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EL OLOR FAMILIAR A TABACO LLENABA TODA LA mansión Kerr. Había olvidado la última vez que estuvo ahí. Los mismos muebles caros, pero nada le resultaba familiar.
Se fue hasta la habitación principal y sacó una pequeña maleta para llevarle algo de ropa a su padre cuando despertara.
Accidente automovilístico.
O eso es lo que le había dicho el asistente de su padre. Que había perdido el control del auto. Se rehusaba a usar chófer algunas veces y ésta era una terrible consecuencia de ello.
Su padre no tenía sirvientes, al menos no para ocuparse por cosas como llevarle ropa al hospital.
Se metió al garaje y buscó una de las llaves de los siete autos diferentes que habían ahí. Tomó las llaves del viejo VMW que ella solía conducir antes de que confiara en el hombre equivocado y mejor amigo de su padre.
Al llegar al hospital se encontró con el médico.
—¿Es usted la hija del señor Kerr? —Le preguntó con tono preocupado.
—Sí. He venido en cuanto pude.
—Bien—Le puso la mano en el hombro—Pase por acá, el señor Kerr no deja de preguntar por usted. Ha despertado.
Estaba nerviosa. Hacía más de un año que no miraba a su padre. No sabía si iba a tener el valor suficiente para estar ahí. Lo que sí sabía era que ahora era más fuerte y podía escupirle la verdad en la cara.
—Está estable. Ha perdido el control de su auto y lo han traído a tiempo. La lluvia ha sido bastante violenta en estos días por acá.
La explicación de él no importaba. Lo único que importaba era que estaba bien y vivo.
Eva se acercó a la cama de su padre y lo miró, tenía los ojos azules más intensos que nunca.
Su piel era más blanca que la de ella y su cabello un poco rubio.
Ninguna facción había heredado de él, ella era igual que su madre.
De tés canela, cabello negro y ojos marrones que a veces, eran claros.
—Eva—Dijo con dificultad—Estás aquí.
—Hola—Le tendió la maleta en una silla—Te he traído un poco de ropa. El médico dice que estarás bien.
—Lo único que me importa es que estás aquí. No sabía que, al sufrir un accidente vendrías, de haberlo sabido me hubiese estrellado hace mucho tiempo.
Se suponía que era chiste. Pero solo para él. A ella no le hacía nada de gracia.
—No digas tonterías.
Una enfermera entró. Casi era hora del desayuno.
Eva no había dormido nada, ni en el avión ni cuando llegó a casa.
Los ojos le pesaban, estaba de mal humor y quería matar por una ducha y cambiarse de ropa.
Todo eso tenía que esperar. Le daba miedo cerrar los ojos ahí, en la ciudad donde todo comenzó.
Le sirvió el desayuno sobre la cama y él con mucha dificultad se sentó para poder disfrutarla. La enfermera le ofreció a ella, pero declinó en respuesta. Lo único que quería era irse de ahí.
—Lamento mucho que hayas tenido que venir hasta aquí.
Ella se levantó de su silla y caminó hasta la ventana, cualquier cosa le haría bien menos ver a su padre a la cara, todo había sido tan rápido que no sabía lo difícil que iba a ser tener que hacerlo.
—Bueno, soy tu hija. La única persona que tienes en el mundo.
—Hace un año que no te miraba, estás hermosa. Aunque un poco delgada ¿Estás comiendo bien?
—Mi alimentación es lo que menos te tiene que preocupar, papá.
Él dejó de comer.
—¿Y qué es, Eva?
Guardó un segundo de silencio para verlo a la cara nuevamente.
—Mi madre. ¿Dónde está?
—Muerta—Lo dijo como si no doliera.
—Ella no está muerta. No hay acta de defunción. No hubo un velorio o entierro. No me digas que está muerta. ¿Dime qué hiciste con ella? ¿Dime dónde está?
—Eva…
—¡Deja de actuar! —Alzó la voz—Solo estamos tú y yo. Dime dónde está mi madre.
En vez de responder a su pregunta y exigencia, le hizo otra, una que Eva estaba esperando que hiciera ahora que estaba preparada para decirle la verdad. Haber conocido a Miller le había hecho un efecto extraño. Era como si él le diera la fuerza que había perdido gracias a Berlín.
—Tenías un amigo—comenzó a hablar y la habitación se volvió negra ante la confesión que iba a hacerle—Confié en tu amigo y fue mi error, no te culpo por lo que me hizo, te culpo por haberme arrojado a confiar en él.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué amigo? Cuando huiste de casa te encontré tiempo después en la cama de un hospital con las muñecas abiertas.