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—¿QUÉ ESTABAS BUSCANDO?
Caminaban juntos por el jardín, el doctor le había recomendado que hiciera un poco de ejercicio para relajar los músculos del abdomen que habían sido salvajemente golpeados por Berlín.
Así que temprano por la mañana ella y Miller daban un paseo por todo el jardín.
Sin árboles. Solamente lleno de flores de todos colores.
—El cuadro que pintaste de mí.
—¿De verdad? Me hubieses preguntado primero.
—Lo sé, pero pensé que no estabas en casa.
Estaba hermosa esa mañana. Le había mandado a comprar vestidos floreados de algodón.
Cómodos y perfectos para ella. Todos de diseñador.
De vez en cuando se ponía una chaqueta, pero a Miller le gustaba verle los hombros y su espalda cuando se empuñaba todo el cabello en una coleta o un moño desordenado.
—Vamos—La tomó de la mano y regresaron al interior de la casa.
Caminaron hasta su vieja habitación y ahí estaba.
En la habitación de Miller. La oscura que parecía no tener vida ni color.
Lo único lleno de vida y color era el cuadro que había pintado de ella que estaba por encima del cabecero de la cama.
—¿Por qué no dormimos aquí?
—Era mi habitación, pensé que te sentirías mejor en la otra.
Ella negó.
—Quiero que ésta sea nuestra habitación. Era la tuya y aquí dormimos juntos por primera vez.
—De acuerdo.
—Es hermoso lo que hiciste con ella—No le quitaba los ojos de encima—Es hermoso, Miller.
—Tú eres hermosa.
Ella le regaló una sonrisa en agradecimiento.