Arte y placer 9
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LA ALARMA CONTRA INCENDIOS SE ENCENDIÓ y se dominó en cada uno de sus sentidos. Ahora no estaba soñando. Todo estaba pasando en tiempo real. Le tomó un par de segundos recomponerse.               Megan aún estaba con ella.

​ —Tenemos que salir de aquí —Le dijo Eva. Se levantó con mucho cuidado de la camilla y tomó a Megan del brazo.

​ —¿Qué está sucediendo?

​ —No lo sé. Pero no nos quedaremos para averiguarlo.

​ Abrieron la puerta y salieron por el pasillo. No había nadie. Y eso era extraño. Al escuchar un par de tiros, fue su señal para salir corriendo. Y el único lugar donde podrían estar a salvo era en el despacho de Miller.

​ Cuando entraron cerraron la puerta con llave y pusieron un mueble de mesa de madera para bloquearlo.

​ —Miller tiene que tener un arma aquí—Le dijo a Megan—Ayúdame a buscarla.

​ —Estás loca, ¿Sabes usar una?

​ —No ¿Y tú?

​ —Tampoco.

​ —Entonces aprenderemos a defendernos juntas. Quién sabe qué esté pasando ahí fuera. Nos quedaremos aquí hasta que Miller llegue.

Eva sacó su móvil y lo llamó enseguida.

​ A la primera tonadilla Miller respondió.

​ —Quédate dónde estás—Le dijo al responder. La había visto entrar a su despacho con Megan mientras él y Flame disparaban a los hombres encapuchados que parecían buscar algo en todo el lugar.

​ —Miller...

​ —Eva, por favor. Quédense ahí. Las sacaré de ahí pronto.

​ —¿Quién está haciendo todo esto, Miller?

Hubo un silencio y un par de disparos más se escuchaban a lo lejos.

​ —¡Miller!

​ —Eva. Tengo que colgar. Iré por ustedes pronto. No le abran la puerta a nadie que no sea yo. ¿Has entendido?

​ —Sí.

​ Miller cortó. Y Megan estaba con sus rodillas en su pecho asustada. Si alguien estaba haciendo eso no era otro más que Berlín.

​ No podía poner a Megan en peligro. Si la buscaba a ella. La mataría a ella también para no dejar testigo.

​ —Megan, necesito que te quedes aquí.

​ —¿Qué? ¡No!

​ —Megan, iré por ayuda. Será difícil que vayamos las dos. Escóndete aquí, por favor. Y no salgas. Regresaré pronto lo prometo.

​ —Eva, no.

​ —Estaré bien—Le dio el arma—Apunta y dispara.

​ Megan tomó el arma contra su pecho. Eva quitó el mueble para abrir la puerta y lentamente salió.

Caminó por el largo pasillo. Ahora ya no se escuchaban disparos pero había un silencio incómodo.

Sintió que la perseguían y cuando cruzó el siguiente pasillo, Berlín estaba frente a ella con Sophia de rehén.

​ —Mi putita—Se lamió los labios viéndola de pies a cabeza —¿Te encuentras mejor?

​ —¿Qué haces? Déjala ir.

​ Se echó a reír por su petición. Lo tomó por sorpresa también que no lo recordara que hace un rato estuvo con ella. Pues no había sido un sueño.

​ —Te dije que la mataría—Berlín le apuntó con el arma en la cabeza de Sophia—Ella te arrolló con el auto. Quiso hacerte daño, putita. ¿Tú sabes lo que les pasa a los que intentan hacerte daño sin mi consentimiento?

​ Sophia lloraba. La desesperación en sus ojos le recordó a Eva lo que era un alma perdida.

​ —Lo lamento. Yo no quería. Yo solo...

​ —Ehh, eres una puta muy mala, Sophia—Berlín la tomó más fuerte. —Muy muy mala. ¿Quieres saber lo que te pasará por lastimar a mi putita?

​ —Por favor, señor...

​ —¡Cállate, puta! —la arrojó al suelo y Sophia se quedó mirando hacia abajo. Rendida y arrepentida por lo que había hecho. No era una asesina. Solo era una niña malcriada que no había calculado bien su travesura y plan de venganza.

​ —No lo hagas, Berlín.

​ —¿Me estás implorando, putita? Eso me pone tan duro.

​ A Eva le dio asco. Imaginó las veces en las que la hizo suya. Cuando la violaba furiosamente. No solo él. También sus hombres. Ese destino tendría Sophia si no hacía algo. O terminaría con una bala en la cabeza.

​ —No la mates. Ella no sabía lo que hacía. No merece morir, por favor.

​ —Me sorprendes. No sabía que podía haber clemencia y perdón en ti. Después de lo que pasaste pensé que serías una perra dura. Pero eres débil.

​ —No me hace débil tener compasión, Berlín. Deberías intentarlo.

Berlín se echó a reír. Su carcajada era bulliciosa e incómoda.

​ —¿Quieres que te perdone por haber huido de mí? ¿Es eso lo que quieres decir, putita? Que te perdone por haberme abandonado. Me perteneces todavía. Es increíble que lo hayas olvidado. Ven aquí.

Le ordenó y Eva no respondió.

​ —¡He dicho que vengas aquí!

​ Se movió lentamente hacia él, en cuanto estuvo frente a ella la abofeteó y Eva cayó al suelo. Lo siguiente fue golpearla, esta vez con patadas hasta que se agachó a su rostro y la golpeó más está vez con el puño.

​ Eva lo miró con ojos de odio con su cara ya hinchada llena de sangre. Sintió el sabor metálico en su boca y lo escupió.

​ —No lo he olvidado porque no es así. No te pertenezco. Eres un mal nacido de mierda.

​ Otro puñetazo fue a la cara. Luego al estómago y por último volvió a apuntar a Sophia en la cabeza. Esta vez chilló pidiendo ayuda.

​ —¡Déjala! No la quieres a ella. Me quieres a mí.

​ Los ojos de Berlín se iluminaron cuando atisbó a Miller acercarse apuntando con el arma.

​ Eva se agachó al lado de Sophia y fue un mar de balazos. Lo único que pudo hacer fue escuchar más disparos. Le hirieron en el brazo a Berlín pero sus hombres salieron en su rescate y lograron escaparse. Se escucharon también las sirenas de las patrullas.

Eva miró hacia Sophia, tenía los ojos cerrados pero no estaba herida. Se había desmayado del susto. Se acostó boca arriba y miro el techo. Todo había acabado.

El ruido de una máquina la despertó. Abrió los ojos  y había otra luz blanca sobre ella. Se dio cuenta que no estaba en la enfermería  sino en el hospital.               Cuando Miller llegó a su punto de visión Eva no podía creer lo que estaba mirando.

​ Miller derramó una lágrima y ella la atrapó. Le partió el corazón en mil pedazos. Tenía la cara destrozada. Tenía moretones por todo su rostro y sangre seca. Era increíble lo que un par de golpes le podían hacer en unos segundos. Pero lo raro de todo era que Eva no sentía nada.

​ —Miller—Se le quebró la voz—No llores. Por favor. No llores.

​ Era lo que él le pedía cada vez que la miraba llorar. Ahora el sentimiento era mutuo.

​ —Perdóname. Yo...tenía que salir a buscarte. Yo no podía... ¡Megan!

​ —Shh. Ella está bien. Está en el auto, Flame la llevará a casa. Te dije que te quedarás ahí con ella. ¿Por qué no obedeciste?

Estaba furioso y dolido por no haber podido protegerla. Ahora el rostro de Eva era irreconocible.

​ —Nunca puedo protegerte y tú me lo haces bastante difícil.

Ella sonrió.

​ —Es lo mismo que intento hacer y tú no me dejas tampoco. Creo que estamos a mano.

Miller no dejaba de verla. Y tampoco dejaba de llorar. Si nadie había muerto entonces por qué lloraba tanto.

Lo entendió cuando Miller le dijo las palabras que no esperaba escuchar.

​ —Te amo—Ahora era ella quien lloraba. Pero no de tristeza ni por el dolor—Te amo, Eva Kerr. ¿Lo entiendes ahora? Porque a mí me queda bastante claro. Tuve miedo de perderte.

​ —Miller...

​ —Por favor, dime qué aún me amas, mi ángel.

​ Le tomó la cara para besarlo. Le limpió las lágrimas y le sonrió como si nada ni nadie existieran en el mundo más que ellos dos en ese momento.

​ —Yo también te amo, Miller.

Se amaban.

​ Eso era un hecho. Como también que Eva pasaría la noche en su casa. No solo una, sino todas por el resto que le quedara de vida.

​ —Vivirás conmigo—Había sido una orden la cual no podía rechazar aunque quisiera.—Hoy te dan de alta. Cuidaré de ti. En mi casa estarás segura.

​ —Pero... Ni siquiera somos nada.

​ Miller le propuso una mirada de represalia. No podía follarla ahí mismo para demostrarle que era su único dueño. Además le había dicho que la amaba. Razón suficiente para que vivieran juntos. Pero aun así quiso jugar su juego.

​ —Eso no es justo, Eva.

​ —De acuerdo me quedaré. Solo porque no quiero discutir contigo.

​ Miller notó que algo más pasaba pero lo quiso dejar para después. Ahora debía llevarla a casa. Eva no lo sabía pero todas sus cosas ya estaban allá junto con otras nuevas. No necesitaba regresar más al hoyo donde vivía.

​ —Me di cuenta que no podía vivir sin ti. ¿Te das cuenta de eso? Ahora por nada ni nadie me separaré de ti. Ni siquiera mis planes harán que me aparte de ti.

​ —¿Qué planes? ¿Acaso por eso habías terminado conmigo?

Su silencio lo dijo todo.

​ —Si vas a jugar a ir y venir no me apetece hacerte compañía, Miller. Atraparé yo sola a Berlín y lo mataré.

​ —Estás loca. Ni se te ocurra hacer algo. Yo me encargaré de él. No pienso usarte cómo sebo no dejaré que cometas una locura. Eva, te lo prohíbo.

Mientras iban en el auto camino a casa de Miller ninguno de los dos se dirigía la palabra.

​ Se quedaron entre guerra de miradas para ver quién ganaba y fue Miller que por sorpresa terminó apartando la mirada. Se acercó a ella y le tomó la cara suavemente, pues no quería lastimarla.

​ —Por favor, Eva. Déjame cuidar de ti.

​ —Nunca te lo he negado, Miller.

​ —Bien—Le besó la frente—Tengo que ir a trabajar pero puedo quedarme contigo si quieres.

​ —No hace falta, estaré bien. ¿Vendrá Megan?

​ —Sí, puede venir pero debes descansar. ¿Por qué no te recuperas primero antes de recibir visitas?

​ —Necesito a mi mejor amiga. Me volveré loca si me la paso yo sola en casa o contigo yendo tras de mí.

​ —Eso fue un golpe bajo.

​ —Pues es el precio de querer vivir conmigo.

​ La abrazó aún más.

​ —No me importa. Ahora eres mía.

Mientras Eva paseaba por toda la casa, sus ganas de conocer más de Miller la estaban llevando a un mundo poco conocido.

Entró a su despacho con la intención de buscar la pintura que Miller había hecho de ella, desnuda.

Y mientras estaba en ello, un viejo cajón llamó su atención.

Parecía antiguo como si dentro de él se guardaran los peores secretos de Miller, y en parte lo eran.

​ Abrió una de las gavetas y lo que miró en su interior no la sorprendió pero algo dentro de ella la instó a que la tocara.

​ Un arma.

​ La sacó del cajón y la levantó con ambas manos. Estaba cargada y lista para disparar si le quitabas el seguro. Pero antes de regresarla a su lugar, la puerta se abrió de repente y Miller se quedó helado observando lo que Eva según en su mente quería hacer.

​ —Eva…

​ Su mundo se detuvo. Eva recordó lo que era tener una en sus manos, solo debía halar el gatillo, pero primero apuntar hacia su enemigo. Era así como lo había hecho en el pasado. Ya se había cargado a un hombre, al último que habría querido violarla.

​ —Eva, baja el arma, nena…

​ La voz de Miller temblaba. Eva lo miró por un segundo y arrugó su frente. No entendía nada. En cuanto Flame entró, Miller lo detuvo.

​ —Yo lo hago, Flame.

​ —Pero…

​ —Eva, baja el arma.

​ «¿Acaso piensa que yo…»

​ Eva dejó de sostener el arma y la arrojó al suelo, sintiéndose como una tonta, tan pequeña e indefensa. Pero también se sintió humillada y la vergüenza también se hizo presente cuando Miller se acercó a ella con delicadeza y la levantó del suelo en sus brazos.

​ La llevó hasta su habitación, la que de ahora en adelante compartiría con él si ella estaba de acuerdo. La metió bajo las sábanas como a una enferma indefensa y Eva lo detuvo cuando quiso retirarse.

​ Él no podía verla a la cara. Estaba tan asustado como ella.

​ —Mírame, Miller.

​ Él no lo hizo y eso le dolió.

​ —¿Acaso pensabas que iba a…

​ —Eva—No dejó que terminara la frase porque escucharla en voz alta era una tortura.

​ —No iba a hacerlo. Miller no iba a hacer nada. Solamente la sostuve en mis manos.

​ Fue cuando la miró, buscando un poco de sinceridad en su mirada fue cuando la encontró.

​ —¿De verdad?

​ —Sí Miller. No iba a hacerlo, lo juro.

​ Miller se sentó a su lado. Intentando analizar lo que había ocurrido.

​ —Pero estabas, fuera de ti.

​ —Recordé cuando asesiné a aquel hombre con un arma—Le explicó—Recordaba lo que era tener una y no me gustó la sensación esta vez. La primera vez fue de poder, esta vez tuve…

​ —Miedo—Miller le ayudó a terminar—Yo también tuve miedo. Miedo de que cometieras una locura como la primera noche en que te conocí.

​ Una lágrima se asomó y se deslizó por las mejillas de Eva negando con la cabeza.

​ —Yo no haría algo así de nuevo. No te lo haría de nuevo, Miller.

​ Se acurrucó y se hizo un ovillo sobre la cama. Avergonzada de que él pudiera pensar algo así de ella. Peor ahora que su vida tenía sentido, él le daba el sentido a todo.

​ —Te amo.

​ La voz de Miller hizo que lo mirara por un segundo. Como si eso sirviera ella continuaba llorando.

​ —Me duele que pienses que quiero hacerme daño, primero el coche y ahora esto. Me juzgas demasiado pronto.

​ —Lo lamento, Eva. —Se acostó a su lado—Lo lamento tanto, mi ángel. No volverá a ocurrir. Simplemente pensé que te perdería.

​ —No vas a perderme nunca.

​ —Estoy de acuerdo—Se apretó más hacia ella.

Sintiendo cómo su miembro crecía cada vez que el culo de Eva se frotaba con el de él.

Sin miramientos Eva se deshizo de su sábana y le tomó las manos para colocarlas en sus pechos.

Así de espaldas sentía el aliento de él quemarle de deseo el cuello.

Quería besarlo, quería gritar su nombre y follar como dos animales.

Pero estaba débil y tan cierto como el infierno Miller se negaría.

​ Así que lo intentó más y movió su culo hacia él. Miller gruñó en respuesta y sonrió. Le estaba provocando.

​ —Estás débil, Eva no quiero lastimarte.

​ —No lo harás si eres gentil.

​ Dejó salir un gran suspiro y le bajó los pantalones de chándal que andaba puestos.

Miller liberó su miembro ya erecto y duro que buscaba su entrada.

Así de espaldas Eva levantó un poco el culo y abrió un poco las piernas para que entrara poco a poco en ella.

Miller se agarró de uno de sus pechos y la penetró de lleno, su culo sonaba en su estómago.

Esa posición era gentil, romántica y delicada.

Como Eva lo quería. Comenzó a penetrarle con más ritmo.

Eva levantó más la pierna y ahora estaba un poco boca arriba siempre dándole la espalda.

La otra mano de Miller dejó su pecho y buscó su clítoris para hacerla acabar.

​ Estaba tan empapada y deseosa por más. Pero de momento es lo único que podían tener hasta que ella se recuperara del todo.

​ Cuando no pudo soportarlo más gritó su nombre.

​ —¡Miller! —Cerró sus piernas y Miller la detuvo.

​ —Abre las piernas, joder. No he terminado contigo.

​ Con mucha lucha las volvió a abrir, su orgasmo se estaba acabando, estaba ahora más empapada y Miller cerca de terminar. Ahora faltaba él.

​ La penetró más veces de las que podía contar.

​ —¡Joder, Eva! No quiero lastimarte.

​ —No lo harás.

​ Le agarró los pechos con un solo brazo y mano y la penetró más fuerte de espaldas, así ambos acostados, abrazados follando sin verse a la cara como dos extraños.

​ Miller dejó salir un gran gruñido y la llenó por completo. Eva se quedó dormida abrazada a su brazo y Miller besando su espalda, hizo lo mismo olvidando lo que había pasado.