a invitar a salir a Miller en sus narices.
Miller dejó de ver los papeles que tenía en sus manos y miró a Eva. Ella miraba un punto fijo en el suelo pero esa expresión en su cara era de vivo enfado.
—Me va muy bien, Raxhel gracias.—Llamó la atención de Eva cuando habló — Y lo de salir creo que pasaré. Eva y yo tenemos planes.
—Eva—Dijo con acento, Raxhel la miró suponiendo que de ella hablaba—Supongo que es tu novia.
—Supones bien.
Raxhel se dirigió a Eva y le tendió la mano.
—Es un placer conocerte, famosa Eva. Yo soy Raxhel y para aclarar soy su secretaria, asistente y Miller la última vez me habló de ti. Me alegro que hayas venido.
Eva no sabía qué decir. Claramente la chica tenía algún tipo de enamoramiento con Miller o eso pensaba. Típico de asistentes. Pero se equivocaba.
—Mucho gusto—Dijo ahora con mucha pena.
—Si te da dolores de cabeza me lo cuentas. Soy la encargada de acusarlo con su hermana.
Eso les hizo reír a ambas.
—Lo tendré en cuenta.
—Perfecto.
Miller observó a las dos mujeres que tenía enfrente y se deleitaba con la sonrisa de Eva.
—Gracias Raxhel, es todo. Ya puedes retirarte por el amor de Dios.
Raxhel se fue moviendo su trasero. Uno que solo Eva miraba, mientras que Miller estaba todavía viéndola a ella. Pensando muchas cosas que podría hacerle ahí mismo.
—Apuesto a que esa cabecita tuya pensó demasiado cuando Raxhel entró ¿O me equivoco?
Eva puso los ojos en blanco.
—Pues no te equivocas. Aunque no iba a enfadarme contigo a menos que coquetearas con ella frente a mí.
—Ven aquí.
Le ordenó que regresara a sentarse donde hace un momento estaba. Donde pertenecía.
Y ella con muchas ganas obedeció.
Se quedó así un momento. Él abrazando su cintura y ella recostada en su pecho. Sentía su erección debajo de la tela pero lo ignoró con mucha gracia.
—Raxhel es simpática.
—Sí.
—Y muy atractiva.
—¿Lo es? No lo había notado.
Le dio un codazo que le hizo reír.
—No te pases, Miller. ¿Por qué me llamó la famosa Eva?
Miller se removió debajo de ella para que sintiera más su erección. Pero ella insistía en que respondiera.
—La última vez que vine estaba enfadado por nuestra pelea.
—¿Cuál de todas?
Ahora él le dio un azote en el culo.
—No te pases, Eva—La imitó.
De nuevo la hizo reír y se quedó quieta.
—Lo siento. Por favor continúa.
—Estaba enfadado así que ella quiso ayudar.
Me trajo el almuerzo y conversamos un poco.
Le hablé sobre ti. Raxhel es mi mejor amiga después de mi hermana.
Ellas también son mejores amigas. Por eso te dijo sobre acusarme con ella.
Así que, queda descartado cualquier cosa que se te haya ocurrido en esa cabecita.
Eva asintió. Aunque no le había dado tiempo de pensar mucho en realidad. Cualquiera se hubiese sentido celosa si se dirigen a su pareja de ese modo y alguien tan atractivo como ella.
—De cualquier forma. Confío en ti, Miller. No me has dado motivos para ponerme celosa. Al menos no todavía.
Miller volvió a azotarle el culo. Pero más que dolerle la puso como motor.
Levantó la cabeza y buscó sus labios. Lo besó con muchas ganas y ahora las manos de Miller estaban en sus pechos. Apretándolos hasta sentir el pezón por encima de su blusa.
Eva pensó en algo mejor. Algo que no olvidaría nunca. Aunque no estaba seguro si otra mujer lo había hecho ya. Arrojó ese último pensamiento al fondo de su cabeza y continuó con su plan malvado.
Se colocó de rodillas frente a él y buscó la bragueta de su pantalón para liberar su erección.
Una vez conseguido eso lo masajeó de arriba abajo viéndolo a él.
Tenía la mirada fija en lo que hacía Eva.
Con ojos lujuriosos y sumisos porque era él quien debía tener el control se lo cedió a ella de nuevo.
—Dime que soy la primera que hará esto aquí.
La sonrisa pícara de Miller le dijo lo contrario. Ella lo retó con la mirada y clavó sus grandes ojos en él de forma inquisitiva.
—Estás en problemas, Miller.
Una gota de sudor se asomaba en su frente. Se aflojó la corbata como si eso podía servir.
—Eres la primera, Eva. Siempre serás la primera.
Sin más que decir se llevó el pene a la boca y comenzó. A saborearlo. Miller maldijo y se agarró de su silla. Una mano fue a dar en el cabello de Eva guiándola pero no era necesario. Ella sabía lo que hacía y lo que quería.
Era perfecta.
Sintió mojarse y se llevó una mano debajo de su falda. Eso puso a Miller en mil y antes de que terminara en su boca de nuevo se levantó de su silla y la levantó a ella del suelo con maestría y la colocó en la mesa sin esperárselo.
—Te quiero follar. Dime qué puedo.
—Puedes.
—Dime que quieres.
—Te quiero. —Le subió toda la falda hasta la cintura. Pensó en hacerle las bragas a un lado pero hizo algo mejor. Las hizo pedazos y se las arrojó a ella. Eva se desabrochó la blusa y se levantó el sostén. Dejando expuestos sus pechos firmes frente a él.
—Eres jodidamente hermosa.
Le puso la mano en la boca y dibujó una sonrisa de placer en su rostro por lo que iba hacer.
Se clavó en ella y Eva gritó. La penetró fuerte moviendo sus caderas de adelante hacia atrás.
Estaba tan mojada que podía sentir su jugo llegar hasta los testículos.
Estaba a punto de terminar pero quería jugar con ella un poco.
De todas maneras ella había comenzado el juego primero.
—¿Me amas?
Cuando Miller le hizo la pregunta a ella se le hizo un nudo en el pecho. Él no solía preguntarlo. Quiso pensar que fue causa de estar excitado y follándola como le gustaba.
—Te amo demasiado, Miller Preston.
Miller gruñó en respuesta y continuó entrando y saliendo de ella. Eva no podía soportarlo más.
—Voy a correrme.
Le puso el pulgar en el clítoris y se burló de ella penetrándola esta vez más despacio.
Eva maldijo por lo bajo y él la escuchó.
—Joder, Miller.
Él la reprendió apretándole más el clítoris y ella calló en un maullido.
—Tienes una boca deliciosa, ángel. No deberías hablar así.
—Sí...
Le apretó de nuevo.
—¿Sí qué?
—Sí, señor.
Aceleró más sus movimientos esta vez.
—Dámelo todo, Eva.
Y se lo dio. Explotando y tirando todo a su alrededor.
Se retorció como nunca y Miller terminó al segundo que lo hizo ella.
Llenándola de su semilla. Y aferrándose a su vientre.
La loca idea de un hijo juntos le removió el corazón.
Precisamente en ese momento maldijo a su mente por ello.
Quería disfrutar de ese momento tan caliente y lleno de placer.
Pero su corazón se derritió cuando pronunció las palabras que juró no decirle a alguien nunca.
—Dame un bebé.